✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 22

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◷ Tiempo estimado de lectura: 11 minutos
✦ Publicado el 27 de octubre de 2026
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Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Emilia Díaz✦

La policía tardó menos de una hora en llegar, pero la espera se sintió eterna. Apenas cruzaron la puerta, comenzaron con el protocolo para levantar el cuerpo de Lorenzo. Todo sucedía a mi alrededor como en una neblina espesa, lejana, mientras mi mente repetía la escena una y otra vez. La imagen de su cuerpo cayendo por las escaleras, el sonido seco del impacto contra el suelo y el silencio que le siguió… Un silencio tan absoluto que parecía devorar el aire.

Mara no paraba de llorar, abrazada al cuerpo inerte de su padre, su llanto era desgarrador, inconsolable. Mi madre, en cambio, estaba completamente ida, con la mirada perdida en un punto inexistente. Parecía más una estatua que una persona, como si su alma hubiera abandonado su cuerpo en el instante en que Lorenzo dejó de respirar.

Álvaro estaba sentado en una silla, con las piernas abiertas y los codos apoyados en sus rodillas, su rostro oculto entre sus manos. No se movía, no hablaba, solo respiraba pesadamente, como si llevara el peso del mundo sobre sus hombros. Yo quería ir hasta él, abrazarlo, pero mis pies no respondían. Había demasiado miedo, demasiada culpa flotando en el aire.

De pronto, unos pasos firmes resonaron en la estancia. Un policía se acercó hasta donde estaba Álvaro.

—Álvaro Duarte, queda arrestado como principal responsable de la muerte de Lorenzo Duarte.

La voz del oficial cortó el aire como una cuchilla afilada. Todo mi cuerpo se tensó al escuchar esas palabras. Vi cómo Álvaro levantó la cabeza de golpe, sus ojos oscuros fijos en el oficial, su rostro inexpresivo, pero en su mirada ardía algo… algo que dolía.

—Fue un accidente… Yo no quería que esto pasara… —dijo con voz grave, pero sin emoción alguna.

No importó. No lo escucharon. No les interesó. En cuestión de segundos, las esposas chasquearon alrededor de sus muñecas.

—¡No, por favor! —Mara se lanzó hacia su hermano, abrazándolo con desesperación—. ¡No se lleven a mi hermano, fue un accidente, por favor no…!

Su llanto desgarrador llenó el espacio, pero la policía no se detuvo.

Álvaro bajó la mirada hacia Mara y, con voz baja, ronca, como si apenas pudiera hablar, susurró:

—Llama a Gael, Mara… Su teléfono está en el buró derecho de mi habitación…

Eso fue lo único que dijo antes de que los policías lo arrastraran hacia la salida.

—Álvaro… —murmuré, sintiendo un nudo ahogarme en la garganta.

Él me escuchó. Lo sé porque, justo antes de cruzar la puerta, buscó mi mirada. En sus ojos había algo más que resignación. Había un adiós silencioso.

El sonido de la puerta cerrándose tras ellos marcó el inicio de un vacío inmenso.

Nadie habló. Nadie se movió.

Nos veíamos los unos a los otros, atrapados en este torbellino de caos y destino que nos había arrastrado hasta el fondo.

Mi madre fue la primera en romper el silencio, secándose las lágrimas de las mejillas con un gesto brusco cuando vio a Mara subir las escaleras.

—¿A dónde vas, Mara? —preguntó con hosquedad, su voz estaba carente de cualquier rastro de afecto.

Mara se detuvo en el primer escalón, volteando a verla con el rostro empapado en lágrimas.

—Necesito hablarle al amigo de Álvaro… —respondió con la voz rota.

Mi madre entornó los ojos, su expresión se endureció.

—Álvaro asesinó a Lorenzo. Todos fuimos testigos de eso, y eso es lo que diremos, apenas nos llamen a declarar.

Mara frunció el ceño y bajó un escalón más, con una expresión de incredulidad.

—Álvaro no quería… —su voz tembló—. Tú lo viste, Damiana… Él solo intentó ayudar a Emilia… Álvaro no puede quedarse en la cárcel, él no es un asesino.

Mi madre dejó escapar una risa seca, cínica, como si estuviera burlándose de la ingenuidad de Mara.

—Somos dos contra una. Y los empleados de esta casa… —susurró, lanzándome una mirada calculadora—. Es mejor para todos si Álvaro se queda en la cárcel. De todos modos, ¿quién sabe? Algún día podría hacernos algo… Con su enfermedad nunca se sabe.

Fue demasiado.

Apreté los puños con fuerza, sintiendo un calor furioso recorrer mi cuerpo.

