Capítulo 29
Me encontraba de pie frente a la puerta cerrada del consultorio, mirando fijamente la pequeña placa dorada que llevaba grabadas aquellas palabras: Director Tadeo San Román. Apreté con fuerza la correa de mi bolso mientras intentaba reunir el valor suficiente para entrar. Durante unos segundos pensé que todavía estaba a tiempo de dar media vuelta, salir del hospital y fingir que aquella consulta nunca había existido. Podía regresar a casa, encerrarme en la habitación de invitados y seguir fingiendo que tenía todo bajo control.
Sin embargo, sabía que no podía hacerlo.
Había algo dentro de mí que estaba empeorando y necesitaba saber exactamente qué estaba sucediendo.
—Señora Valentina.
La voz de la asistente del doctor me hizo levantar la mirada.
La joven me observaba con una sonrisa amable.
—El doctor San Román ya la está esperando.
Asentí nerviosamente.
—Sí, gracias.
Volví a mirar la puerta.
Respiré profundamente antes de girar la perilla, aunque no estaba del todo convencida de querer saber lo que encontraría detrás de ella. Empujé lentamente y entré.
Tadeo estaba de pie detrás de su escritorio revisando algunos documentos. Al escuchar la puerta, levantó la mirada y enseguida dejó lo que estaba haciendo para recibirme.
—Buenos días, Valentina.
—Buenos días.
Su voz tranquila contrastaba demasiado con el estado de nerviosismo en el que me encontraba.
—Cierra la puerta y toma asiento, por favor.
Asentí y cerré la puerta con movimientos pausados. Después caminé hasta la silla que estaba frente a su escritorio y me senté, colocando mi bolso sobre mis piernas. No dejé de sujetar la correa, como si aferrarme a ella pudiera darme un poco de seguridad.
Tadeo volvió a sentarse frente a mí.
Por unos segundos permaneció en silencio, observándome con una expresión seria. Finalmente tomó mi expediente y lo colocó sobre el escritorio.
—Tengo en mis manos tu expediente médico y he tenido la oportunidad de estudiar tu caso con detenimiento.
Hice una pequeña mueca.
—Sí. El expediente que el doctor Mendiola le facilitó sin mi permiso previo.
Mi voz dejó escapar claramente el disgusto que llevaba acumulando desde que descubrí que mi información médica había llegado a manos de Tadeo.
Para mi sorpresa, él no pareció ofenderse.
Por el contrario, una sonrisa apareció en sus labios.
—Sí, ese mismo.
Lo dijo con tanta naturalidad que terminé mirándolo con incredulidad.
Y, contra mi voluntad, aquella sonrisa consiguió desarmarme un poco.
—No parece muy preocupado por haber invadido mi privacidad —comenté.
—Créeme, sí estoy preocupado —respondió mientras cerraba el expediente—. Pero también entiendo por qué estás molesta.
Lo observé en silencio.
Tadeo dejó de sonreír y su expresión se volvió más seria.
—Antes de que digas cualquier cosa, quiero aclararte que no estoy intentando pasar por encima de tu voluntad. Pero cuando recibí tu expediente y vi los resultados, me preocupé.
Bajé la mirada hacia mis manos.
—No quería que nadie más lo supiera.
—Lo sé.
Levanté los ojos hacia él.
—Entonces entiende por qué no quiero que Christian se entere todavía.
Tadeo permaneció callado durante unos segundos.
Después abrió nuevamente el expediente.
—Precisamente por eso quería hablar contigo.
Sentí un nudo en el estómago.
La forma en que lo dijo hizo que una sensación de temor recorriera mi cuerpo.
—¿Qué pasa?
Tadeo tomó uno de los estudios y lo observó antes de volver a mirarme.
—Valentina, tus resultados no son los mismos que tendría una persona con una enfermedad estable.
Sentí que mis dedos se cerraban con más fuerza alrededor de la correa de mi bolso.
—¿Qué quiere decir?
Tadeo respiró profundamente.
—Quiero decir que necesitamos hablar seriamente sobre la evolución de tu enfermedad.
Tadeo tomó uno de los estudios que tenía frente a él y volvió a revisarlo antes de hablar. Su expresión había cambiado por completo. Ya no quedaba rastro de aquella sonrisa que había conseguido desarmarme unos minutos antes.
—Valentina, tu enfermedad está avanzando.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Avanzando?
Él asintió lentamente.
