✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 38

♧
◷ Tiempo estimado de lectura: 9 minutos
✦ Publicado el 28 de septiembre de 2026
♡

Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Valentina Montesinos✦

Christian se acercó a la estación del chef Olivera y Briana y yo lo seguimos.

El chef dejó por un momento lo que estaba haciendo y se acercó para saludarlo con la cortesía que siempre lo caracterizaba.

—Señor Kuri, qué gusto verlo. Pruebe, por favor. Aunque no es la primera vez que prueba mi comida, espero que hayan disfrutado la cena de su aniversario. Valentina puso mucho amor en ella.

Mis ojos se abrieron al instante.

La cena de nuestro aniversario.

La misma que Christian ni siquiera había probado porque había llegado demasiado tarde a casa.

Sentí que el rostro me ardía.

Christian me miró, como si de pronto tuviera varias preguntas que necesitaba responder.

—¿La cena de nuestro aniversario, cariño? —dije, intentando mantener la calma—. ¿Recuerdas? Aquella que tanto te gustó y elogiaste. El chef me ayudó a prepararla. Te lo había dicho… quizá lo olvidaste.

El tono de sarcasmo no pasó desapercibido.

Christian esbozó una sonrisa incómoda.

—Sí… esa cena.

Su mirada se perdió durante un segundo.

Parecía estar buscando el recuerdo.

Por un instante creí ver algo parecido al arrepentimiento en sus ojos.

Pero desapareció tan rápido como había aparecido.

Su expresión volvió a endurecerse.

—¿Así que el día de mi aniversario de bodas estuvo con mi esposa?

La pregunta salió de sus labios sin ningún rodeo.

El chef Olivera pareció sorprenderse, aunque no perdió la compostura.

—Sí. Valentina me pidió ayuda para preparar una cena muy especial. Quería que esa noche fuera perfecta y me alegra saber que así lo fue.

Sentí una extraña incomodidad.

Christian no apartaba los ojos de él.

Yo conocía aquella mirada.

Era la misma que utilizaba cuando algo no salía como esperaba en una negociación.

Solo que esta vez no había un contrato sobre la mesa.

Había un hombre hablando de mí.

Miré de reojo a Briana.

Tenía la tablet apretada contra el pecho con ambas manos. Su sonrisa había desaparecido y sus labios formaban una línea tensa.

¿Estaba molesta?

Antes de que pudiera pensar demasiado en ello, Christian volvió a hablar.

—¿Y qué tan bien conoce a mi esposa, chef?

Sentí un pequeño sobresalto.

—Christian…

Lo dije en voz baja, intentando detenerlo.

Pero él tomó mi mano y le dio un ligero apretón.

No fue un gesto cariñoso.

Era una advertencia silenciosa.

No quería que lo interrumpiera.

El chef Olivera, ajeno o quizá demasiado consciente de la tensión que acababa de instalarse entre nosotros, sonrió.

—Valentina es mi alumna estrella.

Su mirada se suavizó al hablar de mí.

—Aunque debo admitir que siempre me hubiera gustado que viajara por el mundo antes de casarse. Tenía talento suficiente para hacerlo. Quería que conociera otras cocinas, que trabajara con grandes chefs y que descubriera de primera mano todo lo que podía ofrecerle la gastronomía internacional.

Christian permaneció completamente inmóvil.

Yo también.

No sabía por qué sus palabras parecían incomodarlo tanto.

—Pero me alegra que sea feliz con usted —continuó el chef—. Se lo merece. Es una magnífica persona.

Hizo una pequeña pausa y sonrió.

—Además de ser muy hermosa.

La mandíbula de Christian se tensó.

Fue apenas un movimiento, pero lo conocía lo suficiente para notarlo.

—Por supuesto, Valentina es una mujer maravillosa —dijo Christian mirándome con un atisbo de orgullo, como si fueran verdad sus palabras. 

Su mano todavía sostenía la mía.

Y, por alguna razón, ahora el apretón era un poco más fuerte.

Briana carraspeó.

