Capítulo 87

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Arturo Abad Rocamonte

Saber que Ana nunca había traído un novio a su casa me descolocó por completo. No lo esperaba.

Por lo que ella me había contado, Alcázar y ella habían vivido juntos casi medio año, y eso me hacía preguntarme por qué nunca había cruzado esta puerta. En el fondo… me alegraba. Era absurdo, lo sabía, pero esa parte de mí, que siempre había querido ser el primero en su vida, se sintió satisfecha. Aun así, la curiosidad me carcomía.

—Te gustan las herramientas de construcción, supongo —exclamó el señor Lago con un tono bonachón que contrastaba con la dureza de su mirada.

—Claro —respondí con una sonrisa educada—. Soy arquitecto, aunque me gusta más el diseño de planos. Pero también sé algo de herramientas —añadí, tratando de sonar relajado.

Él asintió con gesto pensativo, invitándome con un leve movimiento de cabeza a seguirlo. Caminamos juntos hacia el interior del local. Había olor a madera, metal y polvo; un ambiente que, curiosamente, me resultaba familiar y reconfortante. Nos sentamos en unos bancos altos detrás del mostrador.

Por un momento reinó un silencio incómodo. Sentí el peso del aire entre nosotros. Y entonces, sin pensarlo demasiado, solté:
—¿Puedo preguntarle algo, señor Lago?

Él apoyó los codos en la barra y entrecerró los ojos.
—Suéltalo, muchacho —dijo con voz grave, la clase de voz que te pone alerta.

—Dijo usted que Ana nunca ha traído un novio antes… —hice una pausa, el corazón latiéndome un poco más rápido—. ¿Alcázar nunca vino?

El señor Lago negó lentamente con la cabeza.
—No. —Suspiró con cierto cansancio acumulado en los años—. No dudo que Carlos haya sido un buen hombre para mi hija, pero la manera en que hizo las cosas no fue la correcta. Cuando empezó a cortejarla ya tenía prometida, y le mintió a mi Anita.

Se me endureció la mandíbula. Confirmar lo que ya sabía me revolvía algo dentro.

—Después, cuando dejó a su novia y comenzó la relación con mi hija, sus padres la trataron muy mal —continuó él, con un dejo de amargura en la voz—. Desde el principio le pedí a Ana que no lo trajera a casa hasta que se casaran. Entonces sí lo recibiría como un miembro más de la familia. Pero eso ya no pasó… —bajó la voz— por su lamentable fallecimiento.

Asentí en silencio. Podía leer en sus ojos una sombra de rencor, un dolor antiguo que aún no sanaba del todo. No sólo por lo que su hija había vivido, sino por no haber podido protegerla del todo.

—Ana me contó —dije con cautela— lo que pasó cuando sus exsuegros la retuvieron por varias horas.

El hombre abrió los ojos de par en par. La temperatura del ambiente pareció descender unos grados.
Su mirada se volvió fría, dura. La de un padre que alguna vez se sintió impotente ante el sufrimiento de su hija.

—Yo hubiera preferido que ese amor no perdurara —confesó con un hilo de voz firme, contenida—. Pero siempre he respetado las decisiones de mi hija. Es terca, igual que su madre. Sin embargo… esos señores son el mismísimo diablo. —Frunció el ceño—. Sólo le han traído desgracias a mi niña.

Tragué saliva. Mi espalda se tensó. Sentí un escalofrío recorrerme. No podía imaginar a Ana viviendo algo así: el miedo, la impotencia, el dolor de ser lastimada por quienes debieron respetarla. Yo nunca permitiría que algo así le volviera a ocurrir.

Si había algo que juré en silencio mientras escuchaba al señor Lago, fue protegerla. Con todo lo que soy.

El silencio entre el señor Lago y yo se volvió espeso, tan denso que podía sentir cómo me pesaba en el pecho. Habíamos estado hablando de Ana, de su pasado y de lo mucho que había sufrido, pero cada palabra que él decía solo reforzaba algo dentro de mí: no pensaba dejarla ir.

Respiré hondo y dejé el vaso sobre la barra, dándole vueltas entre mis dedos.

—Hay algo que quiero decirle, señor Lago —dije al fin, con la voz más firme de lo que me sentía—. Y espero que no lo tome a mal.

Él entrecerró los ojos, curioso, y se recargó en el respaldo del banco.
—Lo escucho, muchacho.

—Sé que su hija ha pasado por mucho, y también sé que tal vez piense que esto es demasiado pronto… —hice una pausa, buscando las palabras adecuadas—, pero quiero pedirle matrimonio a Ana.

El hombre no se movió. Ni un parpadeo. Solo me observó con esa mirada seria que parecía atravesarme por dentro.

