Capítulo 106
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Decidimos hacer una recepción pequeña, íntima, sencilla. No porque no quisiéramos algo grande, sino porque lo importante era celebrarlo con quienes realmente formaban parte de nuestra historia. Amigos, familiares cercanos, algunos compañeros de la constructora… y por supuesto, Roberto y Lily.
El salón era modesto, pero lo transformaron en algo mágico: luces cálidas colgando en hilos, arreglos florales de tonos crema y verde bosque, mesas redondas vestidas de blanco, una pista en el centro que brillaba bajo lámparas doradas. Olía a vainilla, a flores frescas y un toque de madera barnizada.
Me encontraba al frente, esperando.
Mis manos temblaban ligeramente dentro del saco gris claro que Roberto me ayudó a elegir.
—Respira, hermano —murmuró él a mi lado, ajustándome el puño de la camisa—. Si te desmayas vas a arruinar las fotos.
—Idiota —susurré, pero sonreí.
Me ayudó a relajarme.
La música cambió.
Todos se pusieron de pie.
Y entonces la vi.
Ana caminaba tomada del brazo de su padre, envuelta en un vestido blanco suave, sin exceso de brillo, sin grandes adornos… solo ella. Pura. Perfecta. Llevaba el cabello recogido de manera sencilla, con mechones sueltos que le enmarcaban el rostro. Cuando sus ojos buscaron los míos, sentí que el pecho se me encendía como si fuera la primera vez que me enamoraba de ella.
“Quédate conmigo, siempre “ pareció decirme su mirada.
Cuando llegó frente a mí, su padre me entregó su mano.
Me la puso en la mía con una expresión de orgullo y nostalgia.
—Cuídala —susurró él.
—Con mi vida —respondí.
La ceremonia fue corta, pero cada palabra pesó como si estuviera hecha de verdad pura.
—¿Aceptas a Ana como tu esposa? —preguntó el juez.
—Sí —contesté, sin dudar, sin pestañear, sin respirar siquiera.
—¿Aceptas a Arturo como tu esposo? —preguntó después.
Ana sonrió, y esa sonrisa tenía algo de luz, algo de hogar.
—Sí, con el corazón entero.
Hubo un aplauso suave, delicado, casi tímido… como si todos entendieran que aquello era un momento sagrado.
Intercambiamos anillos.
Mis dedos rozaron los suyos. Su piel estaba fría por los nervios, pero su mano firme, segura.
—Te elijo a ti —susurré mientras deslizaba el anillo en su dedo.
—Y yo a ti, para siempre —respondió ella.
Cuando por fin nos declararon marido y mujer, sentí que la respiración regresaba a mi cuerpo después de semanas.
La besé.
Despacio, profundo, con el alma.
Ana se aferró a mi saco, como si también necesitara comprobar que todo era real.
…
La música suave comenzó a sonar.
La pista de baile estaba iluminada por pequeñas luces que parecían luciérnagas suspendidas.
Ana apoyó su frente en mi pecho mientras bailábamos el primer vals.
—No puedo creer que ya somos esto —susurró ella—. Tú y yo, esposos, todo lo que hemos pasado para estar aquí.
—Creo que nos enamoramos desde la primera vez que nos vimos. Solo que tardamos en entenderlo.—respondí.
Ella se rió bajito, vibra que pude sentir en mi pecho.
Mi mano en su cintura, su mano en mi hombro… todo encajaba perfecto.
Cerca de nosotros, escuché a Roberto murmurarle algo a Lily:
—¿Ves? Yo digo que los próximos deberíamos ser nosotros.
—Bueno… —le respondió ella, riendo, y luego susurró—. Podríamos platicarlo con calma.
A Roberto le brillaron los ojos de ilusión.
Valió la pena todo.
Cada miedo. Cada herida. Cada caída.
Porque ese momento…
Ese instante con Ana entre mis brazos…
Ese comienzo real, tangible…
Era todo lo que siempre había querido, incluso antes de saberlo.
La fiesta continuó entre risas y conversaciones.
Lisa había corrido de una mesa a otra durante toda la noche, jugando con los hijos de algunos invitados hasta que el cansancio terminó por vencerla.
Cuando la busqué con la mirada, la encontré profundamente dormida.
No sobre una silla.
No junto a su abuela.
Dormía acurrucada entre los brazos de Roberto.
Él estaba sentado en un rincón del salón con la pequeña recostada sobre su pecho. Una de sus manos acariciaba distraídamente el cabello de mi hija mientras la otra sostenía una copa que ya llevaba varios minutos olvidada.
No hablaba.
Solo la protegía.
Lisa suspiró dormida y se acomodó un poco más entre sus brazos.
Roberto sonrió con una ternura que pocas veces dejaba ver.
Y entendí que, aunque nunca lo hubiera dicho en voz alta…
Siempre había querido a mi hija como si fuera también un poquito suya.
Ana Paula Lago
La música cambió a una melodía más alegre y varios invitados comenzaron a ocupar la pista.
Arturo tomó mi mano y me condujo hasta una mesa, pero antes de sentarnos, nuestras miradas fueron hacia Roberto.
