Capítulo 21
—No entiendo nada. ¿Acaso Emilia te hizo enojar, Esteban? —preguntó mi padre con el ceño fruncido, observándolo con atención.
—No venimos a hablar sobre asuntos personales, señor —se adelantó a responder Esteban, su voz era grave y cortante. Se notaba que estaba conteniendo su furia, pero ¿con qué derecho? Qué hipócrita. No se suponía que él había embarazado a otra chica.
Lo miré con una ligera sonrisa de burla, pero me contuve de decir algo que lo terminara de hacer explotar.
—Bien —intervine, retomando la compostura—. El proceso de revocación tarda aproximadamente tres semanas. Tendríamos que consultar a nuestros abogados para ofrecerles la mejor opción; de otro modo, el trámite completo tomaría un mes… y, si no me equivoco, solo quedan dos meses para que el contrato venza. ¿Tienen tanta prisa?
Hablé con calma, midiendo mis palabras. Era obvio que todo esto no era más que un berrinche de Esteban. Pobre infeliz. Si pensaba que algún día iba a manejar la empresa de su padre con ese temperamento, estaba más verde de lo que creía.
Ernesto Cazares se frotó la barbilla, pensativo.
—Tienes razón, Álvaro —asintió, luego giró la mirada hacia mi padre—. Aun así, quiero escuchar la opinión de sus abogados mientras yo consulto con los míos.
—Yo no confío en él, padre —soltó Esteban de pronto, clavándome una mirada asesina.
Una pequeña risa escapó de mis labios.
—¿No habíamos quedado en que no íbamos a hablar de problemas personales? —me burlé, alzando una ceja.
Él apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Mi padre, que había estado observando la escena en silencio, ahora parecía aún más confundido, pero también furioso. Sabía que su trato con Ernesto se estaba yendo al carajo.
—¿Por qué no arreglamos nuestras diferencias afuera? —dijo Esteban, sin apartar sus ojos de los míos.
Ahí lo entendí.
Su padre no tenía idea del motivo real por el que su hijo estaba tan alterado. Ernesto nos observaba con el ceño fruncido, esperando una explicación.
—¿Qué está pasando, Esteban? —su voz adquirió un tono de autoridad que hasta a mí me sorprendió—. Vinimos a hacer negocios, no a pelear como niños. Compórtate.
Esteban desvió la mirada un instante, pero su rabia era evidente.
—¿Álvaro? —intervino mi padre esta vez, su mirada penetrante me exigió respuestas.
Me encogí de hombros con fingida inocencia.
—No sé de qué me habla —respondí con naturalidad.
Pero eso fue la chispa que encendió la mecha.
—¡Eres un maldito! —bramó Esteban.
En un parpadeo, rodeó la mesa y me tomó de la camisa, intentando levantarme del asiento con una fuerza que, honestamente, no esperaba de él.
—¡Te vas a arrepentir!
Me incliné un poco hacia él, lo suficiente para susurrarle al oído:
—Hasta ahora, no lo he hecho.
Su rostro enrojeció aún más. Sus ojos estaban inyectados de furia, su respiración era agitada. Seguía aferrando mi camisa con ambos puños, pero no me inmuté. No tenía oportunidad contra mí.
De pronto, Ernesto lo jaló con brusquedad, separándolo de mí.
—¡Suficiente! —su voz retumbó en la sala.
Apenas tuve tiempo de reaccionar cuando sentí un tirón en mi propia camisa.
Era mi padre.
—¡Me quieres explicar qué demonios está pasando aquí, Álvaro! —gruñó entre dientes, su voz era baja pero cargada de furia.
Me limité a observarlo, midiendo mis opciones.
Pero antes de que pudiera decir algo, Esteban tomó la palabra.
—Yo se lo explicaré, señor Duarte —soltó con una expresión de triunfo.
Rechiné los dientes.
No.
No podía permitir que hablara.
Mi padre no tenía por qué enterarse de esa parte.
—No sabes lo que dices, Esteban —advertí, mirándolo fijamente—. Mejor guarda silencio.
