Capítulo 28
Christian salió de la habitación dando un tremendo portazo que hizo que me sobresaltara. Me quedé inmóvil durante unos segundos, mirando la puerta cerrada mientras mi respiración seguía agitada. El silencio que quedó después de su salida parecía todavía más pesado que antes.
Muy en el fondo sabía que Christian podía ser un hombre de mentalidad cuadrada, calculador y demasiado orgulloso, pero nunca había creído que fuera capaz de ponerme una mano encima. Lo conocía lo suficiente para saber que podía ser intimidante cuando estaba furioso, que podía decir cosas crueles cuando su orgullo era herido y que, cuando se proponía conseguir algo, era difícil hacerlo cambiar de opinión. Pero también sabía que defendía los valores familiares con su vida.
Para Christian, la familia no era simplemente un vínculo entre personas. Era una responsabilidad, un compromiso que debía mantenerse sin importar las circunstancias. Había visto la manera en que hablaba de su padre, de Marcelo, de su madre y de todo lo que su familia había construido durante generaciones. Incluso después de la muerte de su hermano y de su padre, había dejado a un lado su propio dolor para hacerse cargo de todo aquello que había quedado sobre sus hombros.
Quizá por eso le resultaba tan difícil aceptar que yo le estuviera pidiendo el divorcio.
Para él, nuestro matrimonio no era solamente una relación entre dos personas. Era parte de su familia, de su apellido, de su imagen y de las responsabilidades que había asumido desde que se convirtió en el heredero.
Y, en cierta manera, entendía lo que aquello significaba para él.
Christian no toleraba los fracasos.
Nunca lo había visto aceptar uno sin intentar encontrar la manera de solucionarlo. Cuando algo no salía como esperaba, no se rendía; buscaba otra estrategia, otro camino, otra solución hasta conseguir aquello que se había propuesto.
Y ahora yo me había convertido en algo que no podía solucionar.
Su propio matrimonio.
Cerré los ojos y respiré profundamente mientras las lágrimas volvían a acumularse en ellos.
Para mí, pedir el divorcio significaba recuperar mi libertad.
Para Christian, probablemente significaba reconocer ante sí mismo que había fracasado como esposo.
Y quizás por eso se aferraba tanto a mí.
No porque me amara.
Sino porque no soportaba perder.
Me llevé una mano al pecho intentando calmar el nudo que tenía en la garganta.
Había pasado dos años intentando comprender a ese hombre, intentando acercarme a él, intentando convertirme en la esposa que esperaba tener a su lado. Había cocinado para él, intentado conversar, acompañado sus silencios y esperado pacientemente a que algún día pudiera mirarme de la misma manera en que yo lo miraba.
Y ahora comprendía algo que me dolía mucho más de lo que quería admitir.
Christian no estaba luchando por nuestro amor.
Estaba luchando contra la idea de perder.
Me acerqué lentamente a la cama y me senté sobre el borde, abrazándome a mí misma.
Si él estaba dispuesto a convertir aquello en una guerra, tendría que hacerlo.
Yo ya no tenía nada que perder.
Intenté convencerme de que había tomado la decisión correcta. Las palabras de Christian seguían dando vueltas en mi cabeza, pero traté de apartarlas. No podía permitirme volver a dudar. Si cedía ahora, volvería al mismo lugar del que tanto me había costado salir.
Respiré profundamente y apoyé una mano sobre mi abdomen, tratando de calmar el nudo que tenía en el estómago. Sin embargo, una molestia comenzó a extenderse por mi costado. Al principio fue apenas una punzada, pero en cuestión de segundos se volvió más intensa y terminó recorriendo mi espalda.
Cerré los ojos y apreté los labios.
—No… ahora no.
Intenté cambiar de posición, pero el movimiento hizo que el dolor aumentara. Me llevé una mano hacia el costado mientras la otra se apoyaba sobre el colchón para evitar perder el equilibrio. Una oleada de náuseas llegó de repente y tuve que inclinarme hacia adelante, respirando lentamente para evitar que el malestar me venciera.
Durante unos segundos permanecí así, esperando que pasara.
Pero no pasó.
El cansancio también volvió a apoderarse de mi cuerpo. Sentía las piernas débiles y una sensación extraña en las manos. Bajé la mirada y pude notar nuevamente la hinchazón que durante los últimos días había intentado ignorar.
Aquello fue suficiente para recordarme que, mientras yo estaba luchando contra Christian, había otra batalla que estaba ocurriendo dentro de mi propio cuerpo.
Mi enfermedad no iba a esperar a que resolviera mi matrimonio.
El doctor Mendiola me había advertido que necesitaba comenzar el tratamiento cuanto antes. También me había dicho que debíamos vigilar cuidadosamente la evolución de mi enfermedad y que no podía seguir ignorando los síntomas.
Y yo había estado intentando hacer exactamente eso.
Ignorarlos.
Como si fingir que no estaban allí pudiera hacer que desaparecieran.
Una nueva punzada atravesó mi costado y tuve que cerrar los ojos con fuerza. Sentí miedo.
No quería pensar en la posibilidad de que estuviera avanzando.
No quería pensar en hospitales, tratamientos, diálisis ni en todas aquellas palabras que habían comenzado a perseguirme desde el día en que recibí el diagnóstico.
Mucho menos quería pensar en Christian.
Si él descubría lo que estaba ocurriendo, sabía que intentaría tomar el control de la situación. Y después de nuestra conversación, no estaba dispuesta a darle otra razón para decidir sobre mi vida.
Esperé unos minutos hasta sentir que el dolor disminuía un poco. Me limpié las lágrimas que habían escapado de mis ojos y respiré profundamente.
—Tienes que ser fuerte, Valentina.
Me levanté despacio.
Mis piernas temblaron ligeramente y tuve que apoyarme en la cama hasta recuperar el equilibrio. Caminé hacia el armario y escogí un conjunto sencillo. Necesitaba vestirme y salir de aquella habitación antes de que Martha o cualquiera de los empleados notara que algo no estaba bien.
Me cambié con movimientos lentos. Cada pequeño esfuerzo parecía recordarme que mi cuerpo ya no respondía de la misma manera que antes. Cuando terminé, me miré en el espejo.
Mi rostro estaba más pálido de lo habitual.
Acomodé mi cabello y traté de darle un poco de color a mis mejillas.
No quería que nadie pudiera leer en mi rostro lo asustada que estaba.
Tomé mi bolso y me quedé unos segundos frente al espejo.
Hoy tenía que ir al consultorio del doctor San Román.
Sabía que Tadeo me estaba esperando y también sabía que aquella visita no sería sencilla. Después de lo ocurrido en el evento, seguramente querría hablar conmigo sobre mi expediente, sobre Mendiola y sobre lo que estaba pasando con mi salud.
Y yo tendría que volver a pedirle que guardara silencio.
Suspiré.
No sabía cuánto tiempo podría seguir escondiendo mi enfermedad.
Pero por ahora tenía que hacerlo.
Tomé aire, abrí la puerta de la habitación y salí al pasillo.
Christian había dejado claro que no pensaba facilitarme las cosas.
Mi enfermedad tampoco.
