Capítulo 102
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Roberto Abad Rocamonte
Llevaba ya más de tres horas desde que salí del hospital. Tres horas que se habían sentido como tres malditas eternidades.
El sol había bajado por completo, hundiéndose tras los edificios como si también quisiera evitar mirar la tragedia que aún latía entre los escombros. La oscuridad comenzaba a cubrirlo todo, y con ella un pensamiento que no me dejaba respirar: ya habían pasado demasiadas horas desde el derrumbe.
Y cada maldita hora que transcurría sin noticias…
Era una sentencia.
Las luces portátiles formaban sombras largas y deformes, moviéndose como fantasmas entre las columnas partidas.
No podía controlar nada. Ni siquiera el temblor de mis manos al no saber si seguían con vida.
Me estaba volviendo loco.
El hombre encargado del dispositivo de escucha se acercó, sosteniendo aquella máquina. Lo había visto trabajar sin descanso. Yo mismo le había pedido, suplicado, que no se moviera del lugar, que cada tantos minutos volviera a encenderlo.
Lo escuché inhalar profundo antes de hablar. Y ese sonido bastó para que todo mi cuerpo se tensara.
—Hace unas horas el detector me marcaba sonidos… —dijo, limpiándose el sudor de la frente con la manga—. Estaban con vida.
La palabra estaban me atravesó el pecho como un puñal. Pero seguí escuchando, clavando mis uñas en las palmas para no perder el control.
—Pero ahora… —continuó el hombre, viendo el monitor con frustración—. Ahora no hay ninguna señal de ruido. Puede que estén dormidos o que…
No quiso terminar.
Pero yo sí escuché la palabra en mi cabeza.
La escuché tan fuerte que vomité del odio, del miedo, de la rabia que me estaba destruyendo por dentro.
Me llevé una mano al cabello, pasándola por él con un gesto desesperado. Sentí mis dedos temblorosos, empapados de sudor. Cerré los ojos con fuerza.
No quería escuchar esa maldita palabra.
No la permitiría.
No hoy.
Respiré hondo, aunque mis pulmones ardían como si la tierra se hubiera metido en ellos. Abrí los ojos y miré al rescatista de frente.
—Sigue buscando —logré decir, aunque mi voz sonó rota—. No te detengas. No me importa si tienes que quedarte toda la noche ahí. Ellos no están muertos, ¿me escuchas? No lo están.
El hombre asintió, tal vez porque era su trabajo… o tal vez porque vio en mis ojos algo que no quiso desafiar.
Yo miré los escombros frente a mí. Ese cementerio de concreto que ahora contenía la vida de mi hermano.
—Aguanten… —susurré sin darme cuenta de que hablaba—. Arturo… Ana… por favor, aguanten…
Porque no estaba listo para perder a mi hermano.
No de esa forma.
Y no estaba listo para ver a Lily romperse si Ana no salía viva.
Una hora más tarde, cuando ya sentía que la desesperación me había carcomido hasta el hueso, escuché al técnico del equipo de escucha soltar un grito cargado de alivio… y esperanza.
—¡Ya estamos llegando a una parte hueca! —exclamó con una sonrisa fatigada—. Hay posibilidades de que se haya formado un hueco. Traten de tener cuidado al remover las placas de concreto.
Los demás hombres asintieron de inmediato, moviéndose con precisión, como si la palabra hueco les hubiera devuelto el alma.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho con una fuerza casi dolorosa.
Un hueco.
Un espacio entre los escombros.
Una oportunidad.
Dios… tal vez aún estaban vivos.
Antes de que pudiera procesarlo, uno de los rescatistas gritó con fuerza, la voz retumbando entre la maquinaria y las luces:
—¡¡¡Traigan las camillas!!!
Di varios pasos hacia adelante, casi sin sentir el suelo bajo mis pies. Sam se ubicó a mi lado y me miró con los ojos muy abiertos, expectantes. Ninguno de los dos necesitó decir nada.
Estábamos a un segundo de saber la verdad.
Entonces ocurrió.
Entre polvo, gritos y movimiento frenético, un rescatista apareció levantando a alguien entre sus brazos.
—¡¡¡¡Ya la tengo!!!! —rugió.
Ana.
Los paramédicos corrieron hacia él con la camilla. Yo avancé de inmediato, casi tropezando, con Sam pegado a mi sombra.
La depositaron con cuidado, limpiándole el rostro cubierto de tierra y sangre seca. Estaba pálida, desorientada, respirando con dificultad… pero viva.
Viva.
No pude evitar sonreír. Me alegraba por ella. Por Lily. Por todos nosotros.
Me agaché un poco, acercándome lo suficiente para que me escuchara.
—Ana… —dije con voz ronca—. Todo estará bien.
