Capítulo 37
El chef Olivera y el chef Márquez se encontraban en sus respectivas estaciones, preparando nuevos platillos y postres para la decisión final.
Aquello se había convertido prácticamente en un duelo.
Cada uno quería demostrar que era la mejor opción para encargarse del banquete y, aunque intentaba mantenerme al margen de la competencia, no podía evitar observar a mi maestro.
El chef Olivera trabajaba con la misma precisión de siempre. Probaba cada salsa, revisaba la cocción de los alimentos y cuidaba hasta el último detalle de la presentación. No necesitaba que nadie me dijera quién era el mejor.
Yo ya lo sabía.
Había visto su trabajo durante años.
—¡Christian, por aquí!
La voz de Briana hizo que varias personas voltearan.
Fruncí el ceño al verla agitar una mano en el aire como si fuera una niña llamando a alguien desde el otro extremo de una habitación.
No entendía por qué tenía que llamar su atención de aquella manera.
En los últimos días apenas había visto a Christian y ni siquiera habíamos cruzado más de un par de palabras.
Desde nuestra última discusión, él había adoptado el papel de esposo ofendido y yo, aparentemente, me había convertido en la villana de nuestro matrimonio.
No me sorprendía.
Era más sencillo para él pensar que yo era la responsable de todo antes que preguntarse por qué había llegado al punto de querer abandonarlo.
Christian finalmente se dirigió hacia nosotras.
Caminaba con esa seguridad que parecía acompañarlo a todas partes. Su traje oscuro estaba perfectamente ajustado, el cabello impecable y el rostro serio, como si incluso en medio de una degustación de comida estuviera a punto de entrar a una reunión de negocios.
Era imposible que pasara desapercibido.
Algunas de las mujeres presentes lo miraron discretamente mientras avanzaba hacia nosotros.
No pude evitar notarlo.
Christian era atractivo.
Muy atractivo.
Tenía ese tipo de presencia que hacía que las personas voltearan a mirarlo aunque no quisieran hacerlo.
Pero yo conocía la otra cara de aquel hombre.
Sabía que detrás de ese rostro perfecto había una piedra en lugar de corazón.
Bueno… quizá estaba siendo injusta.
Después de todo, Christian sí tenía corazón.
Solo que parecía haberlo guardado bajo llave.
Y en su cabeza había espacio para números, estadísticas, contratos, inversiones y reuniones.
Fuera de eso, cualquier hombre capaz de mantener una conversación trivial durante más de cinco minutos probablemente resultaría mucho más interesante.
Tuve que contener una sonrisa ante mi propio pensamiento.
Christian me miró durante unos instantes. No hubo un beso ni siquiera un saludo, pero una sonrisa apareció en sus labios.
Le devolví el gesto.
Solo para mantener las apariencias de ese matrimonio perfecto que a él tanto le importaban.
—Hola —dijo finalmente—. ¿Qué es esa decisión tan importante en la que necesitan mi opinión?
Christian dirigió la mirada hacia Briana, igual que yo.
No entendía por qué había decidido llamarlo, aunque tampoco necesitaba ser adivina para imaginar sus intenciones.
Por supuesto, no tenía dudas de qué lado se pondría Christian.
Miré de reojo al chef Olivera y sentí una punzada de tristeza.
Yo lo había invitado a venir. Prácticamente le había hecho la oferta para encargarse del banquete y ahora, por culpa de aquella competencia que Briana había organizado, probablemente tendría que marcharse sin el trabajo.
Mordí suavemente mi labio inferior, intentando contener el nudo que comenzaba a formarse en mi garganta.
—Valentina insiste en que el chef Olivera sea el encargado del banquete principal —explicó Briana—. Sin embargo, también está el chef Márquez, que es muy bueno, por cierto. Así que todavía no podemos decidirnos por uno de los dos. ¿Podrías ayudarnos?
Christian asintió sin pensarlo demasiado.
—Por supuesto. Probaré ambos platillos y veremos cuál es mejor.
Después dirigió la mirada hacia el chef Olivera.
—¿Él es el chef que habías elegido para nuestro banquete de bodas?
Asentí.
—Sí. Es el chef que había elegido.
En aquella ocasión se le había remunerado por completo, aunque finalmente no hubo una gran celebración debido al fallecimiento de don Omar y Marcelo.
Christian volvió a observar al chef.
—¿Y qué es lo que tiene de especial él?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—Es un chef internacional. Fue mi maestro en el instituto y conozco lo increíblemente responsable que es. Tiene una técnica impecable y una experiencia que pocos chefs de su nivel pueden igualar.
Christian permaneció callado.
Yo continué, quizá demasiado entusiasmada.
—Además, es muy exigente con su trabajo. Nunca entrega un plato si no está completamente satisfecho con él. Tiene una creatividad increíble y sabe adaptar un menú al tipo de evento sin perder su esencia. He trabajado con él antes y sé que puedo confiar en que todo saldrá perfecto.
Christian no respondió.
Poco a poco, su expresión había cambiado.
Su mirada se había vuelto más oscura y la tensión de su mandíbula era evidente.
Ya no estaba mirando los platillos.
Estaba mirando al chef Olivera.
Fruncí ligeramente el ceño.
Entonces recordé algo.
Christian había insinuado que yo tenía otro hombre.
Yo apenas convivía con personas fuera de la familia. Desde que nos habíamos casado, mi vida había girado alrededor de aquella casa, de él y de sus necesidades.
Pero ahora podía imaginar perfectamente lo que estaba pasando por su cabeza.
Había escuchado cómo hablaba de Olivera.
Lo había elogiado.
Había dicho que confiaba en él.
Y, por alguna razón, aquello parecía haberle molestado.
Tuve que contener una pequeña sonrisa.
¿Acaso estaba celoso?
La idea me pareció absurda.
Christian nunca había demostrado interés en mí. Ni siquiera se había dado cuenta de que llevaba meses sintiéndome sola dentro de nuestra propia casa.
Y ahora parecía molesto porque admiraba el trabajo de otro hombre.
Antes de que pudiera seguir pensando en ello, escuchamos la voz del chef Olivera.
—Estoy listo.
Todos dirigimos la mirada hacia su estación.
El chef colocó los primeros platos sobre la mesa con la seguridad de quien sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
Christian dio un paso hacia adelante.
—Veremos si es verdad que es una eminencia.
Su tono sonó diferente.
No era curiosidad.
Era un desafío.
Tragué saliva.
Sentí las manos frías.
Algo me decía que aquella degustación estaba a punto de convertirse en algo mucho más personal de lo que debería.
