✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 10

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◷ Tiempo estimado de lectura: 10 minutos
✦ Publicado el 24 de octubre de 2026
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Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Emilia Díaz✦

—¿Qué más quieres, Marcela? —pregunté, sintiendo la frustración, trepar por mi garganta. Estaba harta de que siempre encontrara la manera de arruinar los momentos buenos que tenía con Esteban.

Ella sonrió, satisfecha de haber captado mi atención. Pero su sonrisa no era la de alguien simplemente arrogante o molesta… no, esta vez había algo diferente en su expresión. Algo perturbador. Era como si estuviera disfrutando de algo que yo aún no entendía.

Fruncí el ceño, tratando de descifrar su juego.

—Quiero hablar a solas contigo, sin tu amiguita —espetó con desdén, señalando a Gaby con la barbilla.

Gaby se pegó a mi lado al instante, su cuerpo tenso como si estuviera lista para saltarle encima a Marcela en cualquier momento.

—Ignórala, Emilia. No tiene nada bueno que decir —susurró en mi oído, su voz firme, pero su preocupación evidente.

Yo también lo sabía. Sabía que Marcela no era más que un torbellino de veneno y manipulación, y, sin embargo… algo en su expresión me hizo dudar. No se veía molesta como en otras ocasiones, sino más bien satisfecha. Demasiado satisfecha. Y eso, viniendo de ella, solo significaba problemas.

Respiré hondo y asentí.

—Está bien, Gaby. Puedo hablar con Marcela a solas —dije con voz calmada, tratando de tranquilizarla.

Gaby me miró con duda, pero finalmente suspiró resignada.

—Está bien, pero si me necesitas, estaré afuera —bufó antes de salir del baño con evidente reticencia.

En cuanto la puerta se cerró detrás de ella, el aire pareció volverse más denso. Me giré hacia Marcela, cruzándome de brazos.

—Ya estamos solas. Di lo que tengas que decir y termina con esto —solté con impaciencia.

Pero Marcela no habló de inmediato. En su lugar, comenzó a caminar lentamente a mi alrededor, como si estuviera evaluándome… como si yo fuera una presa acorralada.

¿Por qué se toma su tiempo?

Apreté los puños, intentando no dejarme afectar por su actitud. Siempre había sido una provocadora, y lo último que quería era darle el gusto de ver que lograba alterarme.

Finalmente, se detuvo frente a mí y habló con un tono meloso que solo intensificó mi incomodidad.

—Emilia… antes de que tú aparecieras, Esteban y yo nos divertíamos muchísimo —susurró, con una mirada cargada de malicia—. No tienes idea de las cosas que hacíamos juntos…

Sus palabras fueron como un golpe en el estómago. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda, pero me obligué a no reaccionar.

—¿A qué estás jugando, Marcela? —espeté, intentando que mi voz sonara firme.

—No estoy jugando —su sonrisa se ensanchó—. Solo quiero que sepas que antes de que tú llegaras, yo era su mundo. Pero lo más gracioso de todo esto… —su mirada se tornó burlona— es que ni siquiera ha estado contigo, ¿cierto?

Mis músculos se tensaron.

—Cállate.

—Oh, vamos, Emilia —se río entre dientes—. Sé que no has querido estar con él. Y ¿sabes qué hacía Esteban cuando eso pasaba? Me buscaba a mí para que le diera lo que tú no podías.

Apreté los puños con tanta fuerza que mis uñas se clavaron en mis palmas. 

—Él está embrujado contigo, no sé qué le hiciste para que se olvidara de mí —su voz se quebró y sus ojos se llenaron de lágrimas de rabia—. Pero te dejaré ser un poquito feliz, Emilia. Solo un poquito. Porque cuando él se canse de ti y vuelva a mí… el dolor que sentirás será insoportable. Y créeme, cuando eso pase, voy a disfrutar cada segundo viéndote sufrir.

Su confesión me heló la sangre.

