Capítulo 64

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Ana Paula Lago

Cuando llegué al departamento, el sonido del televisor estaba bajo y la luz de la tarde entraba a través de las cortinas, bañando la sala con un tono cálido. Lily estaba recostada en el sofá, con las piernas cruzadas sobre el reposabrazos y el celular entre las manos, riendo suavemente por algo que veía en la pantalla. Su despreocupación era casi envidiable.

—¡Hola! —saludé, cerrando la puerta con suavidad—. ¿Podemos hablar, Lily?

Ella levantó la vista con una sonrisa curiosa.
—Por supuesto, amiga. —Se incorporó, acomodando los cojines y palmeando el espacio a su lado—. Siéntate, ¿qué pasa?

Me acerqué con cierto nerviosismo. Tenía el corazón un poco acelerado; no era fácil ser mensajera de un tema tan… delicado. Respiré profundo antes de hablar.
—Es sobre Roberto Abad.

En cuanto pronuncié su nombre, su expresión cambió. Frunció el ceño y rodó los ojos con un gesto que me dio risa.
—No quiero hablar de él, Ana. —Cruzó los brazos, hundiéndose en el sofá como una niña caprichosa.

Me contuve de reír y me incliné hacia ella.
—Por favor, escúchame un momento. Roberto ha estado haciendo un gran esfuerzo. Ha cambiado, o al menos lo está intentando. Ha ido a todas las sesiones de terapia, fundó su propia constructora… incluso me prometió dejar tranquilo a Arturo.

Lily arqueó una ceja con incredulidad.
—¿Y tú le crees? Ese hombre es un manipulador profesional.

—Ese mismo hombre del que hablas tan mal —respondí con un tono juguetón— es con el que te acostaste, ¿recuerdas?

Su rostro se descompuso al instante.
—¿Qué? —dijo con los ojos abiertos de par en par—. ¡Ese maldito se atrevió a contártelo!

Se puso de pie de golpe, cubriéndose el rostro con las manos.
—No puedo creerlo… qué vergüenza, Ana. Yo no quería que nadie se enterara.

Solté una pequeña carcajada.
—Tranquila, no te juzgo. Roberto es apuesto, y admitámoslo, tiene un encanto peligroso. Lo que me sorprende no es que te atrajera… sino que cedieras.

—¡Solo fue una vez! —protestó, bajando las manos y mirándome con el rostro rojo.

Me levanté también y la abracé.
—Lo sé, y él me lo contó sin alardear. Dijo que fue importante para él, que quiere verte de nuevo. —Saqué mi celular, buscando el número que me había dejado Roberto—. Te lo daré, pero solo si estás dispuesta a escucharlo. Dice que está buscando algo serio esta vez.

Lily soltó una carcajada tan fuerte que casi me contagia.
—¿Serio? ¿Roberto Abad buscando algo serio? Ana, eso suena a una broma del destino.

—No, lo dice en serio —insistí con suavidad—. Creo que está intentando sanar… como todos.

Lily se cruzó de brazos, pensativa, aunque una sonrisa traviesa se formó en sus labios.
—Está bien. Le escribiré, pero será en mis condiciones. Tengo la cita perfecta en mente para ponerlo a prueba.

—Lily… —suspiré, apretando los labios—. Prométeme que no le harás una jugarreta. Roberto está tratando de dejar atrás todo eso. Es el hermano de Arturo, y si las cosas salen bien… puede que por fin Arturo y yo también tengamos otra oportunidad.

Lily abrió los ojos con sorpresa, y su rostro se iluminó.
—¿En serio? ¡Ana! —me abrazó con fuerza—. Eso sí que es una buena noticia. No te preocupes, seré buena… mi cita con Roberto será muy seria. —Me guiñó un ojo, divertida.

Negué, riendo entre dientes.
—No sé si confiar en ti cuando haces esa cara.

Ella soltó una risa ligera y volvió a recostarse en el sofá, con el teléfono ya en la mano.
—Tranquila, doctora. Solo voy a enviarle un mensaje… nada peligroso, te lo prometo.

La observé mientras escribía, moviendo el dedo con rapidez sobre la pantalla. Había algo casi poético en verla así: tan libre, tan espontánea, tan impredecible. Roberto no sabía en lo que se estaba metiendo… pero, de alguna forma, tenía la sensación de que ambos necesitaban ese encuentro.

Suspiré, dejando que mi mirada se perdiera en el ventanal. A veces el destino tiene maneras extrañas de enseñarnos las lecciones que nos negamos a aprender.

