Capítulo 86
⸻⸻⸻ ♡ ⸻⸻⸻
Ana Paula Lago
A Lisa le brillaron los ojos cuando nos vio llegar a la salida del colegio. En cuanto nos acercamos, corrió hacia mí con una sonrisa tan dulce que me desarmó por completo. Me encantaba verla feliz, y más aún sabiendo que poco a poco yo también me había convertido en parte de su pequeño mundo.
Durante el camino a casa le conté que hoy conocería a dos niños muy guapos: mis sobrinitos. Le dije que eran traviesos, pero que se divertirían mucho juntos. Ella se emocionó tanto que no paraba de hacer preguntas —¿Tienen juguetes? ¿Les gusta nadar?—. Arturo, desde el asiento del conductor, nos miraba por el retrovisor sonriendo entretenido.
Cuando llegamos a la ferretería de mis padres, Arturo estacionó el coche justo enfrente. Respiré hondo antes de bajar. No era que tuviera miedo, pero sí cierta ansiedad. Era la primera vez que lo presentaría oficialmente como mi pareja ante mis padres.
Entramos tomados de la mano, y al instante mi madre nos recibió con su característica sonrisa.
—¡Hija! No sabíamos que vendrías acompañada —dijo, acercándose para darme un abrazo cálido que me devolvió de golpe todos los recuerdos de mi infancia.
Al ver a Arturo y a Lisa a mi lado, noté un destello de sorpresa en sus ojos. Seguramente ya sabían quién era él; mi hermana se había encargado de contarles sobre la noticia que había salido en el periódico. Sin embargo, agradecí que no hiciera ningún comentario al respecto.
En ese momento apareció mi padre, con el delantal lleno de polvo metálico y el gesto sereno de siempre.
—Mamá… Papá… ellos son Arturo y Lisa, su hija —dije, tratando de mantener la voz firme, aunque mi corazón latía con fuerza—. Arturo y yo… somos novios.
Sentí cómo Arturo rodeaba mi cintura con su brazo, un gesto sencillo, pero lleno de significado.
—Mucho gusto, señores Lago. Arturo Abad —se presentó él, extendiendo la mano con esa seguridad que tanto lo caracterizaba.
Mis padres respondieron con cortesía, sin dejar de mirarlo con una mezcla de curiosidad y prudencia.
—Mucho gusto, señor Abad. Soy Fernando Lago, y ella es mi esposa Martha —dijo mi padre con amabilidad.
—Y yo soy Lisa Abad —exclamó la pequeña con voz alegre, intentando no quedarse fuera de la conversación. Su ternura nos hizo reír a todos.
Mamá, siempre hospitalaria, nos invitó a pasar a la casa que se encontraba justo detrás del local.
—Pasen, pasen. Deben estar cansados, les traeré un poco de agua de limón —dijo mientras nos guiaba al interior.
El olor a madera y pintura fresca me envolvió apenas cruzamos la puerta. Todo seguía igual: los sillones cubiertos con fundas de flores, las fotos familiares en la pared, el sonido lejano de la radio que mi padre nunca apagaba. Me invadió una sensación de nostalgia que no supe si me gustaba o me dolía.
—¿Dónde están Iker y Alan, mamá? —pregunté, buscando con la mirada a mis sobrinos, pero no los vi por ningún lado.
—Deben estar jugando en el jardín —respondió ella mientras se dirigía a la cocina—. Espero que Jesús no se haya lesionado tanto. Qué mala suerte la suya…
Arturo y mi padre intercambiaron unas palabras sobre el trabajo, mientras yo me volví hacia Lisa.
—Ve al jardín, cariño. Mis sobrinos deben estar allí —le dije con una sonrisa.
Ella asintió entusiasmada y salió corriendo, sus trenzas moviéndose de un lado a otro.
Me senté junto a Arturo en la pequeña salita y, antes de que mamá regresara, me giré hacia mi padre.
—¿Estuvo grave el choque? —pregunté con preocupación—. Laura no me dio muchos detalles.
Papá negó con la cabeza y se acomodó las gafas.
—Por suerte no, hija. Jesús tuvo suerte. Solo se lastimó un brazo, pero nada grave. Laura fue por él al hospital.
Asentí en silencio, sintiendo un nudo de alivio en el pecho. Arturo tomó mi mano con suavidad y la apretó apenas. Ese gesto bastó para tranquilizarme.
