✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 24

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◷ Tiempo estimado de lectura: 11 minutos
✦ Publicado el 25 de septiembre de 2026
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Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Christa Bauer✦

Ignacio Sandoval me envió al rancho en una camioneta junto a varios de sus trabajadores. Mientras nos acercábamos, sentía una especie de emoción recorrer mis venas. Estaba a muy poco de devolver el rancho a lo que había sido antes, de alejarlo de la tiranía de Marcelo y sus hombres. Le haría pagar caro lo que le había hecho a mi hermano.

El portón principal siempre había estado abierto, pero ahora estaba custodiado por varios hombres, lo que se me hizo extraño. La camioneta se detuvo y el chofer habló con uno de los guardias. No alcancé a escuchar bien lo que le dijo. Solo esperaba que Don Ignacio cumpliera su palabra y me ayudara, no que me estuviera entregando a Marcelo. Pero tenía que arriesgarme; no tenía otra alternativa.

La camioneta arrancó de nuevo y, con ella, mi corazón comenzó a latir con fuerza. Sentía como si quisiera salir de mi pecho. Miré a través del cristal polarizado de la camioneta en la que viajaba. En tan poco tiempo, el rancho había cambiado. No se divisaban sembradíos ni reses. ¿Qué estaban haciendo con él?

Las puertas de la camioneta se abrieron. Bajé de ella y caminé a toda prisa, seguida de los hombres de Ignacio Sandoval. No tuve que caminar mucho, ya que, cuando me dirigía a cruzar el umbral de la casona en la que había crecido, Marcelo venía hablando con algunos de sus trabajadores. Entre ellos estaba Bruno.

Todos me miraron. Marcelo esbozó una sonrisa burlona.

—Cuñadita, veo que Don Ignacio te ha enviado de nuevo a casa. Buen trabajo, muchachos. Ya pueden retirarse; yo me encargaré de ella —soltó con sorna.

Mi rostro se descompuso. Miré a mi lado, pero ninguno de ellos se movió.

—La señorita viene a reclamar lo que es suyo. Estamos aquí para verificar que nadie se oponga a su voluntad —dijo uno de los hombres a mi lado.

De pronto, y sin poder evitarlo, una sonrisa victoriosa se dibujó en mi rostro al encontrarme con la mirada de Bruno, quien sonreía de manera disimulada. En sus cartas, Margarita me contó que él había tenido que trabajar para Marcelo, pues no tenían otra opción para sobrevivir. A pesar de eso, siempre me mantuvo al tanto de los sucios movimientos que hacía con el rancho de mi padre.

—Eso no puede ser… —vociferó con enojo.

De pronto, comencé a sentir mucha rabia. Quería que pagara por lo de mi padre, porque estaba segura de que él había provocado el accidente a propósito; por la muerte de mi hermano y por todas las veces en las que me insinuó que yo sería suya. Lo aborrecía con todo mi corazón. Saqué la pistola de la funda de uno de los hombres, que la llevaba pegada al cinto, y le apunté directamente al pecho.

—Tú sabías… Sabías que mi padre me había heredado esto y me lo ocultaron. Tú, mi madre, Greta…

—Espera. La idea de echarte fue de tu madre. Yo solo obedecí. Más te vale que bajes esa pistola antes de que cometas alguna locura.

Sonreí con maldad.

—Sé perfectamente lo que hago. Eres un maldito. Te adueñaste de algo que no es tuyo, que no te pertenece, y lo vas a pagar. ¡Pagarás por la muerte de Fred!

Apreté el gatillo sin llegar a disparar, manteniendo el arma apuntada directamente a su corazón. El rostro de Marcelo se horrorizó. Mi padre me había enseñado a manejar armas desde pequeña; para mí, aquello no era un juego.

Mi corazón latía con desenfreno. Mis ojos estaban clavados en los de Marcelo. Quería venganza: por mi padre, por Fred, por haberme arrebatado todo lo que un día fue mi felicidad. Una lágrima resbaló por mi mejilla y él esbozó una sonrisa que hizo que mi sangre hirviera de coraje. A pesar de tener una pistola apuntándole, no dejaba de mirarme de aquella manera altanera con la que siempre lo hacía, como si yo fuera algo insignificante.

Estaba a punto de apretar el gatillo. Ya nada me importaba en ese momento; solo deseaba hacerlo, borrar de su rostro aquella maldita sonrisa que tanto odiaba. Pero el sonido de la voz de Bruno me frenó.

—¡Christa, no lo hagas! —lo miré—. No vale la pena. En este rancho nadie quiere a Marcelo.

Él giró la cabeza para verlo y lo aniquiló con la mirada. No le había sentado bien aquella confesión. ¿Cómo lo iban a querer si no se comparaba en nada con mi padre? Marcelo no era un buen patrón. No amaba a los animales ni al rancho; solo le importaba lo que pudiera obtener de él.

