✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 15

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◷ Tiempo estimado de lectura: 14 minutos
✦ Publicado el 24 de octubre de 2026
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Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Emilia Díaz✦

La semana pasó volando. Sin mamá ni Lorenzo, la casa era un remanso de tranquilidad.

Pasé algunas tardes con Esteban y otras con Gaby. Ahora me permitía llegar más tarde de lo habitual, sabiendo que Álvaro no pondría objeciones. De hecho, no había hablado con él desde la última vez, tal vez seguía enojado conmigo, pero lo hacía por nuestro bien.

Me alegraba ver que Gaby y Esteban se llevaban bien. Incluso un día él nos invitó a comer. Esa tarde nos la pasamos recordando anécdotas de la escuela y riéndonos de nuestros amigos. Reímos tanto que el tiempo pareció esfumarse.

Mara mencionó que nuestros padres regresarían el viernes por la mañana, así que ese día hice todo lo posible por llegar a casa temprano después de clases, prometiéndole a Esteban que al día siguiente pasaría todo mi tiempo con él.

En cuanto crucé la puerta, busqué a Pedro.

—¿Mamá está en casa?

—Sí —respondió con serenidad.

Asentí.

Estaba enojada con ella, pero hacía tanto que no hablábamos. Sentía la necesidad de contarle algunas de las cosas que habían cambiado en mi vida, aunque fuera solo para decirle lo feliz que Esteban y yo, estábamos bien.

La puerta de su habitación estaba entreabierta.

Toqué suavemente con los nudillos.

—¡Pasa! —escuché su voz al otro lado.

Entré con pasos cautelosos, jugando con los dedos de mis manos.

Mamá estaba sentada frente al espejo, cepillando su larga melena castaña con movimientos metódicos.

La observé en silencio por un momento antes de hablar. Ella era hermosa, siempre cuidaba cada detalle de su aspecto.

—¿Cómo te fue en el viaje, mamá?

Ni siquiera se dignó a mirarme.

Siguió cepillando su cabello como si no me hubiera escuchado.

Finalmente, después de varios segundos de silencio, soltó un escueto: —Fenomenal.

Su falta de interés me dolió más de lo que quería admitir.

Apreté los puños con fuerza.

—Mamá… ¿Por qué peleaste tanto por tenerme contigo si en realidad no te importo? ¿O acaso solo fue para vengarte de papá?

Mis palabras salieron con más dureza de la que había planeado. Nunca antes me había atrevido a hablarle así. Pero habían pasado más de diez años y ella seguía siendo la misma mujer fría y distante de siempre, nunca había sentido cariño de su parte, a excepción de algunas cuantas veces.

Recordé todas las veces que anhelé un abrazo suyo y nunca lo recibí.

Por primera vez en mi vida, la enfrentaba.

Mamá frunció el ceño y finalmente me miró.

—Deberías estar agradecida por todo lo que he hecho por nosotras —espetó con fastidio—. Si no hubiera conocido a Lorenzo, quién sabe dónde estaríamos ahora.

Sentí que la sangre me hervía.

—¡Seríamos felices, mamá! —la interrumpí.

Ella se levantó de golpe, fulminándome con la mirada.

—¡No sabes lo que dices! Tu padre nunca nos hubiera dado esta vida que tenemos, llena de lujos.

Pero claro que lo sabía.

Por eso estábamos peleando.

La miré con firmeza, con el dolor latiendo en mi pecho.

—Lo sé, mamá —dije con voz más baja, conteniendo las lágrimas—. He visto cómo Lorenzo te grita y te humilla. ¿De verdad crees que eso es vida para nosotras? Preferiría mil veces no tener nada y ser feliz a estar aquí.

Ella no respondió.

Solo me miró, como si no supiera qué decir.

Suspiré hondo y bajé la voz.

—Pero en fin… esa es la vida que tú elegiste.

Me di la vuelta y salí de su habitación, sintiéndome rota por dentro.

Pero también con una extraña determinación.

A partir de hoy, me enfocaría en mi futuro y en mi felicidad.

Antes tenía un plan para salir de esta casa y alejarme de ellos. Ahora, ese plan había cambiado. Ahora tenía a Esteban. Y juntos, seríamos felices.

…

 Al día siguiente, Esteban pasó por mí a mediodía, tal como habíamos acordado, para ir a comer juntos.

—Hola, mi Ada pelirroja —me saludó con un largo beso, sus labios cálidos contra los míos—. Hoy te tengo una sorpresa.

