Capítulo 99

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Roberto Abad Rocamonte

La voz de Sam me alcanzó desde atrás, áspera, temblorosa, como si él también estuviera al borde del colapso. Me obligó a detener las manos por primera vez en… no sabía cuánto tiempo. Sentí el peso del cansancio golpearme, como si mi cuerpo por fin recordara que era humano, que tenía límites.

Pero mi mente seguía exigiéndome continuar.

Por Lisa.

—Señor… —Sam tragó saliva—. Hemos encontrado el cuerpo de la señora Domenika Alcázar… sin vida.

Cerré los puños con tanta fuerza que mis uñas se clavaron en la piel.
En otra circunstancia habría sentido alivio. Rabia. Incluso satisfacción.
Pero ahora solo sentí un vacío amargo.

Hubiera preferido verla vivir.
Verla pagar.
Ver cómo enfrentaba cada uno de los estragos que causó.
Pero no… la maldita se llevó consigo su castigo cuando cayó desde esa maldita altura.

Asentí con la mandíbula dura, los músculos tensos hasta doler.

Sam se humedeció los labios, ese gesto nervioso que hacía cuando algo lo preocupaba. Era un buen hombre… había sido la sombra de Arturo por años, su mano derecha, su apoyo. Y sí, yo alguna vez intenté joderlo… porque a veces todo lo que Arturo tenía me provocaba resentimiento.

Pero Sam permaneció. Arturo siempre lo trató como a un hermano.

En ese momento, agradecí que estuviera allí.

—Señor… —continuó con cautela—. Creo que lo más conveniente es que usted mismo le dé la noticia a los señores Abad. Deben hablar de cómo manejarán la situación frente a la niña Lisa. No espere a que se enteren por los medios. Los reporteros ya llegaron, andan como buitres. He logrado frenarlos un poco, pero no… no podremos contenerlos mucho. El rumor de que este derrumbe fue provocado ya se extendió. Será algo muy mediático. No podremos detenerlo.

Tenía razón.

Solo imaginar volver a la mansión, enfrentar a mi padre, sentir su juicio clavándose como cuchillas… me revolvió el estómago.

—¿Crees que mi padre quiera recibirme? —pregunté, sabiendo perfectamente cuál sería la respuesta. O eso pensé.

—Tendrá que hacerlo, señor. —La seguridad en su voz me sorprendió—. Deben enterarse por usted. Si lo saben por otro medio… su padre podría sufrir las consecuencias. Y no queremos otro accidente hoy.

Inspiré hondo. No sabía si me estaba preparando para el infierno o solo aceptando que ya estaba dentro de él.

—Vaya, señor —añadió Sam, poniéndose firme—. Yo me quedaré aquí. Mi contacto en la policía me informó que el equipo trabajará toda la noche. Las veinticuatro horas. No se detendrán hasta encontrar al señor Arturo y a la señorita Ana.

Lo miré.

Y por primera vez en toda mi jodida vida… le agradecí de verdad.

—Te lo encargo, Sam —logré decir, con la voz ronca, rota.

Él asintió con firmeza.

—No se preocupe. Yo estaré aquí. Le llamaré ante cualquier novedad.

Me quité el saco, cubierto de tierra, sangre seca y polvo.

Mi móvil vibró.
Miré la pantalla.
Lily.

Su nombre me golpeó directo al pecho.

Quise contestar, pero tendría que explicar.
Quise escuchar su voz.
Quise derrumbarme, hundirme en ese abrazo cálido que siempre me daba y que tenía el extraño don de calmar incluso la parte más oscura de mí, de curar mi alma herida.

Pero no podía hablar. No así. No todavía.

El móvil siguió sonando y yo solo pude enviarle un mensaje:

“Más tarde te veo. Lo siento.”

Guardé el teléfono.
El silencio volvió a tragarse mis pensamientos.

La mansión de mis padres se alzaba frente a mí como un monumento a un pasado que me pesaba en los hombros. Las luces frías del exterior apenas atravesaban la bruma que aún parecía seguirme desde el derrumbe. Mis manos seguían temblando sobre el volante cuando me estacioné frente a la puerta principal.
Respiré hondo, sintiendo el olor a polvo, a concreto, a sangre seca en mi propia piel.

Golpeé la puerta.
Una vez.
Dos.

Mi madre apareció antes de que terminara el tercer golpe.
Sus ojos, siempre cálidos, se abrieron de par en par. Se cubrió los labios con ambas manos, horrorizada.

—Hijo… ¿Qué te pasó? —su voz tembló, como si temiera tocarme y comprobar que era real.

Yo tragué saliva. El nudo en mi garganta quemaba.

—Mamá…

Sentí la sombra de mi padre antes de verlo. Sus pasos duros resonaron en el mármol del recibidor. Cuando apareció, su rostro era una máscara de desprecio.

—No eres bienvenido en esta casa, Roberto. —Su voz fue un golpe seco—. No eres digno de pisar un pie en ella.

Sus palabras me atravesaron el pecho como una puñalada.
Quise responder.
Quise escupirle todo el veneno que durante años él mismo había alimentado.
Pero recordé su última crisis, el tanque de oxígeno, la mirada aterrada de mi madre.

No valía la pena matarlo por un berrinche.

Lo ignoré.

