Capítulo 63

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Arturo Abad Rocamonte

Un mes entero pasó desde la última vez que vi a Ana. Había cumplido mi promesa —no la busqué—, aunque fue una pelea constante entre mi cabeza y el corazón. Ella se había borrado del mapa: cambió de número, se mudó de departamento, cerró puertas con la firmeza de quien no quiere ser alcanzada. Yo no la acosé; enviaba a Sam de vez en cuando solo para comprobar que estuviera bien, una excusa más para saber si respiraba en la ciudad que me la había robado.

Aquella mañana la oficina estaba en ese silencio productivo que sólo se rompe con el teclear de las computadoras o el murmullo apagado de un teléfono. Hacía horas que había pasado por mil planos, contratos y llamadas legales; aun así, mi mente volvía a ella con la terquedad de un péndulo. Samuel entró en la oficina con la discreción de siempre, pero traía algo en la mano que inmediatamente captó mi atención: un papel doblado.

—¿Qué es esto? —pregunté, frunciendo el ceño mientras lo tomaba entre los dedos. La textura del papel, el pliegue imperfecto.

—Vinieron a dejarlo hace un rato, señor —respondió Sam con esa calma de asistente, mi mayor confidente.

—¿Quién? —insistí.

—La señorita Ana Lago.

El nombre me llegó como una corriente eléctrica. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Abrí el pliego con cuidado, casi ceremonioso, como quien desenrolla una promesa; mis dedos rozaron la tinta, mi respiración se hizo más corta.

Leí el mensaje en voz baja, casi para mí:

Arturo:

Me tomó demasiado tiempo entender que estaba huyendo de la persona equivocada. Si aún quieres tomar ese café que me propusiste hace un mes, llámame cuando tengas tiempo. Esta vez prometo no salir corriendo. Llamame.

Ana.

Lo leí una vez, y otra. Sentí el latido del pecho subirme la garganta; por un segundo imaginé su voz, su sonrisa, la manera en que me miraba cuando no fingía indiferencia.

Podía llamarla en ese mismo instante. Bastaba con tomar el teléfono, marcar su número y escuchar otra vez su voz. Durante un mes entero había imaginado ese momento tantas veces que ahora, al tenerlo al alcance de la mano, me parecía irreal.

Mis dedos incluso alcanzaron el móvil sobre el escritorio, pero me detuve antes de desbloquear la pantalla.

Sonreí apenas.

No por orgullo. Tampoco por querer hacerla esperar. Había esperado demasiado tiempo para caer en juegos infantiles.

Ana había dado el primer paso. Después de un mes de silencio, había sido ella quien decidió buscarme. Y eso significaba más de lo que probablemente imaginaba. Por primera vez no la sentía huyendo, sino acercándose por voluntad propia.

Levanté la vista hacia el ventanal. La ciudad seguía su ritmo, indiferente a la batalla que libraba dentro de mí. Pensé en todo lo que habíamos dejado pendiente: las palabras que nunca dijimos, los silencios que nos lastimaron, el dolor que ambos habíamos aprendido a cargar en soledad.

Ya no tenía prisa.

Había esperado un mes. Podía esperar un par de días más. No porque quisiera castigarla, sino porque deseaba buscarla con la calma que una mujer como Ana merecía. No quería una llamada apresurada entre juntas y contratos. Quería verla de frente, invitarla a ese café y dedicarle todo el tiempo que durante semanas imaginé compartir con ella.

—La llamaré este fin de semana —murmuré más para mí que para Samuel.

Samuel sonrió de lado, como si entendiera perfectamente lo que pasaba por mi cabeza.

Doblé con cuidado la nota y la guardé en el cajón del escritorio. Permanecí unos segundos mirando mi reflejo en el cristal. La barba empezaba a crecerme, la camisa seguía desabotonada en el cuello y el cansancio todavía era evidente, pero había algo distinto en mis ojos.

Durante un mes respeté su decisión de alejarse. Ahora sería igual de paciente para volver a acercarme.

Esta vez no pensaba correr detrás de ella.

Pero tampoco volvería a dejar que desapareciera de mi vida.

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