✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 37

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◷ Tiempo estimado de lectura: 9 minutos
✦ Publicado el 26 de septiembre de 2026
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Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Santiago Sandoval✦

La cantina estaba tan llena como siempre, con mesas abarrotadas de hombres que ahogaban sus penas en alcohol y humo de tabaco flotando en el aire como una nube densa. Bruno y yo entramos, esquivando algunas miradas curiosas. Sabíamos exactamente a quién buscábamos.

Y ahí estaba, en una mesa del rincón, con una botella casi vacía frente a él y el semblante amargo que parecía permanente en su rostro.

Marcelo Ramírez.

—¿Qué demonios hacen ustedes aquí? —gruñó Marcelo cuando nos acercamos.

Su mirada era la de un hombre derrotado, pero aún tenía el descaro de actuar como si tuviera el control.

—Necesitamos hablar contigo —dije, firme, aunque mi paciencia ya estaba colgando de un hilo.

—¿Hablar? ¿Sobre qué? No tengo nada que decirles —respondió con un gesto despectivo, llevándose el vaso a los labios.

—Sabes perfectamente de qué —intervino Bruno, inclinándose hacia él con los puños apoyados sobre la mesa—. Ignacio Sandoval. Queremos saber qué está tramando y cómo convenció a Christa de casarse con él.

Marcelo soltó una risa seca, casi burlona.

—¿Y qué ganaría yo con eso? —preguntó, dejando el vaso con fuerza sobre la mesa—. Ignacio me traicionó, sí, pero no estoy tan desesperado como para regalarles información.

—¿Qué quieres? —pregunté, tratando de mantener la calma, aunque sentía cómo la sangre me hervía.

Marcelo sonrió, mostrando los dientes como un animal que acababa de oler sangre.

—Dinero, por supuesto. Una cantidad considerable. Ustedes tienen, ¿no? Después de todo, los Sandoval siempre han tenido las manos llenas… aunque no siempre sea con dinero limpio.

Bruno me miró, esperando que yo tomara la decisión.

Apreté los labios y saqué el fajo de billetes que había traído, arrojándolos sobre la mesa. Marcelo los miró con avidez, contando cada uno con una lentitud que me hacía querer arrancárselos de las manos.

—Bien. Escuchen con atención —dijo al fin, mientras guardaba el dinero en el bolsillo de su chaqueta.

—Ignacio quiere el rancho de los Bauer porque hay mineral y petróleo debajo de esas tierras. Es un negocio multimillonario, pero, claro, no podía hacerlo sin sacar primero a Christa del camino. Así que encontró la forma de manipularla para que aceptara casarse con él.

—¿Qué tipo de mineral? —preguntó Bruno, inclinándose aún más hacia él.

—De todo: carbón y petróleo… Bueno, eso es lo que lo haría realmente rico. Ignacio planea expropiar todo, despojarlos de lo que queda del rancho y construir su imperio.

Sentí cómo mi estómago se revolvía. Miré a Bruno, esperando encontrar algo de calma en su rostro, pero su expresión era igual a la mía: incredulidad mezclada con una ira que amenazaba con desbordarse.

—¿Por qué nos estás diciendo esto? —pregunté, desconfiando de su repentina sinceridad.

Marcelo tomó otro trago antes de responder.

—Porque Ignacio también me traicionó. Me prometió que seríamos socios si le conseguía el rancho, pero al final me dejó sin nada. Ahora no tengo familia ni hogar. Solo me queda esto —dijo, levantando el vaso—. Así que ¿por qué no ver cómo lo derriban?

En ese momento, el cantinero llegó a nuestra mesa, secándose las manos con un trapo sucio.

—Marcelo, la cuenta —dijo con tono severo.

Marcelo sonrió con descaro y señaló hacia mí.

—Aquí el Sandovalito la paga.

—¿Qué? —espeté, pero antes de que pudiera protestar más, el cantinero ya me miraba, esperando el dinero.

Con un suspiro resignado, saqué más billetes y los entregué. Marcelo ni siquiera se molestó en agradecer.

—Hay algo más que deberían saber —añadió Marcelo, apoyando los codos en la mesa—. Ignacio fue el culpable del derrumbe de la mina de hace unas semanas. No te quería aquí, en Montenegro, husmeando por sus negocios.

Mis manos se cerraron en puños bajo la mesa.

—¿Qué más? —murmuré, aunque mi voz apenas contenía la furia.

—Dicen que él también fue responsable del accidente de tu abuelo en la carretera. El viejo iba a visitar a la familia en la Capital, pero nunca llegó. Ignacio tenía mucho que perder si tu abuelo descubría lo que hacía.

Sentí como si me hubieran arrojado un balde de agua helada.

La traición de Ignacio no tenía límites. Todo este tiempo lo había admirado, lo había considerado un modelo a seguir. Y ahora…

—Es un malnacido —murmuré, apretando los dientes con tanta fuerza que pensé que los rompería.

Bruno puso una mano sobre mi hombro, como si intentara calmarme, pero no podía. Mi sangre hervía, mi pecho dolía de tanto coraje.

Ignacio Sandoval no solo había traicionado a mi familia; había destruido todo lo que tocaba.

—Tenemos que detenerlo —dije, mirando a Bruno con determinación.

Él asintió, con el mismo fuego en sus ojos.

Marcelo volvió a tomar su vaso y lo alzó como si brindara.

—Buena suerte con eso. La van a necesitar —sonrió con burla.

…

Salí asqueado de lo que Marcelo nos había confesado.

Mis abuelos… No podía creer que la ambición de mi tío hubiera llegado a tanto como para haberles arrebatado la vida a sus propios padres.

¡Mis abuelos!

No quería imaginar cómo se sentiría mi padre si lo supiera, pero ahora no tenía ninguna prueba.

