✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 15

Tiempo estimado de lectura: 6 minutos
Publicado el 30 de agosto de 2026

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

Capítulo 15

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Valentina Montesinos

Al entrar al salón principal del Club Avenir, intenté mantener una expresión tranquila mientras mis ojos recorrían discretamente el lugar. Todo estaba cuidadosamente preparado para aquella mañana. Las mesas estaban cubiertas con manteles blancos y pequeños arreglos florales, mientras los invitados comenzaban a ocupar sus lugares. No tardé en reconocer a varias personas pertenecientes a las familias más importantes de la ciudad. Mujeres elegantes, con vestidos impecables, joyas discretas pero evidentemente costosas y peinados cuidadosamente trabajados, mientras los hombres lucían trajes hechos a la medida, relojes de lujo y aquella seguridad que parecía acompañar a quienes habían nacido acostumbrados a ocupar los lugares principales de cualquier reunión. Algunos conversaban entre ellos mientras sostenían copas de champaña y otros saludaban a conocidos que acababan de llegar. Todo parecía perfectamente calculado, desde la decoración hasta la manera en que cada invitado era recibido.

Un camarero se acercó a nosotras con una sonrisa amable y, después de saludar respetuosamente a mi suegra, nos indicó que lo siguiéramos. Caminé junto a Lucrecia entre las mesas mientras intentaba ignorar las miradas que ocasionalmente se dirigían hacia mí. El camarero nos condujo hasta una de las mesas principales, ubicada justo frente al foro donde, según pude observar, se llevarían a cabo los discursos y la presentación de la fundación. Estaba a punto de tomar asiento cuando mis ojos se detuvieron en uno de los grandes carteles colocados cerca del escenario.

Me quedé inmóvil.

Evento de beneficencia para la financiación de operaciones de trasplante.

Leí aquella frase una segunda vez, como si necesitara asegurarme de que no había entendido mal. Más abajo aparecía el nombre de una de las fundaciones pertenecientes al Grupo Kuri, en colaboración con el Hospital San Román, y se explicaba que los fondos recaudados serían destinados a pacientes que necesitaban un trasplante para tener una nueva oportunidad de vida.

Tragué saliva.

Sentí un extraño vacío en el estómago.

Trasplantes.

La palabra parecía haber adquirido un significado completamente diferente desde que el doctor Mendiola había pronunciado aquellas palabras frente a mí. Diálisis o un trasplante de riñón. Intenté apartar la mirada del cartel, pero durante unos segundos fui incapaz de hacerlo. Era como si aquella frase hubiera sido colocada frente a mí exclusivamente para recordarme aquello que intentaba mantener escondido en algún rincón de mi mente.

Respiré profundamente y finalmente desvié la mirada.

—Valentina —escuché la voz de Lucrecia.

Parpadeé y me giré hacia ella.

—¿Sí?

—Ven, vamos a sentarnos.

Asentí rápidamente.

Estaba a punto de ocupar mi lugar cuando un hombre se acercó a nosotras. Varias personas voltearon a verlo y mientras él caminaba con gran seguridad, lo conocía, era el director del hospital San Román, su familia era propietaria de los hospitales San Román. Amigo cercano de Christian. Era un hombre de aspecto distinguido, de unos treinta y tantos años, con el cabello azabache perfectamente peinado, un traje oscuro impecable y una expresión amable que contrastaba con la seriedad de sus facciones.

En cuanto mi suegra lo reconoció, su rostro se iluminó.

—¡Doctor San Román, qué gusto verte!

El hombre hizo una pequeña reverencia con la cabeza antes de responder con una sonrisa cordial.

—El gusto es mío, Lucrecia. Gracias por estar aquí apoyando este tipo de eventos que ayudan a muchas personas para poder tener una esperanza de vida.

Después de saludar a mi suegra, el doctor San Román dirigió su atención hacia mí. Por un instante nuestras miradas se encontraron y entonces extendió una mano en mi dirección con una sonrisa cordial. Yo respondí al gesto y estreché su mano, intentando mantener la naturalidad, aunque sus siguientes palabras consiguieron ponerme un poco nerviosa.

—Es grato verte por aquí, Valentina. Tan bella como siempre, aunque es raro verte sin Christian a tu lado.

Sonreí ligeramente mientras retiraba mi mano. Por alguna razón, recordé de inmediato a mi esposo dormido en el sofá de su estudio después de una noche en la que, por lo visto, había bebido mucho más de lo habitual. No sabía qué había ocurrido con él después de que me marché de la habitación, pero algo me decía que aquella noche tampoco había sido sencilla para Christian.

—Esta vez vengo acompañando a mi suegra. Le daré a Christian sus saludos, doctor San Román.

El hombre alzó una ceja levemente.

—Christian me dijo que estaría aquí para la presentación del evento.

Fruncí el ceño.

—Él tenía un compromiso de trabajo. Hoy no podrá venir —me aventuré a decir.

El doctor San Román asintió lentamente y guardó una de sus manos en el bolsillo de su pantalón. Su mirada permaneció sobre mí durante unos segundos más, como si estuviera pensando en algo que no alcanzaba a comprender. Yo intenté restarle importancia y dirigí la mirada hacia nuestra mesa, donde mi suegra ya se encontraba charlando animadamente con algunas de sus amistades. Parecía completamente cómoda, sonriendo y saludando a las personas que se acercaban a ella.

Estaba a punto de dirigirme hacia mi asiento cuando la voz del doctor volvió a detenerme.

—Estás algo pálida.

Bajé la mirada hacia mi rostro por instinto.

—¿Yo?

—Sí —respondió con naturalidad—. Y tu mano está fría. ¿Te sientes bien?

Mi respiración se entrecortó por un segundo.

Lo miré sorprendida.

Era increíble.

Aquel hombre apenas me conocía y había sido capaz de notar que algo no estaba bien conmigo con solo estrechar mi mano y observar mi rostro durante unos segundos. Mientras tanto, mi propia familia no parecía haberse dado cuenta de nada. Ni Christian. Ni mi suegra. Nadie.

Traté de sonreír.

—Yo… tuve unos días difíciles. Un virus.

Las palabras salieron demasiado rápido.

El doctor asintió, aunque no pareció completamente convencido.

—Deberías hacerte unos análisis. No está de más prevenir.

Sentí un pequeño nudo en la garganta.

—Gracias, doctor.

Él permaneció mirándome fijamente durante unos segundos. Había algo extraño en sus ojos, una expresión que no conseguía descifrar. Era como si intentara mirar más allá de mis palabras, como si pudiera ver aquello que yo estaba tratando desesperadamente de ocultar.

Por un instante tuve miedo de que supiera algo.

De que el doctor Mendiola le hubiera comentado algo.

Pero finalmente el doctor San Román simplemente sonrió, se despidió de nosotras y continuó su camino para atender a los demás invitados.

Yo permanecí inmóvil unos segundos antes de finalmente sentarme junto a mi suegra.

Apoyé discretamente una mano sobre mi pecho.

Mi corazón latía con más fuerza de lo normal.

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