—¡Hazlo, si eres tan valiente, Christa! —me retó.

Junté mis cejas. Mis manos comenzaron a temblar. ¿Cómo podía hacerme dudar de esa manera?

—No, Christa.

—Ya no tengo nada que perder, Bruno. No tengo a nadie —dije, tratando de que mi voz no se quebrara.

—Dispárame. Aquí hay muchos testigos que te verán herirme. Terminarás en la cárcel por el resto de tus días.

No quería escucharlo.

En ese momento, Greta apareció con mis sobrinos de la mano. Cuando me vio apuntándole a su esposo, su mirada se llenó de desprecio.

—¡Christa, estás loca!

—¡Cállate! —le ordené.

—¡Cómo te atreves a aparecerte aquí! ¡Ya no eres bienvenida en el rancho! ¡Mamá te quiere lejos!

Apreté los dientes con fuerza. Por mis sobrinos me estaba conteniendo. Miré a Bruno, suplicándole ayuda. Él me miraba con compasión. Caminó unos pasos hacia mí. Dejé que se acercara; me pidió el arma y me abrazó.

—Maggie y yo estamos contigo —me dijo, y sentí cómo mi espíritu se quebraba. Lo abracé con fuerza, como alguna vez abracé a mi hermanito—. No estás sola, Chris. Puedes hacer mucho por el rancho todavía. No cometas un error con tu vida.

Me alejé un poco y limpié disimuladamente mis lágrimas. Respiré profundo, dándome cuenta de que, de no haber sido por Bruno, habría cometido el error más grande de mi vida. Yo no era como ellos. Ellos merecían un castigo, pero yo no era nadie para arrebatarles la vida.

—¡Váyanse, váyanse de mi rancho… ahora! —grité, vociferando tan alto como mi voz me permitió.

Marcelo soltó una carcajada ronca y Greta me miró con el odio más profundo que se puede sentir.

—¡Largo! ¡No quiero que vuelvan a este rancho jamás! —repetí.

Durante unos segundos hubo silencio, hasta que los hombres de Ignacio Sandoval alzaron la cabeza en un gesto que dejaba claro que no estaban jugando.

—Ya escucharon a la patrona —añadió Bruno—. Christa es la única señora y patrona de este rancho, porque Don Abraham Bauer así lo dispuso.

—¡No es cierto eso! —gritó Greta, furiosa—. Ella está loca. Mi madre es la única dueña de todas estas tierras y nombró albacea a Marcelo.

—¿Tienes pruebas de lo que dices? —preguntó Marcelo con la voz ronca.

Abrí los ojos como platos. No tenía ninguna prueba, más que lo que él mismo me había dicho.

—Tenemos una copia del testamento de Abraham Bauer, directo de la notaría del pueblo —dijo uno de los hombres de Don Ignacio a mi lado.

Bruno tomó la hoja para cerciorarse.

—Esto es verdad, Christa. Aquí viene tu nombre. Don Abraham te heredó todo.

Les dirigí una mirada triunfal.

—¡No, no nos iremos! —bufó Greta—. Yo también soy una Bauer. Tengo derecho a la herencia de mi padre.

—Al parecer, papá sabía la clase de escoria con la que te habías casado, Greta. Por eso no te dejó nada —dije, avivando su odio.

Greta dio unos pasos adelante con la intención de golpearme, pero uno de los hombres a mi lado se interpuso entre ella y yo.

—Sáquenlos de estas tierras. No quiero volver a verlos en mi vida… —ordené.

Los hombres caminaron hasta ellos y los tomaron del brazo.

—¿Cómo puedes hacerme esto, Christa? Soy tu hermana. Nos dejarás en la calle… a tus sobrinos.

Cuando los mencionó, tuve que mirarlos. Ellos no tenían la culpa de tener unos padres como ellos, pero tampoco podía mantenerlos cerca de mí solo por eso.

—Bruno, ve al despacho de mi padre. Seguro Marcelo guarda ahí dinero. Trae algo de ahí —le pedí.

Bruno asintió y se encaminó hacia la entrada de la casona.

Volví la vista hacia las personas que ahora decían ser mi familia.

—Ustedes me echaron de la casa. Hicieron que huyera de mi hogar. Yo nunca fui mala con nadie, pero, en cambio, solo recibí insultos y malos tratos de su parte. Los perdono, pero no los mantendré a mi lado.

—¿Qué pasará con mamá? —preguntó Greta, fingiendo estar preocupada.

—La cuidaré. Ella se puede quedar; a final de cuentas, es mi madre —dije casi sin emoción.

Bruno regresó con un fajo de billetes.

