Capítulo 20
Al día siguiente, Álvaro me pidió que actuara como si nada. Para él era fácil decirlo, ni siquiera se veía preocupado, pero para mí era demasiado difícil, pues mi rostro hablaba por sí solo. Al despertar, tuve que maquillarme más de lo normal para disimular las ojeras y evitar que Lorenzo y mi madre notaran mi estado.
—¿Cómo sigue el hijo de los Cazares? ¿Ya se mejoró? —preguntó de repente mi padrastro durante el desayuno. Miré a Álvaro con terror, buscando ayuda, pero él solo me hizo una señal con la mirada, instándome a responder.
—Ehh… ya está mejor, ayer lo vi —dije tratando de sonar natural, aunque por dentro estaba muerta de los nervios. Lorenzo me observó con expresión seria.
—¿Cómo vas con él? Espero que bien, Emilia… No quiero que vayas a salirme con alguna sorpresa —su tono amenazante hizo que mis piernas temblaran—, porque ayer por la noche me llamó Ernesto Cazares pidiéndome una reunión extraordinaria para tratar asuntos de nuestros negocios. Dijo que era urgente, así que la agendé para hoy. Tú estarás en la reunión conmigo, Álvaro.
Volteé a ver a Álvaro con miedo. Él apenas me miró de reojo antes de carraspear.
—Sí, estaré acompañándote —respondió con calma.
—Muy bien, entonces te espero en la oficina. No llegues tarde —dijo Lorenzo poniéndose de pie y dejando caer la servilleta sobre la mesa.
—Te acompaño a la puerta, amor —dijo mi madre con voz melosa, siguiéndolo.
Nos quedamos en la mesa Mara, Álvaro y yo.
—¿Qué se traen ustedes dos? ¿Por qué tanto silencio? —preguntó Mara de repente, analizándonos con la mirada. Álvaro siguió comiendo como si nada, pero yo sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo.
Mara estudiaba psicología y era una de las alumnas más sobresalientes de su generación. Para ella era fácil detectar e interpretar las emociones de las personas, lo que me ponía aún más nerviosa.
—¿Por qué mejor no terminas de comer en lugar de estar haciéndote ideas en la cabeza, Mara? —cuestionó Álvaro con ironía.
Su comentario encendió la curiosidad de Mara, quien de inmediato comenzó a atacarme con preguntas.
—Bien, si no me quieren decir, lo averiguaré por mi cuenta —hizo una pausa, como si estuviera analizando las piezas del rompecabezas—. ¡Terminaste con Esteban Cazares! —exclamó con entusiasmo, como si acabara de ganar en el bingo.
Todo mi cuerpo se tensó. No supe qué hacer ni qué decir. Mara suavizó su mirada y dejó escapar una sonrisita satisfecha; había acertado a la primera.
—Mara, ya basta, deja de molestar a Emilia —intervino Álvaro con enfado—. Y ni se te ocurra repetir lo que acabas de decir.
Mara lo observó con una expresión extraña antes de volverse hacia mí.
—Emilia, sabes que nunca te he deseado mal, pero esta vez… creo que papá se pondrá realmente furioso —dijo con un tono más serio de lo habitual.
Sus palabras me tomaron por sorpresa. Mara y yo nunca habíamos sido las mejores amigas, pero crecimos juntas y, a pesar de todo, nos teníamos cariño.
—Creo que deberías hablar con Damiana —continuó ella—. Tal vez pueda suavizar la situación.
Un nudo se formó en mi garganta. No creía que mi madre fuera a defenderme de Lorenzo. Ella lo adoraba, lo veneraba de una manera absurda. Pensar en eso solo aumentó mi desolación.
—Vamos, Emilia. Te llevaré a la universidad —la voz de Álvaro me sacó de mis pensamientos.
—Pe… pero… —balbuceé, tratando de buscar una excusa.
—Nada de peros, vamos —espetó con autoridad mientras se levantaba del comedor y se colocaba el saco que había dejado en el respaldo de la silla.
Suspiré resignada y me puse de pie casi al mismo tiempo que él.
—Te deseo suerte, Emilia —dijo Mara con un leve tono de lástima en la voz. Ella también sabía lo que me esperaba.
…
Cuando estábamos cerca de la universidad, tomé aire y supliqué con un hilo de voz:
—Por favor, no me dejes enfrente de la facultad.
Álvaro frenó repentinamente y giró la cabeza para mirarme con diversión.
—¿Ahora te da vergüenza que te deje en la escuela? —soltó una risa irónica—. No me digas que aún sigues preocupada por eso.
