Capítulo 90
⸻⸻⸻ ♡ ⸻⸻⸻
Ana Paula Lago
Cuando entramos a su habitación, nos detuvimos unos momentos para recobrar el aliento. Subimos tan rápido que casi se nos fue el aire. El corazón me latió desbocado, y cada latido resonó en mis oídos, mezclándose con el sonido de mi respiración agitada.
—Creo que ya no estoy tan joven como antes —dijo en tono burlón, con una sonrisa traviesa que iluminó su rostro.
Hice una mueca divertida, incapaz de contener la risa que burbujeó en mi garganta.
—A alguien ya le pesaron los treinta y tantos —me burlé, devolviéndole la broma.
—Ven aquí —me pidió mientras me tomó entre sus brazos con una fuerza que me hizo sentir protegida y deseada. Me llevó hasta la cama, donde me depositó con una delicadeza que contrastó con la intensidad de su mirada. Se tumbó sobre mí, y el peso de su cuerpo me hizo sentir protegida, anclándome por completo al presente.
Me besó con profundidad, su lengua exploró cada rincón de mi boca, buscando, probando, devorando. Lo besé con la misma intensidad, buscando más, deseando más. Mientras nos besábamos, desabotoné su camisa con manos temblorosas, ansiosas por sentir su piel. Él, con un movimiento ágil, desabrochó el botón de mi pantalón de vestir, y en un abrir y cerrar de ojos, nos deshicimos de nuestras prendas, dejando a un lado cualquier barrera entre nosotros.
Con ambas manos, sujetó mi camisa por el centro y tiró con fuerza; los botones salieron volando por toda la cama. Lo miré con fingida indignación, aunque era incapaz de enfadarme con él en ese momento. En ese momento, lo único que quise fue satisfacer mis deseos, rendirme al placer que solo él podía darme. Su tacto, su aroma, su presencia… todo en él era fuego, y yo estaba dispuesta a quemarme en él.
—Te compraré otra —murmuró, pasando sus manos por todo mi cuerpo. Sus caricias fueron brasas encendidas, dejando un rastro de deseo sobre mi piel. Mis manos recorrieron su cuerpo con la misma avidez, deteniéndose en su pantalón, que jalé hacia abajo. Él me ayudó a quitárselo, y pronto estuvimos piel con piel, sin nada que nos separara.
Mi ropa interior corrió la misma suerte que mi camisa. Por suerte, había llevado varios cambios de ropa interior. Aquella noche, Arturo estuvo más activo que nunca; no lo había visto tan apasionado, tan salvaje. Todo en él ardía: su mirada, sus toques, su voz, su aroma
Cerré los ojos al sentir cómo sus manos recorrían mi cuerpo con una mezcla de seguridad y ternura, como si quisieran memorizar cada rincón de mi piel. Sus caricias descendieron lentamente, despertando un cosquilleo que se convirtió, poco a poco, en un incendio imposible de contener. Un jadeo escapó de mis labios; el placer era tan intenso que terminó por nublar todos mis sentidos.
—¡Mírame! —ordenó con la voz ronca.
Abrí los ojos y me encontré con el fuego de los suyos. Aquella mirada bastó para hacerme temblar. Todo a nuestro alrededor desapareció; solo existíamos él y yo, atrapados en una burbuja donde el tiempo parecía haberse detenido. Sus caricias se volvieron más íntimas, más precisas, arrancándome pequeños gemidos que fui incapaz de contener.
Me aferré a él, buscando más de su calor, de su cercanía, de todo aquello que solo Arturo sabía despertar en mí.
—Así, amor… no te contengas. Quiero escucharte… —susurró junto a mi oído.
Su voz recorrió mi piel como un escalofrío. Arqueé la espalda mientras una oleada de placer me atravesaba de principio a fin, haciéndome perder el aliento. Lo besé con desesperación, todavía temblando entre sus brazos.
—Me encantas… —murmuré contra sus labios—. Me vuelves loca…
Él apoyó la frente contra la mía durante un instante, respirando con dificultad.
—No tienes idea de todo lo que provocas en mí, amor.
Sus palabras me estremecieron más que cualquier caricia.
Después me sostuvo por la cintura y buscó mi mirada una vez más, como si quisiera asegurarse de que ambos deseábamos exactamente lo mismo.
—Voy a entrar… —susurró.
Asentí sin apartar los ojos de los suyos, entregándome por completo a aquel instante.
Cuando nuestros cuerpos finalmente se unieron, un estremecimiento recorrió cada fibra de mi ser. El primer impulso me arrancó un jadeo que quedó ahogado entre sus labios. Él me besó con una mezcla de pasión y ternura mientras comenzaba a moverse despacio, dándome el tiempo suficiente para acompasar mi respiración a la suya.
Poco a poco el ritmo aumentó. Cada movimiento parecía acercarnos más, borrando cualquier distancia entre nosotros. Nuestros suspiros se mezclaban con el sonido acelerado de nuestras respiraciones, mientras el mundo entero desaparecía más allá de aquella habitación.
