Capítulo 77
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Ana Paula Lago
Eran casi las diez de la noche. Le había enviado un mensaje a Arturo deseándole buenas noches, pero seguía sin responder. Dudaba entre esperarlo un poco más o rendirme al sueño; quizás estaba ocupado… o simplemente dormido. Me di diez minutos, solo diez, mientras iba a la cocina por un poco de agua.
Llené un vaso con agua fría. El calor en Monterrey era insoportable, incluso de noche, y ni la calefacción del departamento lograba aliviar esa sensación pegajosa. Tomé un trago largo, dejando que el agua fría recorriera mi garganta y me despejara un poco. Entonces, el timbre sonó.
Me quedé inmóvil por un instante, con el vaso aún en la mano. Fruncí el ceño. ¿Quién podría venir tan tarde? Ni los del mantenimiento tocaban a esas horas. Me cerré un poco la bata, cubriéndome mejor, y escuché en silencio. No volvieron a tocar. Dejé el vaso sobre la encimera y caminé hacia la puerta, con el corazón acelerándose sin razón aparente. Dudé un instante. Pensé en mirar por la mirilla, pero el pasillo siempre estaba tranquilo. Al final giré la perilla convencida de que sería algún vecino…
Giré la perilla lentamente y abrí. No había nadie. Asomé la cabeza hacia ambos lados del pasillo. Nada. Pero cuando bajé la mirada… el aire se me escapó del pecho.
No pude moverme. Me cubrí la boca con una mano, ahogando el grito que se formó en mi garganta. Las lágrimas me nublaron la vista al instante. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies y caí de rodillas junto al cuerpo inerte de Arturo.
—¡Dios mío! —murmuré con un hilo de voz tembloroso.
Mi cerebro dejó de pensar. Durante un segundo olvidé que era doctora. Solo veía al hombre que amaba tirado frente a mi puerta.
Me dejé caer a su lado sin sentir el golpe contra el piso; apenas podía coordinarme. Le busqué el pulso con desesperación, y cuando sentí ese leve latido bajo mis dedos, el alivio me atravesó entera. Estaba vivo.
—Tranquilo, amor… estoy aquí —susurré, aunque no me escuchara.
Mis manos temblaban mientras recorrían su cuerpo, revisando cada centímetro. Su labio estaba roto. Un ojo comenzaba a amoratarse. Tenía varios golpes dispersos, pero ninguno parecía explicar por qué seguía inconsciente. Eso era lo que más miedo me daba.
Nada parecía grave… pero estaba inconsciente.
Me mordí el labio para contener el sollozo. La rabia y el miedo se mezclaban en mi pecho como un torbellino. ¿Quién le había hecho esto? ¿Por qué?
Lo acaricié con suavidad, apartando un mechón de su frente húmeda. Mi respiración era irregular, igual que la suya. Lo llamé una y otra vez, esperando una reacción, un movimiento, algo que me dijera que pronto abriría los ojos y me diría que todo estaba bien. Pero no lo hizo.
—¡Lilyyyyy! —grité con desesperación, mi voz resonó por todo el departamento. Necesitaba su ayuda. Mi corazón latía tan rápido que sentía que se me iba a salir del pecho. Tenía que confirmar lo que mi intuición médica me gritaba: Arturo no estaba simplemente inconsciente, había algo más.
Con esfuerzo, lo tomé por debajo de los brazos y lo arrastré hacia el interior del departamento. Sus zapatos raspaban el piso mientras yo tiraba de él con todas mis fuerzas. Nunca imaginé que pudiera pesar tanto. Estaba tan pesado que apenas podía moverlo, pero la adrenalina me dio una fuerza que no sabía que tenía.
—¡¿Ana, qué pasa?! ¿Por qué los gritos?! —la voz de Lily retumbó a mi espalda. Cuando llegó y vio la escena, soltó un jadeo.
—¡Dios mío! ¿Pero qué le pasó?
Se arrodilló junto a mí sin pensarlo y comenzó a examinar sus signos vitales. Yo apenas podía hablar.
—¡Lily, trae mi botiquín, corre! —le grité, con el alma hecha pedazos. Ella asintió y desapareció corriendo por el pasillo.
Tomé la mano de Arturo, fría, inerte, y la presioné contra mi pecho.
—Por favor, amor… despierta —murmuré temblando.
Lily regresó en segundos, con el maletín médico entre las manos.
—¿Qué pasó? —preguntó con el ceño fruncido.
—Estaba en la cocina tomando agua, el timbre sonó… abrí la puerta y él estaba ahí, tirado. No tenía golpes fuertes, ni contusiones graves. Creo que… creo que lo drogaron —mi voz se quebró mientras hablaba. El labio inferior me temblaba tanto que tuve que morderlo para no sollozar.
Lily asintió con seriedad, sacó un oftalmoscopio y comenzó a revisar sus ojos con precisión.
—Mmm… sus pupilas están dilatadas y la respuesta es lenta. Tienes razón, todo apunta a una droga sedante… esperemos que solo sea eso —dijo con calma profesional, aunque noté la tensión en su voz—. Hay que llevarlo al hospital, Ana. Necesitamos una muestra de sangre para saber exactamente qué sustancia le administraron.
Asentí, con la mente enredada entre miedo, rabia e impotencia.
—Tal vez debería avisar a sus padres… —sugirió Lily—, aunque temo que su padre no lo tome bien, aún está en recuperación de la cirugía.
—Esperemos a saber qué tiene exactamente —respondí con firmeza, intentando pensar con la cabeza fría—. Le llamaré a Sam, él lo conoce mejor que nadie y sabrá qué hacer.
—De acuerdo —asintió—. Vamos, cámbiate. Lo más probable es que lo dejen en observación toda la noche.
Me levanté tambaleante y fui corriendo a mi habitación. Mis manos temblaban tanto que apenas podía abotonarme los jeans. Me puse la primera blusa que encontré en el clóset y unos tenis. No podía pensar en nada más que en él.
Entre las dos, con la ayuda de uno de los guardias del edificio, conseguimos bajarlo hasta el auto. Cada movimiento era un suplicio. Lo recostamos con cuidado en el asiento trasero, y yo me senté a su lado, sosteniendo su mano como si con eso pudiera devolverle la conciencia.
—Tranquilo, mi amor… ya casi llegamos —susurré, acariciándole la mejilla.
Su rostro, siempre tan lleno de fuerza y carácter, ahora lucía pálido, vulnerable. Sentí que el corazón se me desgarraba al verlo así.
Ahora entendía por qué no había respondido mis mensajes.
Mientras el coche arrancaba rumbo al hospital, una sola pregunta me atravesaba la mente como un puñal: ¿Quién te hizo esto, Arturo?