—Encontré esto en uno de los cajones del escritorio. Son como diez mil pesos.

Tomé los billetes y se los entregué a Greta.

—Ten. Al menos no se irán con las manos vacías.

Ella me miró con rencor. Sin embargo, tomó el fajo de billetes. Vi cómo los hombres los escoltaron hasta la salida del rancho.

—¡Por favor, Christa! ¡No nos corras! Seremos buenos. Me separo de Marcelo si lo quieres, pero a mí no me eches —suplicaba Greta, con uno de mis sobrinitos en sus brazos y el otro tomado de una mano, mientras Marcelo la jalaba del brazo.

Exhalé una bocanada de aire. Sentía mi cuerpo mucho más ligero. Miré a mi alrededor. Había regresado a mi lugar seguro, a mis tierras, a mi hogar.

—¿Ahora qué? —pregunté, exhausta. En realidad, no me sentía con fuerzas. Las personas que más había amado en este mundo ya no estaban. Ni siquiera Santiago estaba a mi lado.

—Ahora eres la patrona, Christa. No puedo esperar a decirle a Maggie que has regresado. Le hará mucha ilusión verte de nuevo.

Esbocé una sonrisa.

—Tráela. A ella y a tu hijo. Vivan conmigo aquí, en la casona. Ustedes han sido las únicas personas, además de mi padre, que han creído en mí.

Bruno sonrió alegre. No pude evitar sonreír también. Asintió.

—Ayúdame a hacer de este lugar lo que era antes.

—Lo haremos, Christa…

Cuando entré a la casa, se sentía tan vacía. En tan poco tiempo, la esencia ya no era la misma. La abuela había muerto hacía pocos meses; ni ella quedaba, solo mi madre. Caminé sintiendo pesados mis pies mientras me dirigía a la habitación que había sido de mis padres y que ahora solo pertenecía a mi madre. Al abrir la puerta, la vi sentada en una silla de ruedas. Me miró, clavando sus ojos fieros en mi rostro. Me acerqué hasta quedar frente a ella. Era muy raro verla de esa manera, tan frágil, tan enferma. La embolia la había acabado.

Tomé una silla y me senté frente a ella.

—Mamá…

Me miró, juntando las cejas. En su mirada pude notar que no se alegraba de verme.

—Mamá… —repetí. Yo la quería. Era mi madre, a pesar de que nunca había recibido unas palabras de cariño de su parte.

—¿Qué haces aquí? —casi gruñó de manera ininteligible. Parte de su boca ya no tenía movilidad.

Pasé saliva.

—Estoy enterada de que papá me heredó todo lo que tenía.

Mamá esbozó una sonrisa irónica.

—Tu padre… ¿qué le hiciste para hechizarlo de esa manera? Ni siquiera en su maldita muerte me dejó algo, ni por qué le dediqué casi toda mi vida y le di tres hijos. Pero tú… tú le sonreíste, le cantaste y te heredó todo. ¿Qué fue lo que hiciste?

Mi rostro se descompuso al instante.

—Mamá, yo amaba a papá tanto como te amaba a ti. Ustedes eran todo para mí.

—No mientas. Tu padre dejó de quererme por quererte a ti. Te convertiste en su tesoro más valioso. ¡Dímelo! ¿Qué hiciste?

—¿De qué hablas, mamá? —No comprendía su insistencia.

—Ese amor que te profesaba no era un amor sano de un padre hacia su hija. De otra manera, no me explico cómo te dejó a ti todo y a mí nada…

—¡Mamá! —Me sentía horrorizada con lo que estaba diciendo—. ¿Cómo puedes pensar eso? Papá era el mejor padre del mundo…

—¡Calla! —trató de moverse, pero no pudo. La embolia mantenía gran parte de su cuerpo inmóvil.

Entonces comprendí.

—¿Por eso me odias? ¿Esa es la razón por la que nunca obtuve unas palabras de cariño de tu parte? Mamá, apenas era una jovencita…

—Una maldita trepadora. Prefiero morir a ver cómo te conviertes en la dueña de todo esto, cómo cumples los deseos de Abraham. Para mí, jamás serás mi hija, ¡porque tú me quitaste a mi marido!

Negué con la cabeza, incrédula. No podía creer que mi madre me estuviera acusando de tal barbaridad. Tuve que ponerme de pie porque no dejaba de decir cosas que no eran ciertas. Salí de aquella habitación casi huyendo.

Mi padre había sido el mejor hombre del mundo. Él creía en mí. Yo vi cómo también amaba a Greta y a Fred, a los tres. Solo que yo compartía con él ese amor por el rancho, por los animales y por las tierras que eran todo para él. Era por eso que pasábamos más tiempo juntos, no por las razones de las que mi madre me acusaba.

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