Capítulo 65
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—Y bien, ¿cómo supiste dónde vivo? —pregunté de nuevo, con el corazón latiéndome en la garganta. Esperaba una llamada, un mensaje… cualquier cosa menos verlo aquí, de pie frente a mí, ocupando todo el espacio del pasillo.
Él dio un paso hacia mí, con esa manera suya de acercarse: segura, lenta, casi depredadora. Pero esta vez, a diferencia de otras veces, no retrocedí.
—Digamos que encontrar una dirección nunca ha sido un problema para mí —respondió con una leve sonrisa—. Además… cuando se trata de la mujer que llevo un mes intentando olvidar, habría terminado encontrándola tarde o temprano.
Rodé los ojos, aunque no pude evitar que una sonrisa se me escapara.
—Modesto, como siempre.
Él soltó una risita breve y sus ojos se suavizaron al mirarme.
—No fue difícil encontrar a la mujer que no ha salido de mi cabeza en todo este tiempo.
Mis pulmones parecieron olvidar cómo funcionar. Me quedé inmóvil, observándolo, tratando de asimilar sus palabras. Tenía el cabello un poco más corto, y su camisa azul clara se estiraba sobre sus hombros anchos, tensos. Aún olía a él: a madera, a café, a algo que me resultaba demasiado familiar.
Tuve que alzar el rostro —más todavía por las pantuflas que llevaba— para encontrar su mirada. Mi corazón se encendió con una mezcla de nervios y alegría. No había sido un error buscarlo.
Nos miramos. Y, sin previo aviso, acercó su rostro al mío, rozando su nariz contra mi mejilla. El contacto me paralizó.
—No sabes todo lo que sufrí esperando este momento —susurró con voz ronca, cerca de mi oído.
Su respiración cálida me erizó la piel. Me rodeó la cintura con una de sus manos y me atrajo hacia él, con una fuerza suave pero irrefutable. Mis manos se apoyaron sobre sus brazos, firmes y cálidos bajo la tela.
—Te extrañé, Arturo… —murmuré, casi sin voz.
Arturo cerró los ojos un instante, como si esas palabras fueran exactamente las que llevaba un mes esperando escuchar.
Dio un paso más cerca, despacio.
—No sabes cuánto necesitaba oír eso.
Él sonrió apenas, esa sonrisa que siempre parecía esconder algo más. Levantó mi barbilla con la punta de los dedos, obligándome a mirarlo de frente.
—Dilo otra vez.
Sus ojos brillaban con una intensidad peligrosa, y aun así me sentí a salvo dentro de su mirada.
—Te extrañé —repetí, tragando saliva—. Pero necesitaba sanar por dentro para darme cuenta de lo que siento por ti.
—Te habría esperado una eternidad si hacía falta —susurró—. Porque nunca dudé de que, cuando estuvieras lista, vendrías por mí.
Sin más palabras, acercó su rostro al mío. Nuestras narices se rozaron, y apenas antes de besarme, sus labios acariciaron los míos como si pidieran permiso. Me aferré a sus brazos, a esa sensación de seguridad y deseo que solo él sabía provocar.
Cuando nuestros labios apenas se rozaron, un cosquilleo ardiente recorrió mi vientre. Todo mi cuerpo respondió al instante, recordando lo que era sentirlo cerca. Las palabras de mi terapeuta resonaron en mi cabeza: “Está bien dejarte llevar, Ana. Tienes derecho a sentir, a ser feliz otra vez.”
Y lo hice.
Me dejé llevar.
Lo miré durante unos segundos. Ya no había miedo. Tampoco culpa.
Solo él.
Fui yo quien acortó la distancia.
Mis labios encontraron los suyos con timidez al principio, apenas un roce.
Arturo respondió despacio, como si hubiera esperado ese beso desde hacía demasiado tiempo y no quisiera arruinarlo por precipitarse.
Nuestros labios se unieron en un beso que no fue suave ni tímido. Fue real. Urgente. Desbordado de todo lo que habíamos callado durante meses.
Su lengua buscó la mía con destreza, marcando su propio ritmo, y mi mente se nubló. Todo desapareció: el departamento, la música, el mundo. Solo quedábamos él y yo, encerrados en ese instante, entre la respiración entrecortada y la certeza de que no había marcha atrás.
Arturo me besaba como quien vuelve a encontrar algo que creyó perdido.
Mi cuerpo se estremeció al sentir cómo sus manos descendían hasta la parte baja de mi espalda. Su contacto era cálido, decidido. El calor de sus palmas atravesó la tela de mi camiseta y sentí cómo mi respiración se volvía irregular.