Lo miré con curiosidad, complacida de que hubiera preparado algo especial para mí.

—¡Quiero saber qué es! —le pedí con emoción, juntando mis manos como si fuera un ángel, rogándole con ojitos tiernos.

Él río con picardía y negó con la cabeza.

—Tendrás que esperar un poco. Después de la comida sabrás de qué se trata.

Dibujó una sonrisa llena de misterio en su rostro, lo que hizo que lo fulminara con la mirada a modo de broma. Aunque en el fondo, la expectativa me llenaba de emoción.

Fuimos a comer a un restaurante muy lindo cerca del centro de la ciudad. El ambiente era acogedor, perfecto para una conversación amena. Mientras disfrutábamos de la comida, le hablé sobre la discusión que había tenido con mi madre la noche anterior. Esteban me escuchó con paciencia y, al ver la tristeza en mi expresión, me envolvió en un abrazo tierno, susurrándome al oído que, una vez casados, podríamos visitar a mi padre cada mes si yo quería. Incluso mencionó la posibilidad de que él y su familia vinieran a vernos. Sus palabras llenaron mi corazón de esperanza. Esteban era un hombre maravilloso, siempre pensando en mi bienestar, y le agradecía a la vida por haberlo puesto en mi camino.

Después de la comida, en lugar de llevarme de regreso a casa, condujo hasta un residencial exclusivo. Me sorprendió cuando se detuvo frente a una hermosa casa con un jardín frontal lleno de flores. No era una mansión, pero su diseño era encantador, con una decoración elegante y acogedora. Miré a Esteban con desconcierto, sin comprender por qué estábamos ahí.

—¿Quién vive aquí? —pregunté, observando la casa con curiosidad.

Él solo sonrió, con esa expresión de satisfacción que tanto amaba.

—Ya verás.

Bajamos del auto y caminamos por un sendero de piedra que llevaba hasta la puerta principal, adornada con detalles en mármol. Cuando abrió la gran puerta de madera de encino, me quedé sin aliento. El interior de la casa era aún más hermoso de lo que imaginaba. Tenía un ambiente cálido y acogedor, con una decoración que me recordaba a una cabaña en medio del bosque, aunque estábamos en una de las zonas más exclusivas de la ciudad.

De pronto, sentí sus manos tomar las mías con suavidad. Me giré para encontrar su mirada fija en la mía, llena de emoción.

—Emilia… esta será la casa donde viviremos dentro de unos meses.

Mi corazón se detuvo por un segundo.

—¡Es tan hermosa! ¿Pero cómo…? —exclamé con asombro, mis ojos recorriendo cada rincón. “Nuestra casa”, repetí en mi mente, saboreando la palabra con incredulidad.

Esteban sonrió con ternura antes de continuar.

—Esta es la casa donde mis padres vivieron cuando se casaron. Ayer tuve una larga conversación con mi padre y, para mi sorpresa, está de acuerdo con nuestro matrimonio. No solo nos apoya, sino que quiere ayudarnos a que todo salga como lo esperamos. Como muestra de ello, me entregó las llaves de esta casa. Es nuestro primer regalo para el futuro que construiremos juntos.

Me quedé sin palabras, con el pecho a punto de estallar de emoción. La vida que había soñado estaba comenzando a tomar forma, y todo gracias a él.

No pude contenerme y me abalancé a sus brazos, sintiendo cómo la emoción me desbordaba.

—¡No puedo creerlo! Gracias, amor… —murmuré contra su cuello, inhalando el aroma de su perfume y la calidez de su piel.

Esteban me estrechó con fuerza antes de alzar mi barbilla con delicadeza. Sus ojos, llenos de amor, se clavaron en los míos antes de susurrar:

—Haré lo que sea para verte feliz. Te amo tanto…

Nuestros labios se encontraron en un beso profundo, intenso, que pronto se tornó imperioso y lleno de pasión. La respiración de ambos se volvió errática mientras el deseo crecía entre nosotros.

—¿Por qué no estrenamos nuestra casa? —sugirió con una sonrisa pícara y sensual, su mirada encendida con promesas implícitas.

Mi cuerpo se tensó de inmediato. La culpa me atenazó el pecho, recordándome la maraña de mentiras que cargaba sobre los hombros. ¿Hasta cuándo podría seguir ocultando la verdad? ¿Sería capaz de vivir así para siempre?

No podía entregarme de nuevo a él, no con el peso del beso de Álvaro aun ardiendo en mi mente, no con esta lucha interna entre lo que debía hacer y lo que realmente sentía.

