Capítulo 70

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Lilian Caballero

Llegué veinte minutos antes de la hora acordada con Roberto. No sabía qué esperar de aquella cita. Ana insistía en que él había cambiado y yo quería creerle… pero también conocía demasiado bien al hombre que tenía delante. Necesitaba comprobar con mis propios ojos si ese cambio era real. Aún me sentía molesta por lo que le hizo a Miguel.

Suspiré mientras abría la cajuela para bajar las cosas que llevaba.

Roberto no era el hombre más guapo que había conocido. Había médicos mucho más atractivos físicamente. Pero ninguno tenía esa presencia. Entraba a un lugar y parecía adueñarse del aire. Sonreía, levantaba una ceja o simplemente hablaba… y era imposible no mirarlo.

Además, su personalidad varonil y esa sonrisa suya… con solo eso podía tener a cualquier mujer a sus pies. Y, sin embargo, al parecer había puesto los ojos en mí.

Una médica que llevaba semanas refugiándose únicamente en el trabajo. Bueno… y en la comida. No era precisamente mi mejor estrategia para superar una ruptura. Había comido demasiado, aunque me doliera admitirlo. Lo hice para reprimir mis emociones. Mi relación con Miguel estaba rota, y aquella noche que pasé con Roberto me había dejado algunas secuelas… Había sido la noche más espectacular de mi vida. Cada vez que recordaba aquella noche, un calor incómodo recorría mi cuerpo. Y eso era precisamente lo que más me molestaba.

Suspiré de nuevo.

Bueno, tal vez ahora que había subido unos cuantos kilos, Roberto dejaría de ser tan insistente. Estaba segura de que no era el tipo de mujer que él estaba acostumbrado a frecuentar. Me gustaba la fiesta, sí, pero no era tan liberal como para tener una relación abierta. Además, mi padre no dudaría en reprenderme; él y mi madre eran más bien un matrimonio tradicional.

Ya solo faltaban diez minutos para que llegara. Sonreí, divertida. Cuando viera cómo sería nuestra primera cita, entonces sabría si era el tipo de hombre con el que me gustaría tener algo más que una simple noche de aventura.

Uno de los enfermeros de apoyo en este tipo de actividades vino a mi rescate con un carrito de servicio y me ayudó a acomodar las cosas.

—¿Quiere que le ayude a hacer el recorrido, doctora? —preguntó el chico pelinegro. Tendría unos veinte años; jovencito, seguramente aún estudiante.

Negué con una sonrisa amable.
—Gracias, pero espero a alguien que me apoyará.

Ni siquiera escuché sus pasos. Solo sentí su perfume mezclándose con el mío y esa extraña sensación de que alguien acababa de invadir mi espacio.

—Hola, mi querida y ardiente doctora.

Las palabras, pronunciadas con esa voz grave y socarrona, me hicieron contener el aliento. Sentí su respiración cálida rozar mi cuello y mis mejillas se encendieron de inmediato. Me giré, aclarando la garganta y dando un paso atrás para poner algo de distancia.

—Roberto… llegaste temprano —dije, intentando sonar casual, aunque el corazón me latía en los oídos. Demasiado puntual. Qué raro. Empezaba a sospechar que el hombre solo llegaba tarde cuando quería desesperar a alguien. Si no tuviera todo un historial de travesuras y maldades, sería el hombre perfecto.

Sonrió con esa autosuficiencia que tanto lo caracterizaba, plenamente consciente del efecto que provocaba en mí. Su mirada recorrió mi figura de pies a cabeza. No me incomodó; más bien se sintió como si me estuviera admirando… aunque sin lujuria. No todavía.

—Hay algo diferente en ti —dijo, ladeando la cabeza con aire analítico—. ¿Te cortaste el cabello? ¿Te maquillaste distinto? ¿O es la bata que oculta tu ropa?

Rodé los ojos y crucé los brazos.
—En este mes que no nos vimos subí como diez kilos —exageré, aunque en realidad eran cinco. Quería ver su reacción—. Puede que eso te decepcione un poco. Digamos que estuve disfrutando mi soltería.

Roberto soltó una risa breve, divertida.
—Vaya que lo disfrutaste, ¿eh? —replicó, negando con la cabeza—. Y no, no me decepcionas. Veámoslo de esta manera: ahora tendré más de dónde tocar.

Su sonrisa descarada hizo que una oleada de calor subiera por mi pecho. Maldición.

Desvié la vista. No iba a caer tan fácilmente.
—No perdonas una… —murmuré con fingido desdén.

Él se encogió de hombros, divertido.
—Deberías tomarlo como un halago. A mí no me importa si subes o bajas de peso; es en lo que menos me he fijado desde que te conocí.

Su tono cambió. Había sinceridad en sus palabras. Lo miré a los ojos y mi corazón dio un salto. Una sonrisa leve se dibujó en mis labios, y cuando él sonrió también, sentí algo cálido instalarse en mi pecho.

—Bien jugado, punto a tu favor  —admití.

—Y bien… ¿Estás lista para irnos? —preguntó con ese aire de superioridad que parecía inherente a él.

Esta vez fui yo quien sonrió con picardía.
—Esta es nuestra cita.

Extendí las manos hacia el carrito de servicio. Roberto arqueó una ceja, sin entender a qué me refería.

—Soy parte de una asociación —expliqué—. Nos organizamos para venir, al menos una vez al mes cada quien, a traer comida a los familiares de los niños internados en el hospital pediátrico público. Muchos vienen de fuera y no tienen recursos para comprar alimentos; algo caliente en el estómago es una bendición para ellos. Algunos incluso duermen aquí.