Ella movió los ojos hacia mí, apenas un segundo, con la mirada perdida. No sé si entendió mis palabras. No sé si siquiera me reconoció. Pero estaba ahí. Respirando.
La subieron a la ambulancia y, antes de que se alejara, recé en silencio porque lllegará a tiempo al hospital.
Pero entonces escuché otro grito.
Un grito que me heló la sangre.
—¡Súbanlo con cuidado! Ha perdido mucha sangre. Está frío y sus signos vitales son críticos.
Arturo.
Toda mi espalda se tensó al punto de doler. Caminé hacia la segunda camilla como si mis piernas ya no fueran mías.
Cuando vi a Arturo por fin… sentí que el alma se me desplomaba.
Tenía golpes en el rostro, la ropa rasgada, el cuerpo cubierto de polvo. Estaba pálido. Inconsciente. Irreconocible. Como si no fuera mi hermano… sino apenas la sombra del hombre que conocía—. ¿Cómo está? —pregunté, mi voz saliendo más quebrada de lo que quería.
Uno de los paramédicos, con expresión severa, respondió sin rodeos:
—Lo llevaremos de inmediato al hospital. Necesita atención urgente, señor. No podemos perder ni un minuto más.
Sentí como si el mundo se me cerrara alrededor.
Pero me obligué a reaccionar.
Asentí. No podía derrumbarme. No ahora.
Me giré hacia Sam.
—Encárgate de todo lo demás —le ordené, aunque mi voz tembló un poco—. Yo regresaré al hospital.
Sam inclinó la cabeza con firmeza.
—Sí, señor.
—Y llama a la familia de Ana —añadí—. Diles que… que estará bien.
Sam volvió a asentir, y yo corrí hacia el lugar donde había estacionado mi auto.
Al llegar al hospital ví a mis padres entrando casi al mismo tiempo que yo. Frené en seco. Sam debió llamarles en cuanto todo estuvo bajo control.
Mi madre me vió primero. Tenía los ojos completamente rojos, hinchados… había llorado por horas, lo sabía. Aun así, corrió hacia mí como si tuviera veinte años menos.
Cuando me envolvió en ese abrazo cálido, fuerte, casi desesperado, sentí cómo parte de la tensión que llevaba acumulada se derritió en mi pecho.
—Trajiste a tu hermano de vuelta… gracias, hijo —sollozó contra mi hombro.
Por un instante me quedé inmóvil. Hacía tantos años que mi madre no me abrazaba de esa manera que incluso olvidé cómo corresponderle.
Tragué saliva mientras mi mirada se cruzaba con la de mi padre, que se mantenía unos pasos atrás, rígido, pero con un brillo húmedo en los ojos que rara vez dejaba ver.
—No lo iba a dejar ahí, mamá… —dije casi susurrando, con la voz más cansada de lo que esperaba—. A pesar de todo… es mi hermano.
Ella se separó apenas para mirarme, poniendo sus manos en mis mejillas como cuando era un niño. Ví ese destello extraño: alegría, alivio y orgullo. Un orgullo que no recordaba sentir de ella hacia mí desde hace mucho tiempo.
—Gracias —susurró—. Te quiero mucho. Me da gusto que hayas dejado los rencores de lado, nunca te llevaron a nada bueno.
Sus palabras me atravesaron. No lo dijo con reproche, sino con verdad… y me dolía porque tenía razón.
Porque esos rencores solo me alejaron de todos, incluso de quien más necesitaba que estuviera cerca.
Suspiré y bajé la mirada un segundo, intentando estabilizarme.
—Ahora les toca a ustedes estar con él —dije finalmente—. Yo… estaré con Lilian.
Mi madre frunció el ceño, confundida.
—¿La doctora Lilian Caballero?
Asentí.
—Estamos juntos, mamá.
La sorpresa se conviertió rápidamente en una sonrisa suave, pequeña, llena de cariño. Una sonrisa que me desarmó más que cualquier cosa que hubiera vivido hoy.
—Deseo que seas muy feliz, hijo.
Me quedé quieto un instante. No recordaba la última vez que escuché a mi madre decirme algo así, sin condiciones, sin “peros”, sin esperar algo de mí. Sólo… deseándolo. Sinceramente.
Asiento y le dí un último apretón en los hombros antes de alejarme. Mis piernas se sentían pesadas, cansadas, pero el rumbo lo tenía claro. Caminé por el pasillo iluminado, esquivando enfermeras y camillas, con el corazón todavía golpeándome las costillas.
Lily.
Necesitaba verla.
Necesitaba decirle que Ana está bien.
Y, necesitaba que ella supiera que estaba aquí para quedarme.
Caminé directo a su habitación.
Sin mirar atrás.