—Podríamos dejar este momento para otro día… No me siento bien, creo que la comida me ha hecho daño —mentí, buscando una excusa que me diera más tiempo para ordenar mis pensamientos.

Esteban frunció el ceño, su expresión reflejó preocupación.

—¿Estás segura?

Le sonreí con suavidad, intentando tranquilizarlo.

—Sí, estoy bien… solo necesito regresar a casa, por favor.

Dudó por un instante, pero finalmente asintió.

—Te llevaré, pero si pasa cualquier cosa, prométeme que me llamarás, ¿sí?

Asentí, abrazándolo con fuerza. Él no se merecía mis mentiras, no se merecía mi confusión… pero, al mismo tiempo, era mi única salvación. Y eso me hacía sentir la peor mujer del mundo.

Esteban Cazares

Aparqué mi auto en la entrada de su casa. Apenas bajé para abrir la puerta del copiloto y ayudar a Emilia a salir, vi cómo la puerta principal se abría de golpe. Su madre, con el ceño fruncido y el paso apresurado, avanzó directamente hacia nosotros.

—¡Esteban! —exclamó con urgencia.

—Señora Damiana, Emilia se siente un poco mal… —me apresuré a decir, pero ella negó con la cabeza antes de que pudiera terminar.

—No te preocupes por ella, estará bien. Lo que pasa es que tu madre ha llamado varias veces preguntando por ti… Sonaba preocupada.

Sus palabras cayeron sobre mí como un balde de agua helada. Mi mente se llenó de posibilidades inquietantes y sentí la tensión recorrer mi espalda. Un suave roce en mi mano me devolvió a la realidad: Emilia me miraba con dulzura mientras entrelazaba sus dedos con los míos, su calidez amortiguó mi ansiedad.

—Tengo que ir a casa —dije, tragando saliva.

Ella asintió y, con una ternura infinita, besó mi mejilla.

—Pasaré por ti mañana —le aseguré.

Su mano se deslizó hasta mi rostro, acariciando mi piel con una delicadeza que me desarmó.

—Todo estará bien —susurró.

Me incliné hacia ella y, muy cerca de su oído, le confesé en voz baja. —Te amo.

…

Conduje a toda velocidad, con el corazón desbocado y un nudo de ansiedad apretándome el pecho. Mi madre jamás llamaba así, insistente, a menos que algo grave estuviera ocurriendo. Apreté el volante con fuerza, intentando sofocar el torbellino de pensamientos que me asaltaba.

Cuando llegué a casa, apenas puse el auto en parqueo, salí disparado. Subí los escalones de la entrada de dos en dos y empujé la puerta con tanta fuerza que se abrió de par en par.

El silencio en el interior era sofocante. Di unos pasos, buscando algún indicio de movimiento, hasta que la voz grave de mi padre me llamó desde la sala.

Me dirigí hacia allí con el pulso acelerado, pero en cuanto crucé el umbral, mi cuerpo se paralizó.

Marcela estaba de pie en el centro de la habitación, sollozando entre sus padres. Su madre la rodeaba con un brazo protector, mientras su padre, con los labios apretados y la mirada encendida de furia, me fulminaba con los ojos.

Mi primer instinto fue buscar la mirada de mis propios padres, que estaban sentados justo frente a ellos. La expresión compasiva de mi madre contrastaba con el atisbo de decepción en su rostro, mientras que mi padre, con la mandíbula tensa, me observaba con dureza.

No entendía nada. Pero el llanto desgarrador de Marcela me heló la sangre.

Y entonces, su voz temblorosa rompió el aire como un trueno.

—¡Estoy embarazada!

Mi piel palideció de inmediato. Sentí un vértigo súbito y mis piernas flaquearon.

—¿Qué? —musité, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.

El padre de Marcela se levantó de un salto, con los puños apretados y la furia brotando en su voz.

—¡Mi hija está embarazada, Esteban! ¡Va a tener un hijo tuyo!

El impacto de sus palabras me golpeó como una bofetada. El mundo pareció inclinarse bajo mis pies.

Negué con la cabeza mientras una avalancha de imágenes cruzaba mi mente: momentos felices que había imaginado junto a Emilia, sueños ahora reducidos a escombros. Mi mundo se estaba derrumbando.

Incrédulo, volví a negar con la cabeza. Me resistía a la idea de tener un hijo. No estaba en mis planes. Y mucho menos con Marcela.

¿Cómo pudo haber pasado?