Mi madre regresó con una jarra llena de agua de limón, las gotas de condensación resbalaban por el vidrio y el aroma cítrico se esparció en el ambiente. Sirvió con delicadeza en varios vasos y nos los entregó uno a uno, como solía hacerlo siempre que había visitas importantes. Arturo la observó con respeto y una ligera sonrisa, aunque se mantenía sereno, en silencio, como si estuviera midiendo cada palabra antes de pronunciarla.
Yo ya conocía esa expresión suya: tranquila, educada, pero con un trasfondo de alerta. Sabía que, igual que yo, estaba expectante ante lo que mi padre pudiera decir.
Y no tuve que esperar mucho.
—Dígame, señor Abad… ¿Es usted divorciado? —preguntó papá con total naturalidad, como si estuviera preguntando la hora.
Abrí los ojos de par en par. ¡Dios mío! Sentí cómo el aire se me atoraba en la garganta. Era típico de mi padre iniciar una conversación con preguntas incómodas, sobre todo después de lo que pasó con Carlos. Aún lo recordaba: aquel día que se enteró de que el hombre en el que confiábamos todos, mi entonces novio, estaba comprometido con otra. Desde entonces, papá había desarrollado un radar infalible para detectar mentiras.
Arturo no se alteró. Lo miró directamente y, con voz firme, respondió:
—Soy viudo.
Su tono fue sobrio, sin dramatismos, pero percibí un leve temblor en su mirada. Esa palabra —viudo— siempre tenía un peso especial.
—Lo siento —dijo mi padre, bajando de inmediato el tono.
—No se preocupe —contestó Arturo con serenidad—. Hace ya varios años que mi esposa falleció. Decidí rehacer mi vida sentimental hasta ahora, que he conocido a su hija.
Su forma de decirlo me tocó el alma. Había en su voz una mezcla de respeto y sinceridad tan auténtica que tuve que apartar la vista por un momento. Dejé mi vaso sobre la mesa, intentando recuperar el control de mis emociones.
—Papá… tal vez piensen que mi relación con Arturo es algo prematura —me animé a decir, rompiendo el silencio—, pero él y yo nos queremos. Por eso quise que lo conocieran.
Mi padre me miró con esa mezcla de severidad y ternura que sólo él podía tener. Se acomodó en el sofá, cruzando los brazos, y suspiró antes de hablar:
—Voy a serte sincero, Ana.
Mi espalda se tensó. Por favor, papá, no ahora… pensé, rogando en silencio que no dijera algo que arruinara el momento.
—El señor Abad me gusta —dijo al fin. Me quedé inmóvil, sorprendida—. Me ha bastado sólo un momento para ver el brillo en sus ojos cuando te mira. Eso se llama amor. Y me alegra que sea el primer hombre que traes a casa. A diferencia de hace unos meses, ahora te ves distinta, hija… el señor Abad te ha regresado a la vida.
Sentí que se me humedecían los ojos. No podía evitarlo. No era fácil para mi padre admitir algo así.
—¿Nunca antes habías traído a alguien aquí? —preguntó Arturo con voz suave, pero con la mirada fija en la mía, buscando mis pensamientos más que mi respuesta.
Antes de que pudiera responder, papá intervino sin titubear:
—Carlitos, que en paz descanse, nunca fue santo de nuestra devoción. Le mintió varias veces a nuestra hija.
—¡Papá, por favor! —repliqué en un susurro molesto. No quería revivir ese tema, mucho menos frente a Arturo.
Mi madre, siempre mediadora, intervino enseguida:
—Ana, ven hijita. Prepararemos algo de comer —dijo, tomándome suavemente de la mano.
Me levanté, aunque mi estómago estaba hecho un nudo. Mientras caminábamos hacia la cocina, volteé a ver a Arturo con angustia. Me daba miedo dejarlo solo con mi padre. Si algo sabía de ambos, era que los dos eran hombres de carácter fuerte… y muy directos.
Antes de cruzar el marco de la puerta, me incliné hacia él y le susurré con disimulo:
—Por favor, no digas nada sobre mi despido. Eso… lo hablaré después.
Él me sostuvo la mirada, asintió con una sonrisa tranquila y ese brillo protector en los ojos que tanto me calmaba. Arturo sabría manejar la situación con la misma elegancia con la que había aprendido a cuidar de mí.
