✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 36

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◷ Tiempo estimado de lectura: 7 minutos
✦ Publicado el 26 de septiembre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Santiago Sandoval✦

Me encontraba sentado en una silla frente a la cama de Christa, donde momentos antes la había recostado. El talón de mi pie hacía un movimiento de sube y baja con algo de desesperación. El médico estaba tardando demasiado y yo solo esperaba que Christa no tuviera nada malo. Tal vez debí explicarle, pero el coraje que sentí en ese momento me sobrepasó.

Apoyé los codos en mis rodillas, frotándome la frente con las yemas de mis dedos. Cerré los ojos y recordé lo que había escuchado esa mañana.

Flashback

Estábamos desayunando en el comedor principal cuando mi tío recibió una llamada. Al parecer, era importante. Se puso de pie cuando la empleada doméstica le dijo que un tal Rubén Ancira estaba al teléfono y se dirigió al despacho a toda prisa, cerrando las puertas a su espalda.

Todos nos miramos desconcertados al observar su reacción. Era la primera vez que la mirada segura y omnipotente de mi tío cambiaba a una de incertidumbre, lo que me generó curiosidad.

—Hijo, Santiago, ¿por qué no llevas a Mariana a pasear por la plaza para que conozca el pueblo y puedan pasar tiempo juntos? —soltó mi madre de pronto, haciendo que mi atención se dirigiera al rostro ilusionado de Mariana.

No supe qué hacer en ese momento, solo asentí.

—Gracias, Santiago. Sé que me encantará pasear por el pueblo contigo —Mariana posó su mano sobre mi hombro y lo acarició con suavidad.

Ella era una joven muy bella, pero, aunque me esforzara por sentir algún sentimiento de cariño, no podía. Amaba a Christa y eso me dolía.

Me puse de pie, dejando la servilleta al lado de mi plato.

—Voy al baño, ahora vuelvo —me excusé.

Por instinto, caminé hacia el despacho de mi tío. Escuchaba de lejos su voz alterada. Tuve que cerciorarme de que nadie me estuviera viendo afuera de la habitación. Mi madre siempre me dijo que era de mala educación escuchar detrás de la puerta de una habitación, pero necesitaba respuestas. Necesitaba entender por qué Christa se había comprometido con mi tío de un día para otro, si nos habíamos jurado amor en la Capital.

—No te preocupes, mi amigo. Apenas esa jovencita firme el acta de matrimonio, me apoderaré de todo su rancho y los alrededores. Las tierras de los Bauer, al fin, serán mías. Como lo dijo alguna vez mi padre, quien tenga esas tierras será el maldito Dios de todo el norte de México. ¡El mineral que hay bajo ese suelo vale oro!

Mis labios se separaron de la impresión al escuchar lo que hablaba con aquel hombre. Ahora entendía por qué el interés en Christa, pero ¿por qué ella había accedido a casarse con él? No lo comprendía.

Christa amaba las tierras en las que había nacido. Le recordaban a su padre. No permitiría que alguien destruyera lo que tanto amaba.

—Santiago, ¿qué haces? —la voz de mi padre a mi espalda me sobresaltó.

Me giré para verlo. Me miraba con curiosidad, pero a la vez con reprobación.

—Y… yo… emm… es que, papá, tú no entiendes… Creo que…

En ese momento, la puerta del despacho se abrió.

—¿Qué pasa aquí, hermano? —preguntó mi tío, inquisitivo.

Lo fulminé con la mirada para después suplicarle con la vista a mi padre que no dijera nada.

Mi padre se aclaró la garganta.

—He estado pensando en lo que me propusiste y ya tengo una respuesta. ¿Tienes los papeles listos? —preguntó papá.

Yo no sabía de qué demonios estaba hablando.

Mi tío sonrió de manera amplia.

—Por supuesto que sí. Desde hace tiempo que los tengo preparados. Ya era hora, hermano. Te prometo que no te vas a arrepentir…

—¿De qué está hablando, papá? —lo interrogué.

Mi padre me miró de manera fría, pero me habló con suavidad.

—Ven con nosotros.

Palmeó mi espalda para que camináramos y nos acomodáramos en los sillones de cuero que decoraban el despacho de mi tío.

—Tu madre y yo hemos estado hablando… —se aclaró la garganta—. He decidido venderle la parte de la mina que me heredó tu abuelo.

Mi espalda se tensó, mi ceño se frunció y me puse de pie.

