✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 30

♧
◷ Tiempo estimado de lectura: 7 minutos
✦ Publicado el 17 de septiembre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Valentina Montesinos✦

Tadeo permaneció en silencio, mirándome como si no supiera qué decir. Yo tampoco sabía qué más podía hacer. Tal vez había sido ingenua al pensar que podía confiar en él únicamente porque había mostrado preocupación por mí. Christian y él eran amigos desde hacía muchos años, y aunque Tadeo había intentado tranquilizarme, seguía existiendo un vínculo entre ellos que yo no podía ignorar.

Bajé la mirada y respiré profundamente.

—Entiendo su postura, doctor —dije finalmente—. Y creo que tendré que buscar otra clínica donde puedan llevar mi caso.

El rostro de Tadeo cambió por completo.

—Espera.

Levanté la mirada.

Se puso de pie y rodeó el escritorio hasta quedar frente a mí.

—Dame una sola razón por la que no debería entregarle una copia de tu expediente médico a Christian.

Me quedé callada.

—Por un momento pensé que tenías miedo de que sufriera al enterarse de tu enfermedad —continuó—, pero ahora puedo ver que hay algo más. Mucho más.

Se inclinó ligeramente para quedar a mi altura.

—Puedes confiar en mí, Valentina. Más allá de ser amigo de tu esposo, soy un ser humano. Y entiendo que la vida dentro de nuestros círculos sociales a veces puede llegar a ser muy complicada.

Sus palabras consiguieron hacerme sentir un poco menos sola.

Tadeo tomó un pañuelo de la caja que estaba sobre el escritorio y me lo ofreció. Lo acepté con manos temblorosas y limpié con delicadeza las lágrimas que se habían acumulado en la comisura de mis ojos.

—Usted viene de ese círculo y lo sabe perfectamente —murmuré—. En cambio, yo no tengo a nadie más.

Tadeo permaneció frente a mí, escuchándome sin interrumpir.

—No tengo una familia que pueda acompañarme durante este proceso. Mi matrimonio tampoco pasa por el mejor momento.

Tragué saliva.

—Le pedí el divorcio a Christian y se negó a dármelo.

La expresión de Tadeo se endureció ligeramente.

—Me dijo que podía hacer lo que quisiera, incluso alargar el proceso durante años si le apetecía.

Sentí un nudo en la garganta al recordar aquella conversación.

—Quise rebelarme y terminé convirtiéndome en su prisionera.

Tadeo abrió ligeramente los ojos.

—¿Prisionera?

Asentí.

—Si no me cree, puede mirar afuera. Hay alguien esperándome en este momento.

Señalé vagamente hacia la puerta.

—Ahora tengo vigilancia.

Decirlo en voz alta hizo que la situación pareciera todavía más real.

—¿Y sabe por qué puede hacer algo así? —pregunté, aunque realmente no esperaba una respuesta—. Porque yo no provengo de una familia poderosa y no tengo una familia que pueda apoyarme.

Apreté el pañuelo entre mis dedos.

—Estoy a merced de los Kuri.

Mi voz se quebró, pero continué.

—Esa familia solo sabe vivir de las apariencias. Para ellos soy un accesorio que sacan en las fiestas y en los eventos importantes para aparentar que tengo un matrimonio perfecto con el heredero.

Negué lentamente con la cabeza.

—Pero no es verdad.

El silencio que siguió fue incómodo.

Tadeo no dijo nada.

Simplemente permaneció frente a mí, observándome con una expresión que no conseguía descifrar.

Por un instante me pregunté si había hablado demasiado. Quizá había cometido un error al contarle todo aquello. Tal vez había olvidado quién era él y a quién estaba unido. Después de todo, seguía siendo amigo de Christian y pertenecía al mismo mundo del que yo estaba intentando escapar.

Bajé la mirada.

Quizá ya no me importaba.

Quizá estaba demasiado cansada para seguir guardándome todo dentro.

Pero había algo en Tadeo que me hacía sentir una calidez que no había sentido en mucho tiempo. No era la seguridad que proporcionaba el dinero ni el poder de un apellido. Era algo mucho más sencillo.

Humanidad.

Tadeo caminó hacia la puerta sin decir una palabra. Lo vi salir del consultorio y cerrar detrás de él. No entendía qué estaba haciendo, pero después de unos minutos regresó y volvió a cerrar la puerta.

Lo observé confundida.

—¿No me creyó, verdad?

Tadeo negó con la cabeza mientras regresaba a su lugar y se sentaba frente a mí.

