Capítulo 82

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Ana Paula Lago 

El sonido de los quejidos de Arturo me arrancó del sueño. Abrí los ojos de golpe, con el corazón latiendo a toda prisa, y me levanté de inmediato. Caminé hasta la cama y lo vi moviéndose entre las sábanas con el rostro contraído de dolor.

—¿Ana? —gruñó con voz ronca, tenía los párpados apretados como si la luz le quemara. Sus ojos me buscaron con desesperación, como si necesitara comprobar que realmente estaba allí.

 —Aquí estoy —susurré, intentando sonar tranquila mientras me sentaba a su lado—. Todo está bien, no te muevas.

Le acaricié la mejilla con cuidado. Su piel estaba tibia, y al sentir mi toque, su respiración pareció estabilizarse un poco.

—¿Qué me ha pasado? —murmuró con un quejido débil, llevándose la mano a la cabeza—. Siento que me va a explotar…
—Te dejaron inconsciente en la puerta del departamento —le expliqué despacio, midiendo cada palabra—. Te dieron algo para dormir. ¿Recuerdas quién fue? ¿Fue Roberto?

Sabía que probablemente no recordaría nada, pero necesitaba oírlo de él… necesitaba confirmarlo.

Arturo apretó las sienes con ambas manos, frunciendo el ceño.
—Ese imbécil me las va a pagar —murmuró con rabia.

Ese tono… hacía tanto que no lo escuchaba hablar así. Por un segundo, reconocí al Arturo que conocí al principio: el hombre que me imponía sin decir palabra, el que podía dominar una habitación con solo su presencia.

—Me asusté tanto al verte tirado en el suelo —confesé, y la voz me tembló al decirlo—. Pensé que habías muerto, Arturo. Por favor… cuídate.

Él giró la cabeza hacia mí y, pese al dolor evidente, esbozó una sonrisa débil, casi arrepentida.
—Perdóname por asustarte. Esto no debió haber pasado —murmuró con un dejo de ternura—. Roberto no me haría daño grave… a pesar de todo, sigue siendo mi hermano.

—Pero no pueden seguir así —le reproché, incapaz de contener la frustración que me quemaba por dentro—. Los dos se hacen daño, Arturo. Es una guerra sin fin.

Mi voz se quebró entre impotencia y tristeza. No entendía cómo podían continuar en ese círculo vicioso. Eran adultos, hombres brillantes, pero actuaban como niños heridos luchando por demostrar quién tenía razón. Solo que ahora, las consecuencias no eran simples discusiones… eran heridas reales, físicas y emocionales.

Arturo me miró en silencio, observando cómo mis manos temblaban. Luego, con un gesto sereno, tomó una de ellas y la sostuvo entre las suyas. Su contacto me transmitió un calor reconfortante, una calma que me derritió por dentro.
—Tranquila —susurró—. No me pasará nada, te lo prometo.

Quise creerle, pero su voz, aunque suave, tenía esa firmeza arrogante que siempre me desesperaba.
—¿Cuándo podré irme a casa? —preguntó, intentando incorporarse.

Me enderecé, echando un vistazo al reloj de la pared.
—Después de despertar debes permanecer al menos seis horas más en observación —expliqué—. Son las siete de la mañana, así que te darán el alta a las dos de la tarde.

Frunció el ceño, confundido.
—Pensé que tú me estabas atendiendo.

Negué despacio.
—No. Te atiende el doctor Martínez. Se supone que yo entro a turno a las ocho —suspiré, llevándome una mano al cabello—. No sé si deba presentarme o pedir otro permiso… Lili ya ha hecho demasiado por mí y no puedo seguir faltando. Pero tampoco quiero dejarte solo.

Arturo me observó en silencio, con esa mirada profunda que siempre me desarma. Sentí el peso de sus ojos sobre mí, la mezcla de preocupación y afecto escondida tras su aparente calma.