Esperaba que entendiera la indirecta.
Porque si seguía hablando, la única que iba a salir perjudicada aquí sería Emilia.
El río irónico.
—Su hijito y su hijastra se revolcaron en su casa.
“Maldito hijo de…” Ni siquiera sabía cómo sucedieron las cosas, pero lo había dicho con toda la intención de hacerme arder.
Mi padre volteó a verme de inmediato, y en cuanto nuestros ojos se encontraron, supe que estaba jodido. La furia en su mirada era pura y abrasadora, como si le hubieran echado gasolina al fuego de su ego.
—¿Cómo pudiste? —rugió.
El golpe llegó antes de que pudiera reaccionar. El impacto fue seco y brutal contra mi mejilla, haciéndome girar la cabeza. Un zumbido sordo se instaló en mi oído, pero lo único que sentí fue una fría indiferencia.
Lentamente, volví a mirarlo y, con voz baja y contenida, le susurré:
—No… me vuelvas… a tocar en tu vida, padre.
Ernesto Cazares nos observaba con los ojos como platos, claramente atónito por el giro de los acontecimientos.
—Este no es el momento para negociar. Todos estamos demasiado alterados. Vámonos, Esteban —ordenó, y ambos se dirigieron a la salida.
Esteban me dedicó una última mirada asesina antes de desaparecer tras la puerta.
Pero mi problema no se había ido con ellos.
En cuanto cruzaron el umbral, mi padre tomó una silla y la estrelló contra la pared con tanta fuerza que la madera crujió. El estruendo resonó en la habitación, rebotando en las paredes como un eco de su rabia incontrolable.
Si no hubiera tomado esa doble dosis de calmantes antes de llegar, probablemente ahora estaría igual de fuera de control que él.
—¡Maldita sea! —bramó, señalándome con el dedo índice mientras se acercaba—. ¡Tú y esa estúpida han echado a perder todos mis planes!
Su rostro estaba enrojecido, su mandíbula tensa.
—Eres mi hijo… ¿Cómo pudiste hacerme esto?
Inspiré hondo, tratando de no romper mi compostura.
—Necesitas tranquilizarte primero —dije con voz firme, mirándolo directo a los ojos.
Pero mis palabras fueron como echarle más leña al fuego.
—¿¡Para qué!? ¿¡Para que me cuentes con lujo de detalles cómo te revolcaste con ella en mi casa!? —gruñó con desprecio, dando un paso más hacia mí. Su mirada se tornó oscura, cargada de una amenaza real—. Pero esa mocosa… deseará no haberme conocido.
Se giró bruscamente y se dirigió a la salida.
Mi sangre se heló.
—¿A dónde vas? —intercepté su paso.
Pero él sonrió con maldad.
—Mira cómo me deshago de ti.
Chasqueó los dedos y dos guardias de seguridad se acercaron de inmediato.
—Sujeten a mi hijo. No dejen que salga de aquí en las próximas horas.
Los hombres me tomaron por los brazos sin previo aviso. Intenté zafarme, pero su agarre era firme.
—¡Suéltenme! —grité, forcejeando—. ¡Papá, no hagas una locura!
Él no se dignó a responderme. Simplemente, salió del edificio con paso firme, decidido, como si ya hubiera tomado una decisión inquebrantable.
El pánico se instaló en mi pecho.
Emilia.
Ella estaba en casa. Y mi padre iba directo hacia allá.
Tenía que salir de aquí.
Esperé, midiendo cada movimiento de los guardias. Cuando uno de ellos se distrajo un segundo al intentar meterme en una oficina, giré bruscamente y le propiné un cabezazo que lo dejó aturdido. El otro intentó reaccionar, pero le solté un rodillazo en el estómago, sacándole el aire. Un golpe más y los dejé en el suelo, lo suficientemente adoloridos como para no seguirme.
No perdí ni un segundo más.
Corrí hasta el estacionamiento y me subí a mi auto.
Mis manos temblaban de rabia mientras giraba la llave en el contacto. Pisé el acelerador a fondo y salí a toda velocidad.
