Capítulo 19
Me giré lentamente y, cuando reconocí al hombre que se encontraba detrás de mí, sentí que la sangre abandonaba mi rostro. El doctor San Román estaba apoyado ligeramente contra una de las paredes del pasillo, con una expresión divertida. Tragué saliva. Por supuesto que Christian le había dicho que asistiría al evento y yo, sin saber que mi esposo aparecería horas después como si no hubiera pasado toda la noche bebiendo, le había mentido asegurándole que tenía un compromiso de trabajo.
—Yo… —balbuceé, intentando encontrar rápidamente una explicación.
El doctor San Román alzó una ceja y cruzó los brazos sobre su pecho.
—Curioso compromiso de negocios —comentó con una sonrisa apenas perceptible—. Porque hace unos minutos lo vi dando un discurso frente a decenas de personas.
Sentí que mis mejillas comenzaron a arder.
—No sabía que vendría —me defendí de inmediato.
Él pareció observarme con mayor atención antes de responder.
—Eso ya lo supuse.
Desvié la mirada, sintiéndome incómoda. No sabía por qué estaba allí, pero aquella situación comenzaba a ponerme nerviosa. Lo último que necesitaba era que el amigo de Christian pensara que yo mentía deliberadamente para ocultar dónde estaba mi esposo, aunque técnicamente eso era exactamente lo que había hecho.
—Cuando salí de casa esta mañana, Christian estaba dormido en su estudio —expliqué finalmente, aunque inmediatamente me arrepentí de haber dicho demasiado—. Yo pensé que no vendría al evento.
El doctor San Román permaneció en silencio durante unos segundos y su expresión cambió ligeramente.
—¿Dormido en su estudio?
Asentí.
—Sí.
—¿Y por qué dormía ahí?
Volví a tragar saliva. Aquella era una pregunta a la que definitivamente no quería responder. No iba a contarle que la noche anterior había descubierto que mi matrimonio podía haber sido arreglado por motivos que ni siquiera conocía. Tampoco iba a decirle que había decidido abandonar nuestra habitación para dormir en el cuarto de invitados y que, por alguna razón que todavía no comprendía, Christian había terminado bebiendo solo hasta quedarse dormido en el estudio.
—Simplemente se quedó dormido allí —respondí, intentando sonar despreocupada.
El doctor San Román entrecerró ligeramente los ojos. No parecía convencido.
—Entiendo.
Pero por la forma en que me miraba, supe que no entendía nada o, peor aún, que probablemente entendía demasiado.
—De todas formas, no mentí exactamente —añadí rápidamente—. Christian sí tenía trabajo. Siempre tiene trabajo.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios del doctor.
—Eso es cierto.
Sentí un poco de alivio. Al menos parecía dispuesto a dejar el tema, pero entonces volvió a mirarme con aquella expresión divertida que comenzaba a resultarme sospechosa.
—Aunque debo decir que eres una mala mentirosa, Valentina.
Abrí los ojos sorprendida.
—¿Qué?
El doctor soltó una pequeña risa.
—Cada vez que intentas ocultar algo, comienzas a jugar con tus manos.
Inmediatamente bajé la mirada. Mis dedos estaban entrelazados frente a mí y los separé de inmediato, como si eso pudiera demostrarle que estaba equivocado. El doctor volvió a reír, esta vez con un poco más de discreción, mientras yo sentía que mis mejillas volvían a arder.
—No tienes que preocuparte —dijo finalmente—. No voy a preguntarte qué sucede entre Christian y tú.
Levanté la mirada hacia él.
—No pasa nada fuera de lo normal en un matrimonio entre él y yo.
—Claro.
Su respuesta fue tan tranquila que supe perfectamente que no me había creído. Sin embargo, para mi sorpresa, no insistió. El doctor San Román se acercó un poco, aunque mantuvo una distancia respetuosa, y entonces la expresión divertida que había tenido hasta ese momento desapareció lentamente de su rostro.
—Solo voy a preguntarte una cosa, Valentina y quiero que seas sincera conmigo.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Qué cosa?
Su mirada se volvió un poco más seria.
—¿Te sientes bien?
Por un instante, olvidé la mentira sobre Christian, el evento y la incomodidad que había sentido al descubrir que me había pillado. Incluso olvidé el dolor que había sentido minutos antes dentro del baño. Aquella pregunta, dicha con tanta sinceridad, consiguió tomarme completamente por sorpresa.
Lo miré en silencio, sin saber qué responder.
