Capítulo 91

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Roberto Abad Rocamonte

El motor rugía como una bestia desatada bajo mis manos. No veía nada más que la carretera frente a mí, borrosa por la velocidad y por el miedo que me atenazaba el pecho. El corazón me golpeaba tan fuerte que sentía que en cualquier momento me reventaría dentro del cuerpo.

El GPS seguía marcando el mismo punto.
No se movía.
Dios… no se movía.

El sudor me corría por la frente mientras apretaba el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Cada segundo que pasaba sin una señal suya me estaba matando. Lily… no podía ser. No… no ella.

—Vamos, cariño, contesta… —susurré entre dientes, con la voz rota, marcando a su móvil pero sin obtener respuesta.

Apreté el acelerador. Pasé entre autos, ignoré los bocinazos y los insultos. La angustia me dominaba por completo. No pensaba, solo sentía. Y lo único que sentía era pánico.

Tuve que frenar de golpe cuando vi una multitud de gente agolpada a unos metros. El tráfico estaba detenido, y algo en mi interior me gritó que ahí era. Bajé del coche casi sin apagarlo. El aire me golpeó el rostro, helado, cruel.

—¿Qué pasó? —pregunté con la voz entrecortada al primer hombre que vi mirando el desastre.

—Un auto se pasó el rojo, señor… se llevó a varios por delante —contestó, con esa indiferencia extraña de quien presencia una tragedia ajena.

El estómago se me revolvió. Mis piernas se movieron solas. Corrí entre los autos destrozados, esquivando vidrios y pedazos de metal. El olor a gasolina me llenó la nariz.

“Por favor… que no sea su auto.”

Pero no lo vi. Ningún rastro del auto de Lily. Mi respiración era un hilo. Me pasé una mano por el cabello, desesperado, con la sensación de que el suelo se movía bajo mis pies. A lo lejos escuché las sirenas, pero el sonido no traía alivio… solo miedo.

Entonces, entre los autos retorcidos, la vi.

Sentada dentro de uno de los vehículos, con la cabeza ladeada hacia atrás. Los ojos cerrados. Un hilo de sangre bajando por el lado derecho de su rostro.

—No… no, no, no, joder… —sentí que me quebraba por dentro.

Todo mi cuerpo se tensó, un temblor me recorrió los brazos. Me lancé hacia ella sin pensar, empujando a quien se interpusiera. La escena frente a mí me partió el alma en dos.

Por un instante, el pasado me golpeó como una ola. Vi a Clara. Aquella noche infernal. Su voz temblando al otro lado del teléfono, pidiéndome entre sollozos que cuidara de Lisa… y luego el silencio. El maldito silencio que me persiguió durante años.

Y ahora, otra vez, esa imagen: una mujer que amo, ensangrentada, atrapada entre el metal, inmóvil.

El miedo se apoderó de mí por completo.

—Lily… —susurré, apenas en una plegaria.

Mis piernas flaquearon. Sentí el mismo vacío que aquella vez, el mismo dolor que nunca se fue del todo.

Me acerqué al auto con las manos temblorosas, golpeando el cristal suavemente, rogando por una respuesta, por un gesto, por una mínima señal de vida.

—Por favor, mi amor… respira… —mi voz ya no me pertenecía. No soportaría perderla a ella también.

Logré abrir la puerta del auto destrozado, y el corazón me da un vuelco al verla.
—Lily… —susurro con la voz hecha trizas.

Sus pestañas tiemblan apenas, y siento que el mundo se me viene abajo. No pienso, no razono, solo actúo. La tomé en brazos con cuidado, sintiendo el peso liviano de su cuerpo, ese cuerpo que hace unos días reía, respiraba, vivía… y que ahora parecía a punto de escaparse de mis manos.

Las lágrimas quemaron mis ojos. Luchando por contenerlas, pero fue inútil. Caían, una tras otra, sobre su rostro ensangrentado.
—Dios… por favor… —murmuré al cielo, sin importarme quién me viera, sin importar que me haya quebrado —. Si se salva… te juro que seré un mejor hombre. Cada día, cada segundo… será para ella.

Entonces, algo me estremeció. Sentí un roce inesperado. Su mano temblorosa encontró mi mejilla.