Miré a Bruno.

—Necesito hacer algo. Me gustaría ir a ver a Christa, pero tengo que encontrar la manera de impedir esa boda con mi tío.

Rápidamente fui al auto por un papel y un lápiz. Escribí un mensaje para ella y se lo entregué a mi amigo.

—Por favor, Bruno, entrégaselo a Christa. Ahora necesito ir a buscar pruebas sobre lo que dijo Marcelo. No lo sé… es mi tío y me cuesta creer que es cierto todo lo que se dice de él, pero vi el terror en los ojos de Christa y sé que es verdad. No puedo dejar que me arrebate a la mujer que amo. Ella será infeliz a su lado.

—Lucha por la mujer que amas. Solo un Sandoval puede pelear contra otro Sandoval. Aquí la gente del pueblo sabe cosas, pero son cobardes porque la mayoría trabaja en las minas de tu familia. Tienen miedo de perder su único sustento. Tu tío controla casi todo el pueblo.

Asentí.

—Lo entiendo. No te preocupes, veré la manera de desenmascarar a Ignacio Sandoval.

Bruno me extendió los brazos y me dio un abrazo reconfortante.

—Solo no hagas locuras, por favor… amigo.

—Lo prometo —sonreí.

…

De regreso a la mansión, los brazos de Mariana me recibieron en un abrazo de oso.

—Santiago, te estaba esperando. Dijiste que me llevarías al pueblo para conocerlo —hizo un puchero.

Ahora no tenía tiempo para ella. Suspiré, tenso.

Llevaba un vestido ajustado de color rojo que resaltaba cada curva y una mirada que me incomodaba más de lo que debería.

—Santiago, ¿puedo hablar contigo? —dijo con voz chillona.

—Claro —respondí, aunque sabía que lo que ella quería no era precisamente una charla.

Mariana se acercó lentamente, demasiado cerca. Su perfume, dulce y envolvente, llenaba el aire entre nosotros.

—Sé que estás molesto por todo lo que está pasando con tu tío. Lo siento, pero esa muchacha ya lo ha elegido… —empezó, colocando una mano ligera sobre mi brazo.

—No es momento para esto, Mariana —dije, apartándome un poco, pero ella no cedió.

—Siempre tan correcto, Santiago —susurró, inclinándose hacia mí. Sus ojos brillaban con una mezcla de desafío y deseo—. Pero tú y yo sabemos que hay algo entre nosotros.

Intentó besarme, pero me aparté con firmeza.

—Mariana, no. No voy a hacer esto.

—¿Por qué? —preguntó, cruzando los brazos con frustración. Su actitud se tornó más caprichosa—. ¿Es por Christa? ¡Yo quiero ayudarte a olvidarla!

—Esto no tiene nada que ver con Christa. Es porque no está bien y porque ahora tengo cosas más importantes que hacer.

—Siempre tan honorable —respondió con sarcasmo, dando un paso atrás. Pero su mirada seguía siendo retadora—. ¿Qué es lo que tanto planeas, Santiago?

—Está bien, ve al jardín. Solo subo por unas cosas que olvidé en mi habitación y te alcanzo, ¿está bien? —respondí, ignorando su provocación.

Después de unos segundos de tensión, una sonrisa triunfante apareció en su rostro y finalmente se marchó, lanzándome una última mirada.

—Te estaré esperando, cariño.

Con ella fuera del camino, era mi oportunidad.

Caminé hacia el despacho de Ignacio con cuidado, asegurándome de que nadie me viera. La puerta estaba cerrada, pero no con llave. Entré y encendí una lámpara de escritorio para buscar entre los cajones y papeles que estaban a la vista.

Había documentos sobre proyectos mineros y contratos, pero no era suficiente.

Abrí un cajón cerrado con llave, usando una herramienta improvisada que había llevado. Dentro había más papeles y, entre ellos, un informe que mencionaba el accidente en la carretera donde mis abuelos habían perdido la vida.

Mi corazón se aceleró al leerlo.

Algo no cuadraba; la descripción del incidente parecía demasiado detallada, como si alguien hubiera manipulado la escena.

De repente, escuché el sonido de unos pasos acercándose.

Apenas tuve tiempo de guardar los papeles y cerrar el cajón antes de que la puerta se abriera.

Ignacio estaba ahí, con los ojos entrecerrados, observándome con una mezcla de desconfianza y autoridad.

—¿Qué haces aquí, Santiago? —preguntó, cruzándose de brazos.

Mantuve la calma, aunque mi mente trabajaba a toda velocidad.

—Estaba buscando el álbum de fotos de los abuelos —mentí, levantando un libro al azar de la estantería—. Últimamente he estado pensando mucho en ellos y quería ver algunas fotos.

Ignacio no se movió. Su mirada penetrante me analizaba como si intentara descifrar mi mentira.

—¿Y decidiste buscarlo en mi despacho, justo cuando no estoy en casa, sin avisar?

—No quería molestar, pero como no lo encontré en la sala principal, pensé que podría estar aquí. Quería mostrarle unas fotos a Mariana; ella me espera en el jardín —respondí con un tono que intentaba sonar casual.

Ignacio avanzó un paso más. Su presencia llenó el pequeño espacio del despacho.

—Santiago, este es mi despacho, no un lugar para que revolotees cuando quieras. La próxima vez, pide permiso. ¿Está claro?

—Claro, tío —respondí, asintiendo con la cabeza.

Él me observó un segundo más antes de girarse hacia la puerta.

—Que sea la última vez —dijo antes de salir y cerrar la puerta tras de sí.

Solté un suspiro, dejando que mi cuerpo se relajara por primera vez desde que entré.

Tenía algo de información, pero no era suficiente.

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