Capítulo 105

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Arturo Abad Rocamonte

Roberto y yo estábamos hundidos en el sillón gris del departamento;

Respiré hondo. Tenía que decirlo.

—Gracias —solté al fin, sin rodeos, con la voz más baja de lo que pretendía—. Gracias por… por habernos salvado. Si no fuera por ti, Roberto… Ana y yo no estaríamos aquí.

Él no me miró.
Fijó la vista en algún punto del frente, como si ahí hubiera un secreto que solo él entendía. Luego sonrió, esa sonrisa sarcástica que siempre usa para no mostrar lo que en verdad siente.

—Por un segundo pensé en dejarlos ahí —dijo, tan tranquilo que me recorrió un escalofrío.

Me reí con nervios, pero él seguía serio, hasta que añadió:

—Pero después imaginé el dolor que sentiría Lily si Ana no regresaba con vida… y —levantó una ceja— lo aburrida que sería mi vida sin un hermano con quien pelear.

Solté una risita inevitable.
Lo conocía demasiado.

—No tienes que fingir —le dije, moviendo la cabeza—. Se te nota en la mirada, Roberto. Desde que estás con Lily has cambiado. Ya no eres ese hombre sediento de venganza, ni ese torbellino de ambición que iba arrasando con todo. Ahora… te noto en calma. Y feliz. Aunque te cueste aceptarlo.

Por fin me miró.
Sonrió, pero fue una sonrisa distinta, honesta.

—Lily me ha curado las heridas que seguían abiertas —murmuró—. Jamás haría algo que pueda causarle dolor. Ya no más.

Hizo una pausa, me observó de arriba abajo, como midiendo mis palabras antes de soltarlas.

—¿Y tú? —preguntó al fin—. Solo espero que Ana se quede a vivir contigo de manera permanente.

Fruncí el ceño de inmediato.

—¿Por qué dices eso?

Roberto soltó una carcajada genuina, una que pocas veces escuchaba.

—Porque si Ana se queda contigo… —se inclinó hacia atrás, con una sonrisa maliciosa— Lily también querrá quedarse conmigo, a ella no le gusta vivir sola, me lo ha dicho.

Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír.
Ese era Roberto: siempre disfrazando el afecto con sarcasmos, siempre doliéndole aceptar que, aunque tenía un exterior frío, el amor lo había transformado por completo.

A veces todavía me cuesta creer que todo pasó en tan poco tiempo.

La conversación con Roberto quedó rondando en mi mente durante varios días… hasta que llegó el momento que más me había hecho sudar las palmas: hablar con los papás de Ana.

Recuerdo mis pasos temblorosos al entrar a la casa de sus padres, ese olor a café recién hecho. Su papá estaba sentado en el sillón de siempre, con el periódico abierto y los lentes a medio bajar. 

—¿Todo bien, Arturo? —preguntó su padre al verme tan tieso como poste eléctrico.

Tragué saliva.
Ni en la universidad, ni cuando enfrenté licitaciones terribles, ni cuando estuve a punto de morir, me puse tan nervioso como en ese instante.

—Vengo a… —respiré— pedirle su consentimiento para casarme con Ana.

El silencio cayó como una manta.
La señora Lago sonrió primero; su esposo simplemente dejó el periódico a un lado, cruzó las manos y me miró tan fijo que sentí que podía leer cada rincón de mis intenciones.

—Sabes —empezó él, con voz grave, pero cálida—, un hombre que está dispuesto a arriesgar la vida por mi hija, no necesita pedirme permiso para amarla… pero agradezco que tengas la decencia de hacerlo.

Me quedé congelado.
No esperaba eso. Miré a Ana, ella me sonreía orgullosa de las palabras de su padre. Entrelazamos nuestras manos sin pensar.

Él se levantó, se acercó sin prisa y puso una mano firme sobre mi hombro.

—Te lo concedo, Arturo —dijo con esa solemnidad suave que solo los padres tienen—. Mi deseo es que construyan un hogar lleno de paz, donde ambos puedan sanar, crecer y encontrar la felicidad que la vida les negó antes. Ana es fuerte, pero también necesita quien la acompañe con corazón limpio. Por lo que he visto… ese eres tú.

Sentí un nudo en la garganta tan grande que apenas pude decir:

—Gracias, señor. Se lo prometo… haré todo lo que esté en mis manos para hacerla feliz.

La señora Lago dio un pequeño aplauso emocionado.

—Ay, Arturo —se acercó para abrazarme—, ya tenía ganas de que esto pasara. Ana siempre brilló más cuando hablaba de ti.

Salí de esa casa sintiendo que el mundo entero respiraba distinto.
Sentí que una nueva etapa comenzaba. Que, por fin, la vida me estaba regalando la oportunidad de construir un futuro junto al amor de mi vida.

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