—Gracias, chef.

Su tono fue educado, aunque algo más seco que antes.

—Christian, es hora de que pruebes los platillos del chef Márquez.

Sin esperar respuesta, tomó a Christian del brazo.

Él finalmente soltó mi mano y se dejó llevar.

Los observé alejarse.

Briana comenzó a hablarle mientras caminaban y Christian inclinó ligeramente la cabeza para escucharla. Ella le sonreía con una naturalidad que me hizo sentir incómoda.

Parecían una pareja.

Ella caminaba junto a él con absoluta confianza, como si supiera exactamente cómo captar su atención.

Christian la escuchaba.

Le respondía.

Y, por un momento, parecía que no existía nadie más a su alrededor.

Respiré profundamente.

No debería importarme.

Aquello era precisamente lo que había querido durante tanto tiempo.

Que Christian pudiera rehacer su vida.

Que dejara de aferrarse a un matrimonio que ninguno de los dos disfrutaba.

Entonces, ¿por qué sentía aquella pequeña punzada en el pecho?

—Chef… yo…

No sabía exactamente qué quería decir.

El chef Olivera me miró y, para mi sorpresa, me guiñó un ojo.

—No te preocupes, Valentina.

Bajó un poco la voz.

—Aunque, si me permites un consejo, deberías prestar más atención a la señora Briana.

Lo miré confundida.

—¿A qué se refiere?

Olivera dirigió discretamente la mirada hacia ella.

Briana seguía hablando con Christian, sonriendo mientras señalaba algo en su tablet.

—Hay personas que parecen muy dulces e inocentes —dijo—, pero a veces esa dulzura no es más que una fachada.

Mi sonrisa desapareció.

Volví a mirar a Briana.

Por primera vez, me pregunté si quizá había algo que no estaba viendo.

Y, al otro lado del salón, Christian giró la cabeza.

Sus ojos se encontraron con los míos.

Después bajaron hasta el lugar donde estaba parado el chef Olivera junto a mí.

Su expresión volvió a endurecerse.

No pude evitar preguntarme qué demonios estaba pasando por su cabeza.Valentina Montesinos

Christian se acercó a la estación del chef Olivera y Briana y yo lo seguimos.

El chef dejó por un momento lo que estaba haciendo y se acercó para saludarlo con la cortesía que siempre lo caracterizaba.

—Señor Kuri, qué gusto verlo. Pruebe, por favor. Aunque no es la primera vez que prueba mi comida, espero que hayan disfrutado la cena de su aniversario. Valentina puso mucho amor en ella.

Mis ojos se abrieron al instante.

La cena de nuestro aniversario.

La misma que Christian ni siquiera había probado porque había llegado demasiado tarde a casa.

Sentí que el rostro me ardía.

Christian me miró, como si de pronto tuviera varias preguntas que necesitaba responder.

—¿La cena de nuestro aniversario, cariño? —dije, intentando mantener la calma—. ¿Recuerdas? Aquella que tanto te gustó y elogiaste. El chef me ayudó a prepararla. Te lo había dicho… quizá lo olvidaste.

El tono de sarcasmo no pasó desapercibido.

Christian esbozó una sonrisa incómoda.

—Sí… esa cena.

Su mirada se perdió durante un segundo.

Parecía estar buscando el recuerdo.

Por un instante creí ver algo parecido al arrepentimiento en sus ojos.

Pero desapareció tan rápido como había aparecido.

Su expresión volvió a endurecerse.

—¿Así que el día de mi aniversario de bodas estuvo con mi esposa?

La pregunta salió de sus labios sin ningún rodeo.

El chef Olivera pareció sorprenderse, aunque no perdió la compostura.

—Sí. Valentina me pidió ayuda para preparar una cena muy especial. Quería que esa noche fuera perfecta y me alegra saber que así lo fue.

Sentí una extraña incomodidad.

Christian no apartaba los ojos de él.

Yo conocía aquella mirada.

Era la misma que utilizaba cuando algo no salía como esperaba en una negociación.