Cada semáforo, me parecía una maldita eternidad, mientras suplicaba en silencio no llegar demasiado tarde.
Emilia díaz
Apenas crucé la puerta de la casa, sentí que el cansancio del día me golpeaba con toda su fuerza. Venía de la facultad, pero mi mente estaba en otro lugar. No dejaba de preguntarme cómo les habría ido en la reunión. Esperaba con todo mi corazón que todo saliera bien.
Suspiré pesadamente y me dirigí a mi habitación. Tenía tareas acumuladas, los profesores ya me habían dado varios ultimátums y, aun así, no podía concentrarme en nada. Mi ánimo estaba por los suelos.
Entonces, el estruendo de la puerta principal sacudió la casa.
Me quedé helada.
El golpe fue tan fuerte que pensé que el marco se había roto. El eco retumbó por los pasillos, seguido de un grito que hizo que mi sangre se congelara.
—¡EMILIA!
El terror se apoderó de mí.
Lorenzo…
¡Ya lo sabe!
Me puse de pie de inmediato. Mis piernas temblaban, mi respiración se volvió errática. Los pasos de Lorenzo resonaban como martillazos contra el suelo, cada vez más cerca, más violentos.
La puerta de mi habitación se abrió de golpe.
La vi moverse como si hubiera sido arrancada de sus bisagras. Y ahí estaba él.
Sus ojos estaban inyectados de sangre, su rostro era la viva imagen de la furia descontrolada.
No tuve tiempo de reaccionar. En un parpadeo, su mano se enredó en mi cabello y tiró con una fuerza inhumana.
—¡Ahh! —solté un grito desgarrador mientras el dolor me hacía lagrimear al instante.
Me arrastró sin piedad por el pasillo, obligándome a caminar junto a él para evitar que me arrancara el cuero cabelludo. Sentía el ardor en mi cuero cabelludo, la presión de sus dedos clavándose en mi cráneo.
—¡Por favor, suéltame! —sollocé, mi voz apenas era un hilo quebrado por el pánico.
No me hizo caso.
Antes de bajar las escaleras, se detuvo de golpe y me empujó contra el barandal. El borde me presionó el estómago, el vacío debajo de mí se convirtió en un abismo aterrador.
—¡Eres una estúpida! —rugió, su voz retumbó tan fuerte que me dolieron los oídos.
Cerré los ojos con fuerza, temblando de miedo.
—¡Solo tenías una tarea que hacer! ¡Revolcarte con el hijo de los Cazares, no con el mío!
El asco en su voz era más hiriente que sus palabras.
El barandal crujió bajo la presión de su cuerpo contra el mío.
Me va a empujar…
—¡Por favor, suéltame! —supliqué una vez más, sintiendo el vértigo amenazante detrás de mí.
En ese momento, la puerta de la casa se abrió de golpe.
Un viento frío se coló por la entrada, pero no era el aire lo que me hizo estremecerme.
Era él.
A través de mi cabello revuelto, vi cómo Álvaro entraba como un huracán.
—¡SUÉLTALA! —bramó con un tono que nunca le había escuchado antes.
Lorenzo ni siquiera se inmutó.
Pedro, alarmado por los gritos, apareció junto a Álvaro, sus ojos reflejaban la confusión y el miedo.
—Tú no te metas —gruñó Lorenzo sin soltarme—. Después seguiré contigo.
Su agarre se intensificó, jalando aún más fuerte de mi cabello.
Solté un grito gutural de dolor.
Mis rodillas temblaban, mis uñas se clavaban en sus muñecas en un intento inútil de hacer que me soltara.
En ese momento, la puerta volvió a abrirse.
Mi madre y Mara entraron, sus rostros reflejaban puro horror al ver la escena frente a ellas.
Álvaro permanecía inmóvil en el recibidor, con la mirada fija en su padre.
Sus puños estaban cerrados tan fuerte que sus nudillos estaban blancos. Su pecho subía y bajaba con respiraciones pesadas, y sus ojos…
—Te lo advertí —susurró, con la voz gélida y letal.
