Capítulo 94
⸻⸻⸻ ♡ ⸻⸻⸻
Roberto Abad Rocamonte
El motor del auto rugía bajo mis manos, pero dentro de mí solo había silencio. Uno pesado, denso… Arturo iba a mi lado, con la mirada fija al frente, sin decir palabra.
El dolor seguía ahí, anclado al pecho, como si me hubieran metido una navaja y la hubieran dejado clavada. Clara… Maldita sea.
Siempre le creí.
Siempre pensé que era distinta, que su manera de mirarme tenía algo real, algo que iba más allá del pasado con Arturo. Pero no. Solo fui parte de su venganza. Una pieza más en su juego enfermo. Durante años me pregunté cómo era posible que ella y Katherine fueran mejores amigas. Ahora, por fin, lo entendía.
Tragué saliva, el nudo en la garganta no se iba. Cerré con fuerza el puño sobre el volante y respiré hondo. La traición dolía más de lo que imaginé… no por lo que le hizo a Arturo, sino porque me hizo creer que podía confiar en ella. Que podía volver a sentir algo después de tanto tiempo.
Miré de reojo a mi hermano. Tenía el rostro tenso, la mirada perdida. También le dolía, lo sabía. Pero Arturo era distinto. Siempre supo esconder el dolor bajo esa calma suya que a veces me desesperaba.
—Yo… —alcancé a decir, sin saber realmente cómo continuar. No había palabras que pudieran arreglar el desastre que teníamos enfrente.
Arturo negó despacio, sin mirarme.
—Está bien —dijo con voz baja, serena, pero firme—. Es mejor no decir nada. Ambos fallamos, Roberto. Ya no sirve de nada revolver la mierda del pasado.
Me quedé callado. Tenía razón, aunque me quemara admitirlo.
—Ahora lo importante —continuó— es proteger a las mujeres que amamos. Lili y Ana son mejores amigas, y nos guste o no, tendremos que hacernos a la idea de que no podemos borrar lo que pasó. Por más lejos que estemos, siempre vamos a tener que vernos las caras.
Asentí en silencio. Lo sabía. Y aunque parte de mí deseaba huir, alejar a Lili de todo esto, otra parte se negaba a hacerlo. No después de lo que había pasado. No después de saber que alguien había querido hacerle daño.
Mis dedos volvieron a tensarse sobre el volante.
Si algo me quedaba claro, era que mientras yo respirara, nadie volvería a tocarla.
Nadie.
El dolor seguía ahí, latiendo bajo la piel, pero ya no era solo eso. Era también furia, determinación. El tipo de fuego que te levanta del suelo aunque estés destrozado.
—¿Sabes qué es lo peor? —murmuré.
Arturo no respondió.
—Que pasé años odiándote… cuando los dos éramos víctimas de la misma persona.
Él cerró los ojos un instante.
—Lo sé.
—Lo siento.
Arturo giró apenas la cabeza.
—Yo también.
El camino al hospital se hacía eterno. El silencio entre Arturo y yo seguía, pero esta vez ya no era incómodo. Era una tregua. Una promesa muda entre dos hombres que habían sido traicionados… y que ahora solo tenían una prioridad: proteger a las mujeres que lo habían cambiado todo.
…
Caminé por el pasillo con paso firme, pero el corazón se me apretaba con cada metro que me acercaba a su habitación.
Al cruzar la puerta de la habitación, la vi.
Ana estaba sentada junto a la cama de Lili, con la mirada suave y la mano sobre la de ella. Lili dormía, pero en cuanto el sonido de mis botas resonó contra el suelo, abrió lentamente los ojos.
No lo pensé.
No lo razoné.
Solo sentí.
Me acerqué, y antes de que nadie dijera nada, me incliné y la besé.
Sus labios estaban tibios, frágiles… pero ese beso me hizo sentir vivo. Puse una mano en su mejilla, acariciándola con cuidado, como si temiera romperla. Su respiración tembló contra la mía, y cuando me separé apenas unos centímetros, vi en sus ojos algo entre sorpresa y ternura.
Lili me miró, desconcertada, y juro que pude leer en su mirada la pregunta que no se atrevía a hacer: ¿Qué sucede? ¿Por qué ese beso tan apresurado?
A un lado, escuché la voz de Arturo rompiendo el momento.
—Ana, ¿te parece si bajamos a desayunar para dejar un rato a solas a Lili y a Roberto? —dijo con tono tranquilo, aunque sabía que era más una excusa que una invitación.
Ana lo miró, luego me miró a mí. Entendió.
—Claro, Lili, regreso en un rato —le dijo a su amiga con una sonrisa cálida.
—Está bien, ve tranquila —respondió Lili antes de volver su atención hacia mí.
Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a llenarlo todo.
