Capítulo 36

✦ UNA HISTORIA DE NANCY RDZ ✦

Capítulo 36

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◷ Tiempo estimado de lectura: 10 minutos
✦ Publicado el 26 de septiembre de 2026
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Ponte cómoda y disfruta de la historia.

✦Valentina Montesinos✦

Días después del incidente del desayuno, me encontraba en uno de los enormes salones de un hotel perteneciente al Grupo Kuri, revisando los alimentos que serían servidos durante el gran banquete.

Era el aniversario de la muerte del señor Omar Kuri y de Marcelo, mi cuñado. Además, aquellas fechas coincidían con el aniversario de la creación del Grupo Kuri, por lo que mi suegra había acordado junto con Christian y la mesa de asociados de las empresas realizar una gran celebración.

Por la mañana habría un homenaje en el cementerio para mi suegro y Marcelo. Sería algo íntimo y significativo, reservado para la familia y algunas personas cercanas.

Por la noche, en cambio, tendría lugar el gran banquete.

Y Briana y yo estábamos a cargo de todos los detalles.

El enorme salón comenzaba a tomar forma. Habían colocado algunas mesas para los proveedores y el personal de organización se movía de un lado a otro revisando cada detalle. Frente a nosotras había una larga fila de platillos que debíamos probar antes de elegir el menú definitivo.

Yo ya tenía un candidato para encargarme de la comida.

El chef Olivera.

Había sido mi maestro en el Instituto de Gastronomía y, con los años, se había convertido en mi chef de cabecera. Conocía perfectamente mis gustos y sabía que no decepcionaría.

Pero Briana había insistido en revisar otras opciones.

Y yo había terminado aceptando para evitar cualquier conflicto o malentendido.

Las cosas ya estaban demasiado tensas con Christian como para seguir echando sal a la herida.

—Podemos comenzar con los aperitivos —dijo Briana, señalando la primera mesa.

Asentí.

Uno de los proveedores comenzó a explicarnos cada platillo y, cuando terminó, colocó una pequeña porción frente a mí.

Tomé el tenedor, corté un pedazo diminuto y lo llevé a mi boca.

Apenas lo probé.

—¿Qué te parece? —preguntó Briana.

—Está bien.

—¿Solo eso?

—Sí.

Ella me observó unos segundos.

—¿No quieres probar un poco más?

Negué con la cabeza.

—Prefiero no hacerlo.

Desde que había comenzado el tratamiento, había intentado seguir al pie de la letra las indicaciones del doctor Mendiola. Había cambiado mi alimentación, reducido la sal y dejado de comer muchas de las cosas que antes disfrutaba.

Sin embargo, en lugar de sentirme mejor, últimamente tenía la impresión de estar más cansada.

Los mareos aparecían con mayor frecuencia y había días en los que sentía el cuerpo tan pesado que hasta caminar por la casa se convertía en un esfuerzo.

Aquella mañana tampoco me había sentido particularmente bien.

Pero no quería hablar de eso.

Mucho menos allí.

—Valentina, tienes que comer algo —insistió Briana.

—Estoy comiendo.

—Eso fue prácticamente una probada.

Sonreí ligeramente.

—No tengo mucho apetito.

Ella tomó otro pequeño platillo y lo colocó frente a mí.

—Prueba este.

Miré la comida.

—Briana…

—Solo un poco.

Suspiré y tomé el tenedor.

Probé apenas una pequeña porción.

—¿Ves? No está tan mal.

—Está rico.

—Entonces come un poco más.

—No puedo.

Su expresión cambió.

—¿Por qué?

—Estoy siguiendo una dieta.

—Por un día que la rompas no va a pasar nada, Christian seguirá casado contigo.

La miré en silencio.

—Además, es una celebración familiar —continuó—. No puedes pasarte toda la noche viendo cómo los demás comen mientras tú estás con restricciones.

—No es solo por la dieta.

—Entonces, ¿qué sucede?

Aparté la mirada.

No quería decirle que mi cuerpo no estaba respondiendo como esperaba. No quería que comenzara a hacer preguntas ni mucho menos que Christian terminara enterándose.

—Últimamente me he sentido un poco mal del estómago.

