Capítulo 12
Por enésima vez abrí los ojos y me quedé mirando el techo, incapaz de volver a conciliar el sueño. La habitación estaba completamente a oscuras, apenas iluminada por la tenue luz que se filtraba a través de las cortinas, pero aun así podía distinguir el espacio vacío al otro lado de la cama. Dejé caer el brazo sobre el colchón, casi por inercia, y mis dedos se encontraron con las sábanas frías. Chasqueé la lengua con fastidio y retiré la mano. De algún modo, aquella habitación se sentía diferente. Más grande, más silenciosa y más vacía. Y lo peor era que no podía entender por qué me molestaba tanto. Durante dos años había dormido prácticamente solo, porque Valentina solía acostarse después de que yo llegara o permanecía en silencio en su lado de la cama. Nunca había pensado demasiado en su presencia. Sin embargo, esa noche no estaba ahí y no podía dejar de notarlo. Me incorporé lentamente y me senté en el borde de la cama, apoyando los antebrazos sobre mis muslos mientras pasaba una mano por mi rostro. Estaba enfadado. Mucho más de lo que quería admitir. Las palabras de Valentina seguían dando vueltas en mi cabeza y no podía creer que realmente hubiera llegado a pensar que yo podía tener algo con Briana. ¿Cómo podía siquiera imaginarlo? Briana era mi cuñada, la mujer que había estado casada con mi hermano y la madre de mi sobrino. Era parte de mi familia. Al menos físicamente, jamás le sería infiel a Valentina. Mis principios estaban demasiado arraigados. Desde niño había aprendido que el matrimonio era algo sagrado dentro de nuestra familia, un compromiso que no debía romperse bajo ninguna circunstancia. Podía haber muchas cosas que no funcionaran entre Valentina y yo, pero jamás cruzaría una línea como aquella.
Me llevé ambas manos al rostro y dejé escapar un suspiro cargado de frustración. Si bien no éramos precisamente el mejor ejemplo de lo que debía ser un matrimonio, nunca había permitido que a Valentina le faltara nada. Tenía una vida cómoda, una casa enorme, sirvientes a su disposición, acceso a todo lo que pudiera necesitar y una posición que muchas mujeres de nuestra sociedad habrían deseado. Yo me había asegurado de que tuviera todo. Entonces, ¿por qué de repente había comenzado a tener aquellos pensamientos? ¿Por qué estaba cuestionando cosas que durante dos años había aceptado sin problemas? Cerré los ojos y recordé las palabras de Briana. Tal vez Valentina se siente amenazada. En aquel momento no había querido darle demasiada importancia, pero ahora comprendía que quizá Briana tenía razón. Tal vez Valentina estaba celosa. Tal vez la forma en que yo me comportaba con Briana había provocado que se sintiera desplazada. Nunca había sido mi intención hacerla sentir así. Briana siempre había sido una mujer encantadora, alegre, comprensiva y servicial. Era fácil hablar con ella, sabía cómo desenvolverse en cualquier situación y tenía esa capacidad de hacer que las personas se sintieran cómodas a su alrededor. Valentina, en cambio… era diferente. A pesar de ser una mujer hermosa, algo que jamás había podido negar, nunca había conseguido descifrarla por completo. Era reservada, demasiado silenciosa y parecía mantener una distancia conmigo incluso cuando estábamos bajo el mismo techo. Algunas veces me preguntaba qué pasaba realmente por su cabeza. Quizá si fuera un poco más como Briana, todo sería más sencillo.
La idea apenas cruzó mi mente cuando sentí una extraña incomodidad.
No sabía por qué.
Fruncí el ceño y me puse de pie.
—Esto no me está llevando a ningún lado —murmuré para mí.
Tomé el reloj que había dejado sobre la mesa de noche y miré la hora. Era demasiado tarde. Debería estar durmiendo. Mañana tenía una reunión importante a primera hora con los socios del club de golf y una agenda que apenas me permitiría respirar durante el resto del día. Sin embargo, en lugar de regresar a la cama, caminé hacia la puerta. Salí de la habitación y cerré detrás de mí con cuidado. El pasillo estaba en silencio. Las luces tenues de la mansión iluminaban apenas el suelo y, mientras avanzaba, pasé frente a la habitación de invitados. Entonces me detuve.
