Capítulo 69
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Arturo Abad Rocamonte
Entré en la habitación de mi hija con una sonrisa que no podía contener. Lisa estaba sentada en el suelo, rodeada de muñecas y juguetes, mientras la señora Mariana —su niñera— la observaba con paciencia. Cuando ella me vio, le hice una pequeña seña con la mirada para que entendiera que quería quedarme a solas con mi hija. Mariana asintió en silencio y salió de la habitación con discreción.
Me acerqué despacio, apoyando una rodilla en el piso frente a Lisa.
—Te tengo una sorpresa, cielo —le dije con tono juguetón, mientras le revolvía el cabello y la besaba en la mejilla.
Ella abrió los ojos de par en par, tan brillante y curiosa como siempre.
—¿Qué es, papi? —preguntó, saltando un poco en su lugar.
—Está afuera de la habitación —le respondí, señalando con mi dedo hacia la puerta.
No esperó ni un segundo. Se levantó de un brinco y corrió hasta la puerta, la abrió con fuerza y su voz llenó la casa con ese entusiasmo que solo ella podía tener.
—¡Anaaaaa! ¡Anaaaa!
Solté una carcajada. Esa reacción me derritió.
Me levanté y fui hacia el pasillo. Ana estaba allí, con Lisa en brazos, y ella la abrazaba del cuello mientras le daba besos en la mejilla, riendo sin parar. La escena me golpeó directo al corazón. Ana sostenía a Lisa entre sus brazos mientras ambas reían como si se conocieran desde siempre. Por un instante imaginé que aquella imagen pertenecía a otra vida. A una vida tranquila. A un hogar. Mis dos chicas. Las dos personas que más quería proteger.
Por un instante me quedé quieto, solo observándolas, grabando ese momento en mi memoria. Sentí una punzada cálida en el pecho: felicidad pura, de la que cuesta poner en palabras.
—Ven, cielo —le dije con suavidad—, déjame cargarla yo. Ya está pesando más de lo que parece.
Ana sonrió y me entregó a Lisa con cuidado. La abracé contra mi pecho y la levanté, como solía hacerlo cuando era más pequeña.
—Hija —dije con voz seria, aunque una sonrisa se me escapaba en los labios—, hay algo que Ana y yo queremos decirte…
Lisa frunció el ceño, curiosa, hasta que de repente abrió los ojos como si hubiera descubierto un secreto.
—¿Son novios? —preguntó con toda la inocencia del mundo.
Ana y yo nos miramos, y no pude evitar sonreír mientras asentía.
—Sí, mi amor, somos novios.
—¡Bravo! —gritó ella, aplaudiendo antes de lanzarse a abrazar a Ana.
Las envolví a ambas con mis brazos, en un abrazo que me llenó el alma.
Pero entonces Lisa bajó la mirada, haciendo un puchero que me rompió un poco el corazón.
—Pero… yo ya tuve una mamá… —susurró con tristeza.
Ana le acarició el cabello con ternura, inclinándose para quedar a su altura.
—Nadie puede ocupar el lugar de tu mamá, pequeña —dijo con una voz suave, tan dulce que me erizó la piel—. Pero si tú quieres… podemos ser mejores amigas. ¿Te gusta la idea?
Lisa la miró durante unos segundos y luego asintió, con una sonrisa tímida que pronto se volvió una carcajada.
—Sí, me gusta mucho.
Las dos se abrazaron otra vez, y yo, mientras las observaba, supe que ese era el comienzo de algo hermoso en nuestras vidas.
…
Mi hija nos obligó a jugar con ella al doctor. Semanas antes me había pedido un kit médico; siempre decía que quería ser doctora como Ana, la admiraba con una ternura que me conmovía. Le compré un set infantil con casi todos los utensilios que usan los verdaderos doctores y una pequeña bata rosa que no quiso quitarse en todo el día.
Aquella tarde me recostaron sobre la cama. Lisa era la doctora, Ana la enfermera y yo, el paciente grave con una fiebre altísima. Ana intentaba contener la risa mientras mi hija me diagnosticaba con aire de profesional.
—Tiene una fiebre terrible, enfermera Ana. Prepárese para aplicarle una inyección al paciente —ordenó Lisa, tan sería que me costó no reír.
Ana asintió, jugando su papel a la perfección. Sentí su perfume acercarse, esa mezcla de vainilla y flores suaves que ya se había vuelto parte de mis días.
—Muy bien, señor Abad —dijo con voz exagerada y divertida—, la doctora Lisa ha recetado una inyección en el brazo.
