Capítulo 54
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Apenas abrí la puerta del departamento, el aroma a café recién hecho me envolvió por completo. Ese olor cálido, reconfortante, fue como un abrazo invisible que me recordó que, a pesar de todo, estaba de vuelta en casa. Sonreí apenas, respirando hondo, y seguí el rastro del aroma hasta la cocina.
Allí estaba Ana. Al verme, su rostro se iluminó con una mezcla de sorpresa y alivio.
—¡Regresaste! —exclamó, dejando la taza sobre la barra antes de acercarse a mí y abrazarme con fuerza.
Su abrazo fue tan sincero que no pude más que corresponderlo con la misma intensidad.
—Estaba muy preocupada por ti Lily, porque desde ayer ya no me contestaste ningún mensaje —dijo con voz entrecortada.
Evadí su mirada por un instante, intentando ocultar el leve rubor que me subía al rostro. No pensaba contarle lo que pasó con Roberto Abad; esa historia debía quedarse donde ocurrió, lejos de la luz del día.
—Estoy bien —respondí al fin, con un tono de voz que buscaba tranquilizarla—. Solo necesitaba un tiempo a solas. Lamento mucho haberte preocupado, amiga. No lo volveré a hacer.
Ana volvió a abrazarme, esta vez con más calma.
—Me alegra que estés de vuelta —dijo con una sonrisa suave—. Ven, hice café y desayuno. Hoy es el evento de la pequeña Lisa. Aunque estaba pensando en no asistir, lo haré por ella.
Asentí mientras buscaba una taza. El primer sorbo de café fue casi celestial; su calor me devolvió la energía que sentía perdida. Ana se veía cansada, pensativa… “el efecto Abad”, pensé con ironía, y tuve que disimular una sonrisa.
—¿Pasó algo el viernes? —pregunté con cautela, mientras me apoyaba en la barra.
Ana suspiró, bajando la mirada.
—Arturo intentó besarme y lo rechacé —confesó.
Asentí en silencio, dándole espacio para continuar.
—No estoy preparada para una relación tan pronto, Lily. Arturo me atrae, sí, pero solo eso. No sé si él esté buscando una relación ahora. Es un hombre serio, tiene una hija y… —se mordió el labio— no sé si podría ser esa figura materna que ella necesita. Apenas puedo conmigo por ahora.
Su sinceridad me enterneció. Tomé asiento a su lado en uno de los bancos del desayunador. Mientras untaba mermelada sobre una tostada con exagerada cantidad, sentí que el hambre volvía de golpe. Ana me observó divertida mientras picaba su “avocado toast” con huevo.
—Entonces, si ya no planeas seguir viendo a Arturo Abad, no te molestará que pase a toda la familia Abad —incluyendo a la pequeña— con la doctora Ruiz. Así evitaremos encuentros incómodos —dije con naturalidad.
Ana asintió tras soltar un largo suspiro.
—Tal vez sea lo mejor —admitió, llevando la taza a sus labios.
El silencio se instaló entre nosotras unos segundos, cómodo, hasta que una idea empezó a tomar forma en mi mente.
—Ana… —dije, rompiendo el momento. Ella levantó la mirada—. Si me mudara de departamento, ¿vendrías a vivir conmigo? Me encantaría. Eres mi mejor amiga, yo no tengo hermanas y… este tiempo contigo aquí me ha hecho sentir menos sola. Estuve viendo unos departamentos en la zona de Altavista, tienen muchas amenidades y, bueno… ¿Para qué sirve el dinero si no es para gastarlo? Quiero comprar mi primer departamento, algo mío, no seguir rentando.
Ana abrió los ojos sorprendida, aunque enseguida noté una sombra de duda cruzar su mirada.
—Lily, no sé si pueda pagar una renta en una zona de lujo como esa. Por ahora he pensado en apoyar a mis padres con su negocio, hace años que no le invierten. Se los debo. Y además quisiera estudiar una especialidad, pero para eso necesito ahorrar.
Abrí los ojos con incredulidad, un poco teatral.
—¿Tú no me dejarás, verdad? Eres una de las médicas más comprometidas del hospital —dije con un gesto dramático que la hizo sonreír.
—El plan es continuar en el hospital y estudiar la especialidad aquí en la ciudad —respondió, más animada.
Solté un suspiro de alivio.