Mis pensamientos retrocedieron vertiginosamente hasta aquella noche, la única en la que, ebrio y destrozado por mi ruptura con Emilia, había caído en los brazos de Marcela. Solo fue una vez. Una vez.

A menos que…

Mi estómago se contrajo con fuerza.

¡Pero ella me dijo que se había cuidado!

Maldije en mi mente, sintiendo cómo la furia se encendía en mi interior. Mis puños se cerraron con fuerza mientras la fulminaba con la mirada. Ella se encogió de hombros, evitando mi mirada.

—¡Tú! —escupí con la voz áspera de ira.

Su padre dio un paso adelante, los puños apretados, mirándome con la misma rabia contenida. Lo enfrenté sin amedrentarme.

—¡Vamos a calmarnos todos! ¡Siéntate, Esteban! —ordenó mi padre con voz firme.

Mi madre se acercó y me tomó del brazo con suavidad. Respiré hondo y, a regañadientes, obedecí.

—¿Cuánto tienes de embarazo? —pregunté con frialdad.

Marcela me sostuvo la mirada por un instante antes de desviarla hacia su madre, quien tomó su mano en un gesto de apoyo.

—Poco más de tres meses…

Sentí una daga atravesarme el pecho.

Me froté la frente con fuerza, cerrando los ojos como si así pudiera borrar la realidad.

—¿Por qué no lo dijiste antes? —mi voz salió áspera, apenas un susurro. La idea de ser padre, de un hijo que no había planeado y con una mujer que no amaba, me resultaba sofocante.

—Tenía miedo de que me rechazaras… —musitó entre sollozos, bajando la cabeza.

—Ajá… ¿Y ahora no tienes miedo? —mi tono se tornó irónico mientras me recargaba contra el sofá.

Conocía bien a Marcela. Desde hacía años. Sabía cómo era. Una niña mimada a la que nunca le importaban las consecuencias de sus actos.

—¡Te prohíbo que te burles de mi hija! —rugió su padre, poniéndose de pie de golpe.

—Hace un mes la vi en un antro. Estaba bebiendo alcohol… ¿Eso hace alguien que está embarazada? —solté con dureza, poniéndome de pie también.

Desvié la mirada hacia su vientre. ¿Y si todo era una mentira?

El vestido holgado que llevaba no permitía distinguir nada. Intenté recordar los últimos días en la facultad, pero no había prestado atención a si su cuerpo había cambiado. A mis ojos, seguía viéndose igual.

Su padre giró hacia ella, su rostro estaba endurecido por la reprimenda.

—Esas bebidas no tenían alcohol —se apresuró a decir Marcela.

Una sonrisa burlona se formó en mi mente. No le creía ni una palabra.

—El punto aquí —intervino su padre, enderezándose— es qué vamos a hacer ahora. Mi hija tendrá un hijo tuyo, Esteban. Ambas familias tenemos una reputación que cuidar. Exijo que te hagas responsable como corresponde.

—Por supuesto que lo hará —añadió mi padre con voz firme—. Marcela tendrá todo nuestro apoyo.

Un peso se instaló en mi pecho.

—Me haré responsable del bebé —dije, con voz apagada.

Un grito de alegría irrumpió la tensión del ambiente.

—¿Es en serio? —preguntó Marcela con un brillo en los ojos. Asentí con la mandíbula tensa.

De repente, se lanzó sobre mí, abrazándome con fuerza.

—Te prometo que seremos una familia feliz…

Retrocedí de inmediato, apartándola de golpe.

—¿Qué? —La miré con el ceño fruncido—. Yo dije que me haría cargo del bebé, no que me casaría contigo. No te amo. Ni siquiera tenemos una relación.

Marcela se dejó caer al suelo, llorando desconsoladamente.

—Tienes que casarte con ella. ¿Qué dirá la gente… la prensa? —intervino su madre con evidente preocupación.

Solté una risa sarcástica.

—La prensa es lo que menos me importa —espeté—. Me haré cargo del bebé, pero no me casaré con ella. Esa es mi última palabra.

El silencio se tensó en el aire.

—La prensa puede aplastar nuestras empresas familiares —señaló mi padre, con el tono analítico que solo usaba en los negocios—. Es algo que debemos pensar con cuidado. Sería mejor casarse por un tiempo y luego divorciarse alegando diferencias irreconciliables.

Lo miré con incredulidad. Era la primera vez que lo escuchaba hablar así.

Y, aunque me importaba la empresa de la familia… no me casaría con Marcela.

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