Capítulo 81
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Lilian Caballero
La luz tenue que entraba por la terraza apenas delineaba su figura. El resplandor anaranjado de los edificios le daba a su cabello ese brillo cobrizo que me hipnotizaba. Sentí cómo la respiración se me aceleraba sin poder evitarlo; algo en su sola presencia desordenaba mis pensamientos. Siempre había sido así con él.
Su mirada me atrapó con la misma fuerza de siempre: esa mezcla de desafío, deseo y tormenta contenida. No tuvo que decir nada; sus ojos lo gritaban todo.
El roce de sus labios sobre los míos fue el principio del caos. Un beso profundo, desesperado, lleno de todo lo que sentíamos en ese momento. El aire se volvió denso, tibio… cargado de esa tensión que solo él podía provocar. Mis manos, casi sin voluntad, buscaron su cuello, luego su cabello, acercándolo más, fundiéndome en ese instante que me dejaba sin aire.
Mientras nos besábamos con una pasión desbordante, mi trasero se topó con la mesa del comedor. Con un movimiento rápido y decidido, me levantó, sentándome sobre la superficie fría y lisa. Mis piernas se enredaron alrededor de su cintura, atrayéndolo hacia mí, desesperada por sentirlo más cerca. El contacto de mi piel con la madera me hizo estremecer, pero su calor y su urgencia pronto ahuyentaron cualquier rastro de frío.
Su respiración se mezcló con la mía. Cada movimiento suyo era una declaración, cada roce, un intento de recordarme que lo nuestro —lo que sea que fuera— seguía vivo a pesar de todo y era real. Sentí sus manos recorrerme con una reverencia que contrastaba con la urgencia de sus gestos.
Me miró, y ese solo segundo bastó para hacerme temblar. No había palabras, solo ese brillo en su mirada… una súplica muda, una promesa de redención.
—No esperemos más, te necesito Lilian —susurró, su voz sonaba rasgada por la emoción.
No sé si fue el temblor de su voz o la forma en que entrelazó su mano a la mía. El mundo quedó atrás, reducido al sonido de nuestras respiraciones entrecortadas.
En la penumbra, su sombra se mezcló con la mía. Sentí su calor, su fuerza contenida, su lucha entre la culpa y el deseo. Lo miré a los ojos, y entendí que su arrogancia no era más que una coraza; debajo de ella había un hombre quebrado, intentando redimirse a través de mí.
Su frente se apoyó contra la mía, sus dedos rozaron mi mejilla con una ternura que me desarmó. Todo lo que vino después fue una danza silenciosa, un vaivén de suspiros, de latidos acelerados, buscando consuelo en el otro.
En su abrazo encontré un refugio, y al mismo tiempo, una condena. Porque amarlo dolía… pero no hacerlo me dolía aún más.
Mis manos, temblorosas, comenzaron a despojarlo de su camisa, revelando poco a poco la piel que tanto había anhelado tocar. Cada centímetro de su torso, marcado por líneas de tensión y deseo, recorrí con mis dedos cada uno de los pliegues en su piel.
Él, sin apartar su mirada de la mía, dejó que mis manos exploraran su cuerpo. Sus manos, grandes y cálidas, se deslizaron por mi espalda, desnudándome con una lentitud agonizante. Cada una de mis prendas cayó al suelo, dejando mi piel expuesta al aire fresco de la noche y a su mirada ardiente.
Nos fundimos en un abrazo, piel con piel, corazón con corazón. Sus labios trazaron un camino de fuego desde mi cuello hasta mis pechos, deteniéndose en cada rincón sensible. Mis gemidos se perdieron en la noche, ahogados por el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas y el latido de nuestros corazones.
Lo sentí, duro y listo, presionando contra mí. Mis piernas se enredaron alrededor de su cintura, invitándolo a entrar. Con un gemido gutural, se hundió en mí, llenándome por completo. El mundo se desvaneció, reducido a ese instante, a esa conexión profunda y primitiva que existía entre los dos.
Cada embestida era una declaración, un juramento de amor. Mis uñas se clavaron en su espalda, marcándolo como mío. Él, en respuesta, me tomó con más fuerza, más profundidad, llevándome al borde del abismo y más allá.
Nuestros cuerpos se movieron en sincronía, como una danza antigua y perfecta. El placer creció, acumulándose en mi interior, hasta que explotó en una ola de éxtasis que me dejó sin aliento. Él me siguió poco después, su cuerpo tembló con la intensidad de su liberación.
Nos quedamos así, abrazados, nuestros cuerpos aún unidos, hasta que nuestras respiraciones se calmaron y el mundo volvió a cobrar forma a nuestro alrededor.
Roberto me tomó entre sus brazos sin previo aviso, y por un instante olvidé respirar. Su fuerza, su olor, la firmeza de su pecho contra el mío. Todo en él me envolvía. Me sostuvo como si fuera algo valioso, frágil, y aun así, indispensable.
Avanzó con paso firme por el pasillo. Podía sentir el ritmo de su corazón golpeando contra mi piel, su respiración agitada junto a mi oído. La forma en que me miraba me hacía sentir que en ese momento nada más existía.
