Capítulo 92
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Roberto Abad Rocamonte
El hospital olía a desinfectante y ansiedad. Caminé hasta el mostrador con el corazón latiendo a mil. Apenas podía pensar con claridad, solo repetía su nombre en mi cabeza como si eso bastara para mantenerla a salvo.
—Lilian Caballero —dije con la voz ronca—. Tuvo un accidente hace un rato, ¿en qué habitación está?
La enfermera tecleó unos segundos en la computadora y me miró con una sonrisa profesional.
—Habitación 214, segundo piso. Aún están haciéndole estudios, señor.
Asentí, agradecido, y me encaminé hacia el ascensor con las manos metidas en los bolsillos del pantalón para que no notaran lo mucho que temblaban. Cuando llegué a la habitación, la cama estaba vacía. Solo las sábanas perfectamente tendidas me recibieron.
Apoyé la espalda en la pared del pasillo y exhalé con fuerza. Esperar era lo peor. Cada minuto parecía una eternidad mientras el zumbido del aire acondicionado era el único sonido que rompía el silencio.
Poco después, vi llegar a Ana y Arturo.
—¿Por qué se tardan tanto? —le pregunté, pasándome una mano por el cabello, la impaciencia mordiendo mis palabras.
Ana me miró con calma, aunque se notaba que también estaba preocupada.
—Lily es la hija del dueño del hospital, Roberto. Le harán estudios de todo para asegurarse de que esté bien. El señor Caballero es muy sobreprotector con ella, no la dejará salir hasta saber que todo estará bien.
—Lo entiendo —dije en voz baja, aunque la frustración me quemaba por dentro—. Solo quiero verla.
Una hora después, los vi llegar con la camilla. El corazón me dio un vuelco al verla. Tenía el rostro pálido, una venda sobre la frente, un collarín en el cuello y los labios resecos, pero respiraba. Estaba viva.
Di un paso al frente, dispuesto a entrar a la habitación detrás de los enfermeros, cuando un hombre me bloqueó el paso. No era especialmente alto, pero sí corpulento. Canoso, con una frente amplia y unos ojos que me miraron con el peso de la autoridad. Supe de inmediato quién era.
—¿Usted quién es? —preguntó con voz grave y tono desconfiado—. No puede estar aquí. Voy a llamar a seguridad.
Apreté la mandíbula. No era el momento de discutir, pero tampoco iba a permitir que me echara como a un desconocido. Estaba a punto de responderle cuando escuché la voz de Lily, débil pero firme.
—Es mi novio, papá. Déjalo entrar.
El hombre giró lentamente hacia ella, arqueando una ceja.
—¿Novio, dijiste? —repitió, incrédulo.
Carraspeé y di un paso adelante, ofreciéndole la mano.
—Roberto Abad Rocamonte. Un gusto conocerlo.
—Mario Caballero —respondió con voz seca, estrechando mi mano solo por compromiso. Su mirada, sin embargo, Su mirada me examinó de arriba abajo, como si buscara descubrir quién era realmente—. Soy el padre de Lilian… y tú y yo tendremos una conversación sobre ella.
Le sostuve la mirada sin vacilar.
—Con mucho gusto —respondí, con una media sonrisa desafiante.
Por un instante, pareció evaluar mis palabras… y luego sonrió con una mezcla de sorpresa y aprobación.
—Me agrada este muchacho —dijo mirando a su hija—. Más que Flores, tiene carácter.
Lily rodó los ojos, exasperada.
—Papá, por favor, ya…
Él levantó las manos en señal de rendición.
—Está bien, está bien. Llamaré a tu madre para que venga. La reunión que teníamos puede esperar. Ahora lo importante es que descanses y te recuperes.
Lily asintió, y yo di un paso más hacia la cama, esta vez sin que nadie me detuviera. La observé con el corazón apretado, sintiendo cómo el peso que llevaba encima empezaba, por fin, a aflojarse.
Cuando el padre de Lily salió al pasillo a hablar por teléfono, sentí que podía acercarme sin sentirme juzgado.
Me moví hasta la cama y tomé su mano con cuidado, como si temiera romperla. Tenía los dedos fríos, delgados, y por un instante solo me quedé mirándolos entre los míos, sintiendo la necesidad absurda de no soltarla nunca.
Acaricié su frente con la yema de los dedos, justo al borde de donde tenía un golpe.
—¿Cómo te sientes? —pregunté con voz baja, intentando disimular el nudo que aún me oprimía la garganta.
Ella abrió los ojos lentamente, su mirada cansada, pero viva.
—Mejor… aunque me duele todo el cuerpo —murmuró haciendo un puchero que me desarmó por completo.
Solté una risa nerviosa y negué con la cabeza.
—Me asustaste —confesé sin rodeos. No tenía sentido fingir fortaleza cuando por dentro me estaba derrumbando.
—Lo siento —susurró con un hilo de voz, pero de pronto frunció el ceño con curiosidad—. Por cierto… ¿Cómo es que supiste dónde estaba? ¿Sabías del accidente?
Asentí despacio.
—El reloj —dije mirándoselo, y luego levanté la vista hacia sus ojos sorprendidos—. Tiene GPS. No iba a dejar que te pasara algo de nuevo.
Ella me observó con mezcla de ternura y desconcierto, así que continué, tratando de explicarme.