Desvié la mirada y jugué con los bordes de mi blusa.
—No es eso… Es solo que… ¿Y si alguien más se entera de lo que pasó entre nosotros? —murmuré, sintiendo que el miedo me carcomía por dentro.
Álvaro me observó un momento y luego río con sarcasmo.
—¿Crees que un hombre va a andar presumiendo que su novia estuvo con otro? —dijo con burla—. ¿Y crees que el mocoso Cazares va a salir corriendo a contarle a todo el mundo? No lo creo. A tipos como él lo único que les importa es su imagen de niño bien.
Me guiñó un ojo con una expresión divertida, como si el tema no tuviera la más mínima importancia para él.
Suspiré y asentí.
—Está bien…
Me tranquilizaba un poco saber que no vería a Esteban. Se suponía que para estos días ya habría pedido permiso para realizar sus residencias en la empresa de su padre, puesto que estaba a punto de graduarse. Fuera de nuestra relación, lo único que teníamos en común era que asistíamos a la misma universidad.
Cuando llegamos al estacionamiento, bajé del auto enseguida.
—No podré pasar por ti hoy —me informó Álvaro mientras se apoyaba en el volante—. La reunión con el padre de Esteban me tomará toda la tarde. Pero no te preocupes, tengo todo bajo control.
Asentí con la esperanza de que realmente fuera así.
Por suerte, no tuvimos la primera clase, así que le pedí a Gaby que hablara conmigo.
Fuimos al parque donde Esteban y yo solíamos ir. Cada rincón de aquel lugar estaba impregnado de recuerdos: nuestras caminatas, las pláticas interminables, los besos furtivos. No pude evitar que la culpa me envolviera. ¿Cómo permití que todo llegara a este punto? El daño estaba hecho, y no había vuelta atrás.
Nos sentamos en el pasto y, en cuanto sentí la calidez de la presencia de Gaby, las lágrimas brotaron sin control. Con ella podía ser yo misma, sin miedo a ser juzgada. Me abrazó con fuerza, dándome suaves palmaditas en la espalda, como si quisiera recomponer mis pedazos rotos.
Cuando logré calmarme un poco, respiré hondo y le conté todo, con lujo de detalles. Desde el momento en que mi padrastro me obligó a ser la novia de Esteban hasta lo que sucedió la noche anterior. Ella me escuchó en silencio, sus ojos reflejaban una mezcla de tristeza y compasión.
—Emilia, no puedo creer que hayas pasado por todo esto tú sola… —murmuró con la voz cargada de emoción—. Debiste haberme contado antes, amiga. Al menos habría estado para apoyarte.
—Perdóname por no habértelo dicho antes… —susurré arrepentida. Tal vez sus consejos me habrían ayudado a evitar muchas cosas—. Me siento tan mal…
—Llora, Emilia. Desahógate —dijo con ternura—. Tienes toda una vida por delante y una felicidad que buscar. No dudes nunca que te la mereces.
Asentí, pero el nudo en mi garganta no desaparecía. Había algo más, algo que me carcomía por dentro. Lo solté de golpe, sin siquiera pensarlo.
—Hay algo más, Gabs… algo que no puedo seguir guardando. No solo Esteban me traicionó… yo también estuve con alguien más.
Gaby frunció el ceño y me miró como si acabara de revelar un secreto inconcebible.
—¿Qué dices? ¿Pero con quién?
Bajé la mirada y murmuré:
—Álvaro…
Sus ojos se abrieron como platos.
—Tú… y él… —hizo una pausa entre cada palabra, como si intentara procesar la información.
Asentí, incapaz de sostener su mirada.
—Sí. Y es otra larga historia… —me pasé las manos por la cara, sintiendo que el peso de mis palabras me aplastaba—. Álvaro cree que amo a Esteban. Y es que… yo misma se lo dije. Porque en mi cabeza, estar con Esteban era lo correcto, lo esperado. Álvaro es imposible para mí, Gaby. Lo que pasó entre nosotros no debió suceder… Lorenzo me matará cuando se entere. No sé cómo voy a salir de todo esto, quiero que me trague la tierra… pero sin que me escupa en algún lugar.
Gaby me observó con una mezcla de sorpresa y preocupación.
—Ningún mal dura cien años, Emilia —dijo con firmeza—. Lo primero que tienes que hacer es superar lo de Esteban. Lo de Álvaro… bueno, eso sí, está difícil, amiga, pero nada es imposible en esta vida.
Intentó sonar optimista, pero noté la duda en su voz.
Entonces, con una sonrisa traviesa, agregó.