Un jadeo se me escapó.
El aire pareció quedarse suspendido entre nosotros.
Por un instante quise perderme en esa sensación, pero la razón me alcanzó. Me separé apenas, sacando mi lengua de su boca, intentando recuperar el control.
—¿No crees que es demasiado rápido? —pregunté, buscando su mirada.
Él sonrió apenas, con ese aire de confianza que me desarma cada vez.
—Para mí, nada es demasiado rápido si se trata de ti —susurró, con una voz tan baja que me erizó la piel—. Puedo ser el Arturo que tú quieras: el tierno, el romántico… el pasional. Si me aceptas, prometo vivir para cumplir todos tus deseos, Ana.
Una sonrisa involuntaria se dibujó en mis labios. Me encantaba este lado de él, el que no había tenido oportunidad de conocer antes. El hombre que ahora me hablaba con el alma abierta y las manos aferradas a mi cuerpo, como si temiera perderme.
—No quiero que te apartes de mi vida —dije, con un hilo de voz—. Pero todo esto se siente tan rápido… aún no sé mucho de ti, y tú tampoco de mí.
Arturo llevó un dedo a mis labios, pidiendo silencio.
—Iremos tan lento como quieras, mientras sigas a mi lado —dijo con ternura—. No me importa cuánto tardemos en construir esto. Lo único que me importa es que, cuando mires hacia atrás, nunca puedas decir que te apresuré.
Asentí despacio.
—Está bien…
Sus labios rozaron los míos en un beso breve, casi casto, pero lleno de promesas. Cuando se apartó, mi respiración aún estaba alterada. Me costó recuperar el aire, aunque en el fondo no quería hacerlo.
—Voy por un poco de agua —murmuré, intentando distraerme.
Caminé hacia la cocina, pero escuché sus pasos detrás de mí.
—¿Quieres agua? —pregunté sin girarme.
—Por favor —respondió con esa sonrisa de medio lado que tanto recordaba—, pero tomaré del tuyo.
Rodé los ojos, divertida. Abrí el refrigerador, saqué la jarra y llené mi vaso casi hasta el borde. En cuanto levanté la vista, sentí su cuerpo pegado al mío. Su mano se posó en mi cintura, y el calor de su palma atravesó la tela fina de mi blusa.
—Arturo… —susurré, sin la fuerza suficiente para alejarme.
Con la otra mano me quitó el vaso y lo llevó a sus labios. Me giré lentamente y lo observé beber. Era imposible no hacerlo. Había algo hipnótico en la forma en que inclinaba la cabeza, en la línea de su cuello moviéndose con cada trago.
Cuando terminó, me devolvió el vaso vacío y, sin previo aviso, rozó mis labios con los suyos antes de besarme el cuello. El contraste entre su aliento tibio y el toque frío de sus labios me hizo soltar una risa suave.
—¿Quieres comer conmigo? —preguntó junto a mi oído—. Y luego podríamos dar un paseo por la ciudad. Hace siglos que no lo hago, y me encantaría que fuera contigo.
Lo miré, tratando de contener la sonrisa.
—Me encantaría —respondí, sintiéndome por un instante como una niña emocionada.
—Perfecto. Te espero aquí.
—Dame diez minutos, solo voy a cambiarme.
Él asintió y se acomodó en el sillón, sacando su celular. Mientras escribía algo en la pantalla, yo me dirigí a mi habitación.
Al cerrar la puerta, respiré hondo. No podía creer que realmente estuviera ahí, en mi sala, como si el universo hubiera decidido darme una segunda oportunidad.
Me miré en el espejo. Arturo vestía casual: jeans negros, una camiseta a rayas blancas y negras, y unos tenis oscuros. Quise que combináramos. Elegí unos jeans negros ajustados, una blusa blanca sencilla y mis tenis blancos. Me hice una trenza rápida, me maquillé con discreción. No quería parecer alguien distinta… solo quería sentirme bien.
Cuando regresé, él levantó la mirada de su teléfono. Se puso de pie de inmediato y caminó hacia mí.
Sus manos sostuvieron mi rostro con una delicadeza que contrastaba con la fuerza que siempre proyectaba.
Me besó la frente.
—Bienvenida de nuevo a mi vida, Ana.
Sentí que algo dentro de mí terminaba de sanar.
Mientras nuestras manos se entrelazaban camino al ascensor, comprendí que el amor no siempre llega para reemplazar un pasado.
A veces llega para enseñarte que todavía existe un futuro.
