Capítulo 104
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Arturo Abad Rocamonte
Cuando terminé mi desayuno, reuní el valor para buscar a mi padre. No quería esperar más; llevaba días dándole vueltas a esa conversación, como si las palabras se atoraran en mi garganta cada vez que intentaba practicarlas mentalmente. Caminé hasta su despacho despacio, apoyándome ligeramente en el marco de la puerta antes de tocar.
—¿Padre? —pregunté asomando la cabeza.
Él levantó la vista de unos documentos, frunciendo el ceño como si lo hubiera interrumpido de algo de suma importancia, aunque sabía que no era así.
—Pasa —dijo, señalando con la mano el interior.
Cerré la puerta detrás de mí. El despacho siempre olía a madera antigua y a ese perfume discreto que él usaba desde que yo era niño. Me senté frente a él, pero no supe cómo empezar. Me aclaré la garganta.
—Quiero hablar contigo… de Roberto.
El ceño de mi padre se profundizó, como si mi hermano fuera un tema incompatible con su paciencia.
—¿Qué pasa con Roberto? —preguntó con frialdad.
Tragué saliva.
—Quiero reconciliarme con él.
Mi padre apoyó lentamente los codos en los brazos del sillón, entrelazó los dedos, y me observó con una mezcla de incredulidad y molestia.
—¿Reconciliarte? —repitió—. ¿Después de lo que te hizo?
Asentí con firmeza.
—Sí. Porque eso ya quedó atrás. Porque… descubrimos que Clara estaba jugando con los dos al mismo tiempo. Y porque sin Roberto, Ana y yo no estaríamos vivos. Él podría haberse ido y dejarnos ahí, pero no lo hizo.
Mi padre desvió la mirada, como si esas palabras lo golpearan más de lo que estaba dispuesto a admitir. Caminó hasta uno de los sillones laterales y se dejó caer con un suspiro pesado. Me quedé de pie, observándolo, intentando descifrar si lo que veía en su rostro era rabia… o cansancio.
—Padre —dije quebrando el silencio—. ¿Por qué siempre me preferiste a mí, antes que a él?
Sus ojos se abrieron con sorpresa e incredulidad.
—¿Preferirte? —bufó—. Tú siempre fuiste mucho más maduro, responsable y él…
—Roberto y tú nunca tuvieron un vínculo. Jamás lo trataste como a mí. Y quiero entender por qué. ¿Qué tuvo él para que… nunca se vieran como padre e hijo?
Mi padre apretó los labios, como si recordara cosas que aún le dolían admitir.
—Roberto… —dijo despacio—. Desde niño fue débil. Lloraba por todo, hacía berrinches, era… complicado. Tu madre siempre estuvo encima de él, protegiéndolo, mimándolo. Yo… yo no sabía cómo tratarlo sin que explotara en llanto o rabietas. A medida que creció… siempre parecía querer retarme. Como si me responsabilizará de algo que ni siquiera sabía qué era.
Me quedé callado un momento, digiriendo sus palabras.
—Pero tú tampoco hiciste nada para acercarte a él —respondí con sinceridad, porque ya no quería endulzar verdades—. Los dos se alejaron, pero tú eras el adulto. Tú eras el padre.
Él bajó la mirada, aceptándolo sin intentar defenderse.
—No, no lo hice —susurró finalmente—. Y no sé si ahora tendría algún sentido intentar algo. Quizá ya es tarde.
Di un paso hacia él.
—¿Vas a vivir así para siempre? —pregunté—. ¿Alejado de él? ¿Recordándolo solo por lo que no te gustaba de él cuando era niño? Yo… —mi voz tembló un poco— yo quiero recuperar a mi hermano. No quiero que esta familia siga rota.
Mi padre cerró los ojos un segundo, como si mis palabras le dolieran de más.
—No lo sé, Arturo —murmuró—. Tal vez Roberto nunca me perdone. Tal vez yo tampoco pueda hacerlo del todo.
—Yo tampoco sé si será fácil —admití—. Pero sé que si no lo intentamos, algún día nos vamos a arrepentir. Y para entonces… quizá sea definitivamente tarde.
Mi padre levantó la mirada hacia mí. Y por primera vez en años, vi en sus ojos algo parecido a vulnerabilidad.
