Capítulo 59
Después de saciar nuestros deseos, me aparté de Pedro y recogí mi vestido, que había quedado sobre una silla junto a la cama. Me lo puse con cuidado, alisé la tela con las palmas y sacudí suavemente la falda para eliminar cualquier arruga. No pensaba regresar a la ciudad con la apariencia de una mujer que acababa de pasar varias horas en brazos de su amante. En la mansión Kuri, una sonrisa fuera de lugar o un mechón de cabello desordenado podían despertar sospechas, y lo último que necesitaba era darle a alguien una razón para fijarse demasiado en mí.
Me acomodé el cabello frente al espejo y repasé mi maquillaje. El labial seguía intacto, aunque tuve que retocarlo para recuperar ese tono impecable que tanto me gustaba. Cuando terminé, me observé unos segundos y sonreí satisfecha. La mujer que me devolvía la mirada parecía tranquila, elegante y dueña de sí misma. Nadie habría imaginado que, detrás de aquella fachada, se escondían secretos capaces de destruir a toda la familia.
—¿Ya terminaste de arreglarte? —preguntó Pedro desde la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa burlona—. Porque, si sigues mirándote tanto, voy a pensar que te enamoraste de tu propio reflejo.
Tomé mi bolso y le lancé una mirada por encima del hombro.
—Quién no querría hacerlo, si pudiera me casaría conmigo misma —bromeé.
Había cosas de Pedro que me desesperaban, pero también sabía que podía confiar en él cuando la situación se complicaba. No era un hombre de discursos elegantes ni de promesas interminables. Si decía que se encargaría de algo, encontraba la manera de hacerlo, aunque tuviera que ensuciarse las manos en el proceso.
—Vamos —le indiqué—. No quiero quedarme aquí más tiempo del necesario.
Salimos de la habitación y bajamos las escaleras hasta el primer piso. La casa estaba silenciosa, y nuestros pasos apenas resonaban sobre el suelo. Nos dirigimos a una recámara apartada, una estancia que casi nunca se utilizaba y cuya existencia pocos consideraban importante. Para cualquiera que entrara, solo era una habitación más, con muebles antiguos, cortinas pesadas y una cama que llevaba demasiado tiempo ocupando el mismo lugar.
Para nosotros, sin embargo, era la entrada a un secreto que jamás debía salir a la luz.
Me detuve junto a la cama y miré a Pedro. No necesité decir nada. Le dediqué una sonrisa breve, la misma señal que habíamos utilizado tantas veces, y él entendió de inmediato. Se acercó al mueble, apoyó las manos en la estructura y comenzó a desplazarlo con cuidado, procurando no hacer demasiado ruido.
—Cada vez que muevo esta cosa, me acuerdo de que deberíamos haber comprado una cama con ruedas —murmuró mientras hacía fuerza.
—Deja de quejarte y muévela.
—Sí, señora. A ver si un día de estos me pagas las horas extras.
—Te pago de sobra.
Pedro me miró de reojo, con aquella sonrisa descarada que conocía tan bien.
—Eso dices tú.
No le contesté. En cuanto la cama quedó apartada, me agaché y levanté una esquina de la alfombra. Debajo apareció la trampilla que habíamos mantenido oculta durante estos dos últimos años. Pasé los dedos por el borde y tiré de ella hasta abrirla. Un olor húmedo y rancio ascendió desde el hueco, mezclándose con el aire de la habitación.
A pesar de haber bajado allí en numerosas ocasiones, nunca conseguía acostumbrarme por completo a aquel olor ni a la sensación que me provocaba saber qué había al otro lado.
Tomé la linterna que Pedro me tendió y encendí la luz. El haz iluminó los primeros peldaños de una escalera metálica que descendía hacia la oscuridad.
—No tardes en seguirme —le dije.
—Tranquila. No pienso dejarte bajar sola y que luego vengas a decirme que te encontraste un monstruo ahí abajo.
La sonrisa de Pedro se desvaneció ligeramente. No hizo ningún comentario; se limitó a asentir.
Me sujeté del pasamanos y comencé a bajar, peldaño a peldaño. El metal crujía bajo mis zapatos, y el sonido se propagaba por el hueco como si alguien más descendiera detrás de mí. A medida que avanzaba, el aire se volvía más frío y pesado. Un escalofrío me recorrió la espalda cuando la oscuridad pareció cerrarse a mi alrededor.
Conocía aquella escalera, conocía cada rincón de ese sótano y, sobre todo, conocía al hombre que me esperaba al fondo.
Cuando mis pies tocaron el suelo, levanté la linterna y recorrí la estancia con la mirada. Dos focos sujetos al techo proporcionaban una iluminación débil, suficiente para distinguir las paredes desnudas, los muebles indispensables y la silla de ruedas situada cerca del fondo.
Marcelo estaba allí.
Mi esposo.
El hombre al que todos daban por muerto permanecía sentado con la cabeza inclinada y el cuerpo inmóvil. Su aspecto distaba mucho del que recordaba de los primeros años de nuestro matrimonio. El tiempo que llevaba encerrado había dejado huellas en su rostro, y su postura rígida acentuaba la indefensión a la que había quedado reducido. Sin embargo, sus ojos seguían conservando aquella mirada desafiante que tanto había llegado a detestar.
Me detuve frente a él y sonreí.
—Hola, querido. He vuelto.
Marcelo levantó la cabeza despacio. En cuanto me reconoció, sus ojos se llenaron de un desprecio tan intenso que habría hecho retroceder a una persona menos acostumbrada a tratar con él. No dijo nada. Se limitó a mirarme como si deseara verme desaparecer de la faz de la tierra.
Solté una pequeña risa y me acerqué un paso.
—¿Qué pasa? ¿Has perdido las ganas de hablar? Mira que, después de tanto tiempo, una esperaría que al menos tuvieras algo interesante que contarme.
Su mandíbula se tensó, pero siguió guardando silencio.
—Vamos, Marcelo. No me digas que ya te aburriste de mis visitas. Antes te encantaba discutir conmigo.
—¿Cómo está mi hijo?
La pregunta llegó tan de repente que mi sonrisa se ensanchó. Ahí estaba. Podía pasar horas sin dirigirme la palabra, mirarme con odio o fingir que mi presencia no le afectaba, pero bastaba mencionar a Santi para recordarle que todavía había algo que podía utilizar en su contra.
—¡Vaya! Al final sí encontraste algo que decir.
—Te pregunté por mi hijo.
Su voz sonó ronca, pero firme. Marcelo apretó los dedos contra los reposabrazos de la silla y sostuvo mi mirada, esperando una respuesta. No podía levantarse para exigirme nada, ni arrebatarme la linterna, ni obligarme a contarle lo que quería saber. Todo lo que le quedaba era preguntar y confiar en que yo decidiera contestar.
Y esa era, precisamente, la parte que más disfrutaba.