—Esta mañana, después de que me echaste tan temprano del departamento, dijiste que tenías una reunión con tu padre a las ocho, ¿recuerdas? Apenas llegué a la oficina y lo primero que hice fue revisar tu ubicación. Vi que el punto no se movía, estaba fijo en un cruce muy transitado. Pasaron diez minutos… y supe que algo andaba mal. Llamé a Ana para que avisara al hospital.
Los ojos de Lily se abrieron aún más.
—No sé cómo sentirme al respecto —dijo, con una sonrisa ladeada—. Si afortunada por tener un novio que siempre me cuida… o asustada porque me está vigilando.
Solté una carcajada, bajando la cabeza hasta rozar su frente con la mía.
—De mí no esperes una relación a medias, Lily —murmuré con voz grave—. Yo me entrego por completo cuando amo de verdad. Y no voy a dejar que nadie, escúchame bien, nadie… le haga daño a la mujer que más me importa en esta vida.
Su expresión se suavizó. En sus ojos vi algo que me atravesó como una descarga: amor, miedo, alivio… todo junto.
La vi morderse el labio inferior justo cuando una voz grave rompió el momento.
—Señor Abad —dijo el padre de Lily, apoyado en el marco de la puerta—, ¿podemos charlar un momento?
Respiré hondo y me volví hacia él.
—Claro, señor Caballero.
Lily rodó los ojos y sonrió divertida.
—Mi padre es así… no seas muy rudo con él, ¿sí?
Le devolví la sonrisa y me incliné hacia ella, dejando un beso suave en sus labios, apenas una promesa.
—Tranquila, cielo. Sé defenderme… pero también sé respetar a quien te ama.
Entonces me enderecé, y salí al pasillo dispuesto a enfrentarme al hombre que tendría que ir aceptando que su hija ya no era solo suya… sino que ahora compartía ese lugar con alguien que la amaba tanto como él.
Seguí al señor Caballero por el pasillo. El sonido de nuestros pasos se mezclaba con el murmullo del hospital. Noté cómo el personal lo saludaba con respeto, inclinando la cabeza o dedicándole una sonrisa nerviosa. Se notaba que lo admiraban… o que le temían un poco.
Yo solo podía pensar en Lily, en su rostro pálido y en lo frágil que se veía hace unos minutos. Cada fibra de mi cuerpo seguía tensa por el susto.
El hombre abrió la puerta de una oficina amplia donde una placa dorada decía Director del hospital.
—Adelante, Roberto —me indicó, con voz grave.
Cerró la puerta detrás de nosotros y me señaló la silla frente a su escritorio. Sobre la mesa, un tubo portaplanos llamó mi atención. Me senté con el cuerpo recto, preparado para lo que viniera.
—He escuchado lo que le dijiste a Lilian —comenzó—. Quiero agradecerte por cuidar de ella de esa manera. Para mí, es un alivio saber que alguien la protege con tanto empeño.
Su tono era serio, pero había amabilidad en sus palabras. Lo miré con respeto, sin interrumpirlo.
—Lili siempre ha sido muy independiente —continuó—. Tiene carácter, lo heredó de su padre, pero también un corazón enorme. Es brillante, aunque su profesión le exige demasiado. He temido que ningún hombre la entienda… que nadie soporte su ritmo de vida o su forma de ver el mundo.
Cada palabra encontraba un lugar dentro de mí. Más del que estaba dispuesto a admitir. Ojalá mi padre alguna vez hubiera hablado así de mí. Pero él sólo veía en Arturo a su orgullo, a su hijo perfecto. Tragué saliva y acomodé el reloj que llevaba en la muñeca.
—Mis intenciones con su hija son claras —dije con firmeza, clavando los ojos en él—. No voy a permitir que nadie la lastime o la aleje de mi lado. Soy arquitecto y empresario. He construido mi camino desde abajo y recién abrí mi propia constructora. Lilian no necesitará preocuparse por nada conmigo. Puedo ofrecerle una vida estable… y todo lo que necesite.
El señor Caballero asintió lentamente, con una sonrisa discreta.
—Hace muchos años le prometí exactamente lo mismo a mi esposa cuando nació Lily. Nunca imaginé que un día otro hombre me diría esas mismas palabras. Eso me gusta, muchacho. Dices que eres arquitecto… justo hoy planeaba hablar con mi hija sobre una ampliación del hospital. Este fue el primer proyecto que construí cuando era joven. Y ahora quiero dejarle algo sólido, un patrimonio que funcione incluso cuando yo ya no esté.
Sus ojos recorrieron la oficina como si estuviera viendo muchos años atrás.
Sus palabras se suavizaron, y por primera vez noté en su mirada algo parecido a la nostalgia.
—Si estás dispuesto —agregó—, me gustaría que revisaras una de las propuestas que me hicieron. No me convence del todo el diseño, pero… quizá podrías mejorarla.
Sonreí con seguridad, inclinándome un poco hacia adelante.
—Será un honor hacerlo. Si me permite llevarme los planos, puedo revisarlos en detalle y agendar una reunión en mi oficina para hablar del proyecto en un par de días.
Asintió satisfecho, levantándose de su silla para estrechar mi mano.
—Trato hecho. —Sacó una tarjeta del cajón de su escritorio y me la entregó—. Aquí tienes mi número personal.
Tomé la tarjeta, devolviéndole una de las mías. Su apretón de manos fue firme, igual que el mío. Mientras salía de esa oficina, sentí algo diferente. No solo la tranquilidad de haberle ganado un poco de confianza al padre de la mujer que amaba… sino también el orgullo de saber que, estaba construyendo mi lugar en la vida de Lily.