Por un momento, me vi tentada a responderle, a defenderme, a decirle que estaba equivocada. Pero, ¿qué sentido tenía? Marcela solo quería sembrar dudas en mi cabeza, quería ver si lograba romperme.

No lo lograría.

—Estás loca —escupí con furia, sintiendo cómo la rabia se acumulaba en mi pecho—. Y si crees que voy a dejar que fastidies mi felicidad, estás muy equivocada.

Dicho esto, giré sobre mis talones y salí del baño lo más rápido que pude, con el corazón golpeando con fuerza contra mis costillas.

Pero a pesar de mis palabras, la sombra de sus insinuaciones se quedó conmigo, flotando en mi mente como un veneno silencioso.

Me repetí una y otra vez que Marcela solo quería torturarme.

Pero, en lo más profundo de mi ser, una pequeña y cruel semilla de duda comenzó a germinar. Esteban ya lo había hecho antes, él me había jurado que no lo volvería a hacer.

—¿Estás bien, Emilia? —escuché la voz preocupada de mi amiga mientras alcanzaba mi paso.

Antes de que pudiera responder, Gaby se acercó y me envolvió en un fuerte abrazo. Sus brazos eran cálidos y reconfortantes, como un refugio en medio de la tormenta de emociones que Marcela había dejado en mí.

Me permití cerrar los ojos un instante, inhalando el familiar aroma de su perfume floral. A pesar de todo, no estaba sola. Siempre tenía a Gaby.

—¿Por qué lloras? —preguntó con ternura, separándose lo suficiente para buscar mi mirada—. Dime qué te dijo esa maldita y juro que iré a darle su merecido ahora mismo.

Negué con la cabeza rápidamente y me apresuré a limpiar las pequeñas lágrimas que se deslizaban por mis mejillas.

—No lloro por Marcela —susurré, tratando de recomponerme—. Es solo que… eres la primera persona que me ha dado un apoyo incondicional.

Mi voz se quebró y sin pensarlo la abracé de nuevo, con más fuerza. Con necesidad, con cariño… con el amor que solo se puede sentir por una hermana, aunque no lo sea de sangre.

Gaby tardó un segundo en reaccionar, pero luego me correspondió con la misma intensidad.

—¡Emilia, me harás llorar a mí también! —exclamó con un puchero, intentando hacerme reír.

Y lo logró. Solté una pequeña risa entrecortada, todavía con los ojos vidriosos, pero sintiéndome mucho mejor.

—Eres mi hermana, Gaby. Gracias por siempre estar aquí para mí.

—Siempre, Emi —me apretó un poco más antes de apartarse con una sonrisa radiante—. Ahora dime, ¿quieres que volvamos a la fiesta o prefieres que nos escapemos a comer algo dulce? Porque tengo ganas de un helado gigante.

Sonreí ante su forma de intentar animarme.

—No sé qué haría sin ti.

—Probablemente, sufrir más de la cuenta, pero para eso estoy aquí —guiñó un ojo—. Y recuerda que si ese idiota de Esteban te hace sufrir, yo misma lo pondré en su lugar.

Abrí la boca para responder, pero en ese momento una voz masculina interrumpió nuestro momento.

—Las he estado buscando. ¿Por qué tardaron tanto? —preguntó Esteban, apareciendo detrás de nosotras con una expresión preocupada.

Sentí su mano cálida posarse en mi espalda y, sin pensarlo, me apoyé en él de manera instintiva.

Gaby puso los ojos en blanco y cruzó los brazos.

—Nada de lo que tengas que preocuparte… por ahora —remarcó, lanzándole una mirada significativa antes de guiñarme un ojo en complicidad.

Yo solté una risa más sincera esta vez, sintiendo que, sin importar lo que pasara, con Gaby a mi lado siempre encontraría un motivo para sonreír.

Vi cómo Gaby se inclinaba hacia Esteban y le susurraba algo al oído, cubriéndose la boca con la mano para que yo no pudiera escuchar. Él asintió con seriedad y luego me miró fijamente.