Dos días después…

Dos días después…

Me resigné a que Arturo no me escribiría. Suponía que fue un impulso de mi parte dejarle aquella nota, una mezcla de esperanza y torpeza que ahora me hacía sonreír con algo de pena.

Esa mañana desayunaba frente a la televisión, sin mucho apetito. En las noticias mencionaban una lista de las empresas con mayor prestigio en el estado y, de pronto, su rostro apareció en pantalla. Arturo.

Las imágenes lo mostraban con ese porte elegante que tanto lo caracterizaba, estrechando manos, sonriendo ante los periodistas. Sentí un vuelco en el pecho. Lo extrañaba. Extrañaba su voz grave, la forma en que me observaba con esos ojos profundos que parecían desnudarme sin tocarme.

En mis sesiones de tanatología había hablado de él, de lo que me hacía sentir su recuerdo, de cómo su cercanía me removía algo que creía muerto dentro de mí. La terapeuta me dijo que no debía avergonzarme, que la vida estaba hecha de coincidencias y que tal vez conocer a Arturo había sido una de esas señales que el destino coloca frente a nosotros.

Coincidencia o no, si Carlos no hubiera muerto, jamás lo habría conocido.

Habían pasado cinco meses desde su partida. Cinco meses intentando reconstruirme.

Ese día era mi descanso. No iría a casa de mis padres; tenía planeado limpiar el departamento a fondo. Desde que Lily me había insistido en no pagarle renta por un tiempo, sentía la necesidad de compensarlo al menos manteniendo todo impecable.

Me quité el pijama, me di una ducha larga y dejé que el agua tibia despejara mis pensamientos. Después me puse un short de licra ajustado y una camiseta ancha de color azul cielo, la que me habían dado en el cumpleaños de mi sobrino Iker. En el frente tenía un Mickey Mouse sonriente y la frase “Soy la tía” en letras grandes. Me reí al mirarme al espejo. El short apenas se veía debajo de la camiseta.

Recogí mi cabello en una cebolla alta, puse música en el celular y dejé que la energía de la mañana me contagiara. Estaba barriendo cuando el timbre sonó.

—Seguro es el de paquetería… —murmuré para mí misma.

Sin pensarlo dos veces, fui a abrir la puerta.

Y entonces el tiempo se detuvo.

Ahí estaba. Arturo.

De pie frente a mí, con una camisa blanca arremangada y un pantalón oscuro que le quedaba perfecto. Sus ojos me recorrieron despacio, con esa mezcla de curiosidad y deseo que recordaba demasiado bien. Sentí cómo el aire se me atascaba en los pulmones.

—Arturo… ¿qué haces aquí? —logré decir apenas, con la voz entrecortada.

Él sonrió con un gesto que me desarmó por completo, sacó un pequeño papel doblado del bolsillo de su pantalón y me lo tendió.

—¿Esto te dice algo… o no fuiste tú? —preguntó, con la voz baja y un toque de ironía.

Era mi nota.

Tragué saliva y asentí, sintiendo el calor subir a mis mejillas.
—Sí… fui yo. —Mi voz sonó más tímida de lo que esperaba.

Arturo sonrió de lado, esa sonrisa suya que parecía una provocación.
—No te esperaba aquí… —balbuceé intentando recomponerme—. Quiero decir… sin avisar. ¿Cómo supiste dónde vivo?

—Si me invitas a pasar, te lo cuento —respondió con calma, alzando una ceja.

Por un segundo dudé. No porque no quisiera verlo, sino porque mi corazón latía con tanta fuerza que sentía que podía escucharse desde el pasillo. Me hice a un lado, abriendo la puerta con una leve sonrisa.

Él entró despacio, observando todo a su alrededor.
—Este departamento es más lindo que el anterior —comentó con tono casual, mientras sus ojos exploraban los detalles del lugar.

—Gracias… —respondí, aún algo nerviosa—. No es mucho, pero tiene buena luz.

—Tiene tu esencia —dijo él, acercándose a la ventana y girándose hacia mí.

Sus palabras, su mirada, el modo en que estaba ahí, en mi espacio… todo me parecía irreal.

No sabía si el destino me lo estaba devolviendo o si solo estaba jugando conmigo. Pero en ese momento, mientras él seguía mirándome como si quisiera memorizarme, sentí que cada esfuerzo por mantenerme distante empezaba a desmoronarse.

Y lo único que pude pensar fue que, quizá… solo quizá, el destino acababa de abrirme otra puerta.

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