Capítulo 101

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Ana Paula Lago 

El leve quejido de Arturo me atravesó como una punzada. Hasta ese instante, no sabía si volvería a escucharlo. Sus respiraciones eran cortas e irregulares, y podía sentir cómo todo su cuerpo intentaba reaccionar a la oscuridad que nos envolvía.

—Ana… —murmuró con voz ronca, desorientado. Se esforzó por moverse, pero el espacio era tan angosto que apenas pudo girar un poco el rostro hacia mí—. Ana…

El sonido de mi nombre en sus labios me quebró. Extendí mi mano entre la oscuridad, palpando concreto, polvo, algún pedazo de metal… hasta que finalmente encontré sus dedos. Los entrelacé con los míos y apreté con fuerza, buscando transmitirle seguridad, aunque yo misma estuviera temblando.

—Estoy aquí —susurré, sintiendo mis ojos humedecerse de inmediato, consciente de lo frágil de nuestra situación—. Fue un milagro que sobreviviéramos.

Lo dije para darle ánimo… pero también para convencerme a mí misma.

Arturo respiraba con dificultad. De pronto, sentí cómo pasaba su brazo no lastimado por debajo de mi cuello, atrayéndome suave, torpemente, hacia él. Me dejé envolver por su cuerpo caliente en medio de aquella tumba de concreto.

Me encogí contra su pecho, escuchando el ritmo débil pero firme de su corazón. Ese latido era lo único que me recordaba que aún no estaba sola.

—No sé si podré… me siento tan débil…

Una oleada de terror me recorrió entera. Mi estómago se contrajo. La respiración se me cortó.

—No digas eso, amor. Tenemos que salir de aquí, los dos. Ya verás que nos rescatarán.

Él guardó silencio un instante. Un silencio que pesó, que asfixió. Sentí su pecho elevarse y caer con un suspiro profundo.

—¿Y si no? —añadió con un hilo de voz—. La única persona que sabía que estábamos aquí y que podía ayudarnos era Roberto. Si él está bien, aún existe la posibilidad de que nos deje aquí. No conoces su parte más oscura… siempre quiso la herencia de mi padre, siempre anheló ser el único dueño de la constructora.

Tragué saliva. Su temor también era mío. Sabía que Roberto tenía un lado oscuro, impulsivo, lleno de rabia contenida. Pero también… le había visto humanidad, incluso cuando intentaba ocultarla bajo capas de orgullo.

No sabía por qué… pero tenía fe en él.

—¿Y si nos rescatan gracias a él? —cuestioné.

Arturo movió ligeramente la cabeza, como si intentara verme, aunque no podía.

—Entonces le deberé nuestra vida. Lo más preciado que tengo: tu vida. Haré todo lo posible para que volvamos a tener una relación de hermanos, a pesar de lo que diga mi padre.

Fruncí el ceño. Incluso atrapada, incluso sangrando, una parte de mí deseaba con fuerza esa reconciliación.

—Me gustaría que ustedes dos al fin se comportaran como hermanos. ¿Te imaginas eso? Así Lily y yo podríamos vivir tranquilas al saber que se llevan bien.

Sentí una pequeña risita escapar de los labios de Arturo. Una risa leve, cálida, me reconfortó más que cualquier otra cosa. Luego deslizó la yema de sus dedos por mi brazo, formando pequeños círculos lentos que me hicieron cerrar los ojos.

—Y si Roberto se casará con Lily y tú conmigo, nuestros hijos crecerían juntos… ¿No te gustaría eso?

Mis ojos se abrieron de golpe. Él no podía ver mi cara, pero seguro sintió mi cuerpo tensarse.

—¿Casarnos? —balbuceé—. Bueno, es una palabra con mucho significado y nosotros tenemos poco en una relación… mis papás…

Arturo rio, una risa suave, como si mis nervios fueran lo más tierno del mundo.

