✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 18

Tiempo estimado de lectura: 7 minutos
Publicado el 5 de septiembre de 2026

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

Valentina

Escuchar todas aquellas conversaciones superficiales comenzaba a hacerme sentir completamente fuera de lugar. Una mujer hablaba con entusiasmo sobre el yate de lujo que su esposo había comprado el fin de semana anterior, describiendo cada uno de sus espacios y las modificaciones que pensaban hacerle antes de estrenarlo. A su lado, mi suegra escuchaba con atención mientras esperaba su oportunidad para contar cómo había conseguido una de las cremas más exclusivas del mundo, traída directamente desde China y desarrollada, según ella, por científicos expertos en dermatología.

—Dicen que es una de las fórmulas más avanzadas que existen —comentó mi suegra, tomando delicadamente su copa—. Tuve que esperar varias semanas para que pudieran conseguirla, pero valió completamente la pena.

—Lucrecia, tú siempre consigues lo mejor —respondió una de sus amigas con una sonrisa.

Mi suegra sonrió satisfecha y continuó conversando con ellas, mientras yo permanecía sentada en silencio. Después comenzaron a hablar sobre un vestido que una de las mujeres había adquirido recientemente, una pieza exclusiva que había costado cientos de miles de dólares y que, al parecer, había sido confeccionada especialmente para ella. Todas parecían emocionadas con aquella conversación, comentando sobre diseñadores, viajes, propiedades y objetos que para mí parecían pertenecer a un mundo completamente diferente.

Antes de mi matrimonio con Christian, mi vida no había sido mala. Mi abuela y yo habíamos vivido cómodamente durante muchos años. No estábamos rodeadas de lujos, ni teníamos una mansión llena de empleados dispuestos a atender cada una de nuestras necesidades, pero nunca nos faltó nada. Las jubilaciones de mis abuelos permitían que viviéramos tranquilamente e incluso mis colegiaturas en la escuela de gastronomía habían estado muy bien cubiertas. Mi abuela siempre procuró darme lo necesario y, aunque nuestra vida era mucho más sencilla, yo había sido feliz.

Al menos, había tenido libertad.

Podía decidir qué quería cocinar, salir a caminar sin tener que preocuparme por mi imagen o por las personas que pudiera encontrarme. Podía vestirme como quisiera, equivocarme y decir lo que pensaba sin sentir que cada una de mis palabras estaba siendo analizada. Pero estar rodeada de personas que prácticamente nadaban en dinero era algo completamente diferente. Ellos hablaban de cantidades que para mí eran imposibles de imaginar con la misma naturalidad con la que yo podía hablar sobre una receta o sobre qué preparar para la cena.

Miré de reojo a Christian. Él se encontraba conversando con algunos de los hombres sentados cerca de nosotros y parecía completamente cómodo. Pertenecía a ese mundo. Había nacido en medio de aquellas conversaciones, rodeado de personas influyentes y acostumbrado a que los lujos fueran parte de su vida cotidiana. Yo, en cambio, seguía sintiéndome como una extraña, incluso después de dos años de llevar el apellido Kuri.

Comencé a sentirme incómoda.

El aire parecía cada vez más pesado y las voces a mi alrededor empezaron a mezclarse en mi cabeza. Necesitaba alejarme de aquella mesa, aunque fuera solo por unos minutos. Me puse de pie despacio, procurando no llamar demasiado la atención, pero apenas lo hice sentí la mirada de Christian sobre mí.

Giré ligeramente el rostro hacia él y pude notar la expresión de reprobación en su rostro.

—¿A dónde vas? —preguntó con aquella voz seca que utilizaba cada vez que algo parecía molestarlo.

Fruncí ligeramente el ceño. Por un instante estuve a punto de preguntarle si realmente necesitaba su permiso para levantarme de la mesa, pero no tenía ánimo para comenzar otra discusión con él.

—Al baño, ahora regreso —respondí.

Christian no dijo nada más. Simplemente volvió su atención hacia la conversación que estaba manteniendo con los demás, como si mi presencia o ausencia en aquella mesa no tuviera demasiada importancia. Yo tampoco esperé más y comencé a caminar con pasos rápidos, tratando de alejarme de aquel lugar que, de repente, comenzaba a resultarme asfixiante.

