Capítulo 96
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Ana Paula Lago
El teléfono temblaba entre mis manos, y por un segundo dudé en contestar. Ese nombre en la pantalla me heló la sangre. Domenika.
Mi exsuegra.
La mujer que me culpó de todo, incluso de la muerte de su hijo.
Apreté los labios, respiré hondo y deslicé el dedo sobre la pantalla.
—¿Qué es lo que quiere de mí? Ya me despidieron del hospital. ¿Qué más quiere Domenika?—murmuré, con la voz temblorosa.
Del otro lado, la voz de Domenika sonó suave, demasiado medida, tan distinta al tono lleno de veneno con el que solía hablarme.
—Hola, querida… Sé que esta llamada es lo último que esperabas del día, pero tengo algo muy importante que decirte.
Tragué saliva. Sentí cómo mis dedos se tensaban alrededor del teléfono. No sabía qué esperar, y eso era lo peor.
—La escucho… —atiné a decir, con cautela.
—Me iré al extranjero —continuó ella—. Necesito… sobrellevar la pérdida de mi hijo. Desde que Carlos murió, estoy devastada, Ana. No le encuentro sentido a mi vida.
Mis rodillas casi flaquearon. Caminé hacia la pared más cercana y me recargué en ella, intentando procesar lo que escuchaba. Su voz, por primera vez, sonaba rota.
—He estado revisando las cosas que Carlos tenía en su departamento —añadió, y sentí que el corazón se me detenía—. Encontré unas cartas que te había escrito… y, bueno… quiero que sepas que siento mucho haberte tratado como una cualquiera. Fuiste la felicidad de mi hijo mientras vivió.
Mis ojos se nublaron al instante.
Las lágrimas, contenidas desde hace varios días, quemaban en mis párpados. Me cubrí la boca con la mano para no soltar el sollozo que amenazaba con escapar.
—Señora… —susurré con dificultad—. Yo… lo único que hice cuando Carlos vivía fue amarlo. Entiendo su dolor. Créame, yo también sentí que se me escapaba la vida cuando él murió. Pero… tengo fe en que usted puede salir adelante, por su familia.
Del otro lado, escuché un suspiro largo.
—He decidido regresarte tu antiguo departamento, tal como lo dejaste.
Abrí los ojos, incrédula.
—¿Qué?
—Lo que oyes, Ana. Es lo mínimo que puedo hacer. —Su tono sonaba tan convincente que, por un segundo, quise creerle—. Sé que hice que te despidieran injustamente… quiero compensarte.
Me quedé en silencio. No sabía qué responder. Parte de mí aún desconfiaba; otra quería creer que, por fin, su corazón se había ablandado.
—No es necesario, de verdad. Podemos dejarlo así —le dije al fin, intentando sonar firme—. Me basta con saber que estamos bien, sin rencores.
—No, por favor —interrumpió ella—. Déjame verte una última vez. Quiero entregarte la llave y las escrituras en persona. Será mi manera de cerrar este ciclo. Te prometo que no volverás a saber de mí en tu vida.
Me mordí el labio inferior. Dudé. Algo en mi interior me decía que no debía hacerlo, pero su voz… su voz sonaba tan arrepentida.
—Está bien —dije al fin, con un hilo de voz.
—Perfecto —respondió Domenika—. Quiero que nos veamos justo en la plaza donde fue el derrumbe… será simbólico, una tregua entre nosotras. Quiero cerrar este dolor, Ana. Por ti, por mí, por mi Carlos.
Cerré los ojos. La imagen de Carlos vino a mi mente, con su sonrisa tranquila y su mirada amable.
Quizá tenía razón.
Tal vez a él le hubiera gustado vernos en paz.
—De acuerdo, señora Domenika —susurré con un nudo en la garganta—. Nos vemos ahí.
Colgué lentamente.
Mientras miraba el reflejo de mi rostro en la pantalla del teléfono, me repetí en silencio que estaba haciendo lo correcto. Que ese encuentro era para sanar.
Roberto Abad Rocamonte
Ana entró a la habitación con el rostro serio, aunque sus ojos delataban un nerviosismo imposible de ocultar. Conocía ese rostro. Escuché como le decía a Lily que saldría un rato. La madre de Lily le sonrió, se levantó y la abrazó con ternura, diciéndole que no se preocupara, que ella se quedaría cuidando a su hija todo el día.
Yo la observaba desde mi posición, sin decir nada.
Recargado en la pared para darle espacio a ellas con Lily. Mis manos cruzadas sobre el pecho, la mandíbula tensa. Ana evitaba mirarme. Lo noté desde el primer segundo.
Cuando finalmente salió de la habitación, esperé unos segundos antes de ir tras ella, no sin antes depositar un beso en la frente de Lily.
Sus pasos resonaban por el pasillo hasta el ascensor. La alcancé antes de que las puertas se cerraran.
—¿A dónde vas? —pregunté con un tono seco.
Ella se giró, sorprendida, mordiéndose el labio inferior. Estaba nerviosa.
—Solo tengo algo que hacer, regresaré en un rato —dijo con esa voz suave que intenta sonar firme, pero tiembla en las esquinas.
Fruncí el ceño.
—¿Y no vas a avisarle a Arturo o a Sam? No tienes auto, Ana. ¿Cómo piensas moverte sola después de lo que le pasó a Lilian?
Desvió la mirada, jugando con sus dedos como una niña que oculta un secreto.
—Pediré un taxi.
