Capítulo 72

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Ana Paula Lago

Por la mañana todo fue un caos. Nos despertamos tarde, y entre la prisa y el cansancio de la noche anterior, apenas alcanzamos a organizarnos. Arturo, en cambio, parecía tener energía de sobra. Estaba de un humor tan radiante que hasta me irritaba un poco… aunque no podía negar que verlo así también me encantaba.
¿De dónde sacaba tanta energía? Definitivamente Arturo era puro fuego —pensé, medio riéndome.

Mientras me peinaba frente al espejo, él salió del baño con una toalla enredada a la cintura, dejando al descubierto ese cuerpo que tanto me gustaba. Giré la cabeza solo un poco, pero mis ojos se quedaron enganchados en él. 

Era un hombre muy apuesto: alto, con un cuerpo firme, musculoso sin caer en los excesos, exactamente como a mí me gustaba. No era un obsesionado del gimnasio; simplemente se cuidaba, sobre todo con la alimentación. Y se notaba. Por eso me gustaba tanto sentirme entre sus brazos; eran un refugio firme, cálido… mío.

Él notó que lo observaba y me regaló una sonrisa ladeada, de esas que parecían decir “sé perfectamente lo que estás pensando”. Me sonrojé, fingí concentración en mi cabello y él soltó una risa baja mientras se vestía con toda la calma del mundo.

Por suerte, cuando bajamos, Lisa ya estaba lista con su uniforme y desayunaba con los padres de Arturo. 

Le dimos los buenos días a cada uno, y me senté intentando disimular el sueño… y la vergüenza.

El señor Abad levantó la vista del periódico y me miró con amabilidad.
—Buen día, doctora Lago, veo que tiene a mi hijo tan contento —dijo con tono bromista—. Estoy complacido con esta relación, jovencita. Ahora tendré enfermera personal para cuando me enferme.

No supe si reír o esconderme debajo de la mesa.
—Muchas gracias, señor Abad —respondí, sintiendo cómo se me encendían las mejillas.

Arturo, que estaba a mi lado, pasó su brazo por detrás de mi silla y sonrió con picardía.
—Eso mismo dijo mamá —añadió—. Que por fin tendremos una doctora en la familia. Lisa también está encantada con la idea.

Todos rieron, y yo terminé soltando una risita nerviosa, intentando seguirles el ritmo. 

—Por supuesto que sí, señor Abad, amo mi profesión y siempre estaré encantada de poder ayudar, en especial si se trata de la familia de Arturo —sonreí buscando su mirada que se iluminó al instante, él depositó un beso en mi sien mientras acariciaba mi espalda con suavidad.

—Gracias amor —guiñó un ojo con complicidad.

Arturo solo tomó un poco de café antes de pedir los desayunos para llevar; ya íbamos bastante tarde.
—Sam llevará a Lisa al colegio y yo te llevaré a ti —dijo mientras buscaba las llaves del coche—. El hospital queda más cerca de mi oficina, de otro modo todos llegaremos tarde.
Asentí en silencio. Nos despedimos de Lisa, que subió alegremente al auto de Sam. La vimos alejarse, agitando la mano desde la ventanilla hasta que desapareció de nuestra vista.

Arturo condujo con rapidez rumbo a la clínica. Encendió la radio y, como si el universo conspirara, comenzó a sonar nuestra canción. Ninguno de los dos habló. Estábamos soñolientos, envueltos en un silencio cómodo, de esos que no pesan, solo acompañan.

En un semáforo en rojo, él tomó mi mano. Sus dedos comenzaron a acariciarla con suavidad, dibujando círculos en mi piel. Sentí cómo mi pecho se llenaba de una calidez tranquila. Su sonrisa fue tan sincera que, por un instante, dejó de parecer el empresario más poderoso del estado y volvió a ser simplemente Arturo.

—¿Prefieres los besos aquí o afuera? —preguntó con esa risita burlona que tanto me puede.
Entrecerré los ojos, fingiendo molestia, aunque por dentro me derretía.

Miré alrededor: había mucha gente entrando a la clínica, médicos, enfermeras, pacientes. Era justo la hora de mayor movimiento. Tragué saliva. Aún no me sentía lista para que todos me vieran con alguien más. Sabía que tarde o temprano ocurriría, pero por hoy… quería paz.

—Aquí —susurré apenas.

Arturo no dudó un segundo. Tomó mi rostro entre sus manos y me besó con intensidad, con esa mezcla de ternura y deseo que me dejaba sin aire. Cuando al fin se separó, sentí las mejillas ardiendo.

—Qué bueno que nos despedimos dentro del coche —dije con tono sarcástico, intentando recuperar la compostura.
—Ajá —respondió, divertido. Se colocó sus lentes oscuros y bajó del auto. Caminó hasta mi lado para abrirme la puerta, todo un caballero.

—En la tarde paso por ti —dijo, inclinándose para darme un último beso, más breve, pero igual de cálido.

Lo observé alejarse y no pude evitar sonreír. Tenía el corazón acelerado y la sensación de que el día ya valía la pena… solo por ese beso.

Cuando entré a la clínica, no sé si fue mi imaginación, pero sentí varias miradas curiosas sobre mí.
—Buenos días, doctora —me saludaron algunas enfermeras y doctoras que, por lo general, solo me hablaban cuando era estrictamente necesario.

Respondí con una sonrisa educada, aunque por dentro estaba confundida. Todo parecía… diferente. Había algo en el ambiente, una especie de murmullo contenido que no terminaba de entender.

