Capítulo 27
Al escuchar sus palabras, di unos pasos hacia ella. Durante unos segundos simplemente la observé. Valentina seguía frente a mí, sujetando la toalla contra su cuerpo, con las mejillas ligeramente sonrojadas y los ojos todavía húmedos. No podía negar que mi esposa era una mujer hermosa. Siempre lo había sido. Tenía una belleza elegante y natural que no necesitaba de demasiado esfuerzo para hacerse notar, pero además era educada, inteligente y había algo en su forma de comportarse que siempre había llamado mi atención, aunque jamás me hubiera detenido demasiado a pensar en ello.
Quizá estaba llevando las cosas demasiado lejos.
Tal vez podía ceder un poco.
No porque creyera que ella tenía razón, sino porque conocía perfectamente lo que quería y, si podía conseguir que abandonara aquella absurda idea del divorcio, no veía por qué no intentarlo. Después de todo, Valentina siempre había estado enamorada de mí. Lo había sabido desde el principio. Quizá solamente necesitaba recordarle por qué había aceptado casarse conmigo y demostrarle que nuestro matrimonio todavía podía funcionar.
Di otro paso hacia ella.
Valentina se inclinó ligeramente hacia atrás, pero la mesa del tocador le impidió alejarse más. Levanté la mano y acaricié suavemente su mejilla. Ella permaneció inmóvil, mirándome con una mezcla de sorpresa y desconcierto.
Observé su rostro durante unos segundos. Acomodé un mechón de cabello detrás de su oreja y noté cómo desviaba la mirada.
—Christian…
—Shh… —la silencié suavemente.
Me acerqué hasta hundir el rostro en el hueco de su cuello y respiré profundamente. Mi voz salió convertida en un susurro.
—No tenemos que hacer esto, Valentina. Somos un matrimonio joven, aún podemos salvarlo si queremos.
Mis labios rozaron su piel mientras continuaba hablando.
—Me basta con saber que tú me amas. Lo sé, siempre me has amado. Y por eso te he sido fiel.
Mi mano descendió hacia la toalla que cubría su cuerpo, intentando apartarla con la intención de acercarme más a ella.
Pero Valentina reaccionó de inmediato.
—¡No!
Su grito me hizo detenerme.
Ella se apartó bruscamente y yo me quedé mirándola, sorprendido por la fuerza de su rechazo.
—¿Por qué no? —pregunté, comenzando a perder la paciencia—. Olvidemos todo esto. Desde nuestro aniversario estás extraña y puedo olvidarlo si haces un esfuerzo. Si vuelves a ser la esposa de antes.
La miré fijamente.
—Puedes hacerme feliz, Valentina, y yo puedo hacerte feliz a ti.
Intenté acercarme nuevamente, buscando en sus ojos aquella emoción que había visto las veces anteriores en que habíamos intentado tener intimidad. Recordaba aquella chispa, aquella mezcla de nervios y deseo que aparecía en su mirada cuando finalmente conseguíamos acercarnos.
Pero esta vez no estaba.
No había nada.
Solo había tristeza.
Y rechazo.
Aquello comenzó a irritarme.
—Tengamos un hijo —dije entonces—. Eso podría unir nuestro matrimonio. Sería nuestro hijo y, además, el heredero de la familia que tanto hemos buscado. Un hijo es la solución a nuestros problemas.
Valentina negó lentamente con la cabeza.
—¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?
Su voz temblaba, pero no retrocedió.
—Un hijo no va a unir una familia. Un hijo debe nacer en una familia que ya esté unida y llena de amor.
La miré sin comprender por qué aquellas palabras me molestaban tanto.
—Tú no me amas —continuó— y yo ya he dejado de amarte.
Me enderecé lentamente.
Aquellas últimas palabras resonaron dentro de mi cabeza.
He dejado de amarte.
Por alguna razón, escuchar aquello me produjo una sensación que no esperaba.
—Entonces… ¿me rechazas?
Valentina abrió los ojos con incredulidad.
—¿Qué no escuchas nada de lo que te digo, Christian? Solo piensas en ti, en tus necesidades y en tus sentimientos. ¿Qué hay de los míos?
No respondí.
—Me cansé de esperar a que te enamoraras de mí —continuó, con lágrimas deslizándose por sus mejillas—. Me cansé de intentarlo, de esperar que algún día me miraras como yo te miraba. Solo quiero el divorcio para poder ser libre.