Mi cuñado permanecía de pie junto a Lily, observando a las demás parejas bailar.
—¿No vas a invitarme? —preguntó ella, alzando una ceja con una sonrisa divertida.
Roberto fingió pensarlo unos segundos.
—Claro que sí… aunque todavía no deberías apoyar mucho ese pie.
—Solo será una pieza.
Él suspiró con resignación.
—Siempre haces que termine aceptando todo.
Con infinita delicadeza la ayudó a ponerse de pie. Rodeó su cintura con un brazo firme mientras ella descansaba una mano sobre su hombro.
No hicieron grandes movimientos.
Solo se balancearon lentamente siguiendo el ritmo de la música.
Pero la forma en que Roberto la miraba decía mucho más que cualquier paso de baile.
Como si el resto del salón hubiera desaparecido.
Como si para él solo existiera Lily.
La recepción terminó más rápido de lo que esperaba. Entre abrazos, felicitaciones, fotos y risas, la noche se desvaneció como un suspiro. Pero en cuanto nos despedimos y Arturo tomó mi mano para llevarme al auto, sentí un cosquilleo en la piel. Un recordatorio silencioso de lo que venía.
El camino hacia la cabaña en Santiago se volvió un silencio cómodo, cálido. La carretera oscura era iluminada por los faros del coche, y el aire frío se colaba por la rendija de la ventana. Arturo conducía con una mano en el volante y la otra entrelazada con la mía.
—No puedo dejar de mirarte, te ves hermosa —murmuró, sin apartar la vista del camino, depositando un beso sobre mi mano.
—Y eso que ya me has visto todo el día —respondí con una sonrisa nerviosa.
—Sí, pero no como mi esposa.
Mi corazón se apretó.
Esa palabra… esposa… resonaba como algo sagrado.
Cuando llegamos, la cabaña estaba en penumbra, rodeada de árboles altos que parecían custodiarla. Arturo bajó primero y abrió mi puerta con esa mezcla de caballerosidad y deseo que solo él podía lograr.
—Bienvenida a nuestro primer hogar temporal, aquí podremos venir a descansar del mundo siempre que lo desees, para eso la construí para olvidarme de todo y ahora junto a ti —susurró cerca de mi oído.
Entramos.
La luz cálida del interior se encendió con un interruptor. La cabaña era hermosa: madera clara, una chimenea apagada, un sofá de piel envejecida, y más al fondo, la habitación iluminada apenas por lámparas tenues.
Olía a cedro, vainilla y algo que siempre asociaría con Arturo: seguridad.
Dejé mi bolso sobre una mesa. Mis manos temblaban mínimamente. Arturo se acercó por detrás, rodeándome con los brazos.
—¿Nerviosa? —preguntó con su voz baja que me hacía vibrar.
—Un poco.
—Yo también —susurró, sorprendiéndome.
Me giré para verlo mejor.
Sus ojos marrones brillaban casi dorados bajo la iluminación suave.
—¿Tú? ¿Nervioso?
Sonrió, inclinando la cabeza con timidez masculina, esa que pocas veces dejaba ver.
—Es la primera vez que tengo a la mujer que amo frente a mí… como mi esposa, me encanta decir esa palabra.
Mi respiración se entrecortó. Arturo me tomó las manos con una suavidad que contrastaba con la firmeza de su cuerpo.
—Ana… —acarició mi mejilla con el dorso de sus dedos—, no hay prisa. Quiero que esta noche sea especial para ti. Para los dos.
—Ya lo es —susurré.
Él me miró como si mis palabras le hubieran encendido algo profundo.
Y entonces me besó.
No fue un beso desesperado ni urgente. Fue lento… como si quisiera saborearme, memorizarme, sellar cada sensación.
Sus dedos fueron bajando por mi cuello, por mis hombros, rozando la tela del vestido. Lo aflojó con paciencia, como si deseara honrar el momento.
—Siempre imaginé cómo sería verte así… para mí —murmuró contra mi piel, justo en el hueco de mi clavícula.
Sentí mis piernas temblar cuando el vestido cayó al suelo. Arturo me miró como si el aire se le hubiera escapado del pecho.
—Eres perfecta, señora Abad —dijo, casi un murmullo ronco.
Yo acerqué mis manos a los botones de su camisa, desabrochándolos uno por uno. Su respiración se volvió más profunda. Cuando la prenda cayó, me encontré con su torso firme, cálido, familiar y al mismo tiempo distinto… ahora era mi esposo.
Él me levantó en brazos sin esfuerzo, como si mi peso no significara nada, y me llevó hacia la cama.
—Te amo, esposo mío —susurré contra su cuello, incapaz de guardármelo.
Él apoyó su frente en la mía, cerrando los ojos con un sentimiento que casi dolía.
—Y yo a ti, mi vida, mi bella doctora. No sabes cuánto.
La noche se volvió un remolino suave de caricias, besos, respiraciones mezcladas y susurros. No hubo prisa. No hubo presión. Solo dos almas que al fin se encontraban sin miedo, sin dudas.