—Lo sé. Y no te preocupes… si no hubiera sido necesario, jamás habría venido. —Respiré hondo, sintiendo que el mundo me aplastaba—. Solo vine a avisarles que Arturo y Ana están atrapados bajo un derrumbe. En la plaza Antara. Las columnas y parte de la techumbre colapsaron sobre ellos.

El rostro de mi padre, tan orgulloso, tan altivo, palideció.
Se llevó la mano al pecho.

—¿Qué dices…?

Mi madre lo sostuvo antes de que perdiera el equilibrio. Lo abrazó, tratando de mantenerlo estable, mientras me miraba con lágrimas en los ojos.

—Roberto… hijo… explícanos qué está pasando…

Mi padre levantó el rostro, furioso.

—¿Tú lo hiciste? —me escudriñó como si yo fuera capaz de matar a mi propio hermano.

Negué sin dudar.

—No fui yo. Fue la ex suegra de Ana. —Mi voz tembló al recordarlo—. Una mujer enferma de venganza… la citó ahí, Arturo y yo llegamos para advertirle… pero no alcanzamos. Arturo estaba con ella cuando esa mujer detonó una bomba. Ahora mismo están levantando los escombros.

Mis últimas palabras salieron apenas como un murmullo.
Porque la verdad ardía: era muy probable que ninguno de los dos estuviera vivo.

Mi padre apartó a mi madre con brusquedad y avanzó hacia mí. Su sombra se alargó bajo las luces del techo.

—Pero tú estás ileso. —Su voz fue puro veneno—. Ni creas que si algo le pasa a tu hermano te quedarás con mi herencia.

Yo ladeé la cabeza.
La misma cantaleta de siempre.
Las mismas amenazas vacías de un hombre que nunca supo ser padre.

—Escúchame bien, padre. —Mi voz salió grave, rota, pero firme—. Si Arturo muere, tendrás que buscar a otro idiota para heredar. No pienso reclamar ni un mísero peso que venga de ti. Así como tú me desconoces como hijo… yo te desconozco como padre. No quiero nada tuyo.  Ni tu dinero, ni tu respeto, ni tu cariño. Solo vine a avisarles. Nada más.

Miré a mi madre.
Su llanto me desgarró más que el derrumbe, más que la sangre en mi sien.

—Lo siento, mamá. —Mi voz se quebró—. Deseo que su hijo siga con vida.

No esperé respuesta.

Di media vuelta y salí de la mansión con el corazón estrujado, los puños apretados y la respiración temblorosa.
El aire nocturno me golpeó como una bofetada.

Subí a mi auto.
El motor rugió.
Y salí disparado por la avenida, ignorando límites, luces, semáforos.

Solo había un lugar en todo el maldito mundo donde quería estar. Con la única persona capaz de detener el caos que me consumía por dentro.

Cada paso hacia la habitación de Lili se me hacía eterno. Necesitaba verla. Necesitaba sentir que algo en mi mundo seguía en pie.

Cuando abrí la puerta, ella estaba recostada, con el cabello despeinado sobre la almohada, pero aun así se veía hermosa. En cuanto me vio, sus ojos se abrieron como si acabara de respirar después de mucho tiempo sin aire.

—Roberto… —intentó incorporarse, pero di dos pasos rápidos hacia ella.

—No te muevas —le pedí con voz ronca, a manera de súplica —Por favor, Lili, quédate así, no te muevas.

Ella obedeció, aunque la preocupación le tensó las cejas.

—No me contestabas… pensé que… —se mordió el labio, como si las palabras le pesaran— pensé que te había pasado algo.

Mi pecho se apretó. No sentía merecer su preocupación, pero la necesitaba más que el aire. Me acerqué y la abracé con cuidado, lo justo para sentir el calor de su cuerpo, para oler su perfume suave, ese aroma que siempre me hacía sentir menos roto. Apoyé mis labios en su cuello, apenas un roce, luego uno en la mejilla, y finalmente en su boca, dulce, tibia y frágil.

No la besé con urgencia. La besé como un hombre que necesitaba recordar que aún estaba vivo.

—Perdóname —susurré contra sus labios—. Perdóname por no contestarte… no estaba bien… no estoy bien.

Ella me tomó el rostro entre sus manos, estudiando mi expresión como si buscara una herida que no veía.

—Roberto, ¿qué tienes…? Me estás preocupando.

A un lado, su madre estaba sentada en un sillón, distraída con el móvil. De pronto, el sonido de una notificación pareció congelarla. La vio, y su rostro cambió de golpe. Se levantó casi como un resorte.

—¡Dios mío! —exclamó, llevándose la mano a la boca.

La miré. Ella me miró. Y durante un segundo, supe que sabía exactamente lo que estaba pasando. 

—Vine a decírselo a Lilian —dije con voz baja, apenas contenida.

La madre de Lili asintió despacio. Sus ojos se humedecieron, pero fue fuerte. Ella sabía que Ana era la mejor amiga de Lili.
—Voy a dejarlos solos unos minutos… —murmuró, y salió de la habitación, cerrando la puerta con suavidad.

Cuando la puerta se cerró, Lili me tomó la mano con ambas suyas.
—Roberto… me estás asustando. Dime qué pasó.

En ese instante no había forma de protegerla de la verdad.

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