Abrí un ojo para mirarla y ella sonrió con picardía antes de susurrarme al oído:
—No sabía que eras tan tierno.
—Solo cuando se trata de mi hija… y de ti también —respondí, bajando la voz—. En cuanto la doctora Lisa se duerma, exigiré mi dosis de cariño para mí.
Ana se sonrojó, y esa expresión la hizo aún más hermosa.
—Eso y más recibirá, señor Abad, por haberse portado tan bien hoy —dijo antes de acercarse y besarme con dulzura.
—¡Papá, sin besos! —protestó Lisa, frunciendo el ceño con autoridad.
Ana se separó riendo.
—Lo siento, doctora, no volverá a ocurrir —le dijo en tono de disculpa.
Terminamos el juego entre risas, y más tarde, los tres nos acostamos sobre la cama a ver una película. “Frozen”, por supuesto. Lisa quería mostrarle a Ana que una de las princesas tenía su nombre.
No recordaba la última vez que me sentí tan tranquilo. Sin discusiones. Sin abogados. Sin reuniones. Sin el peso de llevar una empresa sobre los hombros. Solo mi hija, Ana y una película infantil.
Cuando Lisa se durmió, su respiración suave llenó el silencio, Ana y yo nos miramos con una sonrisa cómplice. Me incorporé despacio y la tomé de la mano. Caminamos hasta mi habitación, en silencio. Con el corazón latiendo al mismo ritmo.
Apenas cerré la puerta, la acorralé suavemente entre esta y mi cuerpo. Ana levantó la vista; nuestros ojos se encontraron, y durante unos segundos, el silencio fue suficiente para decirlo todo.
—Gracias por ser tan buena con mi hija —murmuré, rozando su mejilla con mis labios, dejando un beso que se deslizó hasta su cuello. Mis manos buscaron su cintura, y ella se estremeció apenas.
—Es una niña maravillosa —susurró con un jadeo suave—. La has educado bien.
—He hecho todo lo que he podido para que esté bien… —dije en voz baja, apoyando la frente en la suya—. Eres la primera persona que me lo dice.
Sus palabras hicieron más por mí que cualquier reconocimiento profesional. Durante años me pregunté si estaba criando bien a Lisa. Escucharlo de Ana… significaba más de lo que ella imaginaba.
Ana me miró con ternura, con esa mezcla de calma y fuego que solo ella tenía.
—Sabes —añadí, acariciándole la mejilla—, nunca imaginé que la vida me daría otra oportunidad así.
Ella suspiró, sus labios se curvaron apenas.
—A veces, las segundas oportunidades llegan cuando uno menos lo espera.
La abracé con fuerza, respirando su perfume. Me era imposible no querer quedarme así, con el mundo detenido.
—¿Crees que esté bien, que me quede esta noche? —preguntó de pronto, algo insegura—. Aquí viven tus padres.
Sonreí, acariciando su cabello.
—Lo he hablado con mi madre. Está de acuerdo. Mi padre necesita descanso, y… bueno, ella confía en ti. También yo. No tengas miedo, mis padres te adoran.
Sus ojos brillaron, y ese rubor leve en sus mejillas me pareció la escena más dulce del día. Me incliné apenas, rozando sus labios con los míos, sin prisa.
—Entonces —susurró ella, con un brillo travieso—, si hoy no jugamos al doctor… podríamos jugar al arquitecto.
Me reí, sorprendido.
—¿Arquitecto?
—Tú decides cómo construir esta noche —dijo, alzando la mirada con esa picardía sutil que me desarmaba.
Su tono me arrancó una sonrisa. Había algo en ella que combinaba perfectamente la inocencia con la audacia.
—De acuerdo —le respondí, fingiendo solemnidad—, pero en mis proyectos se sigue cada detalle al pie de la letra.
—Prometo seguir tus instrucciones —dijo con una sonrisa cómplice.
Fui hasta el guardarropa y tomé el casco de seguridad junto con el chaleco fluorescente que usaba cuando visitaba las obras. Regresé hasta donde estaba ella y se los tendí con una sonrisa que apenas lograba contener.
—Tengo una idea… —murmuré—. ¿Te atreverías a ponerte esto? Nada más esto.
Ana abrió los ojos con sorpresa y después soltó una risa nerviosa.
—Eres imposible, Arturo.
—Lo sé. Pero contigo descubro versiones de mí que ni siquiera sabía que existían.
Sus mejillas se tiñeron de un delicado color rosado. Tomó las prendas entre sus manos y caminó hacia el baño. Antes de cerrar la puerta, giró apenas el rostro por encima del hombro.
—No mires al arquitecto hasta que el proyecto esté terminado.