—Sí te creo, pero quería verlo con mis propios ojos.

Una sonrisa apareció en sus labios.

—Pensé que después de su boda Christian cambiaría —respondió mientras negaba con la cabeza—. Pero sigue siendo el mismo cabezota. Muy bueno para los negocios y muy malo para las relaciones personales.

No pude evitar sonreír.

Era extraño estar hablando de Christian de aquella manera con alguien que lo conocía desde hacía tantos años. Por primera vez desde que todo había comenzado, sentí que podía hablar de mi esposo sin tener que defenderlo ni justificar cada una de sus acciones.

—No lo odio —dije después de unos segundos—. Solo quiero mi libertad.

La sonrisa desapareció poco a poco de mi rostro.

—Quiero que él también sea feliz. Que pueda estar con la persona que de verdad ame, porque nuestro matrimonio, desde un principio, fue un convenio. Él nunca me amó.

Bajé la mirada hacia el pañuelo que todavía sostenía entre mis dedos.

—Y ahora que estoy enferma… quisiera llevar mi proceso sola. Si tengo que sufrir, quiero hacerlo sola con dignidad. No quiero pasar por esto dentro de esa casa, sintiéndome como un estorbo para él.

Tadeo permaneció en silencio unos segundos.

Después, por primera vez desde que habíamos comenzado aquella conversación, asintió.

—Hagamos algo.

Levanté la mirada.

—Yo no le diré nada a Christian.

Sentí que mis hombros se relajaban de inmediato.

—Pero prométeme algo.

—¿Qué cosa?

—Después de verme, vas a ir al consultorio del doctor Mendiola y comenzarás tu tratamiento.

Asentí lentamente.

—Lo prometo.

Tadeo tomó el expediente que estaba sobre el escritorio y lo acomodó frente a él.

—No encontrarás un mejor hospital que este, Valentina. Aquí vamos a darle seguimiento a tu caso y vamos a hacer todo lo que esté en nuestras manos para ayudarte.

Lo miré en silencio.

—Vas a salir adelante si te lo propones. Eres una mujer joven y tienes toda una vida por delante. Hazlo por ti.

Un nudo se me atoró en la garganta.

Aquellas palabras fueron tan sencillas que no entendía por qué habían conseguido tocarme de aquella manera.

Era la primera vez desde la muerte de mi abuela que alguien me decía que todavía tenía una vida por delante.

Había pasado tanto tiempo escuchando lo que debía hacer, lo que esperaba mi familia política de mí, lo que Christian quería y lo que era conveniente para los Kuri, que había olvidado cómo se sentía escuchar a alguien decirme que hiciera algo por mí.

Mis ojos volvieron a humedecerse.

—¿Por qué hace esto?

Tadeo levantó la mirada.

—¿Qué quieres decir?

—Usted es amigo de Christian… no mío.

Una sonrisa apareció en su rostro mientras tomaba su pluma y la hacía girar lentamente entre ambas manos.

—Para un médico, la vida de sus pacientes es valiosa.

Su expresión se volvió seria.

—Mi trabajo es mantener la vida y eso es lo que haré contigo, Valentina.

Hizo una pequeña pausa.

—Hasta que tú misma decidas decírselo a Christian.

Aquella última frase me tranquilizó más de lo que esperaba.

Por primera vez desde que había recibido mi diagnóstico, sentí que alguien estaba respetando mi decisión.

Me puse de pie.

—¿Qué pasará con el expediente que pidió Christian?

Asentí.

—No te preocupes por eso. Déjalo en mis manos.

Solté el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.

—Ahora ve al consultorio del doctor Mendiola. Él te explicará qué tratamiento debes llevar y cómo vamos a comenzar a controlar la enfermedad.

Se levantó también y abrió la puerta para mí.

—Y, por favor, cuídate mucho.

Asentí con una pequeña sonrisa.

—Lo haré.

Tomé mi bolso y caminé hacia la puerta, pero antes de salir me detuve.

No pude evitar sentir unas enormes ganas de abrazarlo.

Quizá porque llevaba demasiado tiempo necesitando un poco de apoyo. Quizá porque sus palabras habían conseguido devolverme una esperanza que creía perdida.

Pero me contuve.

En lugar de eso, hice una pequeña reverencia.

—Gracias, doctor.

Tadeo sonrió y me guiñó un ojo.

—Nos vemos pronto, Valentina.

Salí del consultorio con una sensación extraña en el pecho.

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