Él me observó con esa mirada intensa y analítica que siempre parecía desnudar mis pensamientos antes de que siquiera hablara.
—¿Por qué tienes los ojos tan enrojecidos? —preguntó, arqueando una ceja con gesto inquisitivo—. ¿No dormiste nada?

Me mordí el labio inferior, intentando fingir calma.
—Sí… dormí un poco —mentí, sabiendo que no me creería.

Su mirada se volvió más penetrante, más grave.
—Estuviste llorando —afirmó, sin dejar espacio a dudas.

Desvié la vista, sintiendo cómo la impotencia volvía a apoderarse de mi pecho, esa presión que ni siquiera el sueño había logrado disipar.
—Estuvo aquí Katherine… —susurré, casi temiendo pronunciar su nombre.

—¿Qué? —exclamó, incrédulo, incorporándose un poco—. ¿A qué vino? Le dejé claro que no quería volver a verla en mi vida.

Tragué saliva, buscando serenidad.
—Pues parece que no lo entendió —dije con una risa amarga—. Vino a reclamarme… como si fuera tu novia. Hizo un escándalo en la sala de espera faltándome al respeto. Solo espero que eso no me traiga consecuencias en el trabajo.

Arturo se llevó una mano al rostro y soltó un suspiro frustrado.
—No puedo creerlo… —murmuró entre dientes—. Te juro que voy a ponerle un alto. Además, no creo que Lily te despida, eres su mejor amiga.

Negué con la cabeza, soltando el aire con pesadez.
—El hospital no es de Lily, Arturo. Es de su padre… y él odia los escándalos.

Él me miró en silencio unos segundos y, de pronto, una sonrisa traviesa curvó sus labios.
—El día que Lily te despida —dijo con un tono casi arrogante—, yo soy capaz de construir una clínica solo para ti. —Sus ojos chispearon con picardía—. Dime, ¿te gustaría ser propietaria de un hospital como este?

Lo miré, completamente atónita.
—¿Qué? No digas tonterías —repliqué enseguida, intentando ocultar la mezcla de nervios y ternura que me provocaban sus palabras—. Mejor deberías descansar. Creo que sigues delirando por el golpe.

Arturo sonrió con malicia, esa sonrisa que siempre conseguía desarmarme.
—Puede que sí… o puede que solo esté muy lúcido —susurró con voz grave.

Sentí cómo el calor subía a mis mejillas. Me obligué a apartar la mirada, fingiendo revisar los monitores, cualquier cosa que me permitiera mantener la compostura.

Él río en silencio, divertido por mi evidente nerviosismo, pero no insistió más en el tema. Solo se recostó de nuevo, observándome con esa mezcla de ternura y deseo que me hacía sentir vulnerable.

Y yo, por más que lo intenté, no pude evitar sonreírle también.

Le marcó a Sam preguntándole por Lisa. Lo escuché hablar con tono tranquilo y paternal. Después, con voz más firme, le dio algunas indicaciones sobre llevarla al colegio. Entrecerré los ojos cuando lo oí decir que iría a casa y luego pasaría por la oficina.

¿La oficina?

En cuanto colgó, lo intercepté con los brazos cruzados.
—Has dicho que irás a la oficina hoy. No puedes —le reclamé, usando el tono de doctora más que de novia—. Tienes que descansar, Arturo.

Él alzó la vista del móvil con gesto impasible.
—Iré a trabajar porque tengo cosas importantes que hacer —respondió con frialdad—. Hay proyectos que revisar, gente que depende de mí. Es pesado encargarme solo de la constructora.

Su voz se enfrió, su mirada se ensombreció. Volvía a ser ese Arturo distante, arrogante, el que me sacaba de quicio y a la vez me atraía sin remedio.

—Como quieras —dije, intentando no sonar tan dolida—. Iré a buscar algo para tomar… y a despejarme un poco.

Me di la vuelta, pero su voz me detuvo en seco.
—Llama al doctor. Nos iremos juntos. No voy a esperar tantas horas para el alta. Me iré bajo mi responsabilidad.