Al llegar a mi consultorio, dejé mi bolso sobre el escritorio y me disponía a revisar la agenda del día cuando la doctora Ruíz entró sin siquiera tocar la puerta. Me molestaba tanto que hiciera eso.
—¡Buenos días, Ana! Vaya… el amor sí que te sienta bien —exclamó con una sonrisa exagerada.

La miré con sorpresa, arqueando las cejas.
—¿Por qué lo dices? —pregunté, desconcertada. No era mi cumpleaños ni había recibido ningún ascenso.

Ella abrió la boca para contestar, pero justo en ese momento sonó mi celular.
—Bueno, luego te cuento, tengo mucho trabajo —dijo, saliendo tan rápido como había entrado.

Fruncí el ceño mientras tomaba el teléfono. Era mi hermana Laura. Se me hizo raro; nunca llamaba tan temprano.
—¿Laura?
—¡Anaaaaaaa! —gritó al otro lado de la línea. Tuve que alejar el teléfono por el volumen de su voz.
—¿Qué pasa, Laura? ¿Por qué estás tan alterada? —pregunté, ya un poco molesta. No me gustaba que me gritaran.
—¿Por qué no me dijiste que estabas saliendo con alguien? ¿Esa es la confianza que nos tenemos como hermanas?

Sentí cómo se me tensaba la espalda. Me quedé en silencio, con la boca entreabierta.
—¿De qué estás hablando? ¿Cómo te enteraste?
—¡Medio Nuevo León ya está hablando de ti! ¡Está en el periódico, Ana, en primera plana! ¿No lo has visto?

Tragué saliva.
—¿En el periódico? —repetí en voz baja, masajeándome la sien.

No había caído en cuenta del nivel de influencia que tenía Arturo hasta ese instante. Él era conocido, poderoso, y claro… una nota sobre nosotros era material perfecto para los titulares. Entonces comprendí por qué todos me habían mirado diferente esta mañana. Mi mente se llenó de imágenes: mis compañeros, mis padres, mis pacientes… todos sabiendo lo nuestro.

Yo había imaginado algo diferente: una relación tranquila, discreta, algo que pudiera madurar con el tiempo. Pero ahora… ya era público. Y no estaba segura de estar preparada para eso.

—¿Tienes el periódico contigo? —pregunté, intentando mantener la calma.
—Sí, aquí lo tengo.
—Mándame una foto de la nota, por favor.
—Okey, pero… —su tono se volvió juguetón— ¿te estás cuidando, verdad, hermana?

Puse los ojos en blanco y bufé.
—Laura, soy doctora. Claro que me estoy cuidando.
—Okey, solo decía. No te enojes conmigo, que la que está enojada soy yo —recalcó, y yo no pude evitar reírme entre dientes.
—Por la tarde voy a verte —continuó—, quiero que me cuentes todo.

– Espe…. – colgó.

Suspiré, mirando el teléfono después de que colgó.

Casi de inmediato me llegó la fotografía de la nota del periódico.

Ahí estaba yo… “la chica misteriosa que sale con el magnate de Nuevo León, dueño de una de las constructoras más importantes del país: Arturo Abad Rocamonte.”
Sentí un vuelco en el estómago al ver mi rostro junto al suyo. La foto era del sábado, cuando fuimos a Parque Fundidora. Nos estábamos besando, completamente ajenos al mundo.

El nervio comenzó a recorrerme como una corriente eléctrica.
¿Arturo ya habría visto la nota?

Suspiré, cerré los ojos un instante tratando de calmarme, pero la tranquilidad no me duró mucho, porque a mediodía Lily irrumpió en mi consultorio sin siquiera tocar la puerta. Por suerte, no tenía paciente en ese momento.

—¡Ana, tienes que ver esto! —exclamó agitada—. Igual te vas a enterar, pero prefiero que lo veas por mí.

Su rostro reflejaba preocupación. Me miraba como si fuera a darme una noticia trágica.
—¿Qué sucede? —pregunté, aunque ya presentía que sería algo relacionado con la nota.

—Te acabo de enviar el link —dijo, con un tono entre tenso y cuidadoso.

Saqué el teléfono y abrí su mensaje. El enlace me llevó directamente a la página del programa matutino más popular del canal local.
El título me golpeó en seco:

“La chica misteriosa del arquitecto y empresario Arturo Abad Rocamonte.”

Tragué saliva, sintiendo cómo las manos me temblaban mientras leía:

“La chica misteriosa del arquitecto y empresario Arturo Abad Rocamonte.
Descubre quién es en realidad.
Este fin de semana se le vio al empresario, director de la constructora Grupo Rocamonte, pasear felizmente de la mano con una joven desconocida en la alta sociedad.
Caminaron durante largo rato hasta detenerse bajo la sombra de un hermoso fresno, donde compartieron muestras de afecto y besos.
¿Pero quién es esta chica? Aquí te lo contamos.
Nuestro equipo de investigación descubrió que, al parecer, se trata de la ex prometida del arquitecto Carlos Alcázar, quien hace unos meses laboraba precisamente en Grupo Rocamonte, empresa de Arturo Abad.
Alcázar fue una de las cuatro víctimas mortales del derrumbe en la plaza Antara.
¿Será que estos dos tortolitos se conocieron a raíz de aquella tragedia… o ya mantenían una relación desde antes?
Lo cierto es que a la señorita Ana no le duró mucho el luto, pues ha sido vista en varias ocasiones acompañada del empresario.
Mientras algunos aún lloran la tragedia de Plaza Antara, la joven doctora ya pasea de la mano del empresario.
Cabe mencionar que la joven en cuestión es doctora en uno de los hospitales privados más exclusivos de la ciudad.”

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