—Vamos afuera un momento —su voz gélida rozó mi oído, apenas audible entre la fuerte música del antro.

Antes de que pudiera preguntar qué sucedía, entrelazó su mano con la mía y me guio hasta la salida. Nos alejamos varios metros de la entrada, donde el bullicio y las luces quedaban atrás. El exterior estaba desierto, la noche en calma contrastaba con el ambiente vibrante del interior.

El viento fresco movía mi cabello, la brisa nocturna acariciaba mi piel mientras Esteban se giraba para quedar frente a mí.

—¿De qué hablaste con Marcela? —preguntó, su mirada, atrapó la mía con intensidad, sin soltar mi mano.

Evadir la pregunta no serviría de nada. No quería hablar de Marcela. No quería recordar lo que había dicho. Pero sus palabras habían dejado una huella, aunque intentara ignorarla.

Antes, cuando aún no comprendía lo que sentía por Esteban, su pasado no me había afectado. Pero ahora… ahora sí me dolía. Me dolía imaginarlo con otra, me dolía saber que él había buscado en otros brazos lo que yo le negaba. Aunque entendía sus razones, no dejaba de molestarme.

Intenté apartar esos pensamientos, pero él notó mi conflicto interno. Con suavidad, levantó mi barbilla con su mano, obligándome a verlo a los ojos.

—Emilia, confía en mí, amor. Te prometo que todo estará bien —susurró antes de depositar un breve beso en mis labios, como un ancla para alejar mis dudas.

Asentí en silencio, aunque aún sentía el nudo en el pecho.

—Ella mencionó todas las veces que la buscaste cuando yo te rechazaba —dije con voz temblorosa—. Dijo que le dabas lo que yo no quería…

Vi cómo su mandíbula se tensó. Sin apartar su mirada de la mía, acercó su rostro hasta rozar su frente con la mía, su respiración cálida se mezcló con la mía.

—No puedo cambiar el pasado, Emilia —susurró con pesar—. He cometido muchos errores, de los cuales me arrepiento, pero quiero que sepas algo… Desde la primera vez que te vi, sentada bajo aquel árbol, sumergida en tu lectura, supe que serías especial para mí.

Abrí la boca para responder, pero él puso un dedo sobre mis labios, deteniéndome.

—Respecto a ese tema que desearía borrar de mi mente… jamás te he obligado a nada y jamás lo haré. Estaremos juntos cuando tú te sientas preparada. Por ahora, me basta con que estés aquí, conmigo… queriéndome como yo te quiero.

Su confesión derritió la última barrera dentro de mí. Me lancé a sus labios con urgencia, esta vez siendo yo quien profundizó el beso, adentrándome en su boca con una necesidad latente. Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando sentí su mano deslizándose desde mi cuello hasta la base de mi espalda. Un suspiro escapó de mis labios, un reflejo del placer que me provocaba su cercanía.

Lo deseaba. Quería ser suya. Quería que él fuera mío. Necesitaba con urgencia borrar las caricias de Álvaro en mi piel, porque Esteban era mi novio ahora y no podía estar pensando en otro. Esteban era mi felicidad y estaba convencida de eso.

—¿Por qué me haces tan difícil la tarea de controlar mis instintos frente a ti? —murmuró contra mis labios, su aliento con aroma a menta envolviéndome.

Mi piel se erizó cuando sus dedos rozaron mi boca. Lo miré con intensidad, sabiendo exactamente lo que quería en ese momento.

—No quiero que lo hagas —susurré con firmeza, dejando que cada palabra pesara entre nosotros.

Su mirada se oscureció con deseo.

—¿De verdad? —preguntó, con el rostro iluminado por una sonrisa radiante, como si acabara de recibir la mejor noticia de su vida.

Asentí con una sonrisa traviesa, llena de anhelo.

El deseo en sus ojos hizo que un escalofrío placentero recorriera todo mi cuerpo.

—Ven —susurró, tomándome de la mano mientras nos perdíamos en la noche.

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