Apreté los puños.
Otra vez esa palabra.
Divorcio.
Se estaba convirtiendo en una palabra demasiado frecuente dentro de aquella casa y, cada vez que la escuchaba, algo dentro de mí se tensaba.
Me repugnaba.
No entendía cómo podía pronunciarla con tanta facilidad después de todo lo que habíamos construido.
—Deja de decir esa palabra —espeté.
Valentina me miró fijamente.
—¿Por qué? ¿Porque te molesta escucharla?
No contesté.
—A mí me duele vivirla, Christian.
Sus palabras me dejaron en silencio durante unos segundos. Sentí cómo algo dentro de mí se quebraba, pero no era tristeza. Era mi orgullo. Mi ego había recibido un golpe que no estaba acostumbrado a soportar. Nadie se había atrevido a hablarme de aquella manera, mucho menos a desafiarme mirándome directamente a los ojos. Y ahora era mi propia esposa quien lo hacía, en mi propia casa, después de haberme dicho que había dejado de amarme.
Bajé lentamente la mano y me alejé dos pasos de ella.
—Está bien —dije finalmente, con una calma que apenas conseguía ocultar mi enojo—. Si insistes en ser la esposa mártir, la esposa sufrida… disfrútalo.
Valentina me observó sin decir nada.
—Disfruta tu estancia en esta habitación, mi querida esposa. Quise ponerte las cosas fáciles, pero tú misma te las estás haciendo mucho más difíciles.
Sus cejas se juntaron.
—¿Qué quieres decir?
La miré fijamente.
—A partir de ahora tendrás vigilancia.
Sus ojos se abrieron con sorpresa.
—¿Vigilancia?
—Sí. Y voy a descubrir quién está llenándote la cabeza de todos esos pensamientos absurdos.
—Te he dicho que nadie.
—No te creo.
Valentina negó con la cabeza, cada vez más alterada.
—Yo no soy como tú, Christian.
Aquella frase volvió a encender mi enojo.
—Pues yo nunca te he sido infiel.
Su rostro se volvió rojo del coraje y, aunque sabía que estaba molesta, una pequeña parte de mí sintió satisfacción al verla perder aquella seguridad con la que había estado enfrentándome. Al menos ahora podía ver que sus palabras también tenían consecuencias.
—Tal vez no físicamente —respondió—, pero sentimentalmente sí.
Mi expresión cambió de inmediato.
—No te atrevas, Valentina.
Di un paso hacia ella.
—Ni siquiera te atrevas a pronunciarlo.
Ella sostuvo mi mirada. Por un instante pensé que finalmente retrocedería, pero hizo todo lo contrario. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios, una sonrisa que no había visto antes en ella y que consiguió hacer que mi sangre hirviera.
—¿Qué? ¿Que amas a Briana? —preguntó—. ¿A tu propia cuñada?
Apreté los puños con tanta fuerza que sentí cómo mis uñas se clavaban en las palmas de mis manos.
La sonrisa de Valentina se hizo más evidente, como si por fin hubiera encontrado la manera de herirme.
Y lo había conseguido.
Mi orgullo estaba ardiendo.
La miré fijamente, tratando de contener la rabia que me recorría el cuerpo. Entonces sus ojos descendieron hacia mis manos.
La expresión de su rostro cambió.
La seguridad desapareció de sus facciones y, en su lugar, apareció algo que no esperaba ver.
Miedo.
Por unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
¿Realmente pensaba que iba a ponerle una mano encima?
Mi respiración se hizo más pesada.
No era un monstruo. Jamás le haría daño físicamente. Pero eso no significaba que no existieran otras maneras de hacerle comprender que no podía seguir desafiándome y después esperar que todo continuara como antes.
Bajé lentamente las manos y recuperé la compostura.
—Ten mucho cuidado con lo que dices, Valentina.
Mi voz había perdido cualquier rastro de suavidad.
—Porque si quieres convertir esto en una guerra, debes estar preparada para las consecuencias.
Ella tragó saliva, pero no apartó la mirada.
Y eso volvió a irritarme.
Porque, incluso después de todo, seguía desafiándome.
No comprendía que yo no estaba dispuesto a perder.
Ni siquiera contra mi propia esposa.
