✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 16

Tiempo estimado de lectura: 6 minutos
Publicado el 31 de agosto de 2026

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

Valentina Montesinos

El evento de beneficencia dio inicio unos minutos después de que todos los invitados ocuparon sus lugares. Las conversaciones que llenaban el salón comenzaron a disminuir poco a poco cuando las luces se atenuaron ligeramente y los organizadores del evento subieron al estrado. Desde mi lugar, frente al escenario, podía observar perfectamente cada movimiento. Las mesas principales estaban ocupadas por empresarios, políticos, médicos y miembros de algunas de las familias más importantes de la ciudad. A mi lado, Lucrecia conversaba en voz baja con una de sus amistades, aunque no tardó en dirigir toda su atención hacia el frente cuando el maestro de ceremonias tomó el micrófono.

Después de una breve presentación, varios de los organizadores fueron llamados al estrado. El primero en acercarse al micrófono fue el doctor San Román. Su presencia consiguió captar la atención de todos de inmediato. Se acomodó frente al atril y, después de dirigir una mirada hacia los asistentes, sonrió con cordialidad.

—Buenos días a todos. Antes que nada, quiero agradecerles por estar presentes y por acompañarnos en un evento tan importante como este.

Un pequeño aplauso recorrió el lugar.

El doctor esperó unos segundos antes de continuar.

—Hoy estamos aquí por una razón que va mucho más allá de una reunión social o de una simple recaudación de fondos. Estamos aquí para brindar una oportunidad de vida a personas que, en este momento, se encuentran esperando algo que podría cambiar por completo su destino.

Mis dedos se tensaron sobre mi regazo.

No sabía por qué, pero desde que había llegado al evento me resultaba imposible escuchar la palabra trasplante sin sentir que algo se removía dentro de mí.

—Gracias a este evento —continuó el doctor—, esperamos recaudar los recursos necesarios para financiar cerca de cien operaciones de trasplante para pacientes que no cuentan con los medios económicos suficientes para acceder a este tipo de tratamientos y que, además, se encuentran en una lista de espera.

Mi respiración se detuvo durante un instante.

Cien operaciones.

Cien personas esperando una segunda oportunidad.

Tragué saliva mientras mantenía la mirada fija en el escenario.

—Esto será posible gracias a la coordinación que hemos logrado con la Secretaría de Salud del estado y con el Hospital San Román —continuó explicando—. Nuestro objetivo es facilitar el acceso a estos procedimientos a quienes más lo necesitan y, al mismo tiempo, crear conciencia sobre la importancia de la donación de órganos.

Los aplausos volvieron a llenar el lugar.

Yo permanecí en silencio.

No podía evitar pensar en las palabras del doctor Mendiola. Diálisis o un trasplante de riñón.

¿Yo también terminaría algún día en una lista de espera?

Sentí un ligero escalofrío recorrer mi espalda.

El doctor San Román continuó hablando sobre los proyectos que tenían planeados para los próximos meses y la manera en que los recursos serían destinados a los pacientes. Finalmente, después de agradecer nuevamente a todos los asistentes, anunció que durante el evento se llevaría a cabo una subasta de diferentes artículos donados por empresarios, artistas y benefactores.

—Esperamos contar con el apoyo de todos ustedes —dijo con una sonrisa—. Cada aportación, por pequeña o grande que sea, puede significar una nueva oportunidad para alguien que está luchando por seguir viviendo.

El aplauso fue aún más fuerte.

Cuando finalmente el silencio regresó, el doctor San Román volvió a tomar la palabra.

—Antes de continuar, quiero aprovechar esta oportunidad para agradecer de manera especial a un hombre que ha demostrado ser uno de los grandes benefactores de esta causa.

Varias personas comenzaron a mirarse entre ellas.

—Además de ser un amigo cercano, es socio minoritario del Hospital San Román y una persona que siempre ha demostrado su generosidad cuando se trata de apoyar causas que buscan mejorar la vida de los demás.

Mi ceño se frunció ligeramente.

—Me refiero a Christian Kuri.

Mi corazón dio un vuelco.

Me quedé completamente inmóvil.

—Christian, por favor, acompáñame.

Miré atónita hacia uno de los extremos del escenario.

Y entonces lo vi.

Christian apareció caminando hacia el estrado con una seguridad que parecía completamente natural en él. Durante unos segundos fui incapaz de apartar la mirada. Llevaba un traje oscuro perfectamente ajustado a su cuerpo, de diseñador, acompañado por una camisa blanca impecable y una corbata oscura. Su cabello negro estaba perfectamente acomodado y su rostro no mostraba absolutamente ningún signo del cansancio que yo había visto aquella mañana.

No quedaba ni rastro del hombre que había encontrado dormido en el sofá de su estudio.

Ni de la camisa abierta.

Ni del cabello desordenado.

Era como si aquella mañana nunca hubiera existido.

Y yo no tenía idea siquiera de que él estaría presente en el evento, había pensado que mi suegra sería quien viniera en representación de Grupo Kuri, pero no.

Christian sonrió.

Una sonrisa impecable y profesional, perfectamente ensayada apareció en su rostro.

La misma sonrisa que aparecía en las revistas y en los periódicos cada vez que hablaban del presidente del Grupo Kuri.

Los asistentes comenzaron a aplaudir mientras él subía los escalones del escenario.

Yo solo podía mirarlo.

No entendía cuándo había llegado.

Mucho menos cómo había conseguido prepararse y aparecer allí después de la manera en que lo había dejado por la mañana.

Christian saludó al doctor San Román con un breve abrazo y tomó el lugar frente al micrófono. Durante unos segundos recorrió el salón con la mirada.

Entonces nuestros ojos se encontraron.

Mi respiración se detuvo.

Fue apenas un instante.

Pero su mirada permaneció sobre mí un poco más de lo necesario.

No supe qué estaba pensando.

Christian apartó la mirada y se dirigió a los asistentes.

—Es un honor para mí poder formar parte de una iniciativa como esta.

Su voz era firme y segura.

—A veces, quienes tenemos la oportunidad de ayudar olvidamos lo afortunados que somos hasta que vemos de cerca las dificultades que enfrentan otras personas.

Lo observé en silencio.

—Apoyar fundaciones que buscan mejorar la calidad de vida de las personas no debería ser únicamente una responsabilidad social de quienes tenemos los recursos para hacerlo. Debería ser una obligación moral.

Algunos asistentes asintieron mientras él continuaba.

—Un trasplante no solo puede salvar una vida. También puede devolverle a una familia la esperanza de volver a ver a alguien que ama levantarse cada mañana. Puede significar más tiempo, nuevas oportunidades y, sobre todo, la posibilidad de seguir construyendo recuerdos.

Mis ojos comenzaron a arder.

Bajé la mirada hacia mis manos.

Aquellas palabras me golpearon de una manera que probablemente nadie más podía comprender.

Porque Christian estaba hablando de salvar vidas.

De dar nuevas oportunidades.

De luchar por personas que querían seguir viviendo.

Y yo…

Yo era su esposa.

La mujer con la que compartía una casa.

La mujer que dormía a unos metros de él cada noche.

La mujer que, sin que él lo supiera, quizá algún día necesitaría desesperadamente una de esas oportunidades.

Volví a levantar la mirada hacia el escenario.

Christian continuaba hablando frente a todos, seguro, elegante y admirado.

Me pregunté qué ocurriría cuando él descubriera que su propia esposa estaba enferma.

Y si las palabras que pronunciaba con tanta convicción seguirían teniendo el mismo significado cuando se tratara de mí.

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