✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 60

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◷ Tiempo estimado de lectura: 6 minutos
✦ Publicado el 26 de octubre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Briana✦

—Santi está muy bien —respondí con fingida dulzura—. Es un niño bueno, inteligente y bastante obediente. Me he encargado de educarlo como corresponde. No tienes de qué preocuparte.

Marcelo no pareció tranquilizarse.

—Quiero saber si está feliz. Si pregunta por mí. Si todavía me recuerda.

Por un instante, su preocupación me resultó casi divertida. Seguía aferrado a la idea de que podía conservar su lugar en la vida de su hijo desde aquella prisión, como si bastara con estar vivo para seguir siendo su padre.

—Los niños se acostumbran a muchas cosas, Marcelo. Santi tiene una familia que lo cuida, una casa donde crecer y un tío que nunca le ha faltado. Christian ha ocupado tu lugar de maravilla.

Me incliné un poco hacia él, disfrutando de la impotencia que se reflejaba en sus ojos.

—Christian está muy pendiente de Santi. Lo lleva a la escuela, se interesa por sus cosas y procura que no le falte nada. Es un hombre responsable, y el niño lo quiere mucho. De hecho, le he dicho a Santi que, si algún día le nace llamarlo papá, puede hacerlo.

Marcelo palideció. Sus manos se cerraron con tanta fuerza alrededor de los reposabrazos que los nudillos se le pusieron blancos.

—No te atrevas a hacer eso —espetó—. Christian es su tío, no su padre. Yo soy su padre.

—Biológicamente, sí. Pero ¿de qué te sirve eso si no puedes estar con él?

—¡Maldita seas! ¡Todo es tu culpa!

Su grito retumbó en las paredes del sótano. Por primera vez desde que había llegado, algo parecido a la satisfacción desapareció de mi rostro, no porque sus palabras me hirieran, sino porque el sonido de su voz me recordó que, incluso después de todo lo ocurrido, Marcelo todavía se aferraba a la posibilidad de recuperar su vida.

Me enderecé y lo observé con frialdad.

—Maldigo la hora en que te conocí —dijo entre dientes—. Si pudiera volver atrás, jamás me habría casado contigo.

Solté una carcajada breve.

—Eso me lo dices cada vez que vengo. Empiezo a pensar que se te están acabando las frases.

—No tienes idea de lo que te haría si pudiera levantarme de esta silla.

—Pero no puedes, ¿verdad?

Marcelo apartó la mirada durante un instante. Su respiración se volvió más pesada, y el esfuerzo que hacía por contener su rabia solo consiguió que la tensión en su rostro resultara más evidente.

Me acerqué hasta quedar a su lado.

—Deberías agradecerme que te mantenga informado sobre tu hijo. Podría dejarte aquí abajo sin decir absolutamente nada, y no tendrías manera de averiguar qué ocurre en el mundo exterior. Sin embargo, vengo, te cuento cómo está Santi y te permito seguir creyendo que todavía tienes algo que decir sobre su vida.

—No necesito tus migajas.

—Entonces deja de preguntarme por él.

Sus ojos volvieron a clavarse en los míos. Había odio en ellos, pero también una desesperación que intentaba ocultar sin conseguirlo.

—Casarme contigo fue el peor error de mi vida.

—No, querido. Tu error fue creer que yo sería feliz a tu lado.

Me aparté de él y recorrí la habitación con la mirada. Aquel sótano había sido nuestra solución cuando todo estuvo a punto de venirse abajo. Nada de lo que había sucedido formaba parte de mis planes originales, pero había aprendido que, cuando una pieza se rompía, no siempre era necesario desechar el mecanismo entero. A veces bastaba con encontrar la manera de mantenerla fuera de la vista.

El accidente automovilístico que acabó con la vida de mi suegro había sido una pieza fundamental de todo aquello. Pedro y yo habíamos intervenido en su organización, convencidos de que la muerte del patriarca nos abriría el camino para conseguir lo que queríamos. Marcelo también debía desaparecer de nuestras vidas, y lo hicimos pasar por muerto para que nadie siguiera buscándolo.