Al llegar a la habitación, me depositó con cuidado sobre la cama, y durante unos segundos solo se quedó ahí, inclinado sobre un codo, mirándome. La penumbra realzaba la profundidad de sus ojos. Había algo de ternura, pero también de un fuego que parecía consumirlo.
Su mano se movió con lentitud, explorando mi piel con un respeto que dolía, como si temiera que el simple contacto pudiera romperme. Dibujaba círculos sobre mí, dejando rastros de calor que hacían que mi cuerpo reaccionara antes que mi mente. Me estremecí, no por miedo, sino por esa sensación de entrega que solo él lograba despertar en mí.
Nuestros labios se encontraron de nuevo, y el beso fue distinto: menos desesperado, más profundo. Sentí su respiración entrecortada contra mi cuello, sus manos sujetándome con una mezcla de fuerza y cuidado.
Me rendí. No por debilidad, sino porque lo necesitaba. Abrí mis piernas como una invitación silenciosa a que me reclamara de nuevo, él sonrió travieso acomodándose en medio de ellas para entrar una vez más…
…
El timbre del móvil me arrancó de un sueño tranquilo. Sentí cómo el brazo fuerte de Roberto, que me mantenía abrazada por la cintura, se estiraba perezosamente tratando de alcanzarlo sobre la mesita de noche.
Sonreí al verlo intentarlo medio dormido, los dedos extendidos, refunfuñando entre suspiros.
—Apágalo… —murmuró contra mi oído, su voz ronca y adormecida rozándome la piel como un escalofrío.
—No puedo —susurré con una sonrisa—, es mi papá.
Roberto soltó un suspiro resignado y escondió el rostro en mi cuello, como si quisiera desaparecer bajo las sábanas.
—Entonces contesta… pero dile que te deje dormir un poco más —bromeó con voz baja.
Tomé el teléfono, todavía entre la tibieza de su cuerpo y el aroma de la noche que aún nos envolvía.
—¿Papá? —saludé, tratando de sonar despierta.
Pero bastó escuchar su tono para saber que algo iba mal. La rigidez en su voz me hizo incorporarme al instante.
—He visto el escándalo que provocó la doctora Lago, por lo que necesito que la despidas —dijo mi padre sin preámbulos.
Me senté de golpe sobre el colchón, el corazón acelerado.
—¿Qué? ¿Cómo que la despida? ¿Por qué?
—Usuarios y personal del hospital se han estado quejando. No quiero más escándalos, Lilian. Si no lo haces hoy, te retiro del puesto de director del hospital.
—¡Papá, no puedes hacer eso! —supliqué, sintiendo la garganta apretada—. Ana es mi amiga, y además una excelente doctora, no tiene la culpa de nada.
—Hazlo, Lilian. Es una orden. Mientras yo sea el dueño de ese hospital, no voy a permitir que el nombre de la institución aparezca mezclado con escándalos —respondió con frialdad, antes de cortar la llamada.
Me quedé mirando la pantalla en silencio, escuchando solo el eco del final de la llamada y el sonido lejano del tráfico que se colaba por la ventana. Luego pasé una mano por el rostro, sintiendo el peso de la impotencia caer sobre mí. No solo me estaba pidiendo despedir a mi mejor amiga. Me estaba obligando a elegir entre ella y la carrera por la que había trabajado durante años.
Roberto se incorporó, apoyando un codo en el colchón. Su mirada, todavía somnolienta, se volvió seria al verme.
—¿Qué ocurre, Lili?
—Mi padre… —susurré con voz quebrada—. Me está exigiendo que despida a Ana. Dice que se han quejado de ella, pero sé que es por la maldita nota del periódico. Si no lo hago, me quitará el puesto de director del hospital.
Él frunció el ceño.
—¿Es capaz de hacer eso?
—Sí —respondí con un hilo de voz—. Cuando está enojado, no mide. Y por su tono… lo está, mucho.
Me pasé los dedos por el cabello, tratando de ordenar mis pensamientos, pero el miedo y la frustración se entrelazaban en mi pecho.
—Roberto, dime que tú no tuviste nada que ver con esa nota… por favor. Júramelo.
Él me miró en silencio por unos segundos, con esa mezcla de calma y firmeza que lo caracterizaba. Luego tomó mi mano.
—Lilian, ya te lo dije —dijo en tono grave, sin apartar la mirada—. No fui yo. Entiendo que dudes, pero nunca haría algo así, no para lastimar a Ana directamente, y menos para verte sufrir.
Sus palabras cayeron con peso y sinceridad. Quise creerle, y en el fondo, lo hacía. Pero la duda, tenue y persistente, seguía ahí, como una sombra.
Roberto se recargó contra el cabecero, la mandíbula tensa.
—Sé quién está detrás de eso.
Levanté la vista, confundida.
—¿Qué? ¿Quién?
—Katherine —respondió con amargura—. La ex de mi hermano. Está loca. Haría cualquier cosa por destruir a Ana, por arrastrarla ante todos, lo haría sin pensarlo dos veces.
Sentí un escalofrío, recorrerme la espalda. Recordaba perfecto aquella mujer rubia.
