Capítulo 83
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Ana Paula Lago
Por un instante, el silencio se volvió insoportable. Permanecí inmóvil entre ambos, sintiendo cómo la tensión crecía con cada segundo. Arturo no necesitó decir una sola palabra; la rigidez de sus hombros y la dureza de su mirada bastaban para entender que seguía preparado para la guerra.
—Buenos días… —murmuré al fin, intentando romper la tensión. Mi voz sonó débil, insegura, como si me costara recordar cómo se hablaba.
Roberto me dedicó una mirada fugaz, profunda, tan intensa que me recorrió la piel. Luego, sin apartar del todo los ojos de Arturo, respondió con voz baja, tranquila, como si disfrutara del desconcierto que había provocado.
—Buenos días….
Lily, al fin, se volvió hacia nosotros con una sonrisa nerviosa, ajena a la corriente subterránea que atravesaba la habitación.
Las palabras de Roberto flotaron en el aire, ligeras en apariencia… pero cargadas de un trasfondo que solo nosotros tres entendíamos.
Arturo no contestó. Solo caminó hacia la sala con pasos firmes, sin voltear.
Y yo lo seguí, con el presentimiento de que la conversación pendiente entre esos dos hermanos no solo sería inevitable… sino peligrosa.
Cuando Lily se giró hacia nosotros, una sonrisa luminosa se dibujó en su rostro, como si nada en el ambiente oliera a pólvora.
—¡Buenos días! —saludó con su habitual energía—. Arturo, ¿cómo te sientes?
Arturo tardó en responder. Su voz salió áspera, con ese tono que mezclaba cansancio y orgullo.
—Me duele la cabeza… pero lo de menos son los golpes en el rostro. —Su mirada, sin embargo, se clavó directamente en Roberto. Podía sentir el rencor ardiendo tras esos ojos entornados.
Roberto arqueó una ceja y soltó una sonrisa ladeada.
—Ni te pegué tan fuerte —murmuró con una media sonrisa, con esa ironía que sabía perfectamente cómo provocar.
Arturo apretó el puño con fuerza. Pude ver cómo los nudillos se le tensaban, blancos como el mármol.
—Ven y atrévete a pegarme, estando consciente, cobarde.
El ambiente se quebró. El aire parecía cargado de electricidad, como si en cualquier momento el primer movimiento desatara la tormenta.
Roberto lo sostuvo la mirada unos segundos más antes de contestar, con un deje sarcástico:
—Será un gusto.
Pero antes de que algo peor ocurriera, la voz de Lily irrumpió con firmeza.
—¡Me lo prometiste! —le recordó, colocándose frente a Roberto con expresión severa, impidiéndole avanzar un solo paso.
Él suspiró y bajó un poco la mirada, alzando las manos en señal de rendición.
—Tranquila, solo estoy jugando —dijo, aunque todos sabíamos que no era del todo cierto.
Lily respiró hondo, intentando recomponer la armonía, y adoptó su tono de anfitriona.
—Bueno, ya basta. Todos a la mesa. Nadie ha desayunado y estoy segura de que comer le hará bien a Arturo.
Arturo negó con la cabeza de inmediato.
—No pienso sentarme en la misma mesa que él.
Me giré hacia él y tomé su mano con suavidad.
—Hazlo por mí —le pedí en voz baja—. Lily preparó el desayuno para todos. No la hagas sentir mal.
Arturo me miró, serio, todavía con los ojos nublados por el enojo. Pero antes de responder, Lily soltó un suspiro fingidamente indignado y cruzó los brazos.
—Si no se sientan ahora mismo, pueden irse del departamento y no volver jamás. Ustedes deciden.
Arturo me miró como si buscara confirmación, y yo le devolví la mirada, entre divertida y cómplice. Lily me guiñó un ojo con disimulo.
—O te sientas… o te sientas —le susurré.
Él rodó los ojos, pero al final cedió. Se dejó caer en una de las sillas, seguido por Roberto, que lo imitó con gesto de falsa inocencia.
Intentando aliviar la tensión, me levanté.
—Yo ayudaré a Lily a poner la mesa —dije, con una sonrisa amable—. Mientras tanto, ustedes dos pueden intentar comportarse como verdaderos hermanos… sin pelear.
—Perfecto —intervino Lily con tono divertido, mientras colocaba los platos—. El primero que pelee, será expulsado del departamento. Y si siguen comportándose como niños, los castigaré como tal.
Solté una carcajada leve, y por primera vez desde que entramos, el ambiente pareció aflojarse un poco.
El desayuno transcurrió en una calma aparente.
Huevos, pan tostado, café y fruta. Todo lucía delicioso, pero yo apenas podía concentrarme en el sabor. Cada tanto, Arturo y Roberto cruzaban miradas que encendían chispas invisibles entre ellos. Lily, sin embargo, parecía decidida a que aquella mañana no terminara en tragedia.
Cuando terminamos de comer, ella se levantó de la mesa, palmeó sus manos y, con una sonrisa que conocía bien —esa que significaba “se hace lo que yo diga”— anunció:
—Ahora llega el momento de las disculpas. ¿Quién quiere empezar primero? Ya que Roberto y yo… —hizo una pausa, y noté cómo se le formaba un leve color en las mejillas.
Roberto la miró con diversión, esa mirada pícara que podía desconcertar a cualquiera.
—Creo que tenemos algo… —murmuró ella.
Lily arqueó una ceja, con una mezcla de duda y ternura en su rostro.