Era una excusa a medias.

Briana me estudió unos segundos.

—¿Otra vez?

Asentí.

—A veces.

—Entonces prueba algo dulce. Quizá te ayude a sentirte mejor.

Casi sonreí ante aquella lógica.

—No creo que funcione así.

Ella soltó una pequeña risa.

—Por un día, Valentina. Además, no estamos hablando de comer un plato entero. Solo necesitamos saber qué postres vamos a elegir.

Tomó una cucharilla y me la ofreció.

—Prueba este.

Miré el pequeño postre frente a mí.

Era una mousse de chocolate con frutos rojos.

El aroma era delicioso.

Como chef, una parte de mí quería probarlo simplemente para analizar la textura, el equilibrio entre el chocolate y la fruta, la cantidad de azúcar…

Pero mi cuerpo me pedía que no lo hiciera.

Tomé una cantidad mínima con la cuchara y apenas la probé.

—¿Y?

—Está bueno.

—¿Ves? —sonrió Briana—. No pasó nada.

Bajé la cuchara.

—No quiero arriesgarme.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—A veces te preocupas demasiado.

No respondí.

Quizá tenía razón.

O quizá no.

Lo cierto era que yo misma comenzaba a preocuparme.

Había pensado que después de comenzar el tratamiento las cosas mejorarían poco a poco, pero últimamente me sentía incluso más agotada que antes.

Y eso me aterraba.

Porque si el tratamiento no funcionaba…

No quería pensar en lo que venía después.

—Probemos el siguiente —dijo Briana, interrumpiendo mis pensamientos.

Asentí.

Otro proveedor se acercó y comenzó a explicar el siguiente platillo.

Yo escuché atentamente, pero cuando colocaron una nueva muestra frente a mí, apenas la toqué.

—¿No vas a probarlo? —preguntó Briana.

—Ya probé suficiente.

—Valentina…

—De verdad, Briana. No tengo apetito.

Ella pareció resignarse, aunque unos segundos después volvió a acercarme otro plato.

—Entonces prueba solamente este.

La miré y tuve que contener una sonrisa.

—¿Cuántos platos piensas hacerme probar?

—Todos los necesarios.

—Voy a terminar enferma.

—Por un día que comas un poco más no te va a pasar nada.

Esta vez no respondí.

Tomé el tenedor y probé una pequeña porción.

Pero mientras Briana seguía hablando con el proveedor, llevé discretamente una mano hasta mi abdomen.

Una ligera molestia había comenzado a aparecer.

Respiré despacio y aparté el plato.

Aquello ya no me parecía una simple falta de apetito.

Algo dentro de mí me decía que mi cuerpo estaba intentando advertirme que las cosas no estaban bien.

Después de no sé cuántos platillos, tuve que hacer un verdadero esfuerzo para controlar las náuseas y el dolor que oprimía mi costado.

Habíamos recorrido prácticamente todas las mesas de proveedores y, a esas alturas, sentía el estómago revuelto. Cada vez que alguien levantaba una tapa o acercaba un plato para que lo probáramos, tenía que contener las ganas de apartarme.

Por fortuna, finalmente llegamos a la última mesa.

Y fue entonces cuando reconocí al hombre que estaba detrás de ella.

Mi maestro.

En cuanto el chef Olivera me vio, su rostro se iluminó y salió de inmediato a mi encuentro.

—¡Valentina!

Se acercó y me dio un beso en la mejilla.

—Chef Olivera, me da muchísimo gusto que haya aceptado venir el día de hoy. Sé que es una persona muy ocupada y…

Él negó con la cabeza antes de que pudiera terminar.

—Para nada, mi alumna estrella. Todo lo que sea por ti. Además, siendo un evento tan importante para la familia Kuri, para mí sería un honor que mis platillos fueran degustados por personas tan importantes.

Sonreí agradecida.

—Muchas gracias.

Había sido uno de los profesores que más había influido en mí durante mis años en el Instituto de Gastronomía. No solo me había enseñado técnicas que todavía utilizaba en la cocina, también había sido una de las primeras personas que creyó realmente en mis capacidades.

Sin embargo, su sonrisa cambió ligeramente mientras miraba las mesas que habíamos recorrido.