La miré sin pestañear. Sabía que mentía. Su respiración era irregular, los hombros estaban tensos.
Había algo que no cuadraba, y no me gustaba ni un poco.
—Te llevo —dije con voz baja, grave.
Negó enseguida.
—No, quédate con Lily. Le hace bien verte al pendiente. Le da ilusión —respondió con una sonrisa nerviosa.
La observé unos segundos más. Podía ver el miedo escondido detrás de esa falsa tranquilidad. Relamí mis labios. No podía obligarla a quedarse, pero tampoco podía quedarme quieto mientras ella se metía en quién sabe qué.
Asentí despacio.
—Está bien, como quieras.
El ascensor se cerró y me quedé mirando el reflejo de mi propio rostro en las puertas metálicas. Sentí una punzada en el pecho. Algo no iba bien.
Lo sabía.
Lo sentía.
Giré sobre mis talones y me dirigí al pasillo de servicio. Entré por la puerta lateral y bajé las escaleras de dos en dos. En la planta baja crucé hacia la salida, justo a tiempo para verla subirse a un taxi.
Perfecto.
Si quería jugar a esconderse, la seguiría de cerca.
Subí a mi camioneta y arranqué, manteniendo distancia. El tráfico estaba pesado, pero mis ojos no se apartaban del taxi.
Mientras conducía, marqué el número de Arturo.
—Ana acaba de salir del hospital —le dije sin rodeos—. No me quiso decir a dónde iba. Tomó un taxi. Es raro porque justo, Katherine me llamó para decirme que la madre de Alcázar fue quien provocó el accidente del auto de Ana, no ella.
—¿Qué? Le advertí que no saliera sola —su voz sonaba tensa.
—Lo sé. Pero hay algo raro en todo esto. Está nerviosa, temerosa… y tú sabes que Ana no es buena para detectar el peligro. Es demasiado inocente.
—No la pierdas de vista. Voy para allá —respondió con tono de orden.
—Mantén tu móvil encendido. Te compartiré mi ubicación.
Colgué y respiré hondo.
El sonido del motor llenaba el silencio de mi cabeza. Cada fibra de mi cuerpo estaba alerta.
No sabía qué planeaba Ana, tenía la intuición de que algo estaba a punto de salir muy mal.
Cuando vi que el taxi tomaba el camino hacia la antigua construcción de Plaza Antara, sentí que el estómago se me hacía nudo.
—Ana… ¿Qué demonios viniste a hacer aquí? —murmuré entre dientes, aunque en el fondo ya temía la respuesta.
Mantuve distancia, estacionándome a unos metros para no llamar la atención. El lugar estaba en ruinas, abandonado desde el derrumbe; nada bueno podía salir de que ella pisara ese terreno. Desde mi asiento la observé descender del taxi con el móvil en la mano, caminando hacia el interior como si no tuviera idea del peligro que representaba ese sitio.
Maldita sea… Tan ingenua para creer en la buena fe de los demás. Incapaz de imaginar lo que alguien con malas intenciones podría hacerle.
Miré hacia la carretera buscando señales del auto de Arturo, pero no veía nada. Chasqueé la lengua, pasándome la mano por el cabello con frustración. No podía esperar más. Ana estaba completamente sola allá adentro.
Si algo le ocurría, jamás podría perdonármelo. Ana me había tendido la mano cuando más la necesité; ahora me tocaba a mí hacer lo mismo por ella.
Justo cuando di el primer paso para entrar, un claxon fuerte me hizo girar la cabeza. El auto de Arturo se detuvo de golpe en la acera, sin importarle la prohibición, y saltó fuera del vehículo casi corriendo hacia mí.
El alivio me recorrió la espalda.
—¿Qué demonios está haciendo Ana aquí? —soltó Arturo, la desesperación clara en su voz.
—No lo sé —respondí con sinceridad, encogiéndome de hombros—. Le pregunté y no quiso decirme, por eso la seguí. Tú ve por ella. Yo entraré por el otro lado. Esto no me parece normal… vino a ver a alguien.
Arturo asintió sin discutir. Eso ya decía bastante de lo inquieto que estaba.
Me adentré entre los escombros del derrumbe anterior, moviéndome rápido pero en silencio. La sombra gris del concreto roto me envolvía mientras avanzaba, atento a cualquier sonido. Ese lugar era un maldito laberinto.
Entonces la vi.
A lo lejos, una silueta femenina que no reconocí al principio… pero en cuanto me agaché detrás de un muro y la observé bien, el corazón me golpeó con fuerza.
La madre de Alcázar.
Sentí un escalofrío, recorrerme la espalda. Todo lo que Katherine había dicho… era verdad. Esa mujer no estaba ahí por casualidad. Ana caminaba directo hacia una trampa.
La observé levantar la mano. En una llevaba un arma. En la otra, su móvil.
—Mierda… —susurré, sintiendo un rugido de frustración subir por mi garganta.
Me maldije por no llevar mi propia arma. ¿Con qué cara íbamos a proteger a Ana ahora? Estabamos jodidos.
Con rapidez saqué mi móvil y le envié un mensaje a Sam, el asistente de Arturo:
“Llama a la policía. Es urgente. Estamos en plaza Antara”
No podía arriesgarme a hablar por teléfono. Un ruido, una palabra, y la mujer podría escucharme.
Volví a levantar la vista hacia donde estaba la madre de Alcázar…
Pero ya no estaba ahí.
La sangre me heló.
Había desaparecido entre las ruinas.
