Capítulo 39
—Christian, ¿qué te parece el chef Márquez?
La voz de Briana me hizo volver la mirada hacia ellos.
Christian acababa de probar uno de los platillos y permanecía pensativo mientras dejaba el tenedor sobre la mesa.
—Está bastante bien —respondió.
Briana sonrió.
—Yo también lo creo.
Tomó otro pequeño bocado y después lo miró con una expresión dulce.
—Además, me parece que su propuesta encaja mucho mejor con el tipo de evento que queremos hacer. El chef Olivera es excelente, por supuesto, pero quizá podríamos darle una oportunidad a alguien más.
Christian asintió lentamente.
—Podría ser.
—Y si a ti también te gusta, creo que sería una buena decisión —añadió ella—. No quiero que después tengamos problemas con los tiempos o con la cantidad de invitados. Ya sabes lo importante que es que todo salga perfecto.
La escuché en silencio.
No necesitaba ser adivina para saber hacia dónde estaba llevando la conversación.
Briana no estaba preguntando la opinión de Christian.
Estaba guiándolo hacia la respuesta que quería escuchar.
—¿Qué opinas, Valentina? —preguntó de pronto.
Los dos me miraron.
Observé a Christian durante unos segundos.
Había algo en su expresión que me hizo comprender que, dijera lo que dijera, probablemente no cambiaría nada.
—Lo que ustedes decidan está bien.
Briana pareció satisfecha.
—Entonces podemos elegir al chef Márquez.
Asentí.
—Sí.
No tenía ganas de discutir.
Después de todo, ¿para qué hacerlo?
Había pasado horas revisando platillos, comparando ingredientes, cuidando detalles y tratando de que todo estuviera a la altura del evento.
Y al final, mi opinión parecía ser lo de menos.
—Christian —dijo Briana con entusiasmo—, quiero mostrarte algunos de los detalles que hemos elegido hasta ahora. Creo que te van a gustar.
—Claro.
Ella tomó su brazo con naturalidad.
—Ven.
Comenzaron a caminar por el salón.
Yo los seguí unos pasos detrás.
No sabía por qué lo hacía.
Quizá porque también era responsable del evento.
Quizá porque, a pesar de todo, todavía esperaba encontrar algún lugar para mí dentro de aquella organización.
Pero mientras avanzábamos, esa pequeña esperanza comenzó a desaparecer.
Briana le mostró primero la decoración de las mesas.
Me detuve.
Aquello no era lo que habíamos elegido por la mañana.
Durante horas habíamos hablado de tonos claros, arreglos florales discretos y centros de mesa elegantes.
Ahora había grandes arreglos de flores oscuras, vajilla diferente y detalles que no tenían absolutamente nada que ver con lo que habíamos acordado.
—¿Qué te parece? —preguntó Briana.
Christian observó la mesa.
—Me gusta.
Ella sonrió.
—Sabía que te gustaría.
Continuaron caminando.
Yo permanecí detrás.
Después le mostró unas invitaciones.
Las reconocí de inmediato.
Tampoco eran las que habíamos seleccionado.
Luego aparecieron los recuerdos para los invitados.
También eran diferentes.
Hasta el diseño de la mesa principal había cambiado.
Sentí una presión en el pecho.
—¿Y esto? —preguntó Christian.
—Pensé que se vería mucho más elegante así.
—Sí. Me gusta.
Briana volvió a sonreír.
—Entonces lo dejamos de esta manera.
Los observé durante unos segundos.
Aquello era lo contrario a todo lo que habíamos decidido esa mañana.
Todo.
Y entonces lo entendí.
Briana nunca había necesitado mi opinión.
Nunca había estado interesada en lo que yo pensaba.
Solo había querido hacerme perder el tiempo.
Había pasado horas allí, probando comida hasta sentir náuseas, soportando el dolor de mi costado, revisando opciones y tomando decisiones que aparentemente no significaban nada.
Porque al final, ella haría lo que quisiera.
Y Christian lo aprobaría.
Sentí un vacío extraño en el pecho.
¿De qué servía esforzarme tanto?
¿Para qué intentaba hacer las cosas bien si, de todos modos, nadie veía mi esfuerzo?
Me quedé unos segundos observándolos.
Briana hablaba con Christian y él la escuchaba con atención.
Ella señalaba cada detalle mientras él asentía.
Parecían trabajar juntos perfectamente.
Y yo…
Yo simplemente estaba allí.
Como un fantasma.
Una esposa cuyo nombre aparecía en los documentos, pero cuya opinión podía ignorarse sin ningún problema.
Bajé la mirada.
No quería que nadie notara que mis ojos comenzaban a humedecerse.
No iba a llorar delante de ellos.
Me giré lentamente y comencé a caminar hacia la salida del salón.
Salí al pasillo y continué caminando hasta alejarme lo suficiente para no escuchar sus voces.
Entonces me detuve.
Apoyé una mano contra la pared y cerré los ojos.
Me sentía cansada.
No solo físicamente.
Estaba cansada de esforzarme por personas que parecían no darse cuenta de que yo también tenía límites.
Cansada de intentar ser una buena esposa.
Una buena nuera.
Una buena integrante de aquella familia.
Cansada de hacer todo lo que se suponía que debía hacer y recibir a cambio la sensación constante de que nunca era suficiente.
¿Por qué me esforzaba tanto?
¿Por qué seguía intentando hacer las cosas bien?
Si, al final, nadie veía nada de lo que hacía.
Una lágrima escapó antes de que pudiera detenerla.
Me la limpié rápidamente.
No quería llorar.
Solo quería irme.
Tomé aire y me aparté de la pared. Solo quería alejarme de aquel salón, encontrar un lugar donde pudiera estar sola y recuperar un poco de calma.
Di apenas unos pasos cuando escuché una voz detrás de mí.
—Valentina.
Me detuve.
La voz grave de Christian resonó por el pasillo.
—¿A dónde vas?
Cerré los ojos durante un segundo.
No había preocupación en su tono.
Había molestia.
Como si mi decisión de abandonar el salón sin avisarle fuera una falta de respeto.