—Tú y yo estamos juntos… —dijo Roberto, como si la estuviera probando en voz alta—. Novios, se dice. Por si no recuerdas ese término, pareja… es otra manera de decirlo… —añadió Roberto antes de depositarle un beso en la mejilla.
Lily sonrió, fingiendo molestia. Pero incapaz de ocultar la sonrisa que asomó a su rostro.
—Sí, estamos juntos. Lo vamos a intentar —afirmó con un brillo tierno en los ojos—. Pero si es así, y Arturo está con Ana, y Ana y yo somos mejores amigas, y además vivimos juntas… ustedes dos —señaló a los hermanos— tendrán que aprender a convivir. Lo siento si no quieren, pero yo no pienso dejar que Ana se vaya a vivir a otro lugar.
No pude evitar sonreír. Sentí un calorcito en el pecho. Lily era, sin duda, una amiga excepcional. Siempre estaba ahí, firme, incluso cuando las circunstancias se complicaban.
Roberto se encogió de hombros, con gesto conciliador.
—Está bien, puedo empezar. Le pediré disculpas a Arturo por lo de ayer… si él me pide disculpas por haberme acusado de algo que yo no hice. Porque, para dejarlo claro, yo no tuve nada que ver con las noticias amarillistas que salieron sobre su relación. Ni sobre Ana. —Su mirada se posó un instante en mí, serio por primera vez—. Quien lo hizo fue Katherine.
Abrí los ojos con sorpresa. Sentí un nudo en la garganta.
—¿Katherine? —murmuré, incrédula. Todo de pronto tenía sentido.
—Sí —confirmó él—. Ella fue la que filtró la información. Estoy seguro.
—Katherine estuvo en el hospital esta mañana —dije, con la voz temblorosa—. Me insultó frente a pacientes, enfermeros y doctores.
Lily se llevó una mano a la frente, exasperada.
—Por eso mi papá estaba furioso hace un par de horas —dijo, mordiéndose el labio—. Ana, mi papá quiere que te despida. Lo siento mucho, amiga, sabes que te quiero. Hablaré con él en la tarde e intentaré que cambie de opinión…
—No, Lily —la interrumpí antes de que siguiera—. No hagas nada. Ya lo decidí. No regresaré al hospital después de la humillación que Katherine me hizo pasar. No quiero causarte más problemas con tu padre.
Lily hizo una mueca de disgusto.
—No quiero que vayas a otra clínica, Ana. Eres una excelente doctora, dedicada, trabajadora y…
—No te preocupes por mí —la interrumpí suavemente, esbozando una sonrisa triste—. Ya veré qué hacer.
Roberto soltó una risa irónica, aunque sin malicia.
—Te lo dije, hermanito. Katherine está loca. Y ahora ya logró que Lily tenga que despedir a tu novia del hospital.
Arturo chasqueó la lengua, molesto, y su voz sonó firme.
—Katherine me va a escuchar, siento que tardé mucho en darme cuenta la clase de persona que es. Ana, no te preocupes, amor. Yo mismo hablaré con el padre de Lily.
—Y yo también lo haré —intervino Roberto, como si quisiera equilibrar la tensión—. Así aprovecho para conocer a mi suegro. Tengo curiosidad… sé que me amará.
Lily rodó los ojos y le dio un leve golpe en el brazo.
—Suegro dice… —refunfuñó, aunque una sonrisa le traicionó al final.
Yo no pude evitar reír. Era imposible no hacerlo.
Arturo llamó a Sam en cuanto terminamos el desayuno. Su tono fue breve, práctico, como si quisiera dejar claro que el día seguiría su curso con normalidad, pese a todo lo ocurrido.
Le pidió que pasara por su casa y le llevara algo de ropa al departamento.
—Necesito ducharme y cambiarme —me dijo luego, mirándome con cansancio, pero también con cierta ternura—. ¿Puedo usar tu baño?
—Claro —respondí sin dudar—. Yo también aprovecharé para asearme.
Asintió con una leve sonrisa, esa que me derrite cada vez que la deja escapar.
Lily y Roberto se levantaron poco después. Ambos tenían pendientes de trabajo que atender, aunque no pude evitar notar cómo se miraban, con esa complicidad nueva que aún los hacía parecer adolescentes.
—Nos vemos más tarde, ¿sí? —dijo Lily mientras se colgaba el bolso al hombro—. No hagan desastre en mi cocina, y si lo hacen, que al menos huela rico.
—Prometido —le respondí entre risas.
Roberto, en cambio, se acercó a Arturo con paso firme. Hubo un silencio denso entre ellos antes de que Arturo rompiera la distancia.
—Roberto —empezó, con una voz más calmada de lo que esperaba—, de todo corazón, deseo que te vaya bien con la nueva constructora.
Su mirada era seria, pero no había rencor en ella.
—He comprendido que eras un gran apoyo… —añadió, respirando hondo—. Al menos sabía que nunca me traicionarías en lo laboral. Porque, al final, somos hermanos. Y ahora… es difícil confiar en alguien más.
Las palabras de Arturo me conmovieron. Había sinceridad en ellas, un intento genuino de cerrar heridas.
Roberto lo miró por un largo instante antes de extenderle la mano.
—Gracias —respondió con voz baja, pero firme—. Aprecio que lo digas. Gracias por reconocerlo.
Arturo estrechó su mano. No hubo abrazos ni gestos exagerados, pero ese apretón de manos fue suficiente. Una tregua silenciosa entre dos hombres que habían pasado demasiado tiempo luchando el uno contra el otro.