No pude contener la risa.
—Prometo respetar los tiempos de construcción.
La puerta terminó de cerrarse y me quedé unos segundos inmóvil, sonriendo como un idiota. Resultaba increíble que una mujer pudiera despertar en mí tanto deseo y, al mismo tiempo, una ternura que casi dolía.
Mientras ella se cambiaba, terminé de quitarme la ropa con calma. Mi corazón latía con una fuerza absurda. No recordaba la última vez que había esperado con tanta ilusión algo tan simple como volver a verla.
Cuando la puerta volvió a abrirse, el tiempo pareció detenerse.
Ana apareció con el cabello completamente suelto, cayendo en suaves ondas sobre sus hombros. El chaleco naranja apenas cubría su figura y el casco le quedaba ligeramente grande, dándole un aire tan adorable como provocador.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—Dios… Ana…
Ella bajó la mirada, incapaz de sostener la intensidad con la que la observaba.
—Creo que esto fue una mala idea… Me siento un poco ridícula.
Negué despacio mientras me acercaba.
—No vuelvas a decir eso.
Tomé una de sus manos y la llevé hasta mi pecho.
—¿Lo sientes?
Ella levantó la vista.
—Mi corazón está completamente fuera de control por tu culpa.
Una sonrisa tímida apareció en sus labios.
—Entonces parece que el proyecto sí quedó bien.
—Muchísimo mejor de lo que imaginé.
Acaricié con cuidado su mejilla antes de besarla. Fue un beso lento, casi reverente, como si quisiera agradecerle la confianza que depositaba en mí.
Cuando nos separamos apenas unos centímetros, fue ella quien rompió la distancia.
—Arquitecto Abad…
Sus ojos brillaban con una mezcla de inocencia y picardía.
—Creo que falta revisar la obra.
Reí por lo bajo.
—Con mucho gusto, señorita Lago.
Sin apartar la mirada de la suya terminé de desvestirme. No había prisa. Me gustaba sentir cómo sus ojos recorrían mi cuerpo con la misma curiosidad con la que yo llevaba días descubriendo cada uno de sus gestos.
Cuando terminé, Ana se acercó lentamente.
No había inseguridad en sus pasos; había decisión.
Sus manos descansaron sobre mi pecho. Permanecieron allí unos segundos, sintiendo el ritmo acelerado de mi corazón.
—Siempre pareces tan fuerte… —susurró.
Tomé su mano y la besé con delicadeza.
—Contigo no tanto.
Ella sonrió.
—Me gusta saberlo.
La abracé por la cintura y apoyé la frente contra la suya.
—No sabes cuánto tiempo soñé con volver a sentir algo como esto.
Ana cerró los ojos.
—Yo también tenía miedo de no volver a enamorarme.
Aquellas palabras me atravesaron el alma mucho más que cualquier caricia.
Levanté su rostro entre mis manos.
—No quiero que vuelvas a tener miedo conmigo.
Ella negó suavemente.
—Ya no lo tengo.
Volvimos a besarnos.
Esta vez el beso fue más profundo, más lento, lleno de una confianza que ninguno de los dos había conocido semanas atrás.
Nos dejamos llevar sin prisas, descubriendo el lenguaje silencioso de nuestros cuerpos entre abrazos, sonrisas tímidas y susurros apenas audibles.
Cada vez que Ana temblaba entre mis brazos, me detenía apenas un instante para buscar su mirada.
—¿Estás bien?
Ella siempre respondía igual, acariciando mi rostro.
—Sí… no te detengas.
Aquellas palabras bastaban para que todo mi mundo desapareciera.
No existía la empresa.
No existían los problemas con Roberto.
No existía Clara.
Solo ella.
Solo nosotros.
Cuando finalmente descansó entre mis brazos, respirando aún con dificultad, acaricié lentamente su cabello.
—Eres increíble… —susurré.
Ana levantó apenas el rostro y sonrió con ese brillo dulce que siempre conseguía desarmarme.
—¿Sabes qué descubrí hoy?
—¿Qué cosa?
—Que detrás del empresario serio… vive un arquitecto tremendamente romántico.
Solté una carcajada.
—Y detrás de la doctora responsable…
Besé suavemente la punta de su nariz.
—…vive una mujer capaz de volver completamente loco a un hombre.
Ella escondió el rostro en mi cuello mientras reía.
La abracé con más fuerza.
No sabía cuánto duraría aquella felicidad.
Pero sí sabía una cosa.
Si el resto de mi vida podía terminar cada noche con Ana entre mis brazos, entonces no necesitaba pedirle nada más al destino.