—¿A dónde fuiste? —preguntó con esa voz suya tan dulce, tan llena de vida a pesar de la palidez.
Solo la miré, sin decir nada. Luego sonreí de lado, esa sonrisa que a veces me sale cuando intento esconder demasiado. Me incliné y volví a besarla, despacio esta vez, dejando que mis labios dijeran lo que las palabras no podían.
—Todo está bien ahora, amor —murmuré contra su piel—. Lo importante es que te recuperes, y cuando eso pase… podré pedir tu mano a tu padre.
Lili me miró con los ojos muy abiertos, como si acabara de escuchar una locura. Alzó la mano con esfuerzo y me tocó la frente.
—¿Te sientes bien? ¿O te golpeaste con algo? —preguntó con una sonrisa incrédula.
Reí bajo, soltando una carcajada que hacía días no me nacía. Negué con la cabeza, divertido.
—No, cariño. Estoy más cuerdo que nunca.
—Pero si apenas llevamos algunos días de novios… —susurró, con un brillo travieso en la mirada.
—No necesito más tiempo —le respondí con voz baja, firme—. Ya perdí demasiado en el pasado creyendo que el amor no valía la pena, después de perder a alguien importante para mí. Pero tú… tú viste en mí algo que ni yo mismo reconocía. Me hiciste querer ser mejor, me hiciste ver la vida distinta. Cuando sentí que todo carecía de sentido, llegaste tú… y le diste sentido a todo.
Lili sonrió, esa sonrisa suya que siempre logra ablandarme. Alzó la mano y me acarició la mejilla con suavidad.
—Sigue hablando así de bonito… me gusta escucharte así —dijo entre risas suaves.
Sentí que se me escapaba una sonrisa, una de esas sinceras que pocas veces me permito. Por primera vez en mucho tiempo, me sonrojé frente a alguien.
—No te acostumbres —murmuré, inclinándome sobre ella.
Y la besé otra vez, lento, profundo, dejando que ese instante quedara grabado en mi piel.
Porque si algo tenía claro, era que de todas las cosas que había perdido, Lili era lo único que jamás pensaba dejar ir.
Ana Paula Lago
La cafetería del hospital olía a café recién hecho y pan tostado. El murmullo de las conversaciones, el sonido metálico de las cucharas chocando con las tazas y el aroma a comida caliente le daban un aire extraño de normalidad en medio de tanto caos.
Yo estaba sentada frente a Arturo, con una taza entre las manos. Mis dedos se aferraban al calor de la porcelana mientras él miraba por la ventana, en silencio. No hacía falta ser adivina para notar que algo le pesaba.
—¿Qué pasó, Arturo? ¿A dónde fueron tú y Roberto? Salí al pasillo y no estaban —pregunté al fin, con voz suave.
Él suspiró, bajó la mirada hacia su café y luego me miró a los ojos.
—Fuimos al departamento de Katherine. —Su tono era grave, cansado—. Roberto la enfrentó… y casi la lastima. En venganza, ella le mostró pruebas de que Clara siempre jugó con los dos, que las cosas que ella le decía sobre mí no eran verdad.
Tragué saliva, tratando de asimilar lo que decía. Me dolió imaginar a Roberto pasando por eso.
—No puedo imaginar lo que debió sentir Roberto al descubrir algo así —susurré—. Debe haber sido terrible para él.
Arturo asintió lentamente.
—Sí. —Hizo una pausa—. Pero la verdad… yo ya me lo imaginaba.
Lo miré sorprendida.
—¿Tú ya lo sabías?
—No exactamente —respondió, moviendo el café con la cucharita, distraído—. Pero después de su muerte… dejé de mentirme. Había señales. Cosas que no quise ver. —Hizo una mueca amarga—. Fui un imbécil, Ana. Me encapriché con ella, me casé por orgullo, no por sabiduría. La amaba, sí… pero Clara pudo haberse negado si no sentía lo mismo. No lo hizo. Jugó con los dos.
Su voz se quebró apenas un poco, lo suficiente para delatar el peso que llevaba en el pecho. Lo miré con ternura y, sin pensarlo, puse mi mano sobre la suya.
—No digas eso, Arturo —le dije despacio—. No eres un mal hombre. Todos nos equivocamos… y tú has cargado con esa culpa más tiempo del que mereces. Lo que pasó fue lamentable, pero puedes seguir adelante, ser mejor cada día… por tu hija, que todavía te necesita.
Él me miró, y en su mirada había algo distinto, más cálido, más humano. Sus dedos se entrelazaron con los míos, y una corriente suave me recorrió el cuerpo.
—Y por ti —dijo con voz baja, ronca—. Porque te amo, Ana. Te amo como no tienes idea, mi amor.
Mi respiración se detuvo por un segundo. Vi cómo su mirada se suavizaba mientras sus dedos acariciaban los míos con delicadeza.