—Estoy bien —sentencié, enderezando la espalda y tratando de parecer mucho más segura de lo que realmente me sentía—. Tal vez me sentí un poco mal porque no comí nada por la mañana.
El doctor me observó durante unos segundos, como si intentara decidir si debía creerme o no. Su expresión dejaba claro que mi respuesta no lo había convencido en lo más mínimo. Sonrió ligeramente mientras negaba con la cabeza y, por un momento, pensé que simplemente dejaría el tema por la paz.
Pero entonces habló.
—Es curioso, porque ayer recibí en mi oficina un expediente médico con tu nombre, Valentina.
Mis ojos se abrieron de inmediato.
Sentí que mi cuerpo se tensaba.
—¿Qué?
Lo miré con incredulidad, tratando de comprender lo que acababa de decir. Mi mente viajó inmediatamente al hospital y al doctor Mendiola. ¿Por qué mi expediente médico había llegado hasta él? ¿No se suponía que toda aquella información era confidencial? Mi respiración comenzó a acelerarse mientras lo observaba, esperando que me diera una explicación.
—¿No se supone que los expedientes médicos son confidenciales? —lo interrogué, incapaz de ocultar mi sorpresa—. ¿Por qué el doctor Mendiola le enviaría mi expediente?
El doctor San Román suspiró suavemente antes de guardar las manos en los bolsillos de su pantalón.
—Normalmente, sí —respondió con tranquilidad—. Pero no cuando se trata del estado de salud de la esposa del mayor benefactor del hospital.
Sus palabras hicieron que algo dentro de mí se hundiera.
Durante unos segundos me quedé completamente en silencio, sintiéndome como una completa idiota. ¿Cómo no había pensado en eso? Había creído que podía acudir al hospital, recibir mi diagnóstico y comenzar a tomar decisiones sobre mi enfermedad sin que nadie más se enterara, pero había olvidado por completo quién era Christian y, sobre todo, el poder que tenía su familia.
Mi estado de salud jamás podría ser completamente privado mientras estuviera casada con un Kuri.
Demonios.
No había pensado en eso.
—Valentina —continuó el doctor, y el tono de su voz se volvió mucho más serio—, no deberías tomar tu enfermedad a la ligera.
Bajé la mirada.
—El doctor Mendiola está preocupado por ti. Me comentó que al parecer no has tenido intención de llevar a Christian contigo a la próxima consulta.
Levanté la vista lentamente.
El doctor me observaba con una preocupación que consiguió ponerme aún más nerviosa.
—¿Es acaso que no se lo has dicho?
Mi respiración se detuvo.
Ahí estaba.
La pregunta que había estado intentando evitar desde el momento en que el doctor mencionó mi expediente médico.
Uno de los amigos más cercanos de Christian ahora sabía sobre mi enfermedad.
Mis manos comenzaron a temblar.
Sentí un vacío en el estómago y, de repente, aquel elegante pasillo comenzó a sentirse demasiado estrecho. Había pasado los últimos días intentando decidir cómo abordar mi enfermedad, cómo enfrentar lo que estaba ocurriendo con mi cuerpo y, sobre todo, qué hacer con Christian. Había pensado que todavía tenía tiempo para tomar una decisión, pero ahora comprendía que todo podía cambiar en cualquier momento.
El doctor San Román podía decírselo.
Y si lo hacía, ya no tendría control sobre nada.
—Yo… —intenté hablar, pero mi voz se quebró.
Sentí mis ojos humedecerse.
—¡Por favor, doctor! —solté de repente, acercándome a él—. No se lo diga, por favor.
El doctor abrió ligeramente los ojos, sorprendido por mi reacción.
Sin pensarlo demasiado, tomé sus manos entre las mías. Sabía que probablemente estaba perdiendo toda la dignidad que tanto había intentado conservar durante aquellos días, pero en ese momento no me importaba. El miedo se había apoderado de mí con demasiada fuerza.
—Christian no debe saber —continué, con la voz temblorosa—. Se lo diré, lo prometo, pero no ahora. Por favor, solo necesito tiempo.
Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
No podía dejar que Christian se enterara.
No todavía.
No ahora que, después de todo lo que había descubierto la noche anterior, comenzaba a estar convencida de lo que quería hacer con mi vida de ahora en adelante. Necesitaba tiempo para pensar, para tomar decisiones y para decidir qué sería de mí sin permitir que la enfermedad, Christian o la familia Kuri eligieran nuevamente por mí.