—Déjame pensarlo —fue lo único que dijo.
Asentí. No era una victoria, pero tampoco una derrota.
Era un comienzo.
…
El trayecto hacia el departamento de Roberto se sintió más largo de lo que realmente era. Ana iba a mi lado, apretándome la mano con suavidad, como si supiera que por dentro estaba hecho un nudo.
Cuando nos detuvimos frente a la puerta, respiré hondo. Toqué el timbre un par de veces, intentando que mi voz interna dejara de temblar.
La puerta se abrió… y lo primero que vi fue a Roberto con el torso desnudo.
Roberto estaba en pantalones deportivos, el torso completamente desnudo, el cabello medio revuelto. Ana se puso roja de inmediato, desviando la mirada hacia el pasillo como si acabara de ver algo prohibido. Yo parpadeé varias veces, procesando la escena. No es que me importara cómo se vistiera, pero la sorpresa me dejó estático.
Lisa, en cambio, reaccionó como si le hubieran dado el mejor regalo del día.
—¡¡¡TÍO, TÍOOOO!!! —gritó tirándose hacia él como un rayo.
Roberto la atrapó sin dudar un segundo, levantándola y pegándola contra su pecho fuerte. La besó en la mejilla con un cariño tan desbordante que me arrancó una sonrisa involuntaria.
—¡Te extrañé demasiado, mi princesa, la más hermosa de todo el mundo! —exclamó él, abrazándola como si no quisiera soltarla nunca.
Sentí una presión en el pecho… no dolorosa, sino de esas que te recuerdan verdades importantes. Roberto siempre amó a mi hija de una manera genuina. Siempre estuvo ahí para ella. Y yo tenía que reconocerlo: estaba agradecido por eso, profundamente.
Lisa apoyó su barbilla en el hombro de Roberto y miró hacia dentro del departamento.
—¿Aquí es donde vives, tío? —preguntó curiosa.
—Aquí vivo —respondió él con una sonrisa suave.
—¿Vives solito? —dijo ella ladeando la cabeza.
Roberto me miró a mí y luego a Ana, y levantó una ceja con picardía. Un gesto, medio travieso, medio provocador.
—Vivo con otra princesa… —dijo alargando las palabras, disfrutando del momento—. Pero estoy seguro de que ustedes dos serán muy buenas amigas. ¿Quieres conocerla?
Lisa se retorció en su abrazo, emocionada.
—¡¡Síiii!! ¡Quiero conocerla!
Ana y yo nos miramos. Ella sonrió primero. Yo después.
En ese instante lo supe: habíamos hecho bien en venir.
Roberto nos hizo un gesto para pasar, y su tono cambió, volviéndose un poco más serio, aunque no perdió la calidez.
—Pasen… —dijo, mirándome directo.
Entré con Ana de la mano. El departamento olía a vainilla y a algo limpio, casi hogareño. Había flores frescas en la mesa del comedor y un par de tazas junto al sillón. Detalles que yo nunca hubiera imaginado ver en un espacio suyo.
Lisa bajó de sus brazos y corrió un poco adelante.
—¡¿Dónde está la otra princesa, tío?! —exigió con una emoción contagiosa.
Roberto sonrió, caminó hacia el pasillo y se asomó hacia una habitación.
—Lily, cariño… tenemos visitas.
Al escuchar ese “cariño”, Ana apretó mi mano con cariño. Yo respiré profundo. Sí… había cambiado. Y yo también debía hacerlo.
Roberto volvió a mirarme por encima del hombro, nos pidió que pasáramos a la sala mientras él “intentaba verse un poco más decente”, según dijo con una sonrisa ladeada. Ana soltó un suspiro divertido y yo asentí, todavía procesando que mi hermano nos recibiera a medio vestir como si nada.
—Siéntense, regreso en un minuto… y voy por Lily —añadió antes de desaparecer por el pasillo.
Lisa se subió al sillón grande, balanceando los pies con entusiasmo, observándolo todo como si fuera un palacio gigante. Ana se sentó a mi lado, acomodándose el cabello detrás de la oreja en un gesto delicado que me encantaba.
—Se ve contento —murmuró ella.
