Capítulo 13
Al entrar a mi habitación esperaba encontrar a Christian todavía dormido. Era domingo y, aunque todos los días solía levantarse temprano para ir al club con sus socios, tenía la pequeña esperanza de que por una vez fuera yo quien despertara primero. No quería verlo, mucho menos hablar con él. Si antes pensaba que entre nosotros existía un abismo, después de las confesiones de la noche anterior sentía que aquel abismo se había vuelto todavía más profundo. Había pasado demasiadas horas pensando en todo lo que había descubierto, en la verdadera razón por la que Christian había aceptado casarse conmigo y en el hecho de que, durante dos años, había estado intentando encontrar amor en un matrimonio que quizá nunca había tenido la oportunidad de convertirse en uno. Sin embargo, para mi sorpresa, Christian no estaba en la habitación. Suspiré con algo de alivio, aunque casi de inmediato me pregunté dónde estaría. ¿Se habría ido al club tan temprano? Fruncí el ceño y miré hacia el reloj.
Entré rápidamente al baño y cerré la puerta detrás de mí. Necesitaba arreglarme. Aquella mañana tenía el desayuno de beneficencia al que debía asistir junto a mi suegra y, aunque lo último que deseaba era presentarme frente a decenas de personas fingiendo que todo estaba bien, sabía perfectamente que no podía negarme. Era mi responsabilidad, según las palabras de mi familia política. La señora Kuri debía estar presente, sonreír, conversar con los invitados, aparecer en las fotografías y representar el apellido que llevaba desde hacía dos años. Nadie quería saber si tenía ganas de hacerlo. Nadie quería saber si estaba enferma. Nadie quería saber si la noche anterior había llorado hasta quedarme dormida. Lo único que importaba era que estuviera ahí.
Me miré en el espejo mientras abría el grifo del agua y dejé escapar un suspiro.
Tenía que comenzar a hacerme a la idea de que lo único que me unía a Christian era aquella acta de matrimonio.
Nada más.
Después de lo ocurrido la noche anterior, había pasado horas pensando en qué sucedería a partir de ese momento. Por primera vez me permití imaginar una vida lejos de él, lejos de aquella mansión y de todas las obligaciones que parecían pesar sobre mis hombros desde el día en que acepté convertirme en su esposa. Quizá podía marcharme. Quizá podía pedir el divorcio y comenzar de nuevo. No sabía cuánto tiempo me quedaba antes de que mi enfermedad avanzara, pero había algo que tenía muy claro: no quería pasar el resto de mi vida, o lo que me quedara de ella, encerrada en aquella jaula dorada, prisionera de un matrimonio que ya no tenía ninguna razón para existir.
Apoyé ambas manos sobre el lavabo y cerré los ojos.
Durante dos años había esperado que Christian me amara.
Ahora comenzaba a preguntarme si lo que realmente necesitaba era aprender a vivir sin él.
Me miré en el espejo y, por primera vez en toda la mañana, pensé que al menos mi apariencia no delataba el cansancio que llevaba encima. Había elegido un vestido blanco con algunas flores en la parte baja. La tela se ajustaba delicadamente a mi cintura y después caía en vuelo hasta mis tobillos. No sabía exactamente cómo sería el evento, solo que se llevaría a cabo en un jardín, así que había querido lucir fresca y elegante sin exagerar. Recogí mi cabello y lo sujeté con un moño, dejando algunos mechones sueltos alrededor de mi rostro. Después me puse unos zapatos altos y, frente al espejo, terminé de colocarme los aretes mientras ajustaba alrededor de mi cuello un collar que hacía juego. Estaba colocando el último pendiente cuando escuché que alguien llamaba a la puerta.
Mi espalda se tensó por un instante.
Si hubiera sido Christian, probablemente no habría tocado.
—Pase —dije en voz alta.
La puerta se abrió y Martha apareció en el umbral.
—Señora, un vehículo ha venido por usted para llevarla al evento de beneficencia. Lo ha enviado la señora Kuri.
La miré a través del espejo y asentí mientras terminaba de acomodar el collar.
—Bajo enseguida.
Martha hizo una pequeña inclinación con la cabeza, pero antes de que pudiera marcharse, algo me hizo detenerla.
—Martha.
—¿Sí, señora?
Me giré ligeramente hacia ella.
—Dime, ¿a qué hora salió mi esposo de casa?
Noté cómo su expresión cambiaba.
Fue apenas un segundo, pero lo suficiente para que mi curiosidad aumentara.
—Señora… su esposo no ha salido.
Fruncí el ceño.
—¿No?
Martha negó lentamente.
—No, señora. Está dormido en el sillón del estudio. Al parecer, ayer se desveló bebiendo.
Me quedé completamente inmóvil.
—¿Bebiendo?
—Sí, señora.
Sentí que algo dentro de mí se encogía.
Christian no era un hombre que bebiera de esa manera. En los eventos podía tomar una copa o dos, especialmente cuando necesitaba mantener aquella imagen de hombre poderoso y seguro que todos esperaban ver en el presidente del Grupo Kuri, pero nunca lo había visto perder el control con el alcohol. Era, de hecho, una de las personas más disciplinadas y saludables que conocía. Cuidaba lo que comía, hacía ejercicio, dormía poco por exceso de trabajo, pero siempre intentaba mantener el control sobre sí mismo.
¿Por qué había pasado la noche bebiendo?
Sin pensarlo demasiado, me puse de pie.
—Gracias, Martha.
Salí de la habitación tan rápido como pude.
—Señora…
Escuché los pasos de Martha detrás de mí, pero no me detuve. Bajé las escaleras con una rapidez que hizo que mis zapatos resonaran por todo el vestíbulo. Una parte de mí no entendía por qué estaba tan preocupada. Después de todo, Christian era un adulto y sabía perfectamente lo que hacía. Además, no tenía por qué importarme.
Pero me importaba.
Llegué frente a la puerta del estudio y me detuve.
Tomé aire antes de llevar la mano hasta la perilla. La giré con cuidado y abrí la puerta apenas unos centímetros.
Entonces lo vi.
Christian estaba dormido sobre el sofá de cuero.
La camisa blanca que llevaba la noche anterior estaba parcialmente abierta, dejando al descubierto parte de su pecho. Su cabello negro estaba completamente desordenado y su rostro, que normalmente mantenía aquella expresión firme y controlada, parecía agotado. Había algo diferente en él. Parecía vulnerable de una manera que nunca había visto.
Mis ojos descendieron involuntariamente hacia la mesa que se encontraba junto al sofá.
Había un vaso a medio terminar.
Por el color y el aroma que alcanzaba a percibir desde la puerta, supuse que era whisky.
Fruncí el ceño.
¿Por qué se había desvelado bebiendo?
¿Por nuestra discusión?
La idea me pareció absurda.
Después de todo, él no sentía nada por mí.
La noche anterior había descubierto que nuestro matrimonio había nacido de los remordimientos de su padre y de una promesa que Christian había hecho por respeto a su familia. No había amor detrás de aquella unión. No de su parte.
Entonces, ¿por qué parecía haber pasado toda la noche intentando ahogar algo en alcohol?
Me quedé observándolo unos segundos más.