Cuando finalmente entré al baño, solté el aire que había estado conteniendo. El silencio del lugar fue casi un alivio después de tantos minutos escuchando conversaciones que no me interesaban y que, de alguna manera, solo conseguían recordarme que yo no pertenecía a ese mundo.

Me acerqué al lavabo y levanté la mirada hacia el espejo.

Por unos segundos me quedé observando mi reflejo.

El vestido elegante. El cabello perfectamente recogido. El maquillaje cuidadosamente aplicado. Las joyas que había elegido para combinar con mi atuendo. Por fuera parecía una señora Kuri perfecta, exactamente como mi suegra esperaba que me viera frente a las personas de nuestro círculo.

Pero mis ojos no podían ocultar el cansancio.

Me veía pálida.

Más pálida de lo que había querido ocultar aquella mañana.

—¿Esta es la vida que en verdad deseaba? —me pregunté en voz baja mientras continuaba mirándome.

La respuesta llegó a mi mente demasiado rápido.

No lo sabía.

Había pasado tanto tiempo intentando convertirme en la esposa que Christian necesitaba y en la nuera que Lucrecia esperaba que fuera, que en algún momento había dejado de preguntarme qué era lo que realmente quería yo. Había aceptado aquel matrimonio porque creía que podía funcionar. Porque, en el fondo, había pensado que si me esforzaba lo suficiente, Christian terminaría viendo algo en mí que pudiera hacerlo sentir feliz de tenerme a su lado.

Pero después de dos años, ¿qué había conseguido?

Una casa enorme.

Una vida llena de lujos.

Un apellido reconocido.

Y un esposo que parecía considerar que descubrir los secretos sobre mi matrimonio y dormir en una habitación separada era simplemente un berrinche.

Solté una pequeña risa amarga, pero apenas tuve tiempo de volver a respirar cuando sentí una punzada en mi costado derecho.

El dolor apareció de repente, tan fuerte que tuve que apoyar ambas manos sobre el lavabo. Cerré los ojos mientras llevaba una de ellas hacia mi costado, intentando respirar con calma y esperando que aquella molestia desapareciera. Durante los últimos días había sentido diferentes dolores, náuseas y mareos, pero después de haber recibido el diagnóstico del doctor Mendiola ya no podía convencerme de que se trataba de simples molestias pasajeras.

—Demonios… —maldije entre dientes.

Respiré profundamente una vez más, tratando de recuperar la calma. El dolor comenzó a disminuir poco a poco, pero el miedo permaneció dentro de mí. Abrí los ojos y volví a mirar mi reflejo en el espejo.

Algo no estaba bien con mi cuerpo.

Eso ya lo sabía.

Y aunque todavía no quería pensar en las palabras del doctor, en la posibilidad de que el tratamiento no funcionara y en todo lo que podría ocurrir si mi enfermedad continuaba avanzando, mi cuerpo parecía decidido a recordármelo.

Me quedé observándome durante unos segundos más, con una sensación de inquietud creciendo lentamente en mi pecho.

Por primera vez desde que había recibido el diagnóstico, no tuve miedo de que Christian me rechazara al enterarse.

Tuve miedo de algo mucho peor.

Tuve miedo de que el tiempo comenzara a acabarse antes de que pudiera decidir qué hacer con mi propia vida.

Cuando al fin tuve el valor suficiente para regresar a la mesa, respiré profundamente y me alejé del espejo. Intenté recomponer mi expresión antes de salir del baño. No quería que nadie notara que algo no estaba bien, mucho menos después de que el doctor San Román había comentado que me veía pálida y había sentido mis manos frías. Si alguien más comenzaba a hacer preguntas, no estaba segura de poder seguir inventando excusas sin levantar sospechas.

Abrí la puerta y salí al pasillo.

Apenas había dado unos cuantos pasos cuando una voz a mi espalda consiguió detenerme en seco.

—Así que Christian tenía un compromiso de negocios…

Abrí los ojos de par en par.

Mi corazón dio un vuelco.

Me habían pillado en la mentira.

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