—Tu padre ya me dió su aprobación. Él lo supo cuando me llevaste a su casa. Le confesé que, a pesar del poco tiempo que hemos estado juntos, sentía la necesidad de pedirte que fueras mi esposa… pero tenía miedo de decírtelo porque te conozco, Ana Lago. Sé cómo piensas. Pero te prometo que, si salimos con vida de esto, será lo primero que haga. Pero por favor… dime si me aceptarías.

Su confesión me dejó sin aire. Allí, atrapados entre escombros, cubiertos de polvo, con la vida pendiendo de un hilo… Arturo me estaba pidiendo que imaginara un futuro juntos.

Uno que tal vez nunca llegara.

Mi corazón latía tan fuerte que temí que él pudiera escucharlo. En medio del miedo, del dolor, del caos…

Lo único que quería era aferrarme a él.

Sentí su respiración temblar contra mi frente. Arturo esperaba mi respuesta con una mezcla de miedo y esperanza que pude percibir incluso en la oscuridad. Sabía que sus ojos estaban abiertos, buscándome sin poder verme.

—Sí… —susurré finalmente, dejando que la palabra se deslizara entre nosotros como un soplo de luz—. Sí, Arturo. Te acepto. Aceptaré ser tu esposa cuando me lo pidas.

Él se tensó, sorprendido, como si por un instante creyera haber imaginado mi respuesta.

—¿Lo dices en serio? —preguntó con la voz apenas audible, quebrada, casi infantil en su necesidad de creerme.

Asentí, aunque él no podía verlo. Aun así, una sonrisa se me escapó en medio de la oscuridad, cálida, segura, como si ese sí estuviera naciendo de un lugar muy profundo dentro de mí.

—Claro que lo digo en serio —murmuré, acercándome un poco más a su pecho—. Arturo… yo pasé años dedicada solo a estudiar. A trabajar. Me metía turnos dobles, triples si era necesario, con tal de ahorrar… de tener algo para un futuro.

Respiré hondo, porque aquella confesión me pesaba.

—Y cuando por fin Carlos y yo conseguimos el apartamento… todo era eso: planes. El futuro. Siempre el futuro. ¿Pero sabes qué pasó? —tragué saliva, sintiendo cómo un nudo se formaba en mi garganta—. Que se quedaron en eso. En planes.

Arturo apretó ligeramente mis dedos, como si mi dolor se colara por entre sus manos.

—Y yo no quiero que eso me pase contigo —continué, dejando que la verdad, mi verdad, saliera por primera vez—. Te acepto porque quiero vivir a tu lado. Todo el tiempo que la vida nos permita. Porque te amo, Arturo. Te amo de verdad. Y he aprendido que la vida… la vida solo se vive una vez.

Él soltó un suspiro tembloroso, casi un sollozo. Su brazo me rodeó con más fuerza, como si temiera que pudiera escapar.

—Ana… te amo tanto —dijo mi nombre como si fuera una plegaria.

—Si salimos de este derrumbe —prometí, apoyando mi frente en su pecho—, te juro que voy a trabajar en esa parte de mí. Ya no voy a vivir planeando cada paso. No voy a perder más tiempo. Voy a dedicarme a disfrutar la vida… a disfrutarla contigo.

Hubo un silencio, pero esta vez no fue un silencio frío ni angustioso. Fue un silencio lleno de algo tibio, vivo, un silencio que se sentía como un abrazo.

Arturo buscó mi rostro a tientas, y sentí sus dedos rozar mi mejilla, mi mentón, hasta que finalmente encontraron mis labios. Me acerqué a él, guiándolo entre la oscuridad.

Nos besamos.

Un beso lento, profundo, tembloroso… un beso que sabía a vida, a esperanza, a todo lo que aún podíamos ser si el mundo allá afuera nos daba una oportunidad.

Un beso que sabía a amor eterno.

Allí, atrapados bajo toneladas de escombros, cubiertos de polvo, heridos, sin saber si veríamos otro amanecer…

El amor nos sostuvo.