Miré hacia abajo, incrédulo, y la ví sonreír apenas, una sonrisa que me partío el alma.
—Vas a tener que cumplir tu promesa, mi amor —susurró con voz débil, apenas un hilo de aire—. Porque no pienso morirme hoy.

Solté una risa rota entre sollozos y la abracé con fuerza, con un cuidado que me dolía.
—No me vuelvas a hacer esto, ¿me oyes? —le dije, besando su frente con ternura—. Me has hecho envejecer diez años.

Ella sonrió un poco más, con esa mezcla de ironía y dulzura tan suya.
—No creo tener nada roto… solo unos cuantos golpes y algunas contusiones —murmuró—. El auto perdió los frenos… era el de Ana. Me lo prestó cuando el mío falló.

Siento cómo la rabia se mezcló con el alivio. Mordí el interior de mi mejilla para no gritar.
—Maldita sea… —respiré hondo, acariciando su cabello—. Todo pudo haber terminado aquí.

Las sirenas se escuchaban cada vez más cerca. Un segundo después, la ambulancia se detuvo junto al caos. Los paramédicos corrieron hacia nosotros, me apartaron con suavidad pero sin pausa. Yo no quería soltarla, no podía.
—Voy contigo —le dije, sujetando su mano mientras la colocan en la camilla—. No te dejaré sola, ¿me oyes?

—Lo sé… —respondió apenas, sus dedos entrelazados con los míos.

La solté solo cuando la subieron a la ambulancia. La puerta se cerró, y la sirena volvió a sonar. Mi reflejo en la ventanilla me mostró los ojos rojos, el rostro manchado de su sangre… y una promesa que jamás olvidaría.

Si Lily vivía, no habría un solo día en que no se lo demostrara.

Caminé hacia el auto sintiendo cómo el corazón me pesaba como una piedra dentro del pecho. No dejaba de ver en mi cabeza la imagen de Lily sangrando, su cuerpo frágil entre mis brazos. 

Cuando estaba a un metro de mi auto, el motor de otro vehículo rugió detrás de mí. El auto de Arturo se detuvo bruscamente a un lado. Ana salió corriendo antes de que el motor se apagará.

—¡Roberto! —gritó, plantándose frente a mí, con el rostro desencajado.

Sus ojos, normalmente dulces, ahora eran puro terror.
—¿Qué pasó? ¿Dónde está Lily? —me preguntó, con la voz temblorosa.

Tragué saliva, intenté mantener la calma, pero tenía un nudo en la garganta. La tomé de los brazos con fuerza, notando cómo temblaba.
—Está viva, estará bien… —le dije soltando el aire que llevaba contenido, y mis palabras sonaron más como un ruego que como una afirmación—. Se la acaban de llevar en la ambulancia. Tengo que estar con ella.

Ví cómo su mirada se llenaba de alivio y angustia al mismo tiempo. Arturo se acercó, con el ceño fruncido, atento a cada palabra.

—Al parecer… —continúe, mirándolo directo a los ojos— el auto se quedó sin frenos.

El ambiente se tensó. Ana dio un paso atrás, confundida.
—¿Cómo? Eso no tiene sentido —balbuceó—. Yo llevé mi auto al mantenimiento hace un par de semanas… no tenía nada malo.

Su voz se quebró. Miró su expresión y luego a Arturo, que apretó los puños en silencio. Había algo en su mirada que me inquietaba.

Respiré hondo. Ya no podía callarlo.
—Ana… —dije, bajando la voz, mirándola con toda la seriedad del mundo—. ¿No te has dado cuenta?

Ella me observó, perpleja.
—¿De qué hablas, Roberto?

Sentí un nudo formarse en mi estómago.
—Lily conducía tu auto —dije despacio, casi con rabia—. No fue un accidente, Ana. Alguien intentó matarte.

Por un segundo, nadie respiró. Las sirenas aún se oían a lo lejos, pero aquí solo había silencio. Ana abrió la boca, pero no logró emitir sonido. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Arturo dió un paso y la rodeó con los brazos, atrayéndola hacia su pecho.

—Tranquila —le susurró, mirándome de reojo—. Voy a llamar a la policía.

Yo me quedé quieto, mirando el suelo, intentando contener el temblor en mis manos. El miedo me atravesaba, pero lo que más me dolía… era verla lastimada. Si era necesario, removería todo Monterrey piedra por piedra hasta encontrar al responsable.

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