Capítulo 84
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Arturo Abad Rocamonte
Ana me acompañó a la oficina esa mañana.
Nos sentamos en la pequeña sala donde solía recibir a empresarios importantes; ese espacio olía a cuero, madera y recuerdos de largas negociaciones. Normalmente, ahí se hablaba de números, contratos y millones. Pero esa mañana, todo parecía distinto con ella a mi lado.
Tenía una reunión programada con un joven empresario cuyo proyecto me había llamado la atención desde el primer momento. Prometía una buena ganancia, era grande, ambicioso… justo el tipo de desafíos que me gustaban.
—¿Quieres algo de beber mientras llega la persona que estoy esperando? —le pregunté, inclinándome hacia ella para darle un beso en la mejilla.
Ana se sonrojó de inmediato; ese leve rubor siempre lograba arrancarme una sonrisa.
—Un vaso con agua, por favor —pidió con voz suave.
—Cuando llegue, ¿puedo esperar afuera? —me preguntó luego, algo incómoda.
—Claro… aunque allá es más aburrido que aquí —contesté, incorporándome para servirme una copa de whisky con hielo.
Ni siquiera alcancé a dar el primer sorbo cuando Ana se levantó del sofá con rapidez, me quitó el vaso de la mano y me fulminó con la mirada.
Fruncí el ceño, sin entender del todo su reacción.
—No deberías beber alcohol. Te acaban de inyectar medicamento hace apenas unas horas —me reprendió con tono firme.
Suspiré, rindiéndome.
—Está bien… como usted diga, doctora —gruñí, fingiendo fastidio.
Ella sonrió satisfecha, como si acabara de ganar una pequeña batalla. Y quizá lo había hecho.
Fui hasta el pequeño frigorífico junto al mueble del bar; solía tenerlo bien surtido con jugos, agua y refrescos, cortesía de mi secretaria. En su momento lo había mandado poner por Lisa, cuando la traía a la oficina después del colegio. Ser padre soltero no era fácil, pero mi hija era mi mundo, y todo valía la pena por ella.
Tomé dos botellas de agua y le extendí una.
—Imagina que es whisky —bromeó Ana, arqueando una ceja con picardía.
—Ja, ja… muy graciosa —respondí con ironía, entrecerrando los ojos para aparentar enojo, aunque en realidad me encantaba verla así, relajada, provocadora.
No resistí la tentación y, como castigo, la atraje hacia mí, robándole un beso intenso, de esos que saben a impulso y deseo. Su respiración se mezcló con la mía, y justo cuando el ambiente empezaba a calentarse, el maldito intercomunicador del escritorio sonó.
—Señor Rocamonte, el señor Oliveira ya llegó —anunció mi secretaria con su voz monótona.
Me aparté de Ana, aún con la sonrisa traviesa en los labios.
—Que pase —ordené.
En cuestión de segundos, la puerta se abrió.
Pasé una mano por la cintura de Ana, instintivamente. Quería que supiera que era parte de mi mundo, no solo una visita.
El hombre que entró era joven, de unos veintitantos, trajeado y con el aire inseguro de quien está dando sus primeros pasos en los negocios. No era lo que había imaginado al leer su propuesta, pero eso no significaba nada. El tiempo y la experiencia dirían si valía la pena construir su proyecto.
—Señor Oliveira —lo saludé, extendiendo mi mano.
—Señor Rocamonte —respondió con un apretón firme.
—Le presento a mi novia, la señorita Lago —dije con orgullo, mirando a Ana.
Luego me volví hacia él—. El señor Oliveira es administrador del hospital Altavista.
Ana lo miró con una mezcla de cortesía y curiosidad profesional.
—Mi novia es doctora —añadí, con un tono que no pude evitar sonar un poco posesivo.
—Mucho gusto, señor, los dejaré para que hablen de negocios cómodamente —dijo ella con amabilidad, regalándonos una sonrisa antes de encaminarse hacia la puerta.
Asentí, acercándome lo justo para darle un beso en la frente.
Su piel olía a flores y a calma… y por un momento, deseé que la reunión se cancelara, solo para quedarme con ella un rato más.
La observé salir, y cuando la puerta se cerró, respiré hondo y volví a mirar a Oliveira.
—Siéntate, por favor —le indiqué, invitándolo con un gesto—. Hablemos de negocios.
Por lo que sabía, Francisco Oliveira era un joven empresario con una visión poco común. Su propuesta consistía en desarrollar un proyecto de arquitectura sustentable social, una pequeña comunidad de viviendas ecológicas a bajo costo para familias de escasos recursos.
La idea me resultó interesante desde el primer momento. Este año, uno de los objetivos de Grupo Rocamonte era precisamente expandir nuestras operaciones hacía proyectos sustentables, construcciones verdes que marcaran la diferencia.
Por eso, decidí recibirlo personalmente. Quería conocerlo, sentir su energía y ver si su entusiasmo coincidía con su propuesta.
La reunión fue productiva. Oliveira tenía buenas ideas, quizás algo idealistas, pero con potencial. Al final, nos despedimos con un apretón de manos firme, prometiéndole que en los próximos días recibiría una propuesta en 3D y una primera cotización.
Asintió con una sonrisa agradecida antes de marcharse.