Habían pasado horas. No sabía cuántas. Aquí abajo el tiempo no tenía forma, no tenía ritmo… solo era un dolor lento, interminable.

La oscuridad comenzaba a pesar de otra manera, como si se metiera en mis pulmones.

Mi boca estaba seca. Demasiado seca. Cada trago de saliva era un esfuerzo inútil, como si el cuerpo ya no encontrara nada que ofrecerme. Sabía que la sed sería un enemigo silencioso y cruel, uno que no tardaría en destrozarme desde adentro.

Y Arturo… apenas se movía.

Respiraba, sí. Pero sus respiraciones eran tan suaves que a veces creía que las imaginaba. Revisé su pulso cada cierto tiempo, como un mantra, como un acto desesperado por mantenerlo conmigo.

Pero esta última vez…
Esta última vez casi me derrumbé.

Su pulso había disminuido tanto que apenas podía sentirlo. Un hilito de vida. Un suspiro.

—Arturo… —susurré, moviendo mi mano hacia su rostro—. Arturo, por favor, respóndeme…

No hubo reacción. Ningún sonido. Ningún movimiento.

El silencio me cayó encima como otra losa de concreto.

—No… no, amor, por favor… —mi voz se quebró, y con ella mi resistencia.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control. Lágrimas calientes, desesperadas, impotentes. Lágrimas que se mezclaban con el polvo de mi rostro, que me ardían en los párpados.

Sentí el miedo morderme la garganta.

Mi fin se acercaba. El suyo también. Y no podía hacer nada. Yo, que toda la vida había trabajado para salvar vidas, no podía salvar la suya. Ni la mía.

Lloré hasta que ya no supe si lloraba o simplemente respiraba con dolor. Lloré hasta que el cansancio me dobló, hasta que mis pensamientos se deshilacharon en un murmullo sin sentido.

Y entonces… me quedé dormida.

El dolor desapareció de pronto. Ya no sentía el peso del concreto, ni el frío, ni la sed.

Entonces lo vi. Carlos estaba frente a mí.

No como un recuerdo difuso. No borroso. No lejano.

Estaba ahí. Justo ahí. Como si jamás se hubiera ido.

—¿Estoy muerta? —pregunté con un hilo de voz, temblando.

Carlos sonrió. Me regaló una sonrisa suave, la misma que tanto había extrañado. Levantó su mano y acarició mi mejilla como solía hacerlo cuando yo me estresaba por exámenes o turnos dobles.

—No —respondió con ternura—. Todavía no, Ana.

Mis ojos se llenaron de lágrimas de golpe.

—Carlos…

—Aún no es tu tiempo —susurró—. Te espera toda una vida, Ana. Una vida para ser feliz. Tienes que vivir. Disfruta. No tengas miedo de hacerlo.

Yo lo abracé con desesperación. Con la sensación de que si lo soltaba, se desvanecería para siempre.

—Te extraño tanto… —murmuré contra su hombro.

—Yo también te extraño a ti —dijo con la voz cálida, envolvente, como siempre—. Solo prométeme algo.

—¿Qué cosa?

—Que nunca me olvidarás.

Tragué saliva, apretándolo más fuerte.

—Nunca lo haré —le aseguré.

Y lo decía de verdad. Carlos siempre sería una parte de mí, mi primer gran amor.

De pronto, un movimiento brusco me sacudió, arrancándome de sus brazos. Su imagen se deshizo, como humo, llevándose por un viento violento.

—Carlos… ¡Carlos!

Intenté abrir los ojos y un resplandor me cegó por completo. Una luz blanca, intensa, como si el mundo entero hubiera decidido iluminarse de golpe.

Escuché voces. Muchas. Desesperadas, agitadas, humanas.

Y sentí unas manos firmes, rodearme, levantarme, cargarme como si yo no pesara nada.

—Ya la tengo —dijo la voz ronca de un hombre, desconocida.

Supe que me rescataban.

Supe que seguía viva.

Pero lo único que pensé fue:

¿Arturo?

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