—¡Mamá, cómo puedes hablar así de Álvaro! —mi propia voz temblaba de ira cuando avancé hasta quedar al lado de Mara—. ¡Álvaro es la única persona en esta casa que me defendió de Lorenzo! A pesar de todo, de los malos tratos, ¡nunca le deseé el mal! Pero escucharte hablar de esa manera…

Mi madre me miró fijamente. No con enojo, ni con sorpresa. Me miró con un juicio frío, calculador.

—De una vez se los advierto, no voy a dejar que la muerte de Lorenzo quede impune. Álvaro va a pagar con la cárcel lo que ha hecho.

La voz de mi madre resonó como una sentencia inquebrantable. No había duda ni piedad en sus palabras, solo la frialdad de alguien que ya había tomado una decisión.

Volteé a ver a Mara. Su rostro estaba rojo de coraje, pero se contenía con una fuerza admirable. Pude ver cómo sus puños temblaban a los lados de su cuerpo, cómo su pecho subía y bajaba con respiraciones rápidas, tratando de no perder el control. Admiraba su templanza, su capacidad de no estallar en ese instante. 

Sin decir nada, Mara se dio la vuelta y subió las escaleras casi corriendo, desapareciendo de nuestra vista.

—Mamá, por favor… no le hagas esto a Mara —le supliqué con la voz baja, tratando de encontrar un resquicio de piedad en su mirada—. Ella no tiene a nadie más que Álvaro.

Mi madre desvió la vista con expresión hastiada, como si estuviera cansada de escucharme.

—Sabes bien que Lorenzo se tropezó y por eso cayó de las escaleras —continué, obligándola a mirarme—. Álvaro no lo empujó.

Sus ojos se estrecharon. Sabía que era verdad, lo vi en su mirada, pero no lo admitiría.

—Hablaremos después —respondió con sequedad, frotándose la sien con frustración fingida—. Necesito pensar. Tendré que organizar el funeral, lo de la iglesia… es demasiado para mí. Y ustedes… solo piensan en Álvaro.

Dio un paso hacia atrás, pero de repente su expresión cambió. Su mirada se encendió con una furia contenida y antes de que pudiera reaccionar, me tomó con fuerza de los brazos, sus uñas se clavaron en mi piel.

—Si tan solo hubieras hecho lo que Lorenzo te pidió… —espetó entre dientes, su rostro peligrosamente cerca del mío—. Acostarte con Esteban en lugar de Álvaro.

Me quedé helada.

—¿Cómo fuiste tan tonta? —su voz se tornó un veneno gélido—. Y ahora mira dónde estamos. Si Álvaro no se pudre en la cárcel, no dudará en corrernos de esta casa. Siempre me ha odiado, lo sé.

Me miró con desprecio, como si yo fuera la raíz de todos sus problemas.

—Lo que más nos conviene es que se quede encerrado —susurró con una sonrisa torcida—. Solo así podré disponer de los bienes de Lorenzo.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

Su rostro ya no reflejaba el dolor de una mujer que había perdido a su esposo. No. Ahora veía con claridad la avaricia, el cálculo frío de alguien que ya estaba planeando su siguiente movimiento. Apenas habían pasado unas horas desde que la policía se había llevado el cuerpo de Lorenzo, y ella ya estaba dándome órdenes sobre cómo debía vestirme para el funeral.

El funeral de Lorenzo fue otro espectáculo.

La tensión era palpable en el aire, como una tormenta a punto de desatarse. Y en medio de todo, mi madre volvió a demostrar su naturaleza.

Se encargó personalmente de que la prensa estuviera presente y, como si fuera una actriz en su papel más trágico, lloró ante las cámaras asegurando que Álvaro había asesinado a Lorenzo. Quería hundirlo en todos los sentidos, que no hubiera escapatoria para él.

Pero esta vez, Mara no se quedó callada.

Se acercó a ella con los ojos enrojecidos y el rostro endurecido por el dolor y la ira.

—Eres una mentirosa —escupió con voz temblorosa, pero firme—. Siempre fuiste una mujer que estuvo con mi padre solo por dinero.

Mi madre la miró con frialdad y, con la arrogancia de quien se cree intocable, sonrió con desdén.

—Si sigues retándome, te correré de la casa —amenazó sin titubear.

Fue suficiente.

No pude más.

Me acerqué a Mara y la abracé por la espalda, sintiendo su cuerpo estremecerse bajo mi contacto.

—Mara —susurré con firmeza—, te prometo que haremos lo que sea para que Álvaro salga y todo esto se aclare. No importa lo que diga mamá. Álvaro no empujó a Lorenzo.

Ella se giró levemente hacia mí, sus ojos cristalinos reflejaban una desesperación silenciosa.

—Pedro, Martha y yo declararemos mañana a su favor —continué, apretando su mano con suavidad—. Estoy contigo y con él.

Mara asintió, pero su mirada seguía perdida en el vacío.