Roberto me observó en silencio, frunciendo ligeramente los labios.

—Pero si no te nace ayudar a un desconocido, está bien —añadí, bajé un poco la voz—. El altruismo no es para todos.

Él tragó saliva, manteniendo la compostura.
—Sé lo que intentas hacer, Lilian. No soy tonto.

—Claro que no —respondí, ofendida—. Jamás he dicho eso. Sé perfectamente que eres muy inteligente.

Una sonrisa ladeada apareció en su rostro.
—No te vas a deshacer de mí tan fácil, doctora. Vamos, entre más pronto hagamos esto, más pronto terminaremos.

Rodé los ojos, conteniendo una sonrisa. Roberto tenía la habilidad de hacerme querer matarlo y besarlo al mismo tiempo. Y, por desgracia, eso lo hacía todavía más irresistible.

A diferencia del hospital privado donde trabajaba, aquí las habitaciones eran compartidas; ocho pequeñas camas separadas por cortinas color crema que apenas ofrecían algo de privacidad. El murmullo de los monitores se mezclaba con los suspiros de los padres, el llanto de algún bebé y el sonido metálico de las bandejas.

Roberto empujaba el carrito mientras yo iba entregando las porciones de comida.
Era evidente que aquel lugar le incomodaba. No era un hospital privado con habitaciones impecables ni un restaurante exclusivo. Aquí olía a medicamentos, cansancio y esperanza. Sin embargo, no dio un solo paso atrás.
Saludaba, sonreía, incluso soltaba alguna broma para relajar el ambiente, lo que hacía que algunas mamás soltaran una risita nerviosa, era inevitable no sentirse atraído ante su atractivo.
Él tenía ese encanto natural que desarmaba a cualquiera, aunque, en el fondo, yo sabía que no era el tipo de hombre acostumbrado a estar en lugares donde el dolor flotaba tan cerca.

Yo también sentía un nudo en el pecho. Cada mirada agradecida, cada “Dios la bendiga, doctora”, me recordaba por qué hacía aquello.

Cuando llegamos a la última sala, una enfermera estaba acomodando la sábana de un niño de unos siete años, de ojos grandes y piel muy pálida.
—Hola, cielo —le dije con voz suave, acercándome—. ¿Dónde están tus papás?

La enfermera me miró con ternura.
—No tiene, doctora. Viene del orfanato. Lo operamos de apendicitis, ya está fuera de peligro, solo se queda un par de días más antes de regresar.

Tragué saliva.
El pequeño levantó la vista, curioso, y sonrió con esa inocencia que rompe el alma.

—¿Cómo te llamas, campeón? —pregunté, agachandome a su altura.

—Tadeo —respondió con una vocecita dulce.

Mi garganta se apretó. Tadeo… apenas un niño de unos siete años, y sin nadie que lo esperara en casa. Sentí el corazón encogerse dentro del pecho.

Fue entonces cuando su mirada se desplazó hacia Roberto. Lo observó como si lo estudiara.
—¿Tú podrías adoptarme? —preguntó de pronto.

El silencio cayó de golpe. Sentí cómo el aire se espesaba. Mis ojos se movieron hacia Roberto, que parpadeó, desconcertado.
Carraspeó, y noté cómo sus hombros se tensaban.

—Me gustaría poder decirte que sí, campeón… pero todavía no soy el hombre indicado para hacerlo  —dijo con voz ronca, intentando sonar tranquilo—. No estoy casado, ¿sabes? Si te adoptara, no tendrías una madre, y todo niño necesita una. Pero estoy seguro de que pronto llegará un matrimonio que te va a querer muchísimo. Solo tienes que tener paciencia, ¿vale?

Tadeo asintió despacio, mordiéndose el labio.

Yo no pude apartar la mirada de Roberto. Ese hombre, tan sarcástico, tan orgulloso… estaba quebrándose un poco por dentro. Lo vi en sus ojos. El niño había tocado algo en él, algo que ni siquiera sabía que tenía.

Se inclinó y le revolvió el cabello con delicadeza.
—Eres un niño muy valiente, Tadeo —dijo con una sonrisa leve—. Te prometo que mañana te mandaré un regalo.

Los ojos del pequeño brillaron.
—¿De verdad?

—Claro. Pero dime, ¿qué es lo que más te gusta?

—El fútbol. Mi equipo favorito es el Monterrey.

Roberto soltó una risa suave.
—Entonces ya está decidido. Mañana tendrás un balón nuevo y la playera oficial del equipo. ¿Qué te parece?

Tadeo casi salta de emoción.
—¡De verdad! ¡Gracias!

—De nada, campeón. Pero solo si prometes recuperarte pronto —añadió, guiñándole un ojo.

Nos despedimos mientras la enfermera acomodaba la bandeja de comida junto a su cama.
Yo salí de la habitación con el pecho apretado y las emociones a flor de piel. Roberto caminaba a mi lado, en silencio. Su semblante había cambiado.

—No digas nada —me pidió, sin mirarme.

Asentí, comprendiendo.

Caminé junto a él sin decir una sola palabra. No hacía falta. El hombre arrogante que había conocido semanas atrás acababa de prometerle un regalo a un niño que jamás volvería a ver. Quizá Ana tenía razón. Tal vez Roberto Abad no estaba cambiando por alguien más. Tal vez, por primera vez en muchos años, estaba empezando a encontrarse a sí mismo.

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