Solo que esta vez no había un contrato sobre la mesa.

Había un hombre hablando de mí.

Miré de reojo a Briana.

Tenía la tablet apretada contra el pecho con ambas manos. Su sonrisa había desaparecido y sus labios formaban una línea tensa.

¿Estaba molesta?

Antes de que pudiera pensar demasiado en ello, Christian volvió a hablar.

—¿Y qué tan bien conoce a mi esposa, chef?

Sentí un pequeño sobresalto.

—Christian…

Lo dije en voz baja, intentando detenerlo.

Pero él tomó mi mano y le dio un ligero apretón.

No fue un gesto cariñoso.

Era una advertencia silenciosa.

No quería que lo interrumpiera.

El chef Olivera, ajeno o quizá demasiado consciente de la tensión que acababa de instalarse entre nosotros, sonrió.

—Valentina es mi alumna estrella.

Su mirada se suavizó al hablar de mí.

—Aunque debo admitir que siempre me hubiera gustado que viajara por el mundo antes de casarse. Tenía talento suficiente para hacerlo. Quería que conociera otras cocinas, que trabajara con grandes chefs y que descubriera de primera mano todo lo que podía ofrecerle la gastronomía internacional.

Christian permaneció completamente inmóvil.

Yo también.

No sabía por qué sus palabras parecían incomodarlo tanto.

—Pero me alegra que sea feliz con usted —continuó el chef—. Se lo merece. Es una magnífica persona.

Hizo una pequeña pausa y sonrió.

—Además de ser muy hermosa.

La mandíbula de Christian se tensó.

Fue apenas un movimiento, pero lo conocía lo suficiente para notarlo.

—Por supuesto, Valentina es una mujer maravillosa —dijo Christian mirándome con un atisbo de orgullo, como si fueran verdad sus palabras. 

Su mano todavía sostenía la mía.

Y, por alguna razón, ahora el apretón era un poco más fuerte.

Briana carraspeó.

—Gracias, chef.

Su tono fue educado, aunque algo más seco que antes.

—Christian, es hora de que pruebes los platillos del chef Márquez.

Sin esperar respuesta, tomó a Christian del brazo.

Él finalmente soltó mi mano y se dejó llevar.

Los observé alejarse.

Briana comenzó a hablarle mientras caminaban y Christian inclinó ligeramente la cabeza para escucharla. Ella le sonreía con una naturalidad que me hizo sentir incómoda.

Parecían una pareja.

Ella caminaba junto a él con absoluta confianza, como si supiera exactamente cómo captar su atención.

Christian la escuchaba.

Le respondía.

Y, por un momento, parecía que no existía nadie más a su alrededor.

Respiré profundamente.

No debería importarme.

Aquello era precisamente lo que había querido durante tanto tiempo.

Que Christian pudiera rehacer su vida.

Que dejara de aferrarse a un matrimonio que ninguno de los dos disfrutaba.

Entonces, ¿por qué sentía aquella pequeña punzada en el pecho?

—Chef… yo…

No sabía exactamente qué quería decir.

El chef Olivera me miró y, para mi sorpresa, me guiñó un ojo.

—No te preocupes, Valentina.

Bajó un poco la voz.

—Aunque, si me permites un consejo, deberías prestar más atención a la señora Briana.

Lo miré confundida.

—¿A qué se refiere?

Olivera dirigió discretamente la mirada hacia ella.

Briana seguía hablando con Christian, sonriendo mientras señalaba algo en su tablet.

—Hay personas que parecen muy dulces e inocentes —dijo—, pero a veces esa dulzura no es más que una fachada.

Mi sonrisa desapareció.

Volví a mirar a Briana.

Por primera vez, me pregunté si quizá había algo que no estaba viendo.

Y, al otro lado del salón, Christian giró la cabeza.

Sus ojos se encontraron con los míos.

Después bajaron hasta el lugar donde estaba parado el chef Olivera junto a mí.

Su expresión volvió a endurecerse.

No pude evitar preguntarme qué demonios estaba pasando por su cabeza.

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