Nunca contemplamos la posibilidad de que sobreviviera.

Cuando descubrimos que seguía con vida, tuvimos que decidir qué hacer con él. Dejarlo reaparecer habría significado arriesgarnos a perderlo todo: nuestros planes, nuestra libertad y la posibilidad de acercarnos a la fortuna Kuri. No podíamos permitir que regresara para contar lo que sabía y destruir la vida que habíamos construido sobre tantas mentiras.

Así que lo ocultamos.

Y desde entonces, Marcelo había permanecido bajo nuestros pies mientras el resto del mundo continuaba con su vida, convencido de que estaba muerto.

Me di la vuelta, dispuesta a marcharme, pero antes de llegar a la escalera recordé que todavía tenía algo que decirle. Me detuve y volví el rostro hacia él.

—Por cierto, no te preocupes demasiado por la soledad.

Marcelo frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Sonreí mientras hacía girar la linterna entre mis dedos.

—Quizá pronto tengas compañía. Alguien que pueda quedarse aquí contigo y ayudarte a pasar las horas.

Su expresión cambió de inmediato. El desconcierto inicial dio paso a una desconfianza que conocía demasiado bien.

—¿A quién piensas traer aquí?

—Todavía no lo he decidido.

—¡Briana!

—No grites, querido. No vas a conseguir nada con eso.

Me sujetó con la mirada, incapaz de ocultar la alarma que comenzaba a apoderarse de él.

—¿A quién más de mi familia piensas destruir?

Por un instante, disfruté de su incertidumbre. Marcelo siempre había creído que podía anticiparse a los demás, que bastaba con conocer sus debilidades para proteger a quienes amaba. Ahora ni siquiera podía saber qué ocurría al otro lado de aquellas paredes.

Me limité a sonreír.

—Adivina.

—¡No te atrevas a tocar a nadie más!

Su advertencia me acompañó mientras me acercaba a la escalera. No me molesté en responder. No tenía sentido explicarle mis planes.

Apagué la linterna durante un instante y volví a encenderla para iluminar los primeros peldaños. Luego comencé a subir, dejando que el sonido de mis pasos se alejara poco a poco de la estancia.

—¡Briana! ¡Vuelve aquí! ¡No has terminado de hablar conmigo!

Seguí subiendo sin mirar atrás.

Cuando llegué al primer piso, Pedro ya me esperaba junto a la trampilla. Me ayudó a salir y después cerró la pesada cubierta. Entre los dos devolvimos la alfombra a su lugar y empujamos la cama hasta dejarla exactamente donde estaba antes. En pocos minutos, la habitación recuperó su apariencia habitual. No quedó ningún indicio de lo que escondía debajo.

Pedro se limpió las manos en el pantalón y me observó con curiosidad.

—¿Todo bien?

Me arreglé la falda y le dediqué una sonrisa tranquila.

—Perfectamente.

—¿Y él?

—Sigue vivo, sigue furioso y sigue sin poder hacer nada al respecto.

Pedro soltó un suspiro y miró la cama.

—Pues esperemos que siga así. No me gustaría tener que buscar otro escondite para semejante problema.

—No te preocupes. Sé lo que hago.

Él me sostuvo la mirada durante unos segundos, como si quisiera preguntarme algo más, pero finalmente se limitó a asentir. Yo tomé mi bolso y me dirigí hacia la salida. Tenía que regresar a la ciudad antes de que mi ausencia despertara sospechas.

Mientras caminaba, pensé en la pregunta de Marcelo. ¿A quién más de su familia pensaba destruir?

La respuesta todavía debía permanecer en secreto.

Por ahora, lo importante era que Marcelo seguía encerrado, que nadie conocía la verdad y que yo continuaba teniendo la ventaja. Pero los planes podían cambiar, y una nueva pieza estaba a punto de entrar en el juego.

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