✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 14

Tiempo estimado de lectura: 7 minutos
Publicado el 28 de agosto de 2026

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

Valentina Montesinos

Cerré la puerta despacio hasta escuchar el leve sonido del pestillo al encajar. Permanecí unos segundos frente a ella, con la mirada perdida en la madera, pensando en Christian dormido en aquel sofá y en el vaso de whisky que había dejado a medio terminar. No entendía qué había ocurrido durante la noche, pero tampoco tenía tiempo para averiguarlo. El evento me esperaba y mi suegra seguramente ya estaba impaciente. Respiré profundamente antes de girarme hacia Martha, quien continuaba de pie en el pasillo.

—Martha, ten listo el desayuno para cuando el señor despierte.

—Sí, señora.

La mujer hizo una pequeña reverencia y la vi alejarse en dirección a la cocina. Yo me quedé inmóvil unos segundos más, hasta que finalmente tomé mi bolso y me dirigí hacia la entrada de la mansión. Al cruzar el umbral, encontré el auto esperándome frente a la casa. Exhalé lentamente, como si me estuviera preparando para entrar en una batalla. Mi suegra seguramente estaba dentro y no dejaría pasar aquella oportunidad para recordarme cómo debía comportarme frente a sus amistades, qué personas debía saludar, cómo debía hablar y, probablemente, hasta cuánto debía sonreír. No tenía ánimos para escuchar uno de sus largos discursos, pero sabía que no podía evitarlo.

Abrí la puerta del vehículo y subí.

—Buenos días, Val…

Mi suegra ni siquiera terminó de pronunciar mi nombre cuando su expresión cambió por completo. Sus ojos recorrieron mi rostro con detenimiento y frunció ligeramente el ceño.

—Pero ¿qué te ha pasado?

Me quedé en silencio.

—Esa piel… niña, debes alimentarte bien o nuestro círculo pensará que Christian no te atiende como debe ser. Recuerda que una esposa es el reflejo de su hombre y tú debes lucir siempre impecable.

Bajé la mirada hacia mis manos.

Aquella mañana no tenía ánimos de discutir. No quería escuchar quejas ni explicaciones sobre lo que debía hacer para representar a la familia Kuri. Mucho menos quería hablar de mi apariencia cuando sabía perfectamente que mi rostro pálido no era consecuencia de haber dejado de comer por gusto.

—Sí, mamá —me limité a responder mientras asentía.

Mi suegra continuó observándome.

—Estás muy pálida. ¿Estás enferma?

Mi respiración se entrecortó durante unos segundos.

Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza contra el pecho.

Negué de inmediato.

—Tal vez es cansancio, mamá.

Ella soltó una pequeña risita burlona y acomodó uno de sus guantes sobre sus manos.

—¿Pero cansada de qué, Valentina? Estás todo el día en casa. Lo que te hace falta es moverte, tomar un poco de sol y dejar de estar encerrada todo el día.

Forcé una pequeña sonrisa.

—Tal vez tenga razón. Trataré de salir más, mamá.

Ella pareció quedar satisfecha con mi respuesta y finalmente dirigió la mirada hacia el frente.

Yo, en cambio, me quedé mirando por la ventana.

Mamá.

Así la llamaba cuando me reprendía. No porque realmente sintiera que podía ocupar el lugar de mi madre, sino porque aquella palabra se había convertido en una manera de mostrar obediencia y evitar que sus discursos se prolongaran demasiado. Ella misma me lo había pedido después de que Christian y yo nos casáramos. Me había dicho que, como ya no tenía a mis padres con vida, podía llamarla de aquella manera.

Al principio me había resultado extraño.

Con el tiempo terminé acostumbrándome.

Pero aquella mañana, mientras llevaba una mano discretamente hasta mi abdomen para contener una nueva oleada de náuseas, me pregunté si algún día tendría el valor de decirle que la razón por la que estaba tan pálida no era porque me faltara alimentación ni porque pasara demasiado tiempo encerrada.

Era porque estaba enferma.

Y, por ahora, solo había una persona que conocía toda la verdad.