—La inflamación está afectando la función de tus riñones y los resultados que tenemos indican que no podemos seguir esperando. Necesitas comenzar el tratamiento cuanto antes. Mientras más tiempo dejemos pasar, mayor será el daño y más difícil será controlar la enfermedad.
Bajé la mirada hacia mis manos. Sabía que aquello podía ocurrir, pero escuchar las palabras de Tadeo hizo que todo se volviera mucho más real.
—¿Es tan grave?
Tadeo guardó silencio durante unos segundos antes de responder.
—Es una enfermedad seria, Valentina. No quiero asustarte, pero tampoco voy a mentirte para tranquilizarte. Necesitamos actuar ahora y hacer un seguimiento muy estrecho de tu función renal.
Tragué saliva.
—¿Y qué tengo que hacer?
—Lo primero es iniciar el tratamiento y completar algunos estudios. Después tendremos que evaluar cómo responde tu organismo. Pero hay algo más que debes entender.
Levanté la mirada.
—En enfermedades como la tuya, el apoyo familiar es muy importante. El tratamiento puede ser largo, puede haber momentos difíciles y vas a necesitar a alguien que te acompañe, que conozca tu situación y que pueda ayudarte si llegas a sentirte mal.
Apreté los labios.
Ya sabía hacia dónde iba aquella conversación.
—Por eso el doctor Mendiola insistía tanto en que Christian me acompañara.
—Sí.
Tadeo cerró el expediente y entrelazó las manos sobre el escritorio.
—No quiero sobrepasar una línea que no me corresponde, Valentina. Tu vida privada es tuya y entiendo perfectamente que quieras decidir cuándo y cómo hablar con tu esposo. Pero conozco a Christian desde hace muchos años.
Su voz se volvió más seria.
—Una vez lo vi perder a su padre y a su hermano.
Sentí que mis ojos comenzaban a humedecerse.
—Estuve allí cuando tuvo que hacerse cargo de todo lo que quedó después de sus muertes. Lo vi intentar mantenerse de pie cuando probablemente lo único que quería era derrumbarse. Y no quisiera verlo perder también a su esposa.
Una lágrima escapó de mis ojos.
La limpié rápidamente con el dorso de mi mano.
Tadeo respiró profundamente antes de continuar.
—Christian es mi amigo. Por eso estoy dispuesto a apoyarlos en todo lo que necesiten. A los dos. No solamente como director de este hospital, sino como alguien que quiere ayudar a su amigo y a su esposa a superar esto.
Bajé la cabeza.
—No puedo.
Las palabras salieron de mi boca casi en un susurro.
Tadeo frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—No puedo contárselo.
—Valentina…
—Sé que aprecias mucho a Christian —lo interrumpí, levantando la mirada hacia él—. Y sé que es tu amigo. Entiendo por qué quieres ayudarlo, pero no puedo decirle que estoy enferma.
Tadeo me observó en silencio.
—¿Por qué?
Respiré profundamente, intentando contener las lágrimas.
—Porque si Christian descubre que tengo una enfermedad que puede llegar a ser mortal, será el final de la poca libertad que me queda.
Él pareció sorprendido.
—No creo que Christian…
—Tú no lo entiendes —dije, negando con la cabeza—. Él no lo vería como tú. Para él, esto sería otra responsabilidad que tiene que controlar.
Me llevé las manos al rostro durante un instante y respiré antes de continuar.
—Si sabe que estoy enferma, jamás me dejará ir. Va a decidir dónde tengo que estar, qué médicos debo ver, qué tratamiento debo recibir y con quién puedo hablar. Todo pasará a estar bajo su control.
Tadeo guardó silencio.
—Y no quiero terminar mis días anclada a una máquina en algún lugar remoto porque mi esposo decidió enviarme lejos para mantenerme fuera de la vista de todos —continué, sintiendo que la voz comenzaba a quebrárseme—. O peor… internada permanentemente en un hospital de otro país porque considera que es la mejor manera de proteger el apellido Kuri.
Tadeo me miró fijamente.
Por primera vez pude notar que estaba comprendiendo que aquello no era simplemente una mujer que se negaba a contarle una enfermedad a su esposo.
Había algo más.
Mucho más.
—Valentina… —murmuró.
Negué con la cabeza.
—No quiero que me conviertan en una paciente antes de que yo siquiera haya tenido la oportunidad de decidir qué hacer con mi propia vida.
Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas.