No sé por qué.
Mis ojos se quedaron fijos en la puerta.
Por un instante tuve el impulso de acercarme y girar la perilla. Quizá debía hablar con Valentina. Aclarar las cosas. Decirle que no tenía motivos para desconfiar de mí. Después de todo, era mi esposa y aquella discusión no podía terminar simplemente con ella durmiendo en otra habitación.
Di un paso hacia la puerta.
Mi mano incluso se levantó ligeramente.
Pero me detuve.
¿Qué iba a decirle?
¿Que me había molestado que pensara que podía serle infiel? ¿Que Briana jamás significaría para mí lo que ella estaba imaginando? ¿Que no soportaba la idea de que dudara de mi honor?
Fruncí el ceño.
No.
Quizá era mejor dejar que se calmara.
Bajé lentamente la mano y continué caminando.
Pasé de largo frente a la habitación de invitados sin mirar nuevamente hacia atrás y bajé las escaleras hasta el primer piso. Necesitaba trabajar. Era lo único que siempre conseguía ordenar mis pensamientos. Si no podía dormir, al menos podía aprovechar el tiempo.
Caminé hasta mi estudio y encendí la luz.
Me dejé caer en la silla de mi escritorio y apoyé la espalda en el respaldo, dejando escapar el aire lentamente. Mi vista recorrió el estudio hasta detenerse en uno de los portarretratos que descansaba sobre una esquina del escritorio. La fotografía de nuestra boda civil. La tomé entre mis manos y durante unos segundos me quedé observándola en silencio. Ese había sido el último día en que toda mi familia y la familia de Valentina estuvimos reunidos. Recuerdo que, a pesar de que aquella unión había sido arreglada, aquella tarde había intentado convencerme de que quizá no sería tan difícil comenzar una vida junto a ella. Valentina se veía feliz en aquella fotografía. Tenía una sonrisa sincera y los ojos llenos de ilusión. Yo, en cambio, apenas podía imaginar todo lo que estaba a punto de ocurrir.
Tragué saliva y bajé la mirada hacia la fotografía. Apenas unos días después, mi padre y Marcelo habían muerto en aquel accidente y todo cambió de la noche a la mañana. Nunca pasó por mi mente que tendría que hacerme cargo de todos los negocios de la familia. Ese lugar siempre había pertenecido a Marcelo. Él era quien había sido preparado durante años para tomar las riendas del Grupo Kuri, quien conocía cada empresa, cada socio, cada inversión y cada movimiento del conglomerado. Yo tenía mis propios proyectos y una vida completamente diferente en mente. Jamás imaginé que terminaría sentado en una oficina tomando decisiones que podían afectar a miles de empleados y millones de pesos.
Ni siquiera tuve tiempo para llorar.
Mientras todos intentaban asimilar la muerte de mi padre y mi hermano, yo estaba sentado en reuniones con abogados, clientes, socios y miembros del consejo. Había documentos que firmar, contratos que revisar, empresas que necesitaban dirección y personas esperando respuestas que yo no sabía cómo dar. Recuerdo haber llegado a casa algunas noches sin siquiera recordar el camino de regreso. Me acostaba agotado y, cuando lograba cerrar los ojos, comenzaban nuevamente las imágenes del accidente, las llamadas, el funeral, el rostro de mi madre y el de Briana completamente destrozada.
Y al día siguiente tenía que levantarme y continuar.
Porque eso era lo que se esperaba de mí.
El heredero no podía quebrarse.
El presidente del Grupo Kuri no podía mostrar debilidad.
El hijo que quedaba debía hacerse cargo de su familia.
A veces me preguntaba qué habría ocurrido si hubiera tenido la oportunidad de detenerme, de vivir mi duelo como cualquier otra persona. Quizá habría sido diferente. Quizá habría podido enfrentar la muerte de mi padre y de Marcelo sin sentir que tenía que esconder todo lo que estaba pasando dentro de mí. Pero no había tenido esa oportunidad. Había aprendido a guardar el dolor en algún lugar donde nadie pudiera verlo y continuar avanzando.
Hasta ese momento.
Porque después de tantos años, seguía sintiendo que apenas podía respirar con tanta responsabilidad sobre mis hombros.