—Gracias, Emilia… —murmuró, su voz estaba rota—. Lo único que deseo es que Álvaro sea libre. Es lo único que me queda… y no quiero perderlo también.

La abracé más fuerte.

—Ahora me tienes a mí también.

Sentí su cuerpo tensarse por un instante, pero luego se relajó ligeramente en mi abrazo.

—Sé que no somos tan cercanas… —admití en voz baja—. Pero crecimos juntas. Y tú siempre has sido buena conmigo.

Mi voz se quebró.

—Yo… —tragué saliva, sintiendo el nudo en mi garganta apretarse hasta el dolor—. Todo esto fue mi culpa…

Las lágrimas que había estado conteniendo finalmente escaparon de mis ojos.

—Perdóname —sollozé—. Por favor, perdóname.

Mara no respondió.

No hacía falta.

Ambas sabíamos que la única forma de encontrar redención era luchar para que Álvaro saliera de ese infierno.

Y haríamos lo que fuera necesario.

Mara me miró con compasión, sus ojos reflejaban una tristeza compartida.

—Papá nunca debió obligarte a estar con Esteban —susurró—. Y lo de Álvaro… ya lo sabía.

Mi corazón se detuvo un segundo.

Abrí los ojos desmesuradamente.

—¿C-cómo que lo sabías…? —balbuceé, casi atragantándome con mis propias palabras.

Mara ladeó los labios en una media sonrisa, pero su expresión era más melancólica que burlona.

—La manera en la que ambos siempre se veían… nunca pudieron disimularlo —hizo una breve pausa y suspiró—. No lo sabía con certeza, pero lo intuí. Se lo pregunté a mi hermano directamente y no lo negó.

El silencio se instaló entre nosotras.

Mi pecho subía y bajaba con rapidez, mi mente repasando una y otra vez sus palabras. No tenía sentido seguir ocultándolo, no cuando ya todo se había derrumbado.

Pero esta vez no iba a ser la marioneta de mi madre.

Haría cualquier cosa para ver a Álvaro en libertad, aunque después me odiara, aunque nos corriera de la casa, aunque no volviera a dirigirme la palabra.

Nada de eso importaba.

Solo quería verlo libre.

…

Mara hizo lo que Álvaro le pidió.

Al parecer, Gael Balmaceda, un viejo amigo de Álvaro, era abogado. Esa misma tarde nos visitó, su presencia imponente y su voz segura nos trajeron un resquicio de esperanza. Nos pidió a Mara y a mí que relatáramos con lujo de detalles lo sucedido aquella noche.

Mara, con la voz temblorosa pero determinada, preguntó por qué habían acusado a su hermano sin pruebas.

Gael suspiró.

—Fue tu madrastra —dijo con frialdad—. Damiana lo acusó directamente.

Mara cerró los ojos con fuerza, su cuerpo entero se tensó.

Yo, en cambio, sentí una oleada de rabia fría recorrer mi piel. Sabía que mi madre era despiadada, pero jamás pensé que llegaría tan lejos.

Después del funeral de Lorenzo, mi madre parecía regocijarse en su nuevo papel de viuda afligida… aunque en realidad, la sombra de una sonrisa apenas contenida se dibujaba en sus labios.

—Emilia —dijo una noche mientras cenábamos—, ahora nos tocará a nosotras disfrutar.

Sus palabras me revolvieron el estómago.

—En cuanto reclame todo lo que por derecho me pertenece como viuda, nuestra vida cambiará. Diremos adiós a todos los Duarte y comenzaremos una vida nueva—exclamó con una satisfacción repugnante mientras llevaba un bocado a su boca.

Mara ya no se sentaba con nosotras en el comedor.

Odiaba a mi madre.

Y yo… también.

No soportaba su frialdad, su indiferencia ante todo lo que había pasado. Pero, ¿qué podía hacer? Solo me quedaba rogar para que Álvaro regresara.

Le había dicho a mi madre que había declarado en su contra. Cada testimonio fue privado, así que ella no tenía forma de saber la verdad. 

Mara lo sabía.

Fue lo que Gael nos aconsejó. Que mamá se confiara.

Y lo hizo.

Se creyó intocable.

Se creyó ganadora.

—Al parecer, la muerte de mi padre te ha sentado bien, Damiana.

La voz de Álvaro retumbó en la estancia como un trueno, helada y afilada.

Mi corazón se detuvo un instante y, por puro instinto, me giré hacia la entrada.

Ahí estaba él.

Álvaro.

Libre.

Su porte firme, su expresión endurecida por la ira, sus ojos oscuros centelleando con un odio helado.

Mi pecho se oprimió de golpe.

Por fin había salido.

¡Por fin estaba aquí!

Pero no me estaba mirando a mí.

Su mirada estaba clavada en mi madre.

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