Me aferré a su espalda, sintiendo cómo el placer crecía sin detenerse. Todo mi cuerpo respondía al suyo con una intensidad que jamás había experimentado. Solo quería permanecer así, perdida entre sus brazos.
Escuché sus jadeos cada vez más profundos, el latido acelerado de su corazón y el roce constante de nuestros cuerpos. Me encantaba sentirlo tan cerca, percibir el calor de su piel y la seguridad que siempre encontraba en sus abrazos. En ese momento comprendí que no solo deseaba a Arturo… lo amaba con toda el alma.
Una nueva oleada de placer me recorrió por completo. Mi cuerpo se tensó de manera involuntaria mientras escondía el rostro en su cuello, incapaz de contener los gemidos. Él lo notó de inmediato y me abrazó con más fuerza, dejando que nuestros movimientos siguieran el mismo compás hasta que, con un último impulso, ambos nos dejamos llevar por completo.
Permanecimos inmóviles durante unos segundos, abrazados, intentando recuperar el aliento. Él hundió el rostro en mi cuello y dejó un beso lento sobre mi piel, mientras yo sonreía con los ojos cerrados, convencida de que nunca había sido tan feliz.
Lo abracé, y nos abrazamos, sintiendo nuestros cuerpos desnudos, disfrutándonos mutuamente. Con cuidado, se apartó, se incorporó y se dejó caer a mi lado. Me miró, agitado, y esbozó una sonrisa de felicidad. Le respondí con una igual, sintiendo que mi corazón estaba a punto de estallar de amor.
—Te amo —murmuré, con voz suave.
—Te amo —susurró, su voz un eco de la mía, llena de devoción.
Me abrazó con fuerza, y en ese instante, todo mi ser se sintió completo. Quise ponerme ropa interior para dormir, pero no me lo permitió. Aferra su brazo a mi cuerpo, pegándome a él con una posesión que me hizo sentir segura y deseada. Cerré los ojos, disfrutando del roce de su cuerpo caliente contra el mío, sintiendo cada curva y línea de su ser. No hablamos, y en el silencio de la noche, nuestros cuerpos se comunicaron en un lenguaje propio.
No supe en qué momento nos quedamos dormidos, pero cuando lo hice, fue con una sonrisa en el rostro y una sensación de plenitud en el corazón. Su respiración rítmica y profunda me arrulló, y me dejé llevar por la paz y la seguridad que solo él podía darme.
…
Me desperté con el sonido insistente de mi teléfono, aún adormilada y envuelta en el calor del abrazo de Arturo. Atendí la llamada, con la voz somnolienta y apenas audible.
—Diga… —murmuré, tratando de enfocar los ojos en la pantalla, pero todo estaba borroso.
—Ana, disculpa que te llame tan temprano, pero tuve un contratiempo. Mi auto no quiso encender y… ¿Puedes prestarme el tuyo, por favor, para ir al hospital? Tengo una reunión con papá muy importante esta mañana y no le gusta la impuntualidad, ya llamé al mantenimiento, pero me dijeron que tardarían unas horas en venir —la voz de Lily sonaba urgente, aunque traté de mantener la calma.
—Sí, por supuesto, Lily. Tengo una copia de la llave de mi auto en el buró izquierdo, al lado de mi cama —le respondí, mi mente aún nublada por el sueño.
—Mil gracias, amiga. Me has salvado —dijo, y colgó. Sentí que empezaba a despertar un poco más.
Me dejé llevar de nuevo por el sueño, pero apenas pestañeé cuando otra llamada me sobresaltó. Esta vez contesté sin mirar la pantalla, con la voz aún adormilada.
—Diga…
—¡Ana! Llama al hospital y pide que envíen una ambulancia a la ubicación que te acabo de mandar. Lily salió del departamento rumbo al hospital y de pronto, a medio camino, se detuvo. Lleva más de quince minutos sin moverse su auto… por favor, hazlo rápido —la voz de Roberto sonaba preocupada, y un nudo me apretó el estómago.
Me incorporé de golpe, tratando de despejarme.
—¿Cómo sabes que está ahí? ¿Pudo haberse detenido a comprar algo? —pregunté, sintiendo que mi mente se aceleraba con cada palabra.
—¿En una esquina? Frente a un banco donde estacionarse, ¡Ana! Lo sé porque le regalé un reloj con GPS. Ya voy para allá —respondió, y colgó.
Mis manos comenzaron a temblar mientras marcaba el número del hospital.
—Necesito una ambulancia en la ubicación que les acabo de enviar, es urgente, Lilian la necesita —dije con la voz temblorosa pero firme. Colgué y me volví hacia Arturo, que me observaba con el ceño fruncido, preocupado.
—¿Qué sucedió? —preguntó, su voz grave y llena de inquietud.
Le expliqué rápidamente lo ocurrido, sintiendo cómo el miedo se apoderaba de mí. La idea de que algo le hubiera pasado a Lily me llenó de angustia. Arturo me abrazó, intentando calmarme, pero mi mente ya no estaba allí. Solo podía pensar en mi amiga, en que estuviera bien, y en que todo aquello no fuera más que un malentendido.