—Aunque… —hizo una pausa— pensé que la invitación que me habías hecho era directa. No sabía que habría un casting para elegir al chef del banquete.

Sentí que mis mejillas se calentaban.

Sí.

Yo le había hablado como si el puesto ya fuera suyo.

Antes de que Briana cambiara todos los planes.

—Yo…

Briana intervino con una sonrisa impecable.

—Buenas tardes, chef Olivera. Como verá, es un evento muy importante. Sé que conoce bien a Valentina y tenemos excelentes referencias de usted. Sin embargo, pensamos que sería buena opción revisar el trabajo de otros chefs reconocidos que, al igual que usted, están interesados en encargarse del banquete.

El chef la escuchó con atención y después asintió.

—Por supuesto.

Su mirada pasó brevemente hacia mí.

—Entonces espero que mis platillos estén a la altura de las expectativas.

—Estoy segura de que lo estarán —respondí.

El chef comenzó a explicarnos las opciones que había preparado.

Y bastaron unos cuantos minutos para darme cuenta de que, en cuanto a experiencia, estaba muy por encima de los demás candidatos.

La presentación era impecable. Los ingredientes estaban perfectamente equilibrados y cada platillo tenía una razón de ser.

No necesitaba probarlos para saberlo.

Además, conocía su cocina desde hacía años.

Pero había algo más que me llamó la atención.

La expresión de Briana.

Mientras el chef hablaba, ella mantenía una sonrisa educada, aunque de vez en cuando intercambiaba miradas con una de las personas que nos acompañaban.

No sabía exactamente qué estaba pensando.

Y, sinceramente, no tenía energía para averiguarlo.

Ya era la última mesa y sentía que, si probaba algo más, terminaría vomitando frente a todos.

Por eso me limité a acercarme un poco a los platos y aspirar sus aromas.

Olían delicioso.

Demasiado deliciosos.

Mi estómago, sin embargo, no parecía estar de acuerdo.

—Prueba, Valentina —dijo Briana—. Eres chef y tú tendrás la última palabra para decidir con qué platillos nos quedamos.

Le sonreí.

—Estos platillos son justo lo que necesitamos.

—Pero ni siquiera los has probado.

—No hace falta probarlos todos para reconocer un buen trabajo.

Briana guardó silencio.

Continué antes de que pudiera responder.

—Podemos incorporar algunos de los postres de los otros chefs para tener una variedad más extensa. En mi experiencia, creo que el chef Olivera debería encargarse del banquete principal y podríamos asignar a algunos de los otros chefs los bocadillos y los postres.

Me pareció la solución más razonable.

Sin embargo, Briana tomó mi mano con delicadeza y me hizo alejarme unos pasos del resto.

Su sonrisa desapareció.

—Cuñada…

La miré.

—¿Sí?

—No has probado la comida del chef Olivera. ¿Cómo puedes estar tan segura de que es la mejor de todas las que nos han presentado?

Parpadeé.

—Porque conozco su trabajo.

—Yo ya probé los platillos de los demás.

Hizo una pequeña pausa.

—Y, sinceramente, creo que el chef Márquez me gusta más.

La miré durante unos segundos.

No podía creer que estuviéramos teniendo aquella discusión después de pasar horas revisando comida.

—Briana, no se trata de quién nos gusta más.

—Claro que no.

—Se trata de quién puede encargarse mejor de un evento de esta magnitud.

Ella cruzó los brazos.

—Y eso es precisamente lo que estoy diciendo.

Sentí otra oleada de náuseas y tuve que respirar lentamente.

No quería discutir.

Pero tampoco estaba dispuesta a permitir que mi opinión como chef fuera ignorada.

—Entonces hagamos algo —dije finalmente—. Probemos una última vez los platillos de ambos chefs cuando estén completamente servidos. Después tomamos la decisión.

Briana me sostuvo la mirada.

—¿Y si el chef Márquez resulta ser mejor?

—Entonces lo reconoceré.

Sonrió ligeramente.

—De acuerdo.

Asentí, aunque algo dentro de mí me decía que aquella elección no iba a ser tan sencilla como parecía.

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