Cerré los ojos un instante, conteniendo la frustración. No tenía sentido discutir con él cuando estaba así. Algo lo estaba irritando, y si respondía, terminaríamos peleando. Y una pelea entre nosotros, justo ahora, podía ser un desastre.

Fui a buscar al doctor Martínez. Sentí de nuevo esa sensación incómoda: las miradas. No era solo una impresión. La gente me observaba, murmuraba. Lo supe por las medias sonrisas y los susurros a mi paso.

El doctor no puso objeciones y firmó el alta sin mucho trámite. Menos de veinte minutos después, ya íbamos camino a mi departamento.

—Hoy serás mi enfermera personal —dijo Arturo con tono serio, sin apartar la vista de la carretera—. Puedes venir conmigo al trabajo si lo deseas.

Me incliné un poco hacia él, sonriendo con ironía.
—A veces eres insoportable —susurré.

Él soltó una risa grave.
—Lo sé… y te amo por soportarme. Con todo y mis malos ratos.

“Te amo.”

Las dos palabras se quedaron flotando en el aire, golpeando directo a mi pecho. Era la primera vez que las decía. Sentí el corazón dar un vuelco, latiendo tan rápido que tuve que fingir no haberlo escuchado.

¿Lo amaba yo también?

Lo quería, eso sí. Lo necesitaba, lo admiraba, lo deseaba. Pero “amarlo” era una palabra demasiado grande. Aun así… tal vez ya era tarde para negarlo.

Noté cómo la sonrisa juguetona que tenía se borraba poco a poco de su rostro.
—Te quiero —le dije despacio, buscando sus ojos—. Con todo y tus cambios de humor. Porque sé que algún día tú tendrás que soportar los míos.

Ahora fue él quien sonrió, con esa expresión cálida que me desarma.
—Ven aquí —murmuró cuando aparcó el coche en el estacionamiento del edificio—. Hay algo que no me recetaste y necesito.

—¿Qué cosa? —pregunté, ingenuamente.

—Una buena dosis de besos.

No me dio tiempo de responder. Se inclinó hacia mí y me besó con esa efusividad suya, marcada, casi dominante. Recibí sus labios con gusto, dejando que el momento me envolviera. Mis dedos se enredaron en su cabello, su lengua buscó la mía y me perdí en ese roce, en el calor, en la electricidad que solo él sabía despertar.

Sentí el corazón latir tan rápido que temí una taquicardia. Ahí, entre sus brazos, lo supe: lo amaba. Lo amaba con locura, con deseo, con miedo y esperanza a la vez. Pero aún no era tiempo de decirlo en voz alta.

Él se separó lentamente, sonriendo de oreja a oreja.
—Me acompañas hoy a la oficina —dijo con un guiño—. Tengo un proyecto que revisar. Luego nos iremos a casa, lo prometo. Pero antes… necesito una buena ducha y cambiarme de ropa. Aún me siento algo mareado.

Asentí sin poder evitar la sonrisa.
Cualquier enojo que hubiera sentido antes se desvaneció por completo.

Cuando entramos al departamento, me quedé petrificada.
Roberto estaba allí, de pie, junto a la barra de la cocina, observando algo sobre la estufa, con una serenidad casi provocadora. El aroma del café recién hecho flotaba en el aire, mezclándose con el leve chisporroteo de una sartén donde Lily removía algo distraída, sin percatarse del todo de nuestra presencia.

Mi corazón se encogió.
La escena era tan doméstica… tan íntima… y, sin embargo, estaba cargada de una tensión que casi podía tocarse.

Arturo se detuvo a mi lado. Sentí el cambio en su cuerpo antes de verlo: la rigidez repentina de sus hombros, la respiración que se volvió más corta, la forma en que su mandíbula se contrajo mientras fijaba los ojos en su hermano.
Esa mirada… fría y punzante.

Roberto, por su parte, alzó la vista con calma. Sus labios se curvaron apenas, un gesto mínimo… pero lleno de desafío. El aire entre ellos pareció vibrar. Esto no era bueno.

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