—Si es así, puedo gestionar una beca por parte del hospital, que cubra una parte —propuse, sabiendo que podía hacerlo.
La mirada de Ana se iluminó.
—Eso sería una gran ayuda. Podría inscribirme el próximo año, estuve checando y las inscripciones ya cerraron.
Chasqueé la lengua.
—¡Demonios! Siempre he admirado lo dedicada y profesional que eres. Tal vez yo también debería estudiar alguna maestría o especialidad, aunque lo he estado postergando por desidia.
Ana soltó una risita, negando con la cabeza.
—Pero qué dices, si eres la jefa de todos y encima te das el tiempo para dar consulta. Jamás serás una floja, Lily.
Le regalé una mirada de ternura.
Veo cómo Ana se remueve en el asiento, inquieta, como si una verdad pesada le quemara en la punta de la lengua. Sus manos juguetean con el borde de su taza y su mirada evita la mía hasta que, por fin, se decide a hablar.
—Lily… —su voz es un murmullo cargado de tensión— hace un momento, antes de que llegaras, Miguel estuvo aquí. Vino a buscarte, pero le dije que no estabas. Él me pidió que te dijera que su vuelo es a las once, en dos horas. Que si tú lo perdonas, se quedará por ti un año más… o puedes irte con él. Te va a estar esperando en el aeropuerto. —Ana toma mi mano y la acaricia con dulzura, sus ojos reflejan la preocupación de quien teme por su amiga—. Miguel se veía muy afligido, está realmente arrepentido de lo que pasó en el restaurante y por haberte ocultado lo de su viaje.
Un suspiro profundo me escapa del pecho, como si con él pudiera expulsar la punzada de dolor que se estaba clavando en mi corazón. Esa punzada que, poco a poco, se había transformado en culpa. Miguel había hecho mal mintiéndome… pero nuestra relación ya no tenía futuro. No después de lo que él hizo, y no después de lo que yo me atreví a hacer con Abad.
—Tal vez lo mejor es que cada quien continúe su camino —dije con pesar, con una serenidad que no sentía por dentro.
Ana frunció los labios, conmovida, y apretó mi mano con más fuerza.
—No seas tan dura contigo misma. Miguel dijo que le pusieron algo en su bebida. Se quejó en el restaurante, pero le aseguraron que tenían medidas muy estrictas de control para esas situaciones, que no era posible. Dijo que, de tener más tiempo, los hubiera demandado.
Mordí mi labio inferior, sintiendo cómo la realidad se retorcía en mi interior. Por supuesto que yo sabía quién había sido el responsable: Roberto me lo había confesado. Y ese era Miguel, en esencia: tibio, vacilante, sin empuje. Antes lo había visto como alguien prudente; ahora esa misma pasividad me irritaba.
Me estaba dando cuenta de algo con una claridad que dolía: yo necesitaba a alguien con carácter. Alguien que no solo me amara, sino que me recordara todos los días por qué lo hacía, que luchará contra todo por mí. Un amor intenso. Algo tan intenso como lo que Roberto Abad sentía por Clara.
Chasqueé la lengua al pensarlo y una sombra de amargura se dibujó en mi sonrisa.
Me puse de pie, llevando mi taza al fregadero. La lavé con movimientos lentos, casi mecánicos, mientras Ana me observaba en silencio. Me giré hacia ella y le di un beso en la mejilla, sintiendo la calidez de su piel, la lealtad silenciosa de su amistad.
—Gracias, amiga, por ser tan buena conmigo. Que tengas buen día en el colegio. Estaré en mi habitación; luego iré a comprar un nuevo móvil, a ver departamentos y por la tarde estaré en el hospital.
Nos despedimos con una sonrisa que, en mi rostro, era apenas un paréntesis sobre un nudo de emociones.
Cuando la puerta de mi habitación se cerró a mi espalda, el silencio me golpeó como una ola. Las lágrimas comenzaron a desbordarse sin que pudiera detenerlas. Me dejé caer en la cama, abrazando la almohada con la misma necesidad con la que un náufrago se aferra a un pedazo de madera.
No sabía exactamente por qué lloraba. Había demasiadas razones para hacerlo. No era solo Miguel. Ni siquiera era Roberto. Era yo. Yo, que me sentía triste y vacía, como si toda la intensidad vivida en los últimos días hubiera dejado un hueco imposible de llenar.