—Sí… —respondí bajito—, estos días juntos le han sentado bien.
Pasaron unos segundos en silencio antes de que escucháramos risitas y el rodar suave de algo que no identifiqué al principio. Luego Roberto apareció en el pasillo, ya con una playera negra puesta, llevando a Lily… En una silla de ruedas.
Ana abrió los ojos como si hubieran aparecido llamas frente a ella.
—¡Lily! —Ana exclamó sorprendida—. Pero… ¿Que…?
Lily levantó las manos en el aire como si se rindiera ante un crimen que no cometió, y comenzó a reír con esa mezcla de pena y coquetería que la caracterizaba.
—Ya sé, ya sé —dijo rodando los ojos—. No necesito silla de ruedas, ¿sí? Con un par de muletas es más que suficiente…
Roberto cruzó los brazos detrás de ella, fingiendo inocencia.
—Pero Roberto insistió —continuó Lily señalándolo con el dedo—. Resultó ser más sobreprotector que mis padres.
Ana soltó una carcajada ahogada. Yo también tuve que apretar los labios para no reírme demasiado. Roberto tenía la expresión del hombre que sabe que lo están acusando con justicia… pero que no piensa disculparse por ello.
—Lily —dije yo inclinándome un poco hacia adelante, sonriendo—, créeme que puedo imaginarlo. Este hombre siempre fue exageradamente controlador… aunque solo fuera para llevar la contraria.
Roberto me lanzó una mirada que, por primera vez en años, estaba libre de tensión. Casi cómplice.
—¿Qué querías? —respondió él—. No voy a dejar que Lily se tropiece por ahí mientras yo no estoy en casa.
Lily rodó la silla hacia la sala, y Lisa corrió a su encuentro, fascinada.
—¿Tú eres la otra princesa? —preguntó mi hija con esos ojos gigantes llenos de ilusión.
Lily soltó una risita dulce.
—Supongo que sí… aunque una princesa lesionada, por ahora.
Lisa se acercó a tocar el yeso y el collarín con curiosidad infantil.
—Mi papá también estuvo lastimado, ¿sabes? —dijo—. Yo lo cuidé con Ana… poquitito, pero lo cuidé.
Lily la miró con ternura.
—Entonces eres toda una médica profesional —le dijo, y Lisa sonrió como si le hubieran regalado un título honorífico.
Ana respiró hondo a mi lado, emocionada.
Yo también lo sentí: el ambiente era cálido. Como si, por primera vez en mucho tiempo, todo encajara donde debía.
Roberto se acercó más, metió las manos en los bolsillos de su pants y nos observó con una mirada nueva… cargada de algo que jamás hubiera imaginado ver en él:
Paz.
—Me alegra que estén aquí, ya que por obvias razones yo no puedo pararme en la residencia de nuestros padres —nos dijo, y no sonó obligado ni educado. Sonó sincero.
—También me alegra estar aquí, deseo hablar contigo —logré decir, aunque la voz me salió un poco más baja de lo normal.
Lily no necesitó que nadie se lo pidiera. Bastó que nuestras miradas se cruzaran para que entendiera que Roberto y yo… necesitábamos ese espacio. Ese silencio que solo se abre entre dos personas que han cargado demasiados años sin hablar lo que realmente importa.
—Lisa… —llamó Lily con una sonrisa suave—, ¿te gustaría firmar mi yeso antes de que me lo quiten en un par de días?
Los ojos de mi hija se iluminaron como si le hubieran propuesto una misión secreta.
—¿Puedo dibujar un corazón? —preguntó entusiasmada.
—Claro que sí, princesa —respondió Lily—. Ven, vamos a mi habitación. Roberto, ¿Tienes marcadores de colores?
—Sí, en el cajón del buró —dijo mi hermano sin apartar la vista de mí.
Lisa y Lily desaparecieron junto con Ana por el pasillo entre risas y el rodar suave de la silla. Y entonces, en cuanto el eco de sus voces se apagó, Roberto caminó hacia mí.
Sin teatralidad. Sin dureza.
Solo se dejó caer a mi lado en el sofá como quien se quita un peso del alma.
Durante unos segundos ningún sonido llenó la habitación más allá de nuestra respiración.