El aire se volvió insoportablemente pesado.
La tormenta apenas estaba por desatarse.
—¡Por Dios, Lorenzo! ¿Qué está pasando? —exclamó mi madre, llevándose las manos a la boca, sus ojos abiertos de par en par por el horror.
Yo intenté hablar, desesperada por explicarle la verdad.
—Te puedo explicar… Yo no sabía que era Álvaro. Fue cuando regresó… no lo reconocí… —mi voz se quebró, mi respiración entrecortada por el miedo.
Pero Lorenzo no me soltaba.
—¡Me importa un carajo cómo pasaron las cosas! —rugió, su aliento caliente golpeándome el rostro—. ¡Todos mis planes para los Cazares se fueron a la basura y todo por tu culpa, niña estúpida! ¡Ya no me sirves para nada, de hecho, nunca has servido para nada!
Sus palabras fueron como una daga directo al pecho.
Justo entonces, Álvaro se movió como un rayo.
Con una fuerza brutal, lo tomó del hombro y, sin titubeos, le propinó un puñetazo directo en la cara. El impacto resonó en toda la casa. Lorenzo tropezó hacia atrás llevándose las manos a la nariz, de la cual comenzaba a brotar sangre.
Antes de que pudiera reaccionar, Álvaro me apartó de su lado y me colocó detrás de él, protegiéndome con su propio cuerpo.
—Te advertí que no la tocaras… —su voz era grave, seca, cargada de un odio contenido que amenazaba con desbordarse en cualquier momento.
Lorenzo se tambaleó un poco, pero recompuso su postura y, con el ceño fruncido, nos miró con desprecio.
—Maldita sea tu madre por darme hijos tan ineptos… —espetó con veneno en cada palabra—. Siempre fuiste igual que ella…
El aire se volvió denso.
Pude sentir cómo Álvaro se tensaba. Sus puños se apretaron tanto que sus nudillos quedaron blancos, su pecho subía y bajaba con respiraciones pesadas.
—Álvaro… —susurré con cautela, pero no se movió ni un centímetro.
A lo lejos, Mara lloraba desesperada, suplicándole a su padre que se tranquilizara.
Pero ya era demasiado tarde.
Con una furia desatada, Álvaro le asestó otro golpe en la cara, seguido de un potente gancho en el estómago. Lorenzo se dobló, tosiendo por la falta de aire.
—¡Te prohíbo hablar así de mi madre! —bramó Álvaro—. ¡Ella fue la única que se preocupó por nosotros, no como tú!
Lorenzo intentó recuperar el aliento, dando torpes pasos hacia atrás. Yo lo miraba paralizada, con una sensación oscura apoderándose de mí.
Hasta que todo ocurrió en un instante.
Sin darse cuenta, su pie pisó el borde del primer escalón.
El mundo pareció detenerse cuando su cuerpo perdió el equilibrio.
Vi el pánico reflejado en sus ojos cuando trató de enderezarse, pero ya era demasiado tarde.
Se inclinó hacia atrás y, en un segundo eterno, su cuerpo comenzó a rodar por las escaleras.
Un golpe.
Otro.
Otro más.
Hasta que su cuerpo cayó en el suelo.
—¡Papá! —el grito de Mara atravesó la casa.
Álvaro reaccionó primero y corrió hasta donde había caído Lorenzo. Yo lo seguí, con el corazón martillándome en el pecho.
Mi madre seguía inmóvil, incapaz de moverse por el shock.
Los empleados, que se habían reunido en la sala al escuchar los gritos, miraban la escena en completo silencio.
Álvaro se arrodilló junto al cuerpo de su padre y presionó con sus dedos la arteria carótida de su cuello.
El silencio fue insoportable.
Luego, su voz apenas fue un susurro.
—No respira…
Mara se desplomó sobre el cuerpo de su padre, sollozando entre gritos desgarradores.
Yo solo podía mirar la escena con el estómago hecho un nudo y un pensamiento que me perforaba la mente como una maldición:
Esto es mi culpa.