—Además, Álvaro está guapísimo, mucho más que Esteban…
La miré, sintiendo cómo el calor se apoderaba de mis mejillas.
—¡Gaby! —protesté, llevándome las manos al rostro, muerta de la vergüenza.
Ella soltó una carcajada al ver mi reacción.
Pasamos un buen rato más allí. Le conté el resto de la historia con lujo de detalles, tratando de encontrar en ella algún consejo que me ayudara a aclarar mis sentimientos. Cuando terminé, Gaby me abrazó con fuerza.
—Mira, si las cosas se ponen realmente mal, puedes quedarte en mi casa. No tienes que enfrentarlo todo sola —susurró con sinceridad—. Falta poco para que termines la universidad. Cuando te gradúes, podrás irte lejos, empezar de nuevo.
…
Álvaro Duarte
—Joven Álvaro, su padre lo solicita en la sala de juntas.
—Gracias, Laura. Voy para allá —dije, colgando el interfon.
Me pasé una mano por el rostro y exhalé despacio. Me acomodé la corbata y el saco, asegurándome de que mi apariencia fuera impecable. Sabía que esta reunión sería crucial. Ya tenía un plan en mente por si a Ernesto Cazares se le ocurría mencionar que Emilia y Esteban habían terminado.
Caminé hacia el escritorio, abrí un cajón y saqué mi frasco de pastillas tranquilizantes. Me metí dos en la boca y las pasé con un sorbo de agua. No podía permitirme perder el control, no hoy.
Al salir de mi oficina, avancé con paso firme por el pasillo. El eco de mis zapatos resonaba en el suelo de mármol, cada paso cargado de anticipación. Cuando llegué a la sala de juntas, noté que la puerta estaba entreabierta.
Y ahí estaba él.
Esteban Cazares.
Sentado junto a su padre, con una expresión de ira contenida. En cuanto me vio entrar, su mandíbula se tensó y sus manos se cerraron en puños. Se puso de pie de golpe, como si estuviera a punto de lanzarse sobre mí.
Por un segundo, me preparé para el impacto. Casi lo esperaba. Pero Ernesto Cazares reaccionó rápido, aferrándolo del brazo y obligándolo a sentarse de nuevo. Esteban acató de mala gana, pero su mirada seguía clavada en la mía con un odio feroz.
Sonreí.
—Buenos días, caballeros —saludé con fingida amabilidad mientras tomaba asiento junto a mi padre. Mi tono era impecable, mi sonrisa ensayada. Se me daba bien lo hipócrita.
Me incliné ligeramente hacia atrás en mi silla y, con toda la calma del mundo, miré a Esteban con una mezcla de burla y desafío. Supe en el acto que estaba hirviendo por dentro. Tal vez su mente no dejaba de repetir que Emilia había sido mía primero.
“Tú ya perdiste, Cazares”, pensé con satisfacción.
No tenía idea de que, con su explosión de celos y su rabia descontrolada, me había allanado el camino hacia Emilia. Ahora que ella estaba vulnerable, no iba a dejar pasar la oportunidad.
—Bien, ya que estamos todos reunidos, podemos comenzar con nuestra reunión —exclamó mi padre con buen humor, cerrando la puerta tras él.
Pero la sonrisa en su rostro no tardó en desvanecerse.
—Seré breve, Lorenzo —soltó Ernesto Cazares, directo como siempre—. Hemos venido porque voy a deshacer el contrato de compra que tenemos contigo. Estoy dispuesto a pagar las cláusulas que esto genere, pero nuestra familia ya no puede seguir haciendo negocios con la tuya.
Un silencio pesado cayó sobre la sala.
Mis manos se tensaron sobre la mesa. Lo que Ernesto acababa de decir era grave. No había esperado que tomara medidas tan drásticas. Creí que al menos se esperaría a que el contrato finalizara en un par de meses. Pero no. Esto era inmediato.
La cara de mi padre palideció.
—Pensé que teníamos un acuerdo —dijo, con visible confusión.
—Lo teníamos. Hoy vengo a disolverlo —respondió Ernesto con una leve sonrisa, sereno, como si no estuviera a punto de aplastar nuestra empresa.
Esteban, en cambio, tenía una expresión de triunfo pintada en el rostro. Ahora era él quien sonreía burlón. Sabía que su familia tenía mucho más poder que nosotros en este momento.
Y yo lo sabía también.
La sonrisa que antes adornaba mis labios se borró lentamente.
Ahora no solo estaba molesto.
Ahora estaba preocupado.
Malditos Cazares.