—Pero ¿qué…? ¡No lo hagas, papá! —vociferé, sin creer lo que estaba escuchando.

Mi padre también se puso de pie, retándome con la mirada.

—La decisión está tomada, Santiago. No tiene caso quedarme con esa parte de la mina si no planeo trabajarla. Soy médico, vivimos en la ciudad y tú puedes hacer tu vida en la Capital. Ya no hay un motivo para que te vengas a vivir aquí.

Sus últimas palabras me atravesaron como una daga. Mi madre ya lo había puesto al tanto de que Christa era la mujer por la que me quería venir a vivir a Montenegro.

—Vamos a seguir viniendo de vez en cuando a visitar a Ignacio. Somos familia.

—No le vendas, vas a cometer un error —repliqué.

—¿Error? ¿A qué te refieres, sobrino?

Apreté los dientes. Quería agarrar a Ignacio del cuello y golpearlo, pero no ahora.

—Haz lo que quieras, papá. Es tu decisión, pero yo me quedo.

Vi cómo él le pasaba una carpeta con papeles y mi padre se apresuraba a firmarlos.

Los dejé ahí, festejando la transacción que acababan de hacer. Salí a toda prisa de la casona, subí a mi auto, lo encendí y solo había un lugar en mi mente en el que deseaba estar ahora, mientras en mi cabeza se iban atando todos los cabos.

Fin del flashback

El sonido de la puerta abriéndose en la habitación de Christa me regresó al momento.

—El doctor ha venido para revisar a Christa, Santiago.

Me puse de pie para saludarlo. Era un doctor joven. Me mencionó que era nuevo en el pueblo y que estaba haciendo su servicio social.

—Mucho gusto, Santiago Sandoval.

—Andrés de León Ortiz, el médico del pueblo. Revisaré a la señorita.

—¿Está bien si nos quedamos? —pregunté preocupado.

—Claro, pueden quedarse.

Agradecí que este médico fuera nuevo en el pueblo. Así no tendría que ir con el chisme a Ignacio.

Mientras el médico comprobaba los signos vitales de Christa, mi mente maquinaba cómo podría detener toda esta locura. Christa no debía casarse con mi tío. Era claro que la estaba obligando.

Miré a Margarita y le pedí que saliéramos al pasillo por un minuto para preguntarle lo que fuera que ella supiera. Era la amiga de Christa; tenía que saber algo.

—Por favor, Margarita, debes decirme lo que sepas de la relación de Christa con Ignacio Sandoval.

Margarita mordió sus labios y bajó la vista al suelo.

—Un día antes de que se comprometiera con el señor Ignacio, Christa me confesó que lo amaba a usted. No sé qué pasó. Ella no ha querido hablar sobre eso con nosotros. Es lo único que le puedo decir.

Mi corazón se ensanchó de alegría al escuchar a Margarita decir que Christa me amaba a mí.

—Yo sé quién puede saber algo sobre lo que pasó el día que Christa regresó al rancho.

Bruno se acercó al pasillo donde estaba hablando con Margarita.

—Marcelo debe saber algo. Él fue quien hizo que Christa regresara a Montenegro con engaños y amenazas. Ese día reunió a varios hombres. No me mandó llamar; por algo. Nunca hubiera permitido que la trataran mal. Los hombres que se llevó dicen que quería que Christa le cediera el rancho, pero en eso tu tío apareció y se la llevó. Es lo único que sabemos.

Asentí pensativo.

En ese momento, el doctor salió de la habitación, informándonos que Christa estaba bien. Sonreí, agradeciendo al cielo por eso.

Ella estaba bajo mucha presión, tanta que todo ese agotamiento había repercutido en su cuerpo. Le administró algunos medicamentos y nos sugirió dejarla descansar hasta que ella sola despertara.

—Gracias, doctor, por todo —le dije.

—Es mi deber. Cualquier cosa que necesiten, estoy para servirles.

Asentí mientras nos despedíamos. Margarita se fue con el doctor.

—¿Tú sabes dónde puedo encontrar a Marcelo, Bruno?

Mi amigo asintió.

—Seguro está en alguna de las cantinas del pueblo. Iré contigo. No puedes andar solo por ahí; es peligroso. Todos esos hombres andan siempre armados.

Asentí agradecido.

—Gracias, hermano. No sé qué haría sin ti.

Le encargué mucho a Margarita que cuidara de Christa mientras no estuviera. Necesitaba encontrar las respuestas que sabía que Christa no me daría por miedo o algo más.

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