Unos veinte minutos después comencé a reconocer el lugar. A través de la ventana pude distinguir los enormes jardines perfectamente cuidados, las hileras de árboles que rodeaban el camino de entrada y, al fondo, la elegante construcción de piedra y cristal que conocía como el Club Avenir, uno de los clubes privados más exclusivos de la ciudad y del que Christian era uno de los socios propietarios. Allí solían reunirse empresarios, políticos y miembros de las familias más importantes del país. Era exactamente el tipo de lugar en el que mi suegra se desenvolvía como pez en el agua. Apenas el auto se detuvo frente a la entrada principal, observé a varias personas descender de sus vehículos mientras eran recibidas por el personal del club. Sentí un pequeño nudo en el estómago. No quería estar ahí, pero ya había aprendido que querer o no querer algo parecía tener poca importancia cuando se trataba de cumplir con las obligaciones de la familia Kuri.

—Mírame, Valentina —ordenó mi suegra de pronto con aquella voz firme que no admitía discusión.

Giré el rostro hacia ella y apenas tuve tiempo de preguntar qué ocurría cuando Lucrecia tomó una pequeña brocha y comenzó a pasarla delicadamente sobre mis mejillas. Parpadeé sorprendida mientras ella examinaba mi rostro con atención.

—Eso es… un poco de rubor disimulará la palidez de tu rostro —murmuró mientras volvía a aplicar un poco de maquillaje—. Esta semana tendré que hacer una cita para que vayamos a broncearnos. Tu piel debe lucir lo más saludable posible. Siempre recuérdalo, Valentina: ante todo, la imagen.

Esta vez no respondí.

Solo la observé.

Lucrecia Kuri era una mujer de otra época. Había crecido bajo reglas que parecían inquebrantables y había aprendido desde muy joven que una mujer perteneciente a una familia como la nuestra debía saber sonreír incluso cuando quería llorar, guardar silencio cuando algo le dolía y, sobre todo, jamás permitir que los demás descubrieran que algo no marchaba bien dentro de su hogar. Para ella, las apariencias y el qué dirán estaban por encima de casi cualquier cosa. Una familia perfecta debía parecer perfecta ante la sociedad, aunque detrás de las puertas cerradas existieran problemas que nadie debía conocer. Su matrimonio, al igual que el mío, había sido arreglado por sus familias y durante toda su vida había cumplido con el papel que le correspondía. Había dedicado décadas a mantener el apellido Kuri en lo más alto, acompañando a su esposo en eventos, reuniones y compromisos sociales, aprendiendo a moverse entre personas poderosas y convirtiéndose en la mujer impecable que todos admiraban.

Quizá por eso esperaba exactamente lo mismo de mí.

El auto se detuvo por completo.

—Llegamos señora… —anunció el chofer.

Lucrecia guardó la brocha dentro de su bolso y se acomodó frente al pequeño espejo que llevaba en la mano. Revisó su maquillaje, acomodó un mechón de cabello y finalmente se miró de arriba abajo, satisfecha con su apariencia.

No pude evitar observarla mientras abría la puerta del vehículo.

Llevaba un elegante conjunto en tono marfil, confeccionado a la medida, con un saco entallado que marcaba su figura y una falda recta que caía hasta debajo de las rodillas. Sus zapatos de tacón eran delicados y perfectamente combinados con su bolso de diseñador. En su cuello descansaba un collar de perlas que hacía juego con los pequeños aretes que llevaba, mientras un reloj de oro adornaba su muñeca. Cada detalle estaba cuidadosamente elegido, desde el peinado impecable hasta el discreto perfume que dejó en el aire cuando descendió del auto.

Lucrecia no caminaba.

Parecía desfilar.

Extendió una mano para acomodarse el saco y levantó ligeramente el mentón antes de mirar hacia la entrada del club. Varias personas que se encontraban cerca inmediatamente comenzaron a saludarla con sonrisas y pequeños gestos de respeto.

Yo permanecí unos segundos dentro del auto.

Entonces bajé también.

En cuanto mis zapatos tocaron el suelo, sentí que la mirada de algunas personas se dirigía hacia mí.

Respiré profundamente.

Aquella mañana no solo tenía que fingir que estaba perfectamente saludable.

También tendría que fingir que mi matrimonio era perfecto.

Y, por encima de todo, tendría que recordar las palabras de Lucrecia.

Ante todo, la imagen.

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