—¿Matrimonio? —repitió despacio, como si saboreara la palabra.

—Sí, señor. Estoy completamente seguro de lo que siento por ella.
No me importa que llevemos poco tiempo… lo que sé, y lo sé con todo mi corazón, es que quiero que sea mi esposa.

Mis manos se tensaron sobre la barra. Sentía la adrenalina en la garganta, esa mezcla de miedo y determinación que solo aparece cuando estás apostando todo.

—Ana me cambió la vida —continué—. Me enseñó a reír otra vez, a tener paz, incluso a creer que puedo ser mejor hombre. No quiero apresurarla, lo último que deseo es que sienta presión. Pero si me toca esperar a que ella esté completamente segura… esperaré. El tiempo que sea necesario.

El señor Lago soltó un leve suspiro, ladeando la cabeza.
—¿Y no le da miedo que mi hija lo rechace? —preguntó, con un tono que no supe si era de advertencia o de sincera curiosidad.

—Claro que me da miedo —admití con una sonrisa tensa—. Me aterra. Pero prefiero enfrentar ese miedo que quedarme callado y perder la oportunidad de tenerla a mi lado.

Por un momento, el hombre guardó silencio. Luego, su expresión cambió. Ya no había dureza en sus ojos, sino algo parecido a respeto.

—Usted habla con el corazón, señor Abad —dijo al fin, levantándose lentamente—. Si lo que dice es verdad, y si está dispuesto a cuidarla, a protegerla y hacerla feliz… entonces ya tiene mi bendición.

Sentí cómo se me apretaba la garganta. Me levanté también, extendiéndole la mano con un gesto que llevaba más emoción de la que quise mostrar.
Él la tomó con firmeza.

—No lo defraudaré, se lo prometo.

—Eso espero —respondió él, esbozando una leve sonrisa—. Porque si mi hija sonríe de nuevo gracias a usted, créame que ya ha ganado más de lo que imagina.

Su mirada se suavizó.

—¿Qué pasa aquí? ¿Papá, qué le has dicho a Arturo? —escuché la voz de Ana, con un toque de molestia, acercándose hacia donde yo estaba.
Me apresuré a limpiarme la humedad de los ojos antes de que notara nada. No quería que sospechara lo que acababa de confesarle a su padre.

—Platicábamos algunas anécdotas de nuestra infancia… y de la tuya, por supuesto, ¿verdad, Arturo? —intervino el señor Lago con serenidad.

Asentí, forzando una sonrisa. Agradecí con la mirada su discreción y la nobleza con la que había decidido guardar mi secreto hasta que yo mismo tuviera el valor de decírselo a ella.
—Me adelanto, iré a ver a tu madre en la cocina —añadió antes de retirarse, dejándonos solos.

Cuando Ana y yo quedamos frente a frente, sentí la necesidad inmediata de tenerla entre mis brazos. La tomé suavemente por la cintura y acerqué mis labios a su mejilla.
—Últimamente, te comportas muy raro… —susurró, mirándome con esa mezcla de ternura y curiosidad que me desarmaba—. ¿Estás bien?

—Sí —respondí con un suspiro que me salió desde el alma.
Busqué su mirada. Tan pura. Tan luminosa.
Ella no tenía idea de lo que provocaba en mí. De lo mucho que temía perderla.

—Te quiero, señor Abad —murmuró cerca de mis labios antes de besarme.

Me permití disfrutar ese instante. Su boca tenía el sabor de la calma y del deseo. Mis manos se aferraron a su cintura mientras el mundo se disolvía a nuestro alrededor.

—Te amo, señorita Lago… —le confesé con voz ronca, apenas separándome unos milímetros de sus labios—. Como a ninguna mujer he amado en la vida.

Ella sonrió, un poco nerviosa, y me respondió con un beso dulce, corto, pero lleno de emoción.
—Te amo —susurró en mi oído.

No pude evitar sonreír. Esas dos palabras me atravesaron el pecho como un disparo de luz. Me puse de pie, guiado por la necesidad de volver a sentirla, y la besé con más pasión, con el alma entera.

—¡Tranquilo! —dijo entre risas, apartándome con suavidad—. Ya tendremos tiempo en para estar juntos… me da un poco de pena con mis padres.

—No puedo evitarlo —le dije en tono juguetón, rozando su boca con pequeños besos, apenas rozándola, solo para sentir cómo temblaba bajo mis labios.

—Hoy… —susurré junto a su oído, con voz grave, dejándome llevar por el deseo que me encendía— solo quiero abrazarte toda la noche.

Ella rió bajito, con una chispa traviesa en la mirada.
—Quiero —dijo simplemente, y ese “quiero” fue